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CAMPILLO DE LLERENA (BADAJOZ-EXTREMADURA)

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LOS PASTORES EXTREMEÑOS DE LOS AÑOS 50 LOS PASTORES EXTREMEÑOS DE LOS AÑOS 50 (0.026 s)

LOS PASTORES EXTREMEÑOS DE LOS AÑOS 50

FECHA El 05/06/08 a las 06:06:30 IP GUARDADA
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Online José Sánchez del Viejo
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LOS PASTORES EXTREMEÑOS DE LOS AÑOS 50

 En los años 50, los pastores en Extremadura eran como una especie de duendes dueños de su hábitat; la dehesa. Había incluso un villancico popular que decía:

 “Los pastores no son hombres,

que son ángeles del cielo

que en el portal de Belén

ellos fueron los primeros”  

aunque también había otro que los catalogaba de otra forma:

“Los pastores no son hombres,

que son burros y animales

que comen en los calderos

y duermen en los manjales”

 De cualquier forma, ángeles o animales, los pastores extremeños eran los auténticos dueños de los campos. Sin escrituras, es cierto. Pero los arroyos eran suyos, y los conchales, y las encinas, y todas las laderas y los cerros de su entorno. Ellos, y nadie más, recolectaban las bellotas más dulces, los cardillos, los espárragos trigueros, las criadillas de tierra, los berros de aguas limpias, e incluso algún  que otro nido de perdiz para hacerse una suculenta tortilla de espárragos o de criadillas. Sólo ellos disfrutaban de forma intensiva el medio campesino, sin otra opción. No tenían ciudad, ni pueblo, sólo campo. Campo con lluvia persistente que les empapaba todas las horas del día. Campo con escarcha cuyo frío intenso les quemaba las manos y las orejas produciéndoles unos dolorosos sabañones. Campo con tiernos brotes y flores de todos los colores y aromas más insospechables. Campo con  calor abrasador que les bañaba en furioso sudor las veinticuatro horas del día. Campo con trabajo agotador y esclavizante. Campo con momentos maravillosos y con grandes dosis de gratificante esperanza.

 Todo lo que la vista podía abarcar era suyo. Y no tenían que pagar ningún dinero por ello. Los propietarios legales, los que sí tenían títulos de propiedad, se gastaban millones de pesetas en comprar grandes fincas y se pasaban, en muchos casos, años y años sin visitarlas, sin disfrutar de ellas. Pero los pastores prácticamente nacían en ellas –como en el poema “La nacencia”, de Luís Chamizo, vivían y morían en ellas: (Me contaron una vez que, cierto nuevo señorito propietario con papeles de una finca, demasiado refinado por los modos de vida de “los madriles”, iba con un amigo paseando por ella y que al llegar a la majada de los pastores encontró a estos enfrascados en agradable tarea de dar cuenta de una gran fuente de garbanzos que reposaba sobre una pequeña mesa a cuyo alrededor se sentaban todos e iban comiendo todos de ella. El visitante se giró hacia su amigo y comento en voz alta “Míralos, todos comiendo en el mismo dornajo, como los cerdos tocándose con los hocicos”. A lo que el viejo mayoral de pastores, arrellanándose en su asiento al tiempo que soltaba la cuchara, se volvió hacia él y contestó: “Chacho, chacho. ¡Qué quierej, que comamoj como busiotroj, ca’  uno en su pesebre como los gueyes pa’ no tocase con los cuernoj”). Los pastores, repito, eran parte de las fincas como un elemento más de las mismas. Eran parte del campo.

 Sus vidas corrían paralelas a las de los animales que les rodeaban. Tanto domésticos como salvajes. Por eso era tan frecuente que sus cuentos, sus canciones y sus fantasías estaban llenos de tan singulares compañeros. Su riqueza tenía mucho que  ver con el hecho de tener muy buenos corderos, por ejemplo. Sus miedos estaban llenos de lobos feroces que les mataban el ganado, e incluso amenazaban su propia integridad personal.

 

 En las larguísimas noches invernales del campo solían contarse, al amor de la lumbre historias oídas de generación en generación, en las que entre otras muchas cosas inverosímiles había lobos, zorros, burros, perros y un largo etcétera de personajes del reino animal que hablaban, filosofaban o aconsejaban a los hombres. Era como una buena forma de enseñar, quizás sin pretenderlo, a la familia o a los compañeros cual era la forma correcta de comportarse en tan rústica sociedad. No olvidemos la tremenda carga de sabiduría innata y los grandes dotes de filosofía básica de la gente campesina, fruto indudable de la experiencia transmitida de padres a hijos y de la tenaz observación de todo lo que pasa día a día a su alrededor. Saben leer en los elementos de forma certera en el tiempo y lugar para el futuro de una buena siembra o una buena cria animal. Y en muchos de los casos se trataba de personas totalmente analfabetas, que nunca habían tenido acceso a escritos o estudios específicos. Ni falta que les hacía.

 

*José Sánchez del Viejo es extremeño y escritor.




