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EN SU CALLE
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SAN ISIDRO
Cuantas veces mi tío me repetía con la entonación debida “mamá por qué papá mató al pregonero”. Confieso que hasta hace muy poco no caí en la cuenta que el muchacho se había quedado huérfano; y es que la inocencia me sigue persiguiendo hoy en día.
Recuerdo cuando mi padre me mandó aparejar la burra para ponerla en un carrito adornado para la ocasión, la romería de san Isidro, con multitud de flores y jaramagos, siempre tan propio, y que antes de que me diera cuenta me encontré tumbado de culo en el suelo y con un dolor tremendo de vientre. Ya supe que es peligroso ponerse detrás de una burra, y que una coz, algo más abajo, podría haber dado al traste con una de mis cualidades sobresalientes, hacer posible que Campillo no se quede nunca sin damas de honor para sus fiestas.
Me recuperé de mi abrazo fraternal con el jumento, como si de un beso de amor entre Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy se tratara, y conseguí ponerle la jáquima al animal. Acercamos el carro de dos ruedas, con cámaras de coche, y enjaezamos la burra. Todos mis hermanos saltaban de alegría y querían subirse al carruaje, había quedado reluciente, recién pintado de verde y con todos los detalles que mi progenitor solía para hacerlo único. Mis primos siempre lo tuvieron por su tío más próximo, por edad, y su forma de ser lo hacía apetecible para pasar un buen rato, ya fuera en boda o entierro, que nunca le faltaron palabras de agradecimiento y piropos para la novia o el difunto.
Antes, san Isidro, estaba formado por esta colección de carros y bestias, de montar, que acompañaban al santo hasta la alameda de Gordillo. Como si de un simpecado de una hermandad rociera se tratara, el pueblo iba junto, y el camino estaba a rebosar, el ambiente muy bucólico, y nada de escafandras o trajes de neopreno para subirse en estas nuevas motos de cuatro ruedas que inundan ahora el campo, con una especie de marciano subido encima. Lo nuestro eran los carros y los burros, algún que otro caballo de los niños de Conde o de Macarito, continuada la tradición por los Mañés y actualmente por Enrique Corrales, que llevaba este año una yegua con un potrillo que no se apartaba del biberón de su madre.
Con el tiempo se construyó una ermita y allí se dejo a san Isidro, perenne, que su sitio es estar en el campo, mirando a las siembras, en vez de encerrado en un altar, sin apenas aire con que respirar.
Es curioso como la cotidianeidad, de las copas del mediodía, no guardaba relación con los grupos de la romería que eran a la vez que familiares más abiertos. No existían las barbacoas, ni las sofisticadas planchas, con bombona de butano, que portan los actuales romeros, utensilios de madera incluidos, para darle la vuelta a las carnes. Era la época de las horteras, o fiambreras, repletas de tortillas de patatas y filetes empanados, los salchichones, las morcillas y chorizos de patatas, algún que otro queso, de jamón cortitos, con sifón, y lo que sí hacía mis delicias eran las chuletas de cordero empanadas con ese gusto especial que le ponían en el aliño las mujeres de Campillo.
Bajé el viernes 16 por la noche a la verbena, el día de los de llevarte góndola en vez de todoterreno, y aparcamos al lado del chiringuito del Boche. Buena solución esta para librarte de gorrones, que inundan hoy todas las fiestas, y señalarles el camino donde hacer parada y fonda cuando vienen desprovistos de avituallamiento y te dicen que “sólo veníamos a dar una vueltecita y nos volvemos”, y que miran para otro lado cuando el listero hace cuentas de la fiesta y divide los gastos entre los comensales.
Eran cerca de las doce de la noche y se contaban con los dedos de una mano los reunidos. Pero poco a poco, como si el olor a miel se extendiera, a la par que respetaron las nubes, se fue llenando el eucaliptal y parecía que estábamos en plena feria de agosto en la piscina, que también cambió su fecha de las originarias fiestas de san Agustín a finales de agosto, sin que el pueblo entrara en armas. Se eligieron las mises y las damas y los damos y los cítricos, que ya dio buena cuenta de ello la cuñá de la Juani.
