|
<< IMAGEN >> Registrese en el foro o acceda para poder ver la imagen
“Aquí está, viene ya tan feliz, con sus flechas de amor para ti, quizás también para mi…”
En lo de montar en bicicleta quedábamos atrás al mismo Luis Ocaña, todo el día de un lado para otro sin parar, subir la cuesta de la Iglesia para tromparnos con el sonido de los cien mil aviones que sobrevolaban el campanario. En El Caracol tomábamos aire para seguir por los callejones y entrar por las traseras de La Fábrica, otras veces seguíamos por el camino de la bomba hasta El Castillejo.
Siempre juntos los amigos y sino a pedrada limpia, que nos gustaba enseñar las piteras y no amedrentarnos por nada, echando el mismo valor que Julio Aparicio a un cuerno y con su misma suerte de que la cosa no fuera a mayores ¡Maaama, la palerina que te va a dá tu Papa cuando te coja! Porque también los había de buen ánimo cuando hacíamos alguna fechoría.
Por allí también jugaban las niñas al tocadé, la comba y sus cosas. Pero acercarte a ellas ni se te ocurría, ¿para qué? , ¿para que alguien cantara: mariquita, barre las casitas? Confieso que, sin saber cómo, empezamos a tirar la pelota más cerca de donde estaban, a pelearnos a su lado y a querer jugar juntos al pañuelo y a las prendas. No conformes con esto a una de ellas se le ocurrió decir un buen día en voz alta: a la Mari le gusta el Manolín. De repente todos nos pusimos colorados y lo que es peor, paralizados. Chacho, si llego a ser yo el Manolín me da un infarto allí mismo.
“Acalorado estoy, dime tú lo que me has dado, acalorado estoy, cuando tú estás a mi lado…”
Aquello no fue gratuito y lo cambió todo. Antes queríamos demostrar lo fuerte que éramos entre nosotros, ahora la dirección de nuestro valor iba dirigida a ellas. Empezaron a querer mandar unos y a no obedecer otros y apareció la pandilla.
En verano yo estaba muy a gusto con mis pantalones cortos, nunca pensé que debiera ponerme otros, si bien es verdad que el resto ya no los llevaba, pero no me quitaba el sueño. Pero me pasó algo parecido a lo de Manolín, que también en altavoz se pronunciaron las palabritas mágicas: Guillermo, ¿y tú todavía llevas pantalones cortos?, ese día comprendí lo que debieron sentir Adán y Eva cuando comieron de la manzana, desde entonces mi fruta preferida son las cerezas.
Con la llegada del verano venían los del pueblo que estaban en otras ciudades a pasar las vacaciones. Entre ellos estaba Carmen, la prima de la Antonia que comía conmigo en el comedor de la Eulalia Pajuelo. Y si bien es verdad que en agosto suben las temperaturas más que en febrero, cada vez que me cruzaba con Carmen por la calle, me sentía acalorado, con todo el cuerpo malo, como por el sol quemado.
“No sé, no sé, que tienen tus ojitos que me vuelven loco…”
Debía de estar pasándolas como un gusano de seda que se transforma en capullo, pero sin seda, ya que por las noches, en vez de dormirme pensando en el santito que me faltaba para completar el álbum de los equipos de futbol de primera, y que nunca lo traían al puesto de la Mari, la hija de José, no la que se enamoró de Manolín, me dormía pensando en Carmen.
Deseaba que amaneciera, que llegara la tarde, la hora del paseo por El Rodeo. ¡Qué mal estaba sin ella, sin verla! Pero todavía era peor cuando estaba cerca de ella.
“Non ho l´etá non ho l´etá per amarti…”
Había una lucha interna tremenda entre lo que se esperaba de mí, y lo que yo deseaba que pasase. Si, Cigliola, no hace falta que me lo recordaras con tu canción. Ya oía a mis primos mayores hablar de la Cinquetti y poner caras lánguidas.
Las consignas eran claras: mucho estudio, mucho deporte e intensa vida de piedad. Cada cosa a su tiempo, pero acaso ¿no era el tiempo de Carmen? Me veía tan poca cosa, tan frágil, y no sabía cómo hacer para que se fijara en mí, que supiera de mi existencia.
“Porque todo lo que piensas tú son ilusiones, que más me da…”
La mano amiga no llegaba, más bien en tono de burla, no se podían hacer una idea de por lo que estaba pasando. La merendilla me la saltaba sin acordarme, no tenía hambre. Mi madre como cosa especial compró Nocilla, la verdad que no sé muy bien si era cuestión de alimentación, que también, como por los vasos tan bonitos que traía.