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FECHA El 05/06/08 a las 07:06:04 IP GUARDADA
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El 30/11/99 a las 09:11:00

"LA NACENCIA" de Luis Chamizo                          I   Bruñó los recios nubarrones pardos la lus del sol que s´agachó en un cerro, y las artas cogollas de los árboles d´un coló de naranjas se tiñeron.        A bocanás el aire nos traía           los ruídos d´alla lejos y el toque d´oración de las campanas           de l´iglesia del pueblo.   Ibamos dambos juntos, en la burra,      por el camino nuevo,      mi mujé mu malita,      suspirando y gimiendo.             Bandás de gorriatos montesinos      volaban, chirrïando por el cielo,      y volaban pal sol qu´en los canchales      daba relumbres d´espejuelos.        Los grillos y las ranas      cantaban a lo lejos, y cantaban tamién los colorines      sobre las jaras y los brezos, y roändo, roändo, de las sierras      llegaba el dolondón de los cencerros.        ¡Qué tarde más bonita!      ¡Qu´anochecer más güeno!      ¡Qué tarde más alegre      si juéramos contentos!... - No pué ser más- me ijo- vaite, vaite      con la burra pal pueblo, y güervete de prisa con l´agüela,      la comadre o el méico -.             Y bajó de la burra poco a poco,      s´arrellenó en el suelo, juntó las manos y miró p´arriba, pa los bruñíos nubarrones recios.             ¡Dirme, dejagla sola, dejagla yo a ella sola com´un perro,      en metá de la jesa,      una legua del pueblo...      eso no! De la rama      d´arriba d´un guapero,      con sus ojos roendos      nos miraba un mochuelo, un mochuelo con ojos vedriaos como los ojos de los muertos... ¡No tengo juerzas pa dejagla sola; pero yo de qué sirvo si me queo!        La burra, que rroía los tomillos           floridos del lindero carcaba las moscas con el rabo;           y dejaba el careo, levantaba el jocico, me miraba           y seguía royendo.           ¡Qué pensará la burra si es que tienen las burras pensamientos!             Me juí junt´a mi Juana,           me jinqué de roillas en el suelo, jice por recordá las oraciones           que m´enseñaron cuando nuevo.           No tenía pacencia           p´hacé memoria de los rezos... ¡Quién podrá socorregla si me voy! ¡Quién va po la comadre si me queo!        Aturdio del tó gorví los ojos pa los ojos reondos del mochuelo;           y aquellos ojos verdes,           tan grandes, tan abiertos, qu´otras veces a mí me dieron risa,           hora me daban mieo.           ¡Qué mirarán tan fijos           los ojos del mochuelo!             No cantaban las ranas, los grillos no cantaban a lo lejos, las bocanás del aire s´aplacaron, s´asomaron la luna y el lucero, no llegaba, rondo, de las sierras          el dolondón de los cencerros... ¡Daba tanta quietú mucha congoja! ¡Daba yo no sé qué tanto silencio!                  M´arrimé más pa ella;           l´abrasaba el aliento,           le temblaban las manos,           tiritaba su cuerpo... y a la luz de la luna eran sus ojos           más grandes y más negros.   Yo sentí que los míos chorreaban           lagrimones de fuego.           Uno cayó roändo,           y, prendío d´un pelo,           en metá de su frente           se queó reluciendo.           ¡Que bonita y que güena,           quién pudiera sé méico!             Señó, tú que lo sabes           lo mucho que la quiero. Tú que sabes qu´estamos bien casaos,           Señó, tú qu´eres güeno; tú que jaces que broten las simientes           qu´echamos en el suelo; tú que jaces que granen las espigas,           cuando llega su tiempo; tú que jaces que paran las ovejas,           sin comadres, ni méicos... ¿por qué, Señó, se va morí mi Juana,          con lo que yo la quiero,          siendo yo tan honrao          y siendo tú tan güeno?...                ¡Ay! qué noche más larga          de tanto sufrimiento;          ¡qué cosas pasarían          que decilas no pueo!          Jizo Dios un milagro;          ¡no podía por menos!                         II                  Toito lleno de tierra           le levanté del suelo, le miré mu despacio, mu despacio,           con una miaja de respeto.           Era un hijo, ¡mi hijo!, hijo dambos, hijo nuestro...                Ella me le pedía           con los brazos abiertos,           ¡Qué bonita qu´estaba           llorando y sonriyendo!                  Venía clareando;           s´oïan a lo lejos           las risotás de los pastores           y el dolondón de los cencerros. Besé a la madre y le quité mi hijo;           salí con él corriendo,           y en un regacho d´agua clara           le lavé tó su cuerpo.           Me sentí más honrao,           más cristiano, más güeno, bautizando a mi hijo como el cura bautiza los muchachos en el pueblo.                  Tié que ser campusino,           tié que ser de los nuestros, que por algo nació baj´una encina           del camino nuevo.        Icen que la nacencia es una cosa que miran los señores en el pueblo;           pos pa mí que mi hijo           la tié mejor que ellos, que Dios jizo en presona con mi Juana           de comadre y de méico.        Asina que nació besó la tierra, que, agraecía, se pegó a su cuerpo;           y jue la mesma luna           quien le pagó aquel beso...           ¡Qué saben d´estas cosas           los señores aquellos!                  Dos salimos del chozo,           tres golvimos al pueblo. Jizo dios un milagro en el camino:           ¡no podía por menos!  


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