Hasta pasadas las cinco de la madrugada duró el chimpún que se abrió, como no podía ser de otra forma con un pasodoble, y mi Antonia guinda de las primeras. Con el paso del tiempo, y el refugio de la copa, mi cuerpo entró en calor y me pedía más, pero gracias a la proximidad de mi primo Pedro, que me recordó que más vale una retirada a tiempo que una derrota, regresé a casa a descansar y sólo necesité dos optalidones y un omeprazol a la mañana siguiente.
El 17 de mañana en Santiaguito a tomar café y reservar sitio, poniendo nuestras mesas y sillas en lugar propio para reservarlo. De vueltas, aparecieron los tractores y las carrozas que como esquivándome se dieron media vuelta antes de llegar a la gasolinera. Me sorprendí, hacía algún tiempo que faltaba a esta fiesta, de que no siguieran hasta la ermita y así se quedó mi teleobjetivo mecánico sin plasmar para la posteridad lo que os cuento. Recogimos otros enseres, víveres y niños, y con premura, y justos, llegamos a la ermita a la misa de doce, que el santo otra vez hizo un milagro, y no conforme con una celebración nos deparó dos este año, que a buen seguro es de buena cosecha.
Sonó el pistoletazo de salida y todos enrrededor de su “orgánica” empezamos a disfrutar de lo que sería un buen día de campo y de hermandad entre todos, no faltaron las visitas y abrazos, los recuerdos, los saludos, y lo más importante el compartir.
Charlando con unos y otros, echando de menos ese poco trato que durante el año tenemos por la lejanía, o las barreras ficticias, me encontré de repente hablando con Mino, el de la farmacia.
Mino es a Campillo como el tío Vinagre a las migas de difuntos, Antonio Guijeño al deporte del pueblo o Pepe Mena a la semana santa, el corpus o el portalito de la iglesia. Y entre charla y charla pensé que Mino se merece un homenaje, y no quiero pasar de esta sin poner mi granito de arena para ello.
Minervino Eusebio García Sánchez, vio la luz un diez de mayo de 1951, pero no donde ustedes se pueden imaginar, sino en Zalamea de la Serena, la tierra de Pedro Crespo, y este detalle no es fortuito por lo que luego veremos. Su madre, Clara Sánchez Rodríguez, de Zalamea, se casó con su padre, Minervino García Vaca, de Campillo de Llerena. Siempre le gustó viajar y no había cumplido dos semanas cuando Mino se nos fue a los madriles. Tenía cierta conformación ósea en los pies que le depararía algunas operaciones y que sus padres desde el principio quisieron solucionar con los galenos.
Esto que a simple vista podíamos catalogarlo, en todo su sentido, como mala pata, fue luego fundamental en su vida y en la gente de Campillo para que siempre estuviera con nosotros y no siguiera los pasos de su hermano Manuel, o de su hermana Ventura, que le pusieron el nombre por la hermana de su padre y primera mujer de Emilio Pedrero que falleció durante un parto, y se hubiera establecido definitivamente en Madrid.
Así que Mino, se quedó siempre con nosotros, y fue como todos a la escuela de los cagones, en la calle Encomienda, donde está ahora el club de pensionistas. Luego a estudiar a Los Grupos, su profesor esos años don José Ramiro y luego en la Academia, en los altos del MoryMor, donde alternaba de profesores a don Joaquín, don Tomás o don José Montero.