Tú estás tonto, me decían los amigos, pues anda que tiene la Carmen algo como para fijarte en ella, vas de culo, cuesta abajo y sin frenos.
“Te estoy amando locamente pero no sé cómo te lo voy a decir…”
Lo peor es que ni siquiera coincidía con Carmen en la pandilla, que éramos de otra, y pensaba la manera de decirle lo que le tenía que decir y no me atrevía a decirlo. Y no solo eso, sino que además ella ni lo sospecharía, ¿o sí?
Como su prima Antonia estaba conmigo en Las Escuelas pensé que lo mejor era hablar con ella, y que me guardara el secreto, que ya sabemos hoy lo discretos que éramos entonces. Así que me armé de todo lo que pude y le conté a su prima lo de nuestro, bueno, lo de mi amor.
“Carmen, Carmen, voy a tener que emborracharme, Carmen, Carmen, Carmen, para decirte que eres tú mi amor…”
Antonia se quedó algo sorprendida, y en un punto reacia a la idea de hacer de celestina, pero como notó mi malestar me puso como excusa que allí en Zaragoza, donde vivía su prima, estaba mal visto que nadie le dijera a otra esas cosas como no fuera el niño que le gustaba y que le echara ganas y se lo dijera yo mismo, y que el que quiera peces que se moje el culo.
Yo no le tenía miedo al agua, porque todos los días íbamos a la Andigüela a bañarnos encorotos, por eso Antonia creo que no me entendió bien. Lo de hablar con Carmen así, por las buenas, sin haber terciado palabra antes no me parecía propio, pero tomé la determinación de hacerlo, aunque me tirara sin agua a la piscina.
“Hiciste la maleta, ay, sin decirme adiós, ay que dolor, tu amor me abandonó, ay que dolor, y solo me dejo, ay que dolor…”
Una tarde me coloqué unos pantalones blancos ¡más bonitos! y largos, que me cubrían las sandalias. De laca iba bien servido, que como nunca tuve fácil el pelo teníamos en casa un bote pequeño de plástico, con un vaporizador, que rellenábamos en la peluquería de la Viky. Me aseé bien, por partes, en la palangana, y como no tenía colonia me eché un poco de Floid de después del afeitado, del que usaba mi padre, que yo tenía aún la cara como el culo de un niño.
Mientras bajaba la calle notaba que el corazón se me salía del pecho, a la altura del garaje Murillo no era persona, y más teniendo ya enfrente Los Escalones. Antonia salió corriendo a mi encuentro, sus tíos se habían marchado esa mañana a Zaragoza. Me vine abajo del todo, como cuando perdía a los platillos, pero más.
“Dame veneno que quiero morir, dame veneno…”
Los padres de Carmen tenían la boda de un familiar en Madrid y aunque en un principio no entraba en sus planes al final se animaron y ya tenían más fácil el regreso. Antonia me acompañó a dar una vuelta y a consolarme, tenía ese punto de Romeo, pero no hasta el extremo de hacerme mártir por la causa.
Sin darnos cuenta estábamos sentados en el pretil del puente del Cañuelo y yo no sé quién empezó primero, pero os puedo asegurar que fue lo mejor que hasta ese momento había probado. Descubrí que tenía labios, y que no solo servían como antesala de la boca. Era suave, algodonoso, me abracé con Antonia, y puse de nuevo mis labios contra los suyos, fueron mis primeros besos.
“Saca el güisqui cheli para el personal y vamo hacé un guateque…”
Pasó el verano y volvimos a la rutina. En nuestros pueblos es el verano el que nos altera la sangre, la llegada de antiguos paisanos, de forasteros, nos enriquece y complementa y nos procura savia nueva sin necesitar caravanas del amor ni trueques informáticos.
Con la primera pasión llegaron las primeras copas, las primeras reuniones en la cochera de Juan Carlos, los primeros guateques, al principio entre nosotros, sin ellas. Te podías tomar entonces cuatro o cinco Rives con cola sin enterarte, ahora tienes que pedir tiempo muerto al tercero y aprovechar un viernes para recuperarte el fin de semana ¡qué buenos estaban los pececitos salados y las galletitas! Y ¡qué buenos los cubatas! Ya no hablábamos de futbol, ni del Tour, ni de que mi padre tiene un coche más grande que el tuyo y siete mundos más y todo el pueblo y Retamal juntos más, sino de la hija del del banco, de la del guardia civil, de la del de extensión agraria, de la del…
“Esta noche hay una fiesta, vamos todos a la fiesta…”
No paramos de fiestas y más fiestas, con bailes en el Morimor, y en otras cocheras y corralones que aunque no eran el de Blas salíamos todos con unas cuantas copas de más. Allí donde no había padres organizábamos algo los hijos, aprovechando las ausencias en bodas en Guadalupe, visitas a familiares de algún pueblo cercano, ferias en Zafra. Y si encima ya avisaban que dormirían fuera poníamos cara de sufridores en casa y que sobreviviríamos a tan sensible pérdida por una noche.
