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¡Mojigato!
Esa palabra había herido su orgullo más de lo que nunca hubiera podido pensar. Cada vez que lo recordaba le hervía la sangre.
Ni en sus más bajos momentos pudo llegar a imaginar que ese calificativo se lo aplicarían a él. Ligar nunca fuera problema. Sabía que podía estar con quién quisiera cuando quisiera. Sin esforzarse. La repleta agenda de su móvil podía dar inapelable testimonio de ello; sin embargo, no solía irse con cualquiera. Puede decirse que se tenía cierto respeto. Pero una noche de farra, con los compañeros de la facultad, se había revelado como el más modosito del grupo. Después de unas cuantas copas de más, saliera a relucir el tema de los tríos y, al parecer, allí todos tenían algo que decir. Menos él.
El pitorreo no se hizo esperar. Todo el mundo se pone muy locuaz cuando el alcohol funciona como carburante. Se carcajearon de su, por lo visto, cara de asombro y le aseguraron que no sabría lo que es bueno hasta que no hubiera estado con dos hombres. Que eso era lo más. Pretendió desentenderse del tema pero los muy puñeteros no estaban dispuestos a dejarlo correr. Se pasaron los siguientes días pinchándolo. Que si no tienes huevos, que si no podrías con dos, que lo que se van a comer los gusanos lo disfruten antes los humanos, que se estaba perdiendo el mejor sexo de su vida... Al final se dieron por vencidos tachándolo de mojigato. En ese momento no le dio importancia. Es más, se sintió aliviado al verse libre, por fin, del incesante acoso al que lo sometían; pero, durante los días siguientes se sorprendió recordando el tema y sintiendo como una intensa sensación de molestia se apoderaba de él.
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Había vuelto a casa para las vacaciones de verano. Llevaba allí ya un par de semanas y creía haberse olvidado del asunto hasta que una inesperada visita consiguió que ese recuerdo volviera a primera fila.
-¡Hey, Milo! –le gritó Kanon-. ¿Ya no saludas?
Se disponía a salir de casa. Iba derecho hacia la puerta y no había reparado en la presencia de los gemelos en el salón. Saga y Kanon eran los mejores amigos de su hermano mayor. Ni se había enterado de cuándo llegaran.
Se acercó a saludarlos. Desde que estudiaba en la universidad no había vuelto a verlos. Ellos ya no vivían en la ciudad; trabajaban fuera y regresaban, como él, a pasar las vacaciones. Unas palmaditas en el hombro, unos breves comentarios sobre cómo les había ido a los tres y pareció que ya no tenían mucho más que decirse. Buscaba la forma de despedirse. Empezaba a sentirse incómodo. Las intensas miradas que se posaban sobre su persona lo estaban poniendo nervioso. Al tiempo que sentía como un agradable cosquilleo recorría su cuerpo, otro recuerdo vino a ocupar su mente.
Los conocía de toda la vida. Se había pasado la infancia viéndolos, prácticamente, a todas horas en su casa, con su hermano, como si fueran de la familia; y los quería como tal. Pero, para cuando llegó a la adolescencia, era consciente de cuánto habían llamado su atención, y de que los sentimientos que despertaban en él no tenían mucho que ver con lo fraternal; aunque también sabía, perfectamente, que no lo consideraban más que un mocoso.
En ese momento su hermano apareció con unas bebidas en la mano, cortando el fluir de sus pensamientos. Aprovechó para despedirse y salió, a toda prisa, rumiando una idea que ya no se iría de su cabeza.
Mientras se dirigía a su destino, se sonrió recordando las miradas que los gemelos le habían dedicado minutos atrás. Parece ser que ahora era él quién había conseguido atraer su interés. ¿Podía haber mejores candidatos para librarlo del sambenito de mojigato? Eso sí que sería lo más.
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Suele decirse que las oportunidades hay que pillarlas al vuelo y, muerto de nervios, decidió aprovechar la ocasión cuando esa oportunidad se le presentó unos días después.
Sus padres estaban de viaje y la novia de su hermano apareció de improviso con una invitación para pasar fuera el fin de semana. Antes de irse éste le dijo que no había podido localizar a los gemelos y le pidió que los avisara de que no podría reunirse con ellos esa tarde. Decidió no hacerlo. Así que, cuando Kanon y Saga se presentaron en su casa horas después, les abrió la puerta, consumido por el nerviosismo, pero dispuesto a no desperdiciar la ocasión. Les explicó lo que había pasado y se disculpó por su despiste.
Llovía cuando llegaron y los invitó a pasar. Propuso ver una película y, si el tiempo mejoraba, podrían salir luego a tomar algo por ahí. Ambos aceptaron gustosos esa inesperada invitación y se acomodaron en el sofá en tanto Milo se dirigía al reproductor de DVD.
