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Bueno, espero no haberles hecho aguardar tanto por la continuación, y sobre todo, no defraudarlos con esta nueva entrega, más larga y alegre que la anterior. Me he esmerado bastante, así que tengo fe en que será de su agrado y les hará reír bastante.
Muchas gracias por los comentarios, ojala sigan poniéndome al tanto sobre sus opiniones, y si tienen alguna crítica, inquietud o pregunta, no duden en hacérmela saber.
A Kamyu Verseau: Este capítulo va dedicado muy especialmente a tí. Mi amor, gracias por ser mi fan Nº 1 y por tenerme paciencia el día de hoy, siento mucho no haberte dedicado mi tiempo y atención como otras veces, pero necesitaba transcribir las ideas que tenía en mente antes de que se fueran, tan volátiles y esquivas como siempre en esta cabeza mía, algo dispersa y alocada. Sabes que eres mi muso, y tan fiel a mí, te quedaste a mi lado hasta el final, entre las miles de interrupciones que hubo en mi casa este día, las malditas fallas de mi PC. y mis improperios en su contra por lo mismo, pese al cansancio y el sueño que te vencían. Gracias por eso y por lo mucho que me das. Te amo infinitamente, mi amor.
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Cap 2: El revivir de un cálido corazón.
Resumen: El esperado reeencuentro por fin aconteció, y tras una alegre tarde, en el lago de los recuerdos, las viejas amistades vuelven a estrechar fuertemente sus fraternales lazos, aletargados por la ausencia de los años transcurridos.
Habían pasado ya un par de semanas. A estas alturas del partido, los 8 restantes jóvenes habían retornado al Santuario, portando sus respectivos Mantos Dorados y con ello, asumiendo las responsabilidades que ello requería.
Se respiraba un ambiente de paz y sana convivencia entre los jóvenes, quienes, a medida que pasaban los días, habían tenido la oportunidad de reencontrarse y afianzar viejos lazos de amistad, así como poner al día en los sucesos de su vida durante su ausencia a sus pares camaradas y relajarse un poco más. Al menos, la gran mayoría, pues al menos uno de ellos, esquivaba el encuentro de otro en especial.
El Guardián de la Tercera Casa no comprendía por que ese afán de Kamyu por rehuirle, siempre que le miraba, éste esquivaba la vista hacia otra parte, y siempre que intentaba hablarle, el Acuariano buscaba el modo de cortar la charla, a veces de modo bastante frío y apático, y no era con el único, el Escorpio también había sufrido el mismo trato de parte del joven galo, solo que éste, más tozudo y testadura, no cejaba en su empeño por sacar al menos unas palabras más de las habituales de parte del francés. Sabía que muy pronto, aquel joven a quien consideraba como un hermano desde que eran niños, acabaría por caer rendido ante su labia e insistencia, no por nada le conocía tan bien, tenía la esperanza que tras un par de días de empeño, el Acuariano acabaría por ceder, porque después de todo un cariño tan fraterno no puede ser olvidado así como así, por muchos años que hubiesen pasado. Saga, en cambio, más reservado y taciturno, iba lentamente, otorgándole espacio personal al joven, aguardando el momento en que fuese el mismo francés quien acudiera a él, como antaño. Y no se equivocó, pues fue el primero en obtener resultados, cerrando poco a poco la brecha que los separaba, abriendo una esquirla para que el Escorpio lograra también su mérito ante tanta persistencia.
Fue durante una radiante tarde en que el dios Apolo lanzaba sus rayos con furia sobre las cabezas y espaldas de los humanos, citadinos de Atenas y campesinos que trabajaban arduamente sus campos de cultivo eran tostados por el Astro Rey por igual, mientras que en el Santuario, la temperatura no menguaba de los 48º C. pese a la altura en que éste se encontraba, enclavado a unos 1.700 metros a nivel del mar. Muchos de los que habitaban aquel Santuario, buscaban la forma de resguardarse del calor de la manera que más les acomodara, algunos, amparados por sistemas de ventilación, dormitaban dentro de sus aposentos, sucumbiendo a los brazos de Morfeo gracias al aplastante y pesado ambiente calcinante y a la vez húmedo. Otros, aprovechaban la existencia de los baños públicos, estilo romano, dispuestos para su libre uso. Los más afortunados o de más alta jerarquía, como la diosa Athena o el Patriarca, poseían baños y piletas con sistemas de aire acondicionado, flanqueadas por grecas columnas de mármol totalmente privadas, en la comodidad de sus respectivos Partenón greco. Mientras que el Geminiano tenía otra forma algo menos usual de refrescarse, y aquella era dándose una escapada a un pequeño, pero hermoso lago de cristalinas aguas, con una pequeña cascada que caía entre las afiladas rocas, cubiertas de musgo y vegetación, el cual se hallaba en la parte más recóndita de la montaña, lugar que solo era conocido por tres Santos, quienes desde críos habían hecho de aquel lugar su guarida secreta.