Por aquel entonces, 1969, un hermano de “caracoles” estaba en la farmacia de don Vicente Conde, y al marcharse, y dejar un puesto vacante, se le ofreció a Mino la posibilidad de enrolarse en lo que a la larga habría de ser su santo y seña en el pueblo. Y dije que no era fortuito el nacer en la ciudad de Pedro Crespo, porque otro Pedro, Lombardo, o “jorobilla”, que es su apodo cariñoso, compartiría con él muchos años de trabajos en la farmacia.
Entonces, estaba la farmacia por cima de la casa de Emilio Pedrero, en lo que hoy es una asesoría jurídica. Cuando entró Mino también trabajaban, a parte de Pedro, los sobrinos de este, Mari y Marceliano, hijos de Rogelio el barbero. Las medicinas se clasificaban por enfermedades y no por el alfabeto, lo que le costó tiempo y paciencia para adaptarse a su nueva profesión. No solo se despachaban medicamentos sino que se incluía un apartado de droguería y podías comprar desde unas pastillas juanolas, una aspirina a pinturas, aguarrás o aceite de linaza. Tengo recuerdos de aquel mostrador y de la báscula que existía donde de chico me gustaba subirme.
Jorobilla se marchó a la farmacia de los Conde a Madrid y Mino se quedó al cargo del negocio cuyas cuentas llevaba Celestino. Para suplir a Pedro entró Turi Cabanillas, hija de Ventura de los retales, que nos abandonó a temprana edad, por una enfermedad, en plena adolescencia. Tuvo luego de compañera a Mari Juli Quesada, y con el traslado a donde hoy se encuentra la actual farmacia en la calle Mesones, cambió de pareja, o de hermana, que fue Maribel Quesada su nueva acompañante, y es que Mino siempre estuvo rodeado de mujeres. El permanecía y esta vez tuvo a su lado a Belén Gallego, que continúa en el cargo con Pilar Fernández Caballero de refuerzo.
El año de 1975 no solo se recordará como el que murió Franco, que también, sino por el año que Mino se sacó el carné de conducir y se pegó el primer trompazo. Su primer coche, un Simca 1000 de segunda mano que no llegó a una tercera pues se subió a una piedra cerca de Cantalgallo, viniendo de Peraleda con Felipe el del cartero, y allí se quedó, más por despiste propio que por la velocidad a la que rodaba el vehículo. Ni corto ni perezoso, se bajaron del simca sin ningún rasguño, llevaban abrochados los cinturones de seguridad, y prosiguieron andando hasta el pueblo, eso sí, con los papeles del coche bajo el brazo y dando cuenta al cuartel de la guardia civil, que siempre fue mi respetuoso con las instituciones. Tuvieron la suerte de que Pedro Pascual pasara por allí, en su Dyane 6 rumbo a Campillo a buscar a su amigo Lucio Mena para las copas del mediodía, y montara al infortunado y acompañante, haciendo mas rápida la travesía. Aquello le apartó de momento de la conducción, pero no para siempre, ya que hace unos quince años, su primo hermano Demetrio embarcó en Madrid, en el camión del Raspao, su seat 600 y se lo regaló a Mino, y con el llegó este año a san Isidro.
Es sabida su afición al fútbol y forma parte de la peña del Atlético de Madrid del pueblo, que creía influencias de Francisco Javier Conde, pero que el ya nació así, con un pijama rojo y blanco y más de contactos y comentarios con la familia de Basilio el barbero. Su segundo equipo también lleva franjas y no podía ser otro que el Real Betis Balompié, que le gustaron más los sobresaltos que la vida sosegada.
Alguna vez practicó la pesca en el pantano, con su licencia de pesca reglamentaria, y no le hace ascos a una partida de cartas en buena compañía, que ya don Vicente le mostró el camino de la perfección. Bebida puede saborear la que le pongas y no se anda con remilgos y de música no pongas nunca cerca de sus oídos a Raphael y si quieres serle próximo regálale algo de Julio Iglesias, Sabina o Sergio Dalma y tampoco te dejes atrás a Maria Dolores Pradera o Machín, que a Mino siempre le gustaron las maracas y todas las fiestas nuestras.