Dos pares de ojos esmeralda escrutaban el dorso de sus muslos y sus glúteos con una mirada descarada. Cuando se giró vio como Saga palmeaba sobre el sofá indicándole el sitio que debía ocupar. Justo entre los dos.
Ahí sentado, custodiado por las imponentes figuras de los gemelos se sintió muy poca cosa. Le pareció que todo el aplomo que creía haber acumulado en las horas anteriores se esfumaba por todos los poros de su piel. Necesitaba tranquilizarse. Ya no se sentía tan seguro. No le parecía tan fácil seguir adelante con ese plan que en su cabeza se le había pintado tan sencillo. Les ofreció unas bebidas. Aprovecharía el viaje a la cocina para respirar hondo y calmarse.
Se inclinó hacia delante para levantarse pero no llegó a dar un paso. Aún no había terminado de incorporarse cuando notó como una mano agarraba el bolsillo trasero de su pantalón, devolviéndolo a su posición original. Mientras su cabeza golpeaba en el respaldo del sofá sintió dos manos hundirse en su cabello y unos labios apoderarse de los suyos. Se dejó invadir por una lengua ondulante que exploró su boca hasta casi dejarlo sin aire.
Cuando se separó de sus labios, Saga lo recostó sobre los muslos de su hermano.
Bueno, ya no tendría que preocuparse de cómo seguir. Habían decidido por él.
Su respiración se hizo más rápida y más profunda. Estaba tumbado sobre el sofá de su salón, con la cabeza en el regazo del gemelo menor y el mayor entre sus piernas. Le pareció que su estómago se encogía. Una sensación, mezcla de miedo y excitación lo recorría de pies a cabeza.
Ahora fue Kanon el que se acercó para prenderse de su boca, al tiempo que sus manos tiraban de la camiseta que llevaba para descubrir un poco más de él. Se alejó de sus labios, el tiempo justo, para mandar esa prenda a paseo y reanudó su quehacer ocupándose de su ya desnudo torso. Empezó a acariciarle los pezones y luego a lamerlos; primero uno, luego otro; arrancándole suspiros entrecortados.
No podía ver a Saga. No sabía qué estaba haciendo, pero durante ese tiempo no lo había sentido. Dio un respingo al notar sus dedos acariciándolo por encima del pantalón. Bajó la cremallera y metió la mano, palpando su excitado miembro, para luego deslizar esa prenda por sus piernas.
El placer le llegaba como en oleadas y sus jadeos comenzaban a descontrolarse. Las manos de los gemelos tocaban todo pedazo de piel a su alcance, de tal modo que llegó un momento en que ya no diferenciaba qué mano era de quién. Entre todas le estaban dando un buen repaso. Mientras, las suyas, se aferraban al reposabrazos del sofá.
Kanon le dejó un pequeño beso en el pubis, sobre la ropa interior, y subió. Su lengua causó estragos en su ombligo, logrando que un incontenible contoneo se apoderase de su zona pélvica. Siguió camino hasta su pecho, donde se entretuvo besando sus pezones, despacio, deleitándose con su labor, y continuó con su ascenso. La boca del gemelo menor se paseó por sus axilas, su cuello y el lóbulo de su oreja, para terminar volviendo a sus labios.
En ese tiempo, Saga, se ocupaba del resto de su persona. Lo besaba suavemente. Había empezado por los pies, para luego ir subiendo, poco a poco, por los tobillos, las piernas, los muslos… Sus ansiosas manos iban acariciando todo lo que besaba, apretando en algunas zonas; agitando todo su ser. Cuando llegó a la altura de su entrepierna, que debía ser un volcán por el calor que allí sentía, apresó con los dientes la goma de su bóxer y lo fue bajando. Sentir su aliento sobre su palpitante miembro lo hizo estremecerse. Cuando se hubo deshecho de él, volvió para ocuparse de su expuesta erección. Le encantó sentir una agradable calidez recorriéndolo. Comenzó a besarlo, a succionar suavemente, a darle golpecitos con la lengua; para, instantes después, comenzar a chuparlo con frenesí. Un largo gemido abandonó su garganta y su cuerpo fue presa de una ligera convulsión. No pudo evitar gritar cuando los dedos del mayor empezaron a juguetear entre sus glúteos. Los movía en su interior proporcionándole un intenso gozo. Podía sentir un próximo orgasmo llamando a las puertas de su cuerpo. El toque sobre su sexo se fue haciendo más delicado, aplacando la sensación, hasta que, finalmente, cesó.