Nada más llegar al sitio, oculto entre frondosos árboles, el Santo Geminiano se desprendió de su metálico ropaje y calzado, así como los ajustados pantalones y remera que llevaba bajo ella, quedando solo en unos bóxer blancos que se moldeaban perfectamente a su cuerpo, como una segunda piel, y que delineaban a la perfección sus redondos y duros glúteos y su sexo, metiéndose a las frías aguas con un perfecto clavado. Se deslizó bajo las aguas hasta llegar a la cascada, situándose bajo ella, dejando que el agua, limpia y traslúcida rodara por su nívea piel y sus azulados cabellos, haciendo que éstos se pegaran a su cuerpo como un manto, ocultándole el rostro bajo el flequillo. El esplendor de su cuerpo, la albura y tersura de su dermis como la porcelana, sus marcados músculos, así como su perfil perfecto, le daban el aspecto de un dios greco, similar a las esculturas de las deidades Olímpicas que abundaban en la región, pero que a decir verdad, muy pocos eran los humanos privilegiados de poseer y de ser bendecidos por tal varonil belleza por parte de los dioses. A aquella sensual visión, se agregaba el hecho de que, por efecto del vital líquido, sus bóxer se traslucieran por completo, dejando muy poco a la imaginación, revelando casi en su totalidad su hombría, carente de vellosidad y de un tamaño y grosor por encima del promedio, la cual, gracias al calor reinante, parecía semierecta. A sus 28 años, aquel hombre poseía un porte majestuoso y elegante que sin duda alguna, derretiría a cualquier fémina que tuviese la oportunidad de poder admirarlo en esos instantes.
Volvió a sumergirse en las aguas, en la cual la parte más profunda le llegaba apenas a la altura del ombligo, pensando que hace años atrás, cuando era apenas un adolescente, el nivel del lago le llegaba hasta el pecho, cerca de los pezones, mientras que a Milo y Kamyu les cubría hasta el cuello, pero eso es porque ellos eran unos pequeñajos aún de 9 y 8 años, respectivamente. Aquel pensamiento trajo a su memoria hermosos recuerdos que atesoraba con cariño, en donde los dos niños y el mozalbete pasaban las horas evadiendo el crudo calor de la estación estival, refrescándose y chapoteando en ese lago que pese al transcurso de los abriles, no había cambiado mucho su aspecto, solo las hierbas y los árboles manifestaban el tiempo transcurrido. Reflexionó con un deje de melancolía como ellos también habían crecido, así como esos retoños que ahora se habían vuelto recios robles y cipreses, llegando a la conclusión que en cierto modo todos habían cambiado, incluyéndose él mismo, pero sin duda la transformación más marcada, era la que se había operado en el que ahora era el Santo de Acuario.
Decidió dejar esas luctuosas cavilaciones de momento, y tomar un poco de Sol en la orilla, pero al estar aún tan ensimismado entre la embarullada madeja de reflexiones, no se percató que un pequeño gazapo y su madre roían la tierna brizna de la ribera del lago. La liebre, al percibir un inminente peligro, saltó delante de su cría, enseñando los dientes a la par que emitía un amenazador sonido, mirando al Gemelo de forma desafiante. El griego, ante la sorpresa, dio un pequeño salto hacia atrás, y en el intento de buscar una estabilidad a sus pies, acabó pisando una de las resbaladizas piedras redondas, cubiertas de musgo que cercaban la orilla, perdiendo el equilibrio y cayendo de sentón sobre el légamo, quedando todo manchado de cieno oscuro que salpicó a su cuerpo y su rostro por la fuerza de su desplome.
