|
Prólogo
Allá por los años 40, Ricardo Rubio Murillo tuvo la feliz idea de verter su ingenio en versificar un accidente imaginario y de final afortunado que, centrándolo en la persona de mi padre, José Antonio Carrasco Sánchez, de profesión herrero y a quien apodaban "Fatiga", citaba en la trama a la casi totalidad de los componentes de los esforzados y pintorescos gremios de herreros y carpinteros, retratando en lo posible su particular idiosincrasia o características personales, por ejemplo:
A mi hermano "Regalao"
lo dejo desheredao.
Consecuencia de diferencias de mentalidad política.
Y con pelos del "Sacristán"
le dan el primer jirbán.
pues ese señor era calvo... etc, etc.
Por aquellos entonces mi corta edad no permitió intervención alguna ni rememorar aquella historia. Sólo años después fui conociendo por tradición oral algunos fragmentos inconexos, pero suficientes para valorar que la obra debía conservarse, sino para presentarla a unos juegos florales, si al menos para que las siguientes generaciones de Campillo de Llerena (Badajoz) tengan presente el recuerdo de sus mayores en una época de esfuerzo, sudor y con frecuencia, hambre.
Consecuentemente, durante largo tiempo intenté localizar algún manuscrito o contactar con el autor o autores, pues tenía noticias al respecto. Felizmente, en el verano de 1983, el autor principal me proporcionó una versión recordando el manuscrito original ya que el primitivo no es localizable.
Cuenta Ricardo Rubio en el prólogo del actual manuscrito, que la historia fue concebida y escrita en los años 1945-46 con la colaboración de sus hermanos, especialmente de Nemesio.
Cuenta también que el "librillo" fue de cortijo en cortijo y de chozo en chozo, donde los gañanes y pastores antes de acostarse, a la luz y a lo caliente de la candela en el invierno y a la sombra de un chaparro en verano a la hora del cigarro, lo leían, releían y se reían haciendo los comentarios propios del suceso. También por las casas del pueblo pasaba de unos a otros.
Explica, que la historia se tituló "El suceso de Atilano" ya que por este otro nombre era conocido el protagonista, además que por el de "Fatiga". Atilano era el nombre real de su padre.
Por mi parte, una vez leído el manuscrito, noté la falta de algunos versos que había escuchado, por lo que consulté al autor, quien expuso que eran apócrifos ya que iba en contra del espíritu de la obra la citación de mujeres. Siendo así, sólo he añadido con su consentimiento algunos de ellos, por estimarlos muy divertidos y en consonancia:
"Fatiga" en su agonía,
quiso hacer una porquería.
Se presentó "El Cano",
con la escupidera en la mano.
Para aquel posible lector forastero, añadiré que Campillo de Llerena es un pueblo de economía agropecuaria, siendo por aquellos años los utensilios y aperos de labranza que se utilizaban, concebidos para trabajo manual o tracción animal por lo que los herreros y carpinteros, a quienes los campesinos llamaban "artistas", componían los gremios encargados de su mantenimiento, empleado medios poco o nada mecanizados que exigían un notable esfuerzo físico. Así que el humor de la historia fue una pincelada "pa endurzá una mijina sus penas", como diría el poeta extremeño Luis Chamizo.
La principal hermandad laboral entre ambos gremios se daba en encajar aros de hierro al rojo en las enormes ruedas de madera de los carros; todo un ritual de fuego, esfuerzo, sudor y fuertes expresiones con el sabor de la tierra. Espectáculo de feliz recuerdo para mí y creo que para todos los que lo presenciamos siedo niños. Todo ello concluía regando las polvorientas gargantas con vino del lugar al que muchos de nuestros herreros y carpinteros eran "algo" aficionados.
Bueno, como acertadamente, la obra está escria en el lenguaje popular, sólo entrecomillaré los apodos o motes, pues si lo hiciera con todas las palabras o expresiones típicas, más semejaría rastrojo que escritura.
Para finalizar me resta decir, que si cabe algún honor por esta obra, indudablemente es para los autores. Mi labor no ha sido otra que contribuir a rescatarla del olvido del tiempo, por no creerla merecedora a ello y presentarla con este humilde prologuillo.
Manuel Carrasco Rubio
|