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CAMPILLO DE LLERENA (BADAJOZ-EXTREMADURA)

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Memoria de un emigrante extremeño Memoria de un emigrante extremeño (0.027 s)

Memoria de un emigrante extremeño

FECHA El 09/07/07 a las 02:07:37 IP GUARDADA
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El 25/05/05 a las 07:05:13
Memoria de un emigrante extremeño

Hace algún tiempo me pasaron un texto titulado "La memoria personal de un emigrante extremeño en Cornellá de Llobregat, Barcelona". Me lo pasaron porque salía Campillo, y esperaba colgarlo cuando lo leyera. Pero he de reconocer que no me lo he leido completamente todavia (hay tantas cosas). Por eso lo cuelgo. Igual le vale a Humberto para completar su archivo, a lo mejor ya lo conoceis.

El texto completo lo podeis leer aqui: http://www.ub.es/geocrit/sn-94-41.htm

Es un trabajo realizado por una Licenciada en Historia (Rosario Calero Grillo) sobre las experiencias de un emigrante. Hay una introducción sobre la emigración extremeña y después se procede a contar la historia personal del emigrante en cuestión. La historia personal se divide en varios apartados: La infancia, la guerra, la represión, la posguerra, en una nueva finca, el maquis, los años cincuenta, la emigración y el fin.

No obstante, copio y pego los apartados en que se cita a Campillo (
la posguerra, en una nueva finca, el maquis, los años cincuenta). Espero sea de vuestro interés:

"
La posguerra

En el treinta y nueve mi padre junto con otro cogió una tala, cada uno con dos hijos. Mi José venía cada día con dos cargas de cisco a Azuaga y yo daba tres cargas de leña. Luego nos juntábamos en una calle de Azuaga y volvíamos juntos hasta la tala. Mi padre talaba y la leña era para él. El salario era la leña. De la leña gorda hacíamos carbón y de la menuda, cisco. La finca que estábamos talando estaba cerca de Azuaga, a unos seis, siete kilómetros, y se llamaba la Verdiguña. Mi padre talaba y hacíamos una carga de leña que yo llevaba hasta el horno del pan. Y para cuando yo volvía mi padre tenía preparada otra carga, y así tres veces cada día. Por la tarde quemaba una piconera para hacer la carga de cisco y venderla al otro día. La leña más menuda se ataba en gavillas y se echaba en la candela y se iba quemando poco a poco y cuando se hacían ascuas se le echaba agua y se removía y se iba apagando, se remojaba todo por encima y se dejaba que cociera, sin dejar de darle vueltas. Al final se extendía para que se apagara y enfriara. Después se metía en sacos para vender. El cisco lo llevaba mi José y yo llevaba las cargas de leña a la panificadora, cinco haces de leña por cada burro.

Estando yo en la panificadora descargando un burro oí que se había acabado la guerra. Mientras estábamos talando vivíamos en unas casa abandonadas de una antigua mina que había allí cerca. Teníamos unas gallinas que ponían huevos sin cascarón porque picoteaban en el plomo de la antigua mina. Allí estuvimos trabajando mi padre, mi José y yo desde diciembre hasta abril, días después de acarbarse la guerra. Poco antes de acabarse la guerra hubo un ofensiva muy grande del ejército republicano que llegaron hasta donde estábamos nosotros, y nos vinimos al pueblo. Cuando fracasó la ofensiva, volvimos hasta que acabamos el rancho de tala.

Después de acabada la guerra, mi padre arrendó una finca en la provincia de Córdoba tocando con Badajoz, entre los Blázquez y Cuenca, que se llamaba la Venta del Madero y había allí unas minas de plomo, las minas de Santa Bárbara. Allí estuvimos cuatro años. Mi padre la arrendó con otro conocido del pueblo, que tenía un hijo. La finca tenía ciento treinta fanegas y al cabo de dos años nos quedamos solos en la finca. Sembrábamos trigo y cebada, garbanzos y avena. Tuvimos buenas cosechas porque las tierras estaban descansadas de los años de guerra porque allí mismo había estado el frente hasta el final. Cogimos buenas senaras sin saber nosotros arar. Pero allí aprendimos. Cuando recogíamos la cosecha, mi José y yo íbamos con el carro cargado de trigo o cebada hasta Fuenteovejuna al silo. Dábamos cada día un viaje, salíamos por la mañana y veníamos para mediodía. Íbamos por carriles y Fuenteovejuna es muy empinada y a las bestias les costaba subir por aquellas cuestas. Nosotros teníamos quince y dieciséis años y descargábamos costales de trigo de setenta quilos, mi José y yo. Cuando acabábamos con el trigo, llevábamos la paja a la Granjuela, al lado de Azuaga. Dábamos dos o tres viajes cada día y un día que habíamos estado engrasando el carro no le pusimos bien la clavija que sujetaba la rueda al eje, y se salió la rueda y se volcó el carro cargado de paja. Tuve que descargar el carro, levantarlo y volverlo a cargar. Una historia.