- Mierda!!! Maldito conejo!! -
Tras soltar un par de maldiciones irreproducibles, de inmediato se escuchó una juvenil risa proveniente de algún sitio, ante lo cual el griego buscó ansiosamente con la mirada el lugar de donde ésta se originaba, encontrándose con una figura familiar sobre la rama de un roble cercano, y unos ojos turquesa que le observaban, alzando las cejas y cuyo poseedor se aferraba el estómago con ambas manos, soltando el libro que traía entre ellas y tentado de risa ante la desastrosa escena.
- Cuidado con el conejo asesino, jajajajaja -
- Ha-ha-ha-ha… ¿Terminaste de disfrutar del show? -
El sarcasmo en la frase del Gemelo fue más que obvia, lo cual aumentó las risotadas del galo, quien por los espasmos de las carcajadas casi cae de la rama en que se recostaba. En venganza, el griego tomó un puñado de lodo, lanzándolo certeramente en pleno rostro del Acuariano, quien por haber sido tomado por sorpresa de ese modo, acabó por resbalar de la rama, cayendo estrepitosamente sobre un montículo de hierba alta.
- AUCH!! Mon dieu!!! -
Las risas cesaron de inmediato, y cuando Kamyu alzó la cabeza de entre la maleza, lucía con sus cabellos enmarañados, adornado con ramitas y hojas secas, una neutra expresión plasmada en su hermoso rostro, escupiendo un poco de pasto de su boca. Las risotadas ahora se generaron de parte del griego, quien al ver el lamentable y jocoso estado de su camarada, no pudo evitar partirse de risa, mientras se quitaba el lodo que cubría cerca de las cuencas de sus ojos y arrojándolo con un movimiento de su mano, quedando con el aspecto de un mapache. Al mirarlo, el franco desechó un reproche que estaba a punto de lanzarle al Gemelo, puesto que al ver su nuevo aspecto, reanudó sus carcajadas hasta irse de espaldas. No pararon de reír hasta que a ambos se les salieron lágrimas de los ojos, y la barriga acabó doliéndoles por los espasmos de aquellas carcajadas.
- Ahhh!! Hace tanto tiempo no reía de este modo -
El Acuariano fue el primero en hablar, con su particular acento afrancesado, quebrando así el invisible muro de hielo que se había interpuesto.
- Pues, me alegra haberte servido de payaso, si ese era el precio por ver de nuevo tu encantadora risa. -
El galo sonrojó levemente, pero no apartó su mirada de aquella otra, siempre tan cristalina y sincera a través de aquellos esmeraldinos iris brillantes como gemas. Tras unos instantes que parecieron bellamente eternos de cariñosas miradas, el griego rompió el silencio con una suave voz.
- No pensé que vendrías a este sitio, ni siquiera sabía si aún lo recordabas. -
- No podría olvidarlo, por mucho que lo intentara. Después de todo, fue nuestro refugio durante tres años. -
- Es cierto, nunca olvido el día en que durante un paseo por esta montaña, Milo, tú y yo lo encontramos por mera casualidad. Bueno, en realidad fue Milo persiguiendo a un pequeño tejón que quería llevarse de mascota… si no fuera por su característica tozudez….
- Nunca hubiésemos encontrado este pequeño trozo de paraíso. Así que gracias, gracias, señores… el mérito es mío. -
Las palabras del Gemelo fueron interrumpidas por una alegre voz tras la espalda de Kamyu, cuya esbelta figura portaba una toalla colgada al cuello, sobre la cual caía una espesa melena, como los antiguos guerreros grecos, ondulada y de vivo color violeta que llegaba hasta media espalda, contrastando con su tostada tez. El rostro del mozalbete, adornado con unos alargados orbes azules, lucía una franca y animada sonrisa al mirar a sus viejos camaradas de juegos.