“Linda, agua de la fuente, linda, dulce e inocente…”
Un balón de reglamento, aunque remendado, era más apreciado que el Jabulani o las vuvuzelas en Sudáfrica. Tener o conseguir un tocadiscos, con discos o Lps incluidos, era como tener un autógrafo de Pau Gasol o Rafael Nadal.
Siempre había uno que se encargaba de la música y de que la moneda que hacía de contrapeso no se cayera del disco. Empezábamos con algo movido para no parecer desesperados, pero al poco todos queríamos que empezaran con las “agarrás” eso sí con mucho aire de por medio, que se ponían los codos como se ponen los burladeros en las plazas de toros, y a la mínima que si dos pasos para un lado y uno para otro y conseguían llegar al final de la canción sin sufrir ningún “hamatoma sexual”
“It´s a heartache…”, “The boxer…”, “Suspicion…”
Se sucedían las canciones ahora sin término. Era la primera terraza bien puesta en verano, con raciones y un buen servicio, y nuestro lugar de reunión en invierno. El bar La Fuente tenía hasta un pinchadiscos, una máquina que aceptaba monedas y te surtía de una variedad de canciones que elegías. Qué desgarrante era Bonnie Tyler, yo no tenía ni idea de inglés, todos éramos de francés, pero tenía que estar diciendo algo gordo, abonando el terreno para que de pronto reparara en Lola.
Lola entró con unos pantalones azul turquesa a los que no se les podía poner reparo ninguno. Después de lo de Carmen, de fiestas y guateques, pensé que no tendría otro arreón en mucho tiempo, sin embargo otra vez volvía a tener el corazón destrozado. Tenía sospechas de todos y de todo, como Elvis, y me encontraba sonado como un boxeador. ¡Lola, por lo que más quieras, fíjate en mí!
“Con la paz de las montañas, te amaré, con locura y equilibrio te amaré…”
No, ríen de ríen, me podía pasar como antes. No podía esperar un ángel bajado del cielo que le dijera a Lola cuánto la quería o mandar a Andy&Lucas en mi nombre. Ahora sí, este debía ser el amor de los amores. Si Carmen me quitaba el sueño Lola me quitaba el alma, no había otra cosa en qué pensar. La amaba como no estaba permitido, como nunca se había sabido y porque así lo había decidido, pero la ortografía de Lola era excelente.
“Tú eres lo más lindo de mi vida, aunque yo no te lo diga, aunque yo no te lo diga…”
Tenía el corazón contento, lleno de alegría, pero me faltaba la guinda: hacérselo saber a ella. Gracias a Dios, hubo colaboración, alguna amiga hacía de eco, -¿crees que siente algo por mí?, puede que sí,-¿y si le digo algo se puede molestar?, creo que no, ¿y ella te ha dicho algo de mí?, directamente no pero no le gusta otro niño.
Muy discretamente, en el Tropezón, habían restaurado los altos del bar La Cuadra, y estando sentada con sus amigas, no sé si faltaba alguna, le dije que le tenía que decir una cosa. Todas se rieron entre dientes, señal inequívoca de que no se imaginaban nada porque lo que iba a decir a Lola era muy serio. Nos sentamos en una mesa al fondo, solos, como era invierno llevábamos puesto los abrigos, le cogí la mano por debajo, porque las amigas no paraban de mirar para atrás, y no la quitó: Lola no sé si sabes que me gustas y que me estoy declarando. No quería dejar nada al azar y que el mensaje fuese claro, nítido, ella me miró y con una sonrisa me echó el humo del cigarrillo, ¿entonces, estamos saliendo?, sí, me contestó, y se fue a decirle no se qué a sus amigas.
“Ahora sé que me quieres, ahora sé que te quiero…”
Me decía un amigo no hace mucho que deseaba sentir lo de aquellos años, lo de aquella edad. Pienso que no hay edades para el amor, que con el paso de los años vamos sabiendo que aquello que creíamos privativo de nuestros quince, dieciséis, diecisiete años, sucede también con cuarenta, con sesenta o con ochenta. Esa pasión inicial ocurre cuando ocurre sin más y es temporal, dando paso al verdadero amor, a la complicidad, a encontrarse con alguien que no solo mitiga tu soledad sino que es compañía. Sería casi incompatible con la vida y con la de nuestras coronarias que esa pulsión fuera continua, la aguantó Juana paseando el cadáver de su marido, el Archiduque Felipe, por toda Castilla, y la llamaron loca.