Por aquellos años después de la guerra no teníamos pan; gracias que cogíamos buenas cosechas de garbanzos y comimos muchos. En el cuarenta y uno, cuando cogimos la primera senara, allá por mayo, pusimos a orear la cebada, la llevábamos a un molino y la cribábamos para quitarle las raspas, pero siempre quedaba alguna. Con la harina hacíamos gachas y así nos fuimos apañando. Aparte de trabajar en la finca, mi padre se dedicaba a arrancar tocones de encinas que habían cortado cuando la guerra. Con ellos hacía carbón que luego vendíamos. Mi madre se cuidaba del ganado menudo, que si pavos, que si los huevos de las gallinas que luego vendíamos, y así nos fuimos haciendo de un dinero que luego nos serviría para comprar una finca en el término municipal de Campillo de Llerena. También vendíamos lechones. Nosotros hacíamos poco gasto: aceite, tabaco para mi padre, el pan, que después ni eso porque cuando compramos la finca Los Alimoches, allí en Campillo, el cortijo tenía un horno y ya el pan lo hacíamos nosotros. Con nosotros no se metió nadie.
 

En una nueva finca

La nueva finca que compró mi padre con unos familiares tenía doscientas doce fanegas y media. Con el tiempo mi padre fue comprando a su familia su parte en la finca y al cabo de unos años ya era sólo nuestra. Era de unos herederos de una finca de mil doscientas fanegas, y uno de ellos nos la vendió. En la finca sembrábamos trigo, cebada, avena y teníamos un pequeño huerto al lado mismo del pozo. Y animales: cabras, ovejas, cerdos y los animales de labor. También ganado menudo, gallinas y pavos. La finca tenía muy buena arboleda, buenas encinas. El primer año que tuvimos la finca engordamos cincuenta cochinos y sobraron bellotas.

Nosotros estábamos siempre en el cortijo. Trabajábamos desde cuando venía el día hasta que se hacía de noche. Mi padre se levantaba, hacía candela y se ponía a rebanar las migas, ponía la sartén y venga y venga y enseguida las hacía. Mi padre se tiró toda la vida haciendo migas y nunca le salieron bien, nunca hizo unas migas buenas. Sólo se comían migas buenas cuando la matanza, que las hacía yo o un hermano mío. Enseguida empezábamos a trabajar en lo que hiciera falta, dependiendo de la temporada, o sembrar, segar, y cuando no había una faena concreta nos dedicábamos a mejorar la finca, recogiendo piedras y llevándolas a los arroyos, en fin, que siembre estábamos atareados. La finca la teníamos como un jardín.

El pan nos lo hacíamos nosotros. Amasábamos para quince días. Encendíamos el horno con jara y ramones de encina y cuando estaba a punto metíamos la masa ya preparada. El primer día comíamos pan tierno, pero los últimos días el pan estaba ya mohoso y teníamos que andar quitándole el moho para poderlo comer. Lo que nos faltaba para comer los comprábamos en el pueblo, que si garbanzos, aceite, aceitunas, vino... En verano cambíabamos un carro de leña por melones en Ribera del Fresno y comíamos melones hasta que se acababan. Nosotros íbamos al pueblo una vez cada quince días o cada mes, cuando había fiesta, pero no los domingos, los domingos no se celebraban, sólo cuando había fiesta. grande. Nos íbamos el día antes y al día siguiente por la tarde nos veníamos.