- Chicuelos, ya llegó por quien lloraban, así que ahora, cuéntenme ¿Por que ambos se encuentran en tan deplorable estado? Ese no es el aspecto que debe lucir un digno Santo Atheniense… si los viera vuestra diosa en estos momentos, seguro los echaba con pinzas a una lavadora hasta que quedaran presentables. -
- Muy gracioso, bicharraco… digamos que Kamyu y yo tuvimos un pequeño “accidente” -
Saga y Kamyu cruzaron una cómplice mirada, sonriéndose, sellando así, un mudo pacto de mantener en secreto aquel vergonzoso incidente. Milo hizo un pequeño mohín ante la respuesta de Saga, comprendiendo en instantes lo acontecido, pues solo le bastaba mirar el estado en que se encontraban para darse una idea de la escena. Sin embargo, no hizo comentarios al respecto, riendo bajito.
- Al parecer, los tres pensamos en correr a este lugar para capear este infernal calor, pero me extraña que tú, Kamyu aún continúes vestido. ¿No sientes calor con semejante armatoste encima? -
Milo solo llevaba puesto unos ligeros pantalones de tela, unos bototos estilo militar y una sudadera sin mangas, dejando en la Octava Casa sus dorados ropajes. El calor urgía, así que comenzó a desvestirse con prisa, quedando en unos bóxer similares a los de Saga, solo que en color azul y que marcaban su generosa virilidad.
- Bueno, Milo…. Había venido a acabar de leer el libro que había comenzado antes de ayer, refugiándome en la sombra de este árbol. Por si no lo recuerdas, fui entrenado en Siberia, generar aire frío es mi especialidad, es por eso que el calor no me afecta tanto como a ustedes dos, a pesar de que su permanencia aquí, en Grecia ya debería haberlos aclimatado al tipo de calor que hay durante esta temporada. -
Kamyu buscó con la mirada su libro, que había dejado caer entre la hierba. Lo tomó entre sus manos y le sacudió la seca hojarasca de la cubierta, cerrándolo, y sosteniéndolo entre sus manos. Mientras, Saga se levantaba del cieno, entrando al agua nuevamente para enjuagarse de la piel el mismo.
- Oh!! Vamos, hombre!! No seas aguafiestas!! Quítate eso, y ven al agua con Saga y conmigo, y no acepto un no por respuesta. -
- Pero… es que…
- Te metes tú, o te tiro yo, con ropa y todo. ¿Me ayudarías, Saga? -
- Por supuesto!! Será todo un placer. -
Saga comenzó a salir del agua, riendo, y mientras ambos se acercaban a Kamyu de forma jocosamente amenazante, éste iba retrocediendo cada paso que ellos daban hacia él.
- Si hacen eso, les juro que yo… yo… les congelo el agua!!! -
- Ah… si?? -
Respondieron Saga y Milo al unísono entre risas, estrechando más la distancia con el gabacho, quien, por retroceder, trastabilló con una roca sobresaliente del suelo, cayendo de sentón, oportunidad que no fue desaprovechada por los otros dos para tomarlo de brazos y piernas, llevándolo hasta la rivera del lago y tras mecerlo por los aires le arrojaron al agua con Manto, capa y todo. Menos mal que Kamyu había logrado soltar el libro a tiempo, dejándolo caer sobre la grama, o el resultado hubiese sido desastroso.
- Malvados!! Me las pagarán!! -
Logró decir, tras unas maldiciones en francés, entre el eco de las risas de los otros dos, intentando levantarse vanamente, pues al tratar de ponerse en pie, la capa, por completo mojada, se le pega entre las piernas, enredándose en ella y haciéndole caer sentado nuevamente en el agua. No estaba enfadado en absoluto, pero por no ser menos comenzó a generar una corriente fría a partir de sus manos, que bajó drásticamente la temperatura de las aguas en pocos segundos.
- Brrrrrrrrr!! Kamyu!!!! Sigue así y esta vez te cubriré de lodo!! -
- Maldita Nevera con patas!!! Con que si te atreviste a hacerlo!! -
Saga y Milo saltaron fuera del agua, temblando, con la piel de gallina y los pezones de las tetillas erectos a causa del frío, mientras se abrazaban a sí mismos. Aquella reacción no pasó desapercibida para el galo, quien se fijó en otro detalle más, ubicado entre las piernas de ambos.
- Jajajajajajaja!!! Chicos… jajajajajaja!!! Creo que se les perdió algo debajo de la ropa interior, jajajaja!!! -
Ambos dirigieron su mirada al punto señalado y el sonrojo fue instantáneo y evidente en ambos griegos, quienes lejos de incomodarse, tomaron la situación con humor, aprovechando de echar bromas al respecto.
