|
ÚNICO.
Reconoció sus ojos en el mar, pero eso tampoco lo obtuvo. Reconoció su cabello en la noche, pero jamás la vio de cerca. Admiró sus labios en el alba, pero Apolo no la dejó tocarla. Su piel resplandecía en la nieve, pero nunca llegó a él su frialdad.
Formaba su cuerpo una metáfora multidimensional de belleza que se fue relegando hasta la polvareda de la soledad. No es que antes le molestara. Le molestó sólo cuando se dio cuenta, más bien, porque el tiempo en que sus silencios no fueron soportados más y su mirada lánguida dejó de ser atractiva, ese tiempo en que no hubo nadie que deseara acompañarle sin palabras, no lo conoció. Un día, sencillamente, todo desapareció. Apolo, Hermes, la dulce Perséfone. Sólo Hypnos, a veces, añoraba acomodarse en su regazo.
Suspiró y miró desde su divina ventana el cielo más claro que sus propios irises (¡qué bellos eran!) y se preguntó por qué no bastaba su belleza para hacerlo feliz. Supuso que se trataba del hecho de no tener ningún interés en compartirla, de que podía estar acompañado de cualquiera y, no obstante, se escondía en la negrura de sus aposentos contrastantes con la palidez de su rostro, opulentos como respuesta a la fragilidad de sus caderas. Incluso su sangre, icor de miles de años añejado y oscuro en su viscosidad, parecía hacer una afrenta contra la pura transparencia con que en sus muñecas se le delataban las venas. A veces esa sangre, que salía lentamente por un poro cualquiera manufacturado con hierro, era lo único dentro de sí que hacía ruidos. Era lo único dentro de él que aún le hablaba.
Sus dedos largos se le antojaron inútiles. Femeninos.
“Características de la Virgen”, se había burlado Hermes en un tono opuesto, quien ya también le había indicado que estaba ligado a Mercurio, es decir, a él mismo. Y a la tierra... No era tan absurdo después de todo.
Cerró los ojos, echándose para atrás como si con ello lo que tenía en la cabeza cayera, como agua, al suelo desde su coronilla plagada de hilos negros. Pero en él era difícil. Él nunca dejaba de pensar, ni un solo momento, y su sabiduría le desagradaba cada vez más. No le gustaban las preguntas, ni siquiera la suyas, que eran más complicadas que las de los demás. Ellos eran estúpidos, al fin y al cabo, mientras que él… él era, simplemente, sublime.
-De todas formas estás solo –se encogió de hombros Hermes, mirándose despreocupadamente las alas en las sandalias, dispuestas a volar en cualquier momento.
Y ése fue el momento. Cuando Hades frunció el ceño y volvió a levantar sus delgados párpados con una mirada que aventajaba en intensidad a la de cualquier dios, Hermes creyó encontrar la señal más delicada de enfado, por lo que se apresuró a marcharse, haciendo una amplia reverencia. Sabía que Hades era todo menos problemático, era práctico por conveniencia y nunca se preocupaba por nada, excepto por sí mismo y por las cosas que quería, aunque no era común que Hades tuviera caprichos. La verdad era que, de no ser por su vanidad, no parecería ser un dios. Tan extraño era, en el Olimpo, en la Tierra y en el Universo. Sin embargo, de no marcharse podría desencadenar en Hades esa paranoia que desde hacía mucho desarrollaba cuando alguien pasaba más de veinte minutos a su lado.
-Eso pasa cuando no tienes hijos –se murmuró a sí mismo Hermes, una vez más recordando esa arruga deliciosa formada en la frente de Hades y preocupándose por estar todavía en los dominios de aquél, como presa fácil de su enojo en forma de tornado.
Sonrió con tristeza. Eso pasa cuando amas al único que no te quiere.
FIN.
|