Mi padre no nos pagaba nada, ni un duro. Cuando íbamos al pueblo nos daba el dinero que necesitábamos. Íbamos en las bestias, en las mulas o en una yegua que teníamos. Si íbamos toda la familia, llevábamos el carro.

No nos bañábamos más que en verano, allá en la laguna, si había agua, si no en el pozo, a cubos de agua, pero cada día nos lavábamos en una palangana, así un poco la cara y los brazos. Y ya está. Nuestro horario lo marcaba el sol. De noche nos alumbrábamos con candiles de aceite.

Por esos años (cuarenta) yo vi pasar mucha necesidad, de gente que pasaba hambre. Por allí por el cortijo pasaba un hombre que le llamaban el Tío Tocino que tenía un montón de hijos e iban por allí a hacer picón de jara, allá por las Camorras. Nosotros hacíamos queso de oveja. Ese hombre se pasaba cada día por el cortijo cuando volvía al pueblo para que mi madre le diera un vaso de suero, lo que sobraba del queso. Ese hombre se murió, se murió de hambre. Nosotros no sabíamos que pasara tanta necesidad, si no le hubiéramos dado más cosas para comer.
 

El maquis

Por mi casa pasaba la contrapartida, los que se hacían pasar por maquis. Yo creo que el maquis no pasó nunca, sólo una vez pasaron por allí, por el cuarenta y cinco, y pasaron de largo todos menos uno, que se acercó al cortijo y se comió un montón de huevos fritos que le hizo mi madre, pero paró muy poco, iban andando en dirección a Llera. Pero no eran los rojos los que pasaban por allí. A mi padre lo acusaron de apoyar al maquis y se lo llevaron a la cárcel, y a mi José que llegó hasta Cabeza del Buey, que lo mandaron para atrás, al cortijo. Y los acusaron de dar cobijo a los guerrilleros del maquis, porque por allí pasaba la contrapartida, haciéndose pasar por el maquis y mi padre confraternizó con ellos un poco. Y esa fue su perdición. Y menos mal, porque nos decían, para ver si colaborábamos, que pusiéramos un trapo en una encina cada vez que viniera la guardia civil al cortijo y así ellos no se acercarían. Esa era la trampa. Si hubiéramos colocado el trapo la pena para mi padre hubiera sido mucho mayor. Recuerdo que se hartaban de comer, mi madre les mataba unas gallinas y se las comían cocinadas. Eso sí, pagaban siempre. Pero nosotros, claro, no sabíamos que era la guardia civil, lo supimos mucho después. Mi padre estuvo dos años y medio en el penal de El Dueso, con nueve hijos.

Mientras mi padre estuvo en el penal, nosotros nos cuidábamos de todo. Mi José y yo de la sementera y del campo en general, mis hermanas del cortijo y el ganado menudo y mis otros hermanos del resto del ganado, las ovejas, cabras y los cerdos. Mi padre nunca entendió mucho de ganado ni de labor, ni de arar ni sembrar. Ni el carro, sólo mi José y yo. Cuando estábamos en la mili mi José y yo, aquí por Camprodon, mataron al mejor mulo que había en la finca, una vez que dejaron el carro cargado en una cuesta abajo y no lo atrancaron. El carro se fue hacia abajo arrastrando al mulo y matándolo.

Mi padre empezó a padecer del estómago y una vez se puso malísimo y fuimos en una bestia hasta el Campillo a buscar el taxi que había. El taxi no pudo llegar por los caminos hasta el cortijo y tuvimos que sacar a mi padre como pudimos hasta la laguna. Allí metimos a mi padre en el coche y en Maguilla se estropeó el taxi. Cogimos otro y ya llegamos hasta Llerena. Todo un día para hacer poco más de veinte quilómetros. Allí lo operaron. Pero nosotros nunca estábamos enfermos, nunca fuimos al médico y éramos nueve hermanos. Si nos constipábamos calentábamos vino y con azúcar nos lo tomábamos bien caliente y ¡ale!, ya estábamos curados. Y en el asunto de leer y escribir, mi padre llevaba un hombre cuando nos hacía falta para las labores que sabía algo de números y letras, y por las noches nos enseñaba a poner nuestro nombre y cuatro números, ése fue nuestro aprendizaje.
 