- Maldito pervertido!! Mira en que cosas te andas fijando!! Respeta a tus mayores, niñito precoz!! – Dijo Saga con una pícara sonrisa en sus labios.
- Degenerado de mierda!! Y eso que no lo has visto en todo su esplendor, jajajajaja!! La envidia te corroe, jajajajajaja!!
- Estúpido bicho, como siempre, tu ego es superior a tu tamaño – Acotó Kamyu, sintiendo como los colores se le subían al rostro, pensando que mejor hubiese evitado tal comentario, salido de su contexto como alguien tan puritano y austero en ese tipo de temas, como lo era él.
A Saga le enterneció aquel sonrojo, y no dudó en acudir en su ayuda, tendiéndole gentilmente su mano para ayudarle a levantarse, desenredándole de la capa mientras que Kamyu, agradecido por tal gesto, comenzó a salir del agua.
- A ver, déjame ayudarte con esto. -
Saga comenzó a quitarle la capa y algunas piezas de su Manto Dorado, mientras Kamyu se ocupaba de las otras, hasta quedar en bóxer, como los otros dos, solo que los suyos eran de aquellos de delgada tela y holgados, similares a los bañadores estilo bermudas.
Mientras tanto, Milo se trepaba con la agilidad de un mono en un recio y viejo árbol de gruesas ramas, algunas de las cuales, llegaban a mitad del lago, por lo alto, buscando un objeto. Al encontrarlo, llamó a sus camaradas, mostrándoles la cuerda que habían atado hacía años atrás y que usaban como liana para arrojarse a las aguas, colgando de ella.
- Hey!! Ustedes dos!! Miren lo que encontré!! ¿La recuerdan? -
Saga y Kamyu dirigieron la vista hacia el Escorpio, quien ya se estaba apeando de la gruesa cuerda algo enmohecida y gastada por la humedad de las temporadas de lluvia y la cantidad de años sin ser movida de su sitio, aferrándose a ella, mientras se paraba sobre la gruesa y añosa rama, que se mecía suavemente ante su peso.
- Saga… aquella cuerda no ha sido usada durante años. ¿Crees que logre soportar el peso de ese irresponsable? -
- Tranquilo, más allá del suelo no pasará. ¡¡Oye, estúpido, si te matas y te revientas en el suelo, no estaremos dispuestos a limpiar el desastre que dejes!! ¿OK? -
Riendo, Milo tomó impulso, y dando un saltito, se aferró de manos y piernas a la cuerda, al tiempo que se lanzaba al vacío, mientras los otros dos, seguían su trayecto con la vista, cual si observaran a un Tarzán.
- GERONIM ………….AAAAAHHHHH!!!! -
No alcanzó a concluir la palabra, pues, como si en cámara lenta se realizara la escena, en el trayecto la cuerda cedió debido a lo gastada que estaba, y al peso del Escorpio, rompiéndose por encima de la cabeza del chico, quien, por suerte, cayó al agua con un ruidoso estruendo, mientras continuaba aferrado a la liana.
Los otros dos, preocupados, no dudaron en saltar al agua a comprobar el estado de su compañero, nadando velozmente hacia donde las cristalinas aguas aún ondeaban en círculos por la caída del cuerpo en medio del lago.
No tardó en salir el Escorpio, escupiendo agua hasta por los poros, con la melena hacia delante, cubriéndole todo el rostro. Entre risas, se despejó la cara, para perplejidad del Geminiano y el Acuariano, quienes ahora si se enfadaron, tras haber pasado el susto inicial.
- TARADO!!! -
- IMBÉCIL!! Pudiste haberte matado!! -
Ambos le dieron un merecido zape en la cabeza, pero al verlo entero y con bien, dejaron su preocupación de lado, y comenzaron a reír, junto con el Escorpio.