Pasado el miedo inicial a la falta de correspondencia sería más cruel aún que nos la dieran sin sentirla. No tenemos compromisos sociales, jerárquicos o dinásticos que nos obliguen a estar con quién no queremos, somos libres y esa gran fortuna hay que saber administrarla.
“Tengo tu amor, ¿para qué quiero más?, me conformo con ser feliz, ¿qué más puedo pedir?…”
Lola colmaba todo lo que soñé. Me parecía imposible que pudiera tenerla, que fuera mi alegría y tantas cosas a la vez. Sería capaz de todo en la vida por ella y con ella, me sentía más seguro y además había vuelto a recuperar a mis amigos. Hubo un tiempo que anduvimos desperdigados, desconfiados, traidores de nuestra amistad, pero de nuevo, ya cada uno con su novia, no se empleaba el término de mi chica o mi pareja, volvimos a unirnos los amigos. Si era reservado de los dos los paseos a Los Grupos, Los Porches de las escuelas o El Cañuelo. Y es que era un anticipo del senderismo, una loa a la vida sana, aquella de “mens sana in corpore sano” y ¡qué sano estaba el cuerpo de Lola!
“Voy a pintar las paredes con tu nombre mi amor, para que sepas que te quiero de verdad…”
El tiempo de estar todos los días juntos tocaba a su fin. A Lola le tiraba más las ciencias y se marchó a Badajoz, lo mío eran las letras y la organización de la Universidad de Extremadura las ubicaba en Cáceres, pero al final me marché a Salamanca, donde mi padre tenía unos amigos de nuestro pueblo que se establecieron allí y tenían una habitación para mí. Era una distancia pequeña y durante el corto tiempo de nuestros estudios universitarios el tiempo volaría para permanecer siempre juntos, aparte de que nuestros padres seguían viviendo en el pueblo y debíamos saber agradecer esa oportunidad de estudio que desgraciadamente no tenían todos.
Si es algo maravilloso el amor también descubrimos que una vez pasada la pasión esta no desaparece sino que se mantiene en las cartas. A falta de teléfonos móviles, de los que no se sabía de su existencia, las cartas eran un regalo a todos los sentidos, se olían, se besaban…y también se leían. No pasaba un día que no mirara el buzón con noticias de Badajoz. Luego estaba el número de hojas: mí querida Lola he recibido tu carta y me parece que no me quieres como yo a ti, la última vez te escribí cuatro hojas y tú solo tres. ¡Cuántas noches hasta las tantas para escribir unas líneas!, al final llegamos al acuerdo de dos hojas cada uno.
Con las cartas venían fotos. Me gustaban las que estábamos los dos juntos y las pequeñas para la cartera. No faltaban en mi mesilla, ni en la mesa de estudio, la foto de Lola, pero tampoco y he de confesarlo, alguna de Campillo, mi otro amor.
“Buscaremos un lugar para amar y soñar este fin de semana…”
Siempre que podía me acercaba a Badajoz por no hacerla venir a Salamanca. Me acuerdo un puente, fue la primera vez que salimos de España y fuimos juntos con unos amigos a Lisboa. ¡Qué romántica me pareció! y la ciudad cercana de Sintra con su casco antiguo.
La mayoría de las veces no eran tan pretenciosas sino pasar el fin de semana sin estar separados, que ya nos parecía estar en la misma Venecia fuera el lugar que fuese.
“¡Ay! Si me quisieras lo mismo que yo, pero somos marionetas bailando sin fin…”
A mediados del segundo curso de la facultad empecé a notar algo rara a Lola. Es verdad que segundo era muy complicado, pero casi no dejaba que fuera a verla. La excusa eran los estudios y que no se concentraba perdiendo los fines de semana, y que aunque le propuse que nos dedicaríamos a estudiar tampoco daba su aprobación, y que sería una mala racha y que no me preocupara que me seguía queriendo como siempre. “Parole, parole, parole…”
No creí que la habían visto con otro, que salía los fines de semana y que era el último en enterarme, como ocurre casi siempre. Nos encontramos en el pueblo en Semana Santa, y me dijo que no era cierto, que no salía con nadie, que no la agobiara, que necesitaba tiempo para poner las cosas en su sitio, que los hombres queremos blanco o negro y que también existe el gris, el marrón, el verde. A mí se me estaba poniendo cara de arco iris.