Los años cincuenta

Allá por los años cincuenta se empezaron a casar mis hermanos y hermanas, y mi José se compró una huerta cerca del Campillo, con un cortijito y allí se fue a vivir con su mujer y allí nacieron sus hijos. Mis hermanas se fueron casando y se fueron a los pueblos de donde eran sus maridos, a Valverde, a Maguilla, en fin. Mi padre no nos pagaba en metálico, pero antes de casarse a cada uno le daba un trozo de tierra y algo de ganado y ésa era su paga. A mí no me pagaba ni me daba tierras, ni ganado, porque yo no me casé. Cuando empecé a cobrar algo yo ya tenía cerca de cuarenta años, bueno no a cobrar sino a tener parte de tierra para mí y algo de ganado, algunas ovejas y alguna cochina. Como yo no me había casado yo no tenía derecho más que a comer, a vestirme y ya está. Y yo siempre me consideré y me consideraron un buen agricultor, un tío que sabía de campo y de animales, yo cogía de las mejores cosechas y tenía animales de envidia, y a mi padre se lo decían que tu Juan qué listo y lo que sabe de campo, pero mi padre nunca, nunca me dijo nada, nunca me dijo que hacía las cosas bien. Yo incluso herraba a las bestias, las herraba yo y no hacía falta ir al herrero.

A finales de los cincuenta, principios de los sesenta, un hermano de mi madre que vivía en Melilla nos trajo una radio que la pusimos en mitad de la nave principal del cortijo y allí, cuando comíamos, escuchábamos el parte. Mi madre sabía leer muy bien, pero no sabía escribir. Leía novelas largas y gordas en voz alta. Y más adelante estábamos subscritos al Buen Amigo y lo llevaba cada semana un arriero que vendía cosas con un burro y unas hangarillas. Por el cortijo pasaban gente a comprar huevos y gente vendiendo cosas, ropa, comestibles... Llevaban las mercancías en unas hangarillas sobre una mula o una yegua.

Nosotros comíamos siempre lo mismo: cocido y gazpacho, siempre igual. Si acaso, para Navidad mi madre mataba un gallo y hacía arroz, pero nunca matábamos un cordero para comérnoslo, si se moría sí que nos lo comíamos. Si un cordero se ponía enfermo procurábamos matarlo antes que se muriera y mi madre siempre decía lo mismo:"¡mira que carne más blanquita, parece que ha sido matado!". Las escasas verduras que comíamos las cogíamos del huerto, pocas, y mi madre también compraba cuando iba al pueblo. Nos enterábamos de las cosas cuando íbamos al pueblo o cuando venían a trabajar a nuestra finca y nos contaban cosas. "

La ambición suele llevar a los hombres a ejecutar los menesteres más viles: por eso para trepar se adopta la misma postura que para arrastrarse.

Cuando en el mundo aparece un verdadero genio puede reconocersele por este signo: todos los necios se unen contra él.

(Jonatan Swift)



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RESPUESTAS AL MENSAJE - Respuesta/-s
FECHA El 19/05/08 a las 04:05:41 IP GUARDADA
Online Mónica
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El 30/11/99 a las 09:11:00

Rosario Calero fue mi profesor de Historia Contemp

Buenas tardes,

Sólo una aclaración. Rosario es un Sr. Aunque el nombre sea comunmente asignado al sexo femenino, este no es el caso. Lo sé porque este gran Sr. fue mi profesor de Historia Contemporanea en el IES Camps Blancs durante mi primer curso de Bachillerato. Ando como loca por volver a contactar con él ya que lo considero una gran persona y mejor profesor. Sus clases eran súper amenas y hacía que la clase (por lo menos una parte de ella) se interesara por todo lo que llegó a padecer, en su caso, el pueblo extremeño durante la Guerra Civil Española.

Sin más, les mando un saludo.

Mónica Rodríguez Pérez.


FECHA El 19/05/08 a las 11:05:21 IP GUARDADA
Online una mas¡
Invitado
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El 30/11/99 a las 09:11:00

un encanto

 

        Por primera vez en este foro, he leido un relato, (o vivencia), que me ha resultado especialmente agradable¡

                     Me encanta, sea real o ficticio, pero expresado con sentimiento, buenas maneras y formas.




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