Los tres se divirtieron en grande aquella tarde, bromeando, chapoteando, empujándose y arrojándose al agua entre ellos. Parecía como si el reloj de la vida hubiese detenido sus manecillas en aquella época, hacía ocho o nueve años atrás, y que no había vuelto a correr sino hasta ese día, como desapareciendo del tiempo y el espacio aquellos años de separación. Sus risas alegres, llenaban con su eco el hermoso paraje, y el claro del bosque volvió a renacer ante el regreso de esos niños, recordándolos como si su aspecto no hubiese cambiado, y continuaran tal cual, como la última vez que jugaron juntos en el mismo lugar. Y aún para ellos fue como regresar en el tiempo.
- Chicos, comienza a hacer frío, y muy pronto se hará de noche, es mejor que salgamos del agua y nos abriguemos, además, me toca turno de patrullaje por el Santuario esta noche. -
- Tienes razón, Saga… hoy es tu turno. Bueno, vamos ya. Además, comienzo a sentir hambre. – Las tripas del Escorpio rugieron ruidosamente.
- Vaya… que rápido se pasa la hora. Es… una pena, nos la estábamos pasando muy bien aquí. – Comentó con un deje de tristeza el Acuariano.
- Bueno, pero, no será la última vez que nos reunamos, recuerden que ambos aún me deben una visita a mi Casa. La invitación a una copa de vino aún continúa en pie para ambos, solo hay que ver que podamos coincidir una noche libre los tres. -
Comentó Saga, saliendo del agua, siendo seguido por los otros dos, quienes tras secarse, comenzaron a vestirse.
- Si, me gustaría mucho que nos volviésemos a reunir, creo que a ambos les debo una explicación por mi anterior actitud. Vaya!! Que bueno que mi ropa está seca. -
Saga miró con ternura al joven de cabellos turquesa, pasando su mano por sus húmedos cabellos mientras éste terminaba de vestirse.
- Descuida, Kamyu… supongo que las cosas no han sido fáciles para ti, pero sabes que siempre me tendrás aquí, cuando necesites de mí. -
Kamyu no mencionó palabra, sin embargo, la profunda mirada de gratitud que le dedicó, dijo más que mil palabras.
- Si, “Hielitos”… sabes que tus amigos siempre estaremos contigo, pase lo que pase. Tus motivos habrás de tener por tanto silencio. -
Dedicó una suave sonrisa al Escorpio, antes de que los tres, ya vestidos, iniciaran el descenso de la parte alta de la montaña hacia el Santuario, conversando durante todo el trayecto, mientras recordaban, entre risas, como una vez su secreta guarida casi fue descubierta por un rapaz DeathMask quien, intrigado por los cuchicheos de los amigos sobre el misterio de donde irían, había resuelto seguirlos, mientras los tres chicos hacían mil peripecias para perderlo, hasta que lo consiguieron.
Entre esa amena charla, llegaron hasta la Onceava Casa, dejando al Acuariano el pórtico de ésta.
- OK. Hasta aquí llegas tú, descansa bien, Cubito de Hielo. Nos vemos mañana. -
Milo se despidió del Acuariano con un estrecho abrazo inesperado para el chico, quien iba a comenzar un reproche por los sobrenombres, pero calló intempestivamente al oír la voz del Gemelo.
- Si, debes estar muy cansado. Duerme bien, mi niño, que ya tendremos tiempo de conversar tranquilamente ¿De acuerdo?-
Tras lo cual, el Gemelo depositó un tierno beso en la mejilla del francés, para sorpresa y alegría suya, lo cual le hizo sonrojar.
- Si, Saga… así será, no lo dudes. -
Los dos griegos reiniciaron su marcha, escaleras abajo, volteando de vez en cuando para despedirse, agitando la mano al joven galo hasta verlo desaparecer tras la puerta del Templo Acuariano. Mientras él, tras ingresar al recinto marmóreo, recargó su espalda contra el pilar más cercano, suspirando, mientras llevaba la palma de su mano hacia su mejilla, en el sitio besado por el Gemelo, cerrando sus ojos por unos instantes mientras sonreía suavemente, sintiendo como su congelado corazón, obligado a reprimir sus emociones durante los duros años vividos en Siberia, se llenaba de una cálida sensación de paz y bienestar, logrando que la coraza de hielo que la cubría se trizara y cayera trozo por trozo, haciendo que aquel adormecido músculo rojo, volviese a latir con fuerzas hasta dolerle por salir tan intempestivamente de su fría prisión.
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