Quién no lo ha visto con sus mil caras en los carnavales, muchas veces haciendo de pareja con la Cristi, pero intercambiando papeles, el de vieja y ella al revés, o de sultán, granjero, brasileño o de la época de Carlos III. La primera vez se disfrazó en casa de la Amparito y Manolo Calderón, en san Bartolomé. Y desde esa primera vez nunca faltó a la cita carnavalera.
Desde luego que charla que te charla en san Isidro y se me escapaban el jamón, el queso, la cerveza, pero la ocasión merecía la pena y de lo que más me impresionó es el espíritu viajero de Mino. En la escuela ya me dijo una vez don Joaquín que porqué apretaba con fuerza el lápiz y remarcaba tanto las palabras. Insistí una y otra vez a mi compañero, ¿pero tú solo te ibas a los viajes?, ¿pero tú solo los organizabas, sin ningún conocido, a lo Mino Jones? Si, cogía una agencia de viajes y allá que se lanzaba. La primera vez que cruzó el suelo patrio se dirigió a Italia en autobús, visitando Pompeya, Florencia, Venecia, Pisa y Roma. Hizo su equipaje y allí conoció a unas amigas de Torremolinos con las que entabló amistad, alguna que otra vez pasó mi querido amigo vacaciones en Torremolinos, porque remedando la canción, cuanto calienta el sol aquí en la playa, y más en la costa del sol. En otras ocasiones se nos hizo insular y en avión arribó a Canarias y a Palma de Mallorca. Grecia no cayó en su olvido, Atenas, cuna de dioses, dio la bienvenida a nuestro paisano. Y, como no, hasta el cantinero de Cuba oyó hablar de Campillo de Llerena. La primera vez que Mino visitó la Habana llegó lo justo para tomar tierra, se quedó toda la semana en el hotel, un huracán le prohibió la incursión en la isla, y cuando pasó, ya era hora de volver a España. Pero no se arrugó, él nunca lo ha hecho ante la adversidad y por eso repitió una segunda ocasión con total éxito. La primera vez que ha ido acompañado, hace poco, con su familia, se encaramó a Praga, Viena y Budapest. Qué sorpresas nos dan las personas que tratamos de toda la vida y que desconocemos que esas barreras nuestras no son las suyas y saben abrir la mente y enseñarnos a no tener miedo a nuestros miedos.
Mino me iba contando, una tras otra, anécdotas de su vida que me quedaban maravillado, sus risas y lágrimas, sus sinsabores pero ante todo aprendí su cordialidad. Confieso que de niño cuando me acercaba a por alguna medicina me imponía, se me hacía distante, nada más lejos de la realidad, Mino es muy próximo, muy nuestro y no está tan pendiente del qué dirán ni se queda sin dormir por las noches contabilizando el debe y el haber de la gente que le rodea.
Ya le dije que era hora de tomar una copa, se hacía de noche y los marcianos con las motos de cuatro ruedas seguían atronando la alameda.
Al día siguiente acabamos los restos de comida, Mino no faltó a la cita, pero ya éramos grupos diseminados que no queríamos decir adiós a nuestro pueblo y prolongábamos la ya próxima vuelta a las ciudades. El día se presentó ventoso y no nos dio la más mínima tregua. Toni Enciso, pasó de recogida, Rafael el boche se tomó una cerveza con nosotros, Pepe Mena le daba vueltas al altar del Corpus próximo y yo como siempre sin hacer la tarea de contaros la romería de san Isidro. Ustedes me perdonaran pero los designios de Campillo son inexcrutables.
Ah, se me olvidaba, el primino, Juli Mena, se me cruzó el sábado por la noche en la alameda, le grité, Juli dónde vas, voy a casa a cenar Guillermo, me respondió, eran las diez de la noche y nunca lo vi tan pronto de retirada. No se si encontró el camino.
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