Un liberador suspiro aún se escapaba de sus labios cuando, de nuevo, sintió una lengua ardiente que se restregaba contra su vibrante pene. Kanon terminaría lo que su hermano había dejado a medias. Parecía aplicarse en su labor y Milo se convulsionaba suavemente con cada succión.
Los dos parecían muy entregados en darle placer a su cuerpo. Estaba que se moría mientras ambos continuaban masturbándolo. Sus gemidos se intensificaban. La presión de los dedos de Saga sobre su próstata y el incesante roce del menor sobre sus genitales lo hacían gemir sin control. La sensación era increíble. Se contorsionaba entre gemidos. Esos gemidos que anuncian un orgasmo. Uno que no tardó en llegar y que tensionó todos los músculos de su cuerpo haciéndolo arquearse por el placer. Terminó con un gemido largo, casi un grito. Los gemelos le dedicaron una sonrisa y Milo, simplemente cerró los ojos para disfrutar de las deleitosas sensaciones que aún experimentaba su cuerpo.
Eso había sido, realmente, algo placentero. Desde luego lo había disfrutado. Tendría que darles la razón a sus amigos… Estaba inmerso en sus pensamientos. Su mente lo había llevado lejos; hasta que unas caricias sobre su cuerpo le hicieron recordar que no estaba solo.
Kanon lo hizo incorporarse para poder levantarse, lo que su hermano aprovechó para atrapar bajo su peso el cuerpo de Milo. No supo cuándo pasó, pero el mayor estaba tan desnudo como él. Pronto inició una nueva exploración de su anatomía, recorriéndolo con sus besos. Provocándole corrientes eléctricas en la espina dorsal. Deslizó las manos por sus muslos y, por puro instinto, Milo abrió las piernas; exponiéndose, sin pudor, al hombre sobre él; quien, sin ocultar una sonrisa de satisfacción, agarró su trasero con ambas manos para, acto seguido, comenzar a besarlo y lamerlo. En eso se entretuvo unos minutos, haciendo que se agitase con cada embestida de su lengua. Con los ojos entreabiertos, vio a Kanon deshacerse de su ropa, mientras miraba con atención la escena que tenía delante.
El jugueteo de Saga entre sus nalgas comenzaba a desesperarlo. Lo estaba disfrutando pero lo hacía desear algo más. Un larguísimo suspiro salió de sus labios cuando el afanoso gemelo lamió sus ingles y succionó suavemente sus testículos. Satisfecho por el efecto causado el peliazul se apartó y, llevando consigo a un extasiado Milo, se sentó, de nuevo, sobre el sofá y lo hizo descender sobre su ansioso miembro. El más joven enseguida notó la dureza de ese sexo contundente en su trasero y se mordió los labios, reprimiendo un quejido. Lo próximo que notó, fueron las manos de Kanon en sus caderas, asistiéndolo en el subir y bajar sobre el miembro de su hermano.
Kanon apartó su cabello y sopló contra su nuca provocándole un escalofrío. Su lengua se paseó por la erizada piel del cuello del de ojos turquesa hasta su oído, donde apresó con sus labios el lóbulo de la oreja y, soltando el agarre que mantenía sobre su cadera se dedicó al exhaustivo magreo de ese pecho desnudo que se afanaba en tomar aire. Se prodigó en las caricias a su ombligo hasta que decidió atender a la desafiante erección del muchacho que abrazaba. La apresó con una de sus manos e inició un desenfrenado deslizar por toda su longitud.
Su cuerpo parecía tener vida propia. Respondía a lo que sentía sin atender a ninguna otra cosa. Las manos de Saga marcaban, ahora, un ritmo frenético. Cabalgaba, desaforado, sobre ese cuerpo de semental y gemía sin control. Estaba en la gloria. El movimiento se aceleraba, sin control, y empezó a agitarse. Se abandonó a las sensaciones y empezó a notar que el placer lo invadía. Empezaron a temblarle las piernas y un involuntario espasmo le hizo contraer los músculos del vientre y los muslos. Estaba teniendo un orgasmo. Uno de esos que parece que te vas a morir. El hombre bajo él no había terminado. Seguía embistiéndolo. Sus gemidos debían oírse por toda la casa. Los espasmos no paraban. Kanon no había soltado su miembro. Lo acariciaba delicadamente como si esperase volver a despertarlo, amplificando sus sensaciones. No encontraba el aire y su pecho subía y bajaba a un ritmo acelerado. Estaba volviéndose loco. Los dos seguían sin parar y él no podía más que gritar. Su orgasmo se alargaba. Estaba siendo más largo que ninguno que hubiera experimentado. Sus manos se aferraban a los hombros del mayor y estaba seguro de que le dejaría marcas. A estas alturas se agarraba a él como si fuera a caerse de lo alto de un rascacielos.
