Login Registrarme Usuarios Usuarios Estadisticas Estadisticas Encuestas Encuestas Buscar Buscar Ayuda Ayuda

Registrese en el foro o acceda para poder participar Saint Seiya Yaoi Saint Seiya Yaoi B) Fanfics de parejas de ORO B) Fanfics de parejas de ORO
Tras La Máscara (Aioria&DeathMask) Tras La Máscara (Aioria&DeathMask) (0.405 s)

Tras La Máscara (Aioria&DeathMask)

FECHA El 29/09/11 a las 07:09:25 IP GUARDADA
Utilidades del Tema Puntuar Tema
Utilidades del Usuario
Online Islandher
Fanatico Yaoi


Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
40
76
89
El 16/09/10 a las 04:09:33
Tras La Máscara (Aioria&DeathMask)

 

Titulo: Tras La Máscara

Autor: Islandher

Razon: Ninguna.

Dedicatoria: A todo el que lo lea.

Personajes.

Principales: Aioria y DeathMask

Pareja principal: ¿?

Tipo: ¿?

 Clasificación:  

 Advertencias: 

Estado: En Proceso.

Última Actualización: 29/09/2011

 


Registrese en el foro o acceda para poder participar

Reportar a My-Forum



RESPUESTAS AL MENSAJE - Respuesta/-s
FECHA El 29/09/11 a las 07:09:13 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Islandher
Fanatico Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
40
76
89
El 16/09/10 a las 04:09:33

 

Capítulo 1: Solo Rasguños

 

 

Un hermoso atardecer primaveral daba ahora paso a una apacible y hermosa noche. Las estrellas, sin ningún tipo de pudor, habían decidido tener una inmensa reunión en el vasto firmamento azul y negro, regalando a la vista un tranquilo espectáculo. Y bajo este celestial manto, el Santuario de Atenea, guardaba un tranquilo silencio, en armonía con el silencioso firmamento que esa noche dibuja muchas de las constelaciones que el lugar representaba.

Desde su parte más alta, allá donde se erigía el imponente Templo del Patriarca, Aioria de Leo descendía la amplia escalinata que discurría cuesta abajo por todos los templos de los Caballeros Dorados, como si de una cascada de blanco y puro mármol se tratase.

El joven santo, descendía aquellos impolutos peldaños con tranquilidad, con su vista perdida en aquella techumbre estrellada, y aspirando el fresco aroma de aquella agradable noche. Tan solo había ido a presencia de Atena para dar un informe oral del último encargo que se le había dado. Un mera visita a una de las aldeas dañadas por el cataclismo provocado por Poseidón, donde la bondadosa diosa había colocado un centro de ayuda, igual que en los demás puntos dañados. Las cosas iban bien. Los equipos contratados por la Corporación Kido y los voluntarios estaban haciendo un espléndido trabajo. Y la gente, poco a poco, iba recuperando la esperanza y el buen humor, tras aquel fatídico y traumático episodio.

Resultaba muy curioso pensar que, con algo tan trivial y sencillo como una pequeña visita a una aldea desolada, uno podía sentirse tan pleno. Y lo cierto era que Aioria se sentía totalmente pleno. Ver a aquellos niños, que habían perdido lo poco que tenían, muchos de ellos hasta a sus familias, jugando entre ellos, riendo a pesar de las circunstancias. Aquellos hombres y mujeres, viudos y viudas, que habían perdido hijos, hermanos, padres... luchaban contra aquel dolor interno para no destruir aquella tan merecida alegría de los más pequeños y para poder mirar hacia delante. Hacía un nuevo comienzo. Esas pequeñas cosas llenaban más que cualquier batalla ganada, y eran esas pequeñas cosas las que ahora ocupaban las, prácticamente vacías, agendas de los Caballeros de Atenea. Libres, al fin, de la oscura amenaza de Hades y en paz con el resto del Olimpo, Atenea había recuperado su labor de custodia de la tierra, y con permiso del mismísimo Zeus había revivido a sus caballeros caídos. Aquello fue un regalo por su inigualable labor en favor de la humanidad, aunque también una petición por parte de su diosa de que continuasen con su labor (si de verdad lo deseaban). Pues si bien era cierto que aún quedaban cosas por hacer -como arreglar los desmanes que provocó Poseidón- también era innegable que el peligro aún no estaba subsanado del todo. Pues Hades era un dios, y de todos era sabido que podría volver, y sin duda alguna lo haría. Pues allá donde había luz debía haber oscuridad.