“Y yo, enamorado de ti, eso sí que tiene guasa, esclavo de mi trabajo, pa que nada te faltara…”
Me contó un vecino médico que le llegó a urgencias una chica adolescente con dolores de vientre acompañada de su madre: “mire usted señor doctor a mi hija le ha debido sentar mal el chorizo que se comió el otro día, que va para dos días con unas molestias que no para”. Tras las comprobaciones oportunas salió el médico muy serio, fueron a las tres de la madrugada a llamarlo, y le dijo:” señora, lo que le ha sentado mal a su hija es el chorizo de su novio”.
Lola, que no atendía, desde semanas, ni cartas, ni llamadas, llegó ese verano al pueblo, preñada y con su novio, un aparejador de Montijo, del brazo. Se casaron en septiembre, antes de que naciera la criatura, en una iglesia de Badajoz, muy cerquita de su facultad, donde íbamos a misa los domingos agarraditos de la mano y elevando plegarias por nosotros y nuestros futuros hijos.
“El gato que está triste y azul, nunca se olvida que fuiste mía…”
¿Que cómo me quedé?, entonces me pareció que iba a morirme. Si al principio pensé que no se atrevería a venir al pueblo luego caí en la cuenta que era yo el osado de salir a la calle. Los sentimientos iban de un lado a otro y esperaba que al final me dijera que la perdonara, que yo la recibiría en mis brazos sin reproche alguno y queriendo a ese niño como mío. Lejos de eso me presentó al perito en la discoteca Arca Joys, donde el antiguo cine de invierno, el Cervantes, y me dio un beso en la frente diciendo: “te deseo lo mejor Guillermo, te lo mereces”.
“¡Help!, ayúdame, en tu amistad he puesto toda mi fe…” “Mami no me dejes solo, no mami, no puedo vivir, no, no, no, no…”
¡Qué tranquilo me dejaron las palabras de Lola!, no sabía si subirme al Castillejo y rebotar contra la silla El Papa, irme a Francia a la vendimia o pedir asilo político en Anverigualandia.
Mi madre se convirtió en paño de lágrimas, quién me lo iba a decir a mí que ya era todo un mocito, sin atosigar, ni preguntar nunca nada. Sin embargo, la sorpresa me llegó un día sentado en El Maguillejo, sin mediar palabra la Antonia, mi antigua compañera de Las Escuelas, se puso a mi lado y fue de nuevo mi cómplice, mi amiga verdadera, y me sacó de aquella cueva, con su comprensión y cercanía.
“Qué tendrá Marbella, que tendrá la costa…” “Il cuore é uno zíngaro…” “Libre, libre, quiero ser, quiero ser, quiero ser libre…”
El siguiente verano me invitó mi primo Pedro a pasar unos días con ellos en un apartamento que alquilaron en Marbella. Aquello me recuperó definitivamente, ya lo decían Los Chichos que se iban en verano a la playa de Marbella, a ver si se podían enrollar con una bonita sueca. En Puerto Banús había yates, y barcos, y coches, pero también suecas, rusas, francesas, y andaluzas, madrileñas, valencianas…El corazón era un gitano verdaderamente y nómada de naturaleza.
Así estuve libre, que es lo que quería, sin ninguna atadura, ni puesta el ancla en parte alguna, otra vez con los amigos, con las fiestas, recorriendo Salamanca, su ambiente, sus calles, sus plazas, sus…que ya se sabe que “lo que Dios no da Salamanca no presta”, porque también aproveche mi tiempo de estudio pero sin descuidar ni olvidarme de vivir.
“Un rayo de sol, oh oh oh, me trajo tu amor…” “Congratulations, qué buena suerte…”
Ya lo dice el refrán que el hombre es el único animal que tropieza dos y tres y cuatro veces en la misma piedra, de la mujer nada dice al respecto. Y como no hay dos sin tres, pues que en aquellas salidas conocí a Julia, una salmantina preciosa, única, ¡qué suerte había tenido!, nuevamente la mujer de mi vida y volví a bailar con ella agarrado de una forma especial, como nunca había sentido, “forever an ever…” era nuestra canción favorita y volvieron a ser las “mañanas de terciopelo” y a querer “mourir auprés de mon amour…”
“Oh, oh July, te quiero cantar, tú has sido principio y final, el principio de mi nueva vida, el final de mi soledad.Oh, oh July, te quiero cantar, de tu mano, más corta se hará esa senda, que quiero contigo caminar”
PD
Tal vez lloré, o tal vez reí,
Tal vez gané, o tal vez perdí,
Ahora sé que fui feliz,
Que si lloré, también amé,
Puedo vivir, hasta el final, a mi manera.
|