En los años 50, los pastores en Extremadura eran como una especie de duendes dueños de su hábitat; la dehesa. Había incluso un villancico popular que decía:
“Los pastores no son hombres,
que son ángeles del cielo
que en el portal de Belén
ellos fueron los primeros”
aunque también había otro que los catalogaba de otra forma:
“Los pastores no son hombres,
que son burros y animales
que comen en los calderos
y duermen en los manjales”
De cualquier forma, ángeles o animales, los pastores extremeños eran los auténticos dueños de los campos. Sin escrituras, es cierto. Pero los arroyos eran suyos, y los conchales, y las encinas, y todas las laderas y los cerros de su entorno. Ellos, y nadie más, recolectaban las bellotas más dulces, los cardillos, los espárragos trigueros, las criadillas de tierra, los berros de aguas limpias, e incluso algúnque otro nido de perdiz para hacerse una suculenta tortilla de espárragos o de criadillas. Sólo ellos disfrutaban de forma intensiva el medio campesino, sin otra opción. No tenían ciudad, ni pueblo, sólo campo. Campo con lluvia persistente que les empapaba todas las horas del día. Campo con escarcha cuyo frío intenso les quemaba las manos y las orejas produciéndoles unos dolorosos sabañones. Campo con tiernos brotes y flores de todos los colores y aromas más insospechables. Campo concalor abrasador que les bañaba en furioso sudor las veinticuatro horas del día. Campo con trabajo agotador y esclavizante. Campo con momentos maravillosos y con grandes dosis de gratificante esperanza.
Todo lo que la vista podía abarcar era suyo. Y no tenían que pagar ningún dinero por ello. Los propietarios legales, los que sí tenían títulos de propiedad, se gastaban millones de pesetas en comprar grandes fincas y se pasaban, en muchos casos, años y años sin visitarlas, sin disfrutar de ellas. Pero los pastores prácticamente nacían en ellas –como en el poema “La nacencia”, de Luís Chamizo, vivían y morían en ellas: (Me contaron una vez que, cierto nuevo señorito propietario con papeles de una finca, demasiado refinado por los modos de vida de “los madriles”, iba con un amigo paseando por ella y que al llegar a la majada de los pastores encontró a estos enfrascados en agradable tarea de dar cuenta de una gran fuente de garbanzos que reposaba sobre una pequeña mesa a cuyo alrededor se sentaban todos e iban comiendo todos de ella. El visitante se giró hacia su amigo y comento en voz alta “Míralos, todos comiendo en el mismo dornajo, como los cerdos tocándose con los hocicos”. A lo que el viejo mayoral de pastores, arrellanándose en su asiento al tiempo que soltaba la cuchara, se volvió hacia él y contestó: “Chacho, chacho. ¡Qué quierej, que comamoj como busiotroj, ca’ uno en su pesebre como los gueyes pa’ no tocase con los cuernoj”). Los pastores, repito, eran parte de las fincas como un elemento más de las mismas. Eran parte del campo.
Sus vidas corrían paralelas a las de los animales que les rodeaban. Tanto domésticos como salvajes. Por eso era tan frecuente que sus cuentos, sus canciones y sus fantasías estaban llenos de tan singulares compañeros. Su riqueza tenía mucho quever con el hecho de tener muy buenos corderos, por ejemplo. Sus miedos estaban llenos de lobos feroces que les mataban el ganado, e incluso amenazaban su propia integridad personal.
En las larguísimas noches invernales del campo solían contarse, al amor de la lumbre historias oídas de generación en generación, en las que entre otras muchas cosas inverosímiles había lobos, zorros, burros, perros y un largo etcétera de personajes del reino animal que hablaban, filosofaban o aconsejaban a los hombres. Era como una buena forma de enseñar, quizás sin pretenderlo, a la familia o a los compañeros cual era la forma correcta de comportarse en tan rústica sociedad. No olvidemos la tremenda carga de sabiduría innata y los grandes dotes de filosofía básica de la gente campesina, fruto indudable de la experiencia transmitida de padres a hijos y de la tenaz observación de todo lo que pasa día a día a su alrededor. Saben leer en los elementos de forma certera en el tiempo y lugar para el futuro de una buena siembra o una buena cria animal. Y en muchos de los casos se trataba de personas totalmente analfabetas, que nunca habían tenido acceso a escritos o estudios específicos. Ni falta que les hacía.