En cuanto al Santuario, lo cierto era que las cosas habían mejorada increíblemente. Las antiguas disputas y los viejos rencores habían sido enterrados, perdonados, y superados. Las heridas abiertas cerradas y cicatrizadas. Todo volvía a ser como antaño, como cuando se conocieron muchos de ellos. O quizá mejor. Aquellos que por unas circunstancias o por otras habían pecado, ya se habían redimido durante la batalla contra Hades y más adelante frente al Muro de los Lamentos. Y tras revivir, habían compadecido en privado, uno por uno, ante su señora, terminando cada una de aquellas tan personales reuniones de la misma manera: con el más protector, maternal y amoroso abrazo por parte de su diosa, consciente de cuantísimo habían pasado por ella. Ahora en el Santuario gobernaba el buen humor. Y el hecho de tener ahora menos labores importantes les dejaba tiempo para probar, por primera vez en su vida, actividades más lúdicas, como reuniones o cenas entre ellos con el único objetivo de divertirse, de hablar de cosas que no fuesen relacionadas con la lucha o su labor... De conocerse.

 

Con una fuerte inhalación de aquel fresco aire, Aioria se sentía revitalizado y lleno de energías. Se sentía, sencillamente, feliz.

Decidió dar un pequeño paseo por las inmediaciones del Santuario antes de volver a su templo para descansar. Cada vez que atravesaba uno de los templos de sus compañeros, aumentaba ligeramente su cosmos, como aviso. Descendía del Templo de Cáncer cuando vio una figura que emergía del de Géminis, subiendo las escaleras con aparente dificultad. La noche aún no se había cerrado del todo por lo que Aioria no tardó en ver que se trataba de DeahtMask. El Caballero de Cáncer parecía herido. Había indicios de sangre tanto en su boca como en su frente, y cojeaba notablemente. No llevaba puesta su armadura y en más de una ocasión tuvo que apoyarse en una columna para no perder el equilibrio. Aioria no pudo evitar preocuparse. Bien era cierto que aquel hombre no era objeto de su devoción, y si bien toda antigua disputa o desavenencia del pasado había quedado olvidada, lo cierto era que Aioria no terminaba de confiar en aquel sujeto. Demasiado mal injustificado había causado y su actitud, que no había cambiado ni un ápice desde que resucitaran, no invitaba a la proximidad ni a la confianza. Aioria, desde bien joven, siempre había tenido un sentido de la justicia muy pulido y una escala de valores demasiado asimilada, jamás podría ver a DeathMask como a uno más. Al igual que aún mantenía ciertas precauciones con otros, como Shura, Saga y Afrodita. Pero ese pronunciado sentido del deber también lo obligaba a sentir compasión por los débiles o heridos, aunque estos fuesen individuos indeseables, y lo cierto era que en ese momento DeathMask se veía bastante mal. Aioria no podía pasar junto a una persona herida y simplemente ignorarla, y menos aún si se trataba de un compañero.

Ya habían entablado contacto visual entre ellos, pero DeathMask no tardó en cortarlo, dirigiendo su mirada hacia su templo, como si Aioria no estuviese ahí. Aioria se percató de aquel despectivo gesto pero no le importó. Cuando se encontraron él se paró frente a su compañero haciendo que este detuviese su pesado avance.

 

-¿Qué te ha ocurrido, DeathMask? -Preguntó el Caballero de Leo, sin mostrar ningún matiz de preocupación en sus palabras. Como si aquella pregunta fuese meramente protocolaria por el hecho de ser compañeros.