Estaba siendo más de lo que creía poder soportar. Quiso pedirles que parasen pero de su boca no salían más que gemidos. De nuevo, su cuerpo se vio envuelto en una gran convulsión cuando sintió inundarse su interior.
Se dejó caer sobre el pecho del mayor y apoyó la cabeza en su hombro. Aún jadeante, respiraba con la boca abierta, procurando llevar aire a sus pulmones. Intentando serenarse. Saga resoplaba, también. Podía sentir su aliento estrellándose contra su cuello.
Las manos de Kanon recorrían sus costados, suavemente, para luego deslizarse hasta su cintura y envolverlo en un calmado abrazo. Escuchó cómo le susurraba al oído una disculpa que no acertó a comprender hasta que esos brazos se cerraron apretados sobre su cuerpo, obligándolo a levantarse. Lo hizo girar para plantarle un furioso beso en los labios mientras lo arrastraba con él al suelo.
Sin consulta previa, se encontró de espaldas sobre el piso, con las piernas sobre los hombros de Kanon. El menor de los gemelos no estaba en condiciones de aguantar más, así que de un solo golpe entró en él. Un lastimero quejido da cuenta de la súbita intromisión y su cuerpo se arquea levemente por la sensación. Esta vez no hay disculpa; tan sólo el inicio de una tanda de desesperadas acometidas, entrando y saliendo, una y otra vez. Cada vez más adentro; arrancándole gemidos y haciéndolo retorcerse de placer.
Saga, que hasta ese momento había ejercido de mero espectador, se acercó y se arrodilló junto a ellos. Asaltó los labios de Milo con un impetuoso beso, ahogando en su garganta los escandalosos gritos que profería. Sujetaba las manos del muchacho que, en su desesperada búsqueda por aferrarse a algo que le ayudara a aliviar la tensión que lo consumía, había comenzado a tirarle del pelo. Se apartó de su agresor y, durante unos minutos, se dedicó a prodigarles, a ambos, innumerables caricias de sus sabias manos. Mimando cada milímetro de piel que pudiera alcanzar. Le dedicó una mirada cómplice a su par y le dio un tierno beso en la cabeza. Gateó hasta situarse detrás de él. Deslizó una de sus manos por la espalda, hasta encontrase con el apetecible y fornido trasero de su hermano, al que propinó un par de sonoros cachetes para luego perderse entre sus nalgas.
Milo sentía cómo comenzaba a crisparse otra vez. Entre los dos cuerpos su miembro había resurgido gracias al vivificante masaje al que era sometido por los incesantes embates de Kanon. Empujaba con tantas ganas que no podía parar de gemir. Se mordía los puños intentando aplacar los aullidos de gusto que querían escaparse de su boca. Su vista se nubló y su voluntad desapareció. Su cuerpo sólo le permitía sentir el placer.
Kanon notaba un suave y rico roce en el interior de su esfínter. Las falanges de su hermano lo acariciaban por dentro; haciéndolo sentir penetrador y penetrado. Marcando el ritmo de sus embestidas con el jueguecito de sus dedos. Sus gemidos hacían coro a los de Milo, quien empezó a sentir que le temblaban las piernas y su cuerpo se sacudía sin que pudiera hacer nada por impedirlo. Su pecho subía y bajaba, arqueándose por completo; preso de los espasmos que lo estaban llevando a otro glorioso orgasmo. El gemelo dejó de entrar y salir. Se mantuvo dentro, cada vez más hondo, dejándose llevar por los caprichos de su hermano. La presión en su miembro y en su interior lo hicieron explotar empujando, aún más, dentro de Milo, que no había dejado de gemir y jadear, arrobado por un éxtasis que parecía no tener fin.
Agotado, Kanon abandonó su cuerpo y se tumbó junto a él. Empapados en sudor, miraban al techo y cogían aire.
Bestial. Había sido bestial.
Esto tenía que contarlo. Incluso, puede que debiera hacer una presentación. Fotos incluidas. Una leve risa se le escapó, sin poder evitarlo. Los gemelos le dedicaron unas miradas curiosas a las que respondió con un gesto desenfadado.
-Ya no llueve –comentó Saga, mirando hacia la ventana. El mayor se había quedado sentado frente a ellos y ahora los observaba con gesto interrogante.
Milo y Kanon cruzaron sus miradas y luego las dirigieron a Saga para responderle con una carcajada.
Se quedarían donde estaban, procurando recuperar las energías perdidas, sin otra intención que volver a empezar.
FIN
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