 

El interpelado sonrió de medio lado, con aquella burlona y sádica sonrisa que tanto le caracterizaba.

 

-Un pequeño accidente, Leo. Nada de lo que debas preocuparte -contestó en tono socarrón.

 

-¿Accidente? -Repitió Aioria alzando las cejas-. No creo que un Caballero de Oro termine en ese estado por accidente, y mucho menos pequeño.

 

-Vaya por dios... -bufó DeathMask, en tono cansino-. Si, es cierto, difícil de creer ¿verdad? Pero lo cierto es que fue así. Así que, si me disculpas...

 

Fue a rodear a Aioria para seguir su camino, pero este se movió a un lado, volviendo a bloquearle el paso. DeathMask lanzó otro bufido y volvió a encararle con gesto molesto, esperando a la nueva cuestión que el castaño tuviese que hacerle.

 

-¿Y qué tipo de accidente fue? -Quiso saber el más joven.

 

-Me caí por las escaleras -respondió DeathMask, con una sonrisa de oreja a oreja.

 

Aioria volvió a alzar las cejas, con un gesto entre escéptico y la vez irónico.

 

-Debió de ser una caída impresionante.

 

-Digna de ver, pequeño, desde el Templo del Patriarca hasta el Templo de Mu, me frenó una columna, sino ya me veía en Rodorio... ¿Acaso no me viste cuando pase rodando por tu templo? Si te salude con la mano.

 

Ante aquella sarcástica y descarada respuesta por parte del peliazul, Aioria se vio bloqueado por unos segundos, debido a que aquella incoherente escenificación por parte de DeathMask le estuvo a punto de hacer reír. El Caballero de Cáncer aprovecho esto para iniciar una nueva evasiva de aquel molesto interrogatorio por parte de su compañero. Pero Aioria aún no se había dado por satisfecho. Quería saber más, y esta vez iría al grano. Volvió a cortarle el paso, sin importarle que DeathMask estuviese, claramente, perdiendo la paciencia.

 

-DeathMask -habló ahora con talante más serio-. Esas heridas no son de ninguna caída. Te las ha tenido que infringir alguien.

 

-Bien, como veo que la ironía no es suficiente para que te des por aludido te lo diré claramente -se acercó un poco más a él, como si fuese a contarle algún secreto que nadie más debía oír. Sus palabras sonaron guturales y tajantes cuando salieron de su boca para decir-: Metete en tus asuntos.

 

Y creyendo haber dejado finiquitado el asunto, volvió a rodearlo para seguir su camino. Esta vez Aioria no se movió, se quedó tal cual estaba, pero cuando DeathMask pasaba a su lado lo tomó del brazo, deteniéndole. DeathMask hizo un gesto de dolor ante aquel firme contacto y Aioria supo que le había tocado en otra zona herida, por lo que lo soltó de inmediato.

 

-Lo siento -se disculpó.

 

Pero su compañero se limitó a chistar y seguir su camino, sin tan siquiera mirarlo. Ante aquella grosera actitud Aioria se giró para volver a hablarle.

 

-No creo necesario tener que recordarte que las peleas no están permitidas ¿verdad?

 

DeathMask se detuvo en el sitio y, poco a poco, se fue girando para mirarlo a los ojos. Sonreía igual que antes. Con aquella maniaca sonrisa tan suya.

 

-Oh ¿Acaso vas a acusarme ante Atenea? -Le dijo con fingido temor. Aioria no contestó, pero la mirada que le regalo no fue nada halagüeña. Ante eso la sonrisa de DeathMask se ensanchó aún más. Le dio la espalda y siguió su camino, subiendo pesadamente los peldaños hacia su templo-. A más ver, Leo -se despidió.

 

Aioria lo observaba alejarse. Vio como tuvo que apoyarse de nuevo en una columna para no perder el equilibrio. Si de él dependiera le dejaría desangrarse en su templo hasta que volviese a rendir cuentas ante el mismísimo Hades. Eso era lo que Aioria pensaba, pero su sentido del deber lo empujaba a ser misericorde.

 

-¿Necesitas ayuda?

 

No obtuvo respuesta alguna, DeathMask ni tan siquiera se giró. Solo hizo un ademán con una mano que Aioria interpreto como un "lárgate por dónde has venido". Con un resoplido de impaciencia el Caballero de Leo volvió a intentarlo.

 

-Esas heridas no parecen estar bien ¿Quieres que te ayude?

 

El peliazul detuvo su camino para volverse y mirarlo.

 

-Como tú muy bien dijiste soy un Caballero de Oro, creo que podré ocuparme solo de un par de rasguños -sonrió-. Pero no te preocupes, si muero a causa de una hemorragia nasal o un arañazo infectado te nombraré porteador.

 

Y entre carcajadas DeathMask se perdió en el interior de su templo, sin ser perdido de vista por la escrutadora mirara de Aioria.

 

-Ese inconsciente... -dijo entre dientes, y se marchó de allí.

 

Cuando llegó al Templo de Aries se topó con su guardián, que en ese momento salía de su interior.

 

-Buenas noches, Aioria -le saludó.

 

-Buenas noches -contestó este, más no con precisamente buen humor.

 

Mu notó enseguida el enfado del castaño y se decidió a preguntarle.

 

-¿Ocurre algo?

 

Aioria sabía que su enfado era más que evidente. Decidió hablar con Mu de lo que había pasado.

 

-Dime, Mu ¿Has visto pasar a DeathMask hace un rato?

 

La pregunta pareció extrañar un poco al pelilila.

 

-Sentí su cosmos al darme el aviso, pero no salí a verlo.

 

-Ya veo.

 

-¿Ha pasado algo?

 

-Estaba herido -le informó Aioria-. No quiso decirme que había pasado pero presentaba heridas evidentes de una pelea -Mu lo miró, sorprendido-. Ese inconsciente parece no poder cejar en sus violentas costumbres. Jamás imaginé que pudiese existir alguien tan desagradecido -decía tiñendo de desdén cada palabra que salía de su boca.

 

-¿Estás seguro?

 

-Se reconocer heridas de pelea, Mu -le recriminó Aioria, ofendido.

 

-No me refiero a eso -atajó Mu, guardando, como siempre, la compostura-. Digo si estás seguro de que él es el culpable.

 

-¿Quién sino?

 

-Pudo ser atacado.

 

-Nadie es tan estúpido para atacar a un Caballero de Oro. Además, los dos conocemos a DeathMask.

 

Mu suspiró. No tenía sentido iniciar una discusión.

 

-¿Cómo estaba? -Quiso saber el Caballero de Aries, tratando a la vez de alejarse de la disputa ética sobre la persona de DeathMask.

 

-Mejor de lo que merece -Mu alzó una ceja ante la respuesta y Aioria soltó un bufido-. No se le veía muy bien -admitió finalmente, con molestia-. Pero rechazó mi ayuda y yo no tenía intención alguna en insistirle más.

 

-Quizá debería subir a verle.

 

-No te lo recomiendo. Le sobrará tiempo para decirte que te largues ¿Crees que debería informar a Atenea?

 

-Creo que primero deberíamos saber que ha pasado. Y solo DeathMask puede contestar a eso.

 

-Entonces te deseo suerte -le dijo Aioria dándole una pequeña palmada en un hombro-. Yo solo he conseguido sus típicos comentarios mordaces.

 

Y finalizada la conversación Mu quedó en ir a hablar con él al día siguiente. Aioria se despidió del él y continuó su camino. Salió del Santuario y comenzó a dar vueltas por las inmediaciones. En un principio había tenido en mente bajar al pueblo, pero aquel encontronazo con DeathMask le había quitado las ganas, por lo que no se alejó mucho de allí. Ahora lo que necesitaba era pensar. Se sentía muy molesto. Molesto por saber que a pesar de todo lo que habían pasado aún había alguien al que parecía no importarle. Alguien para el que aquella nueva vida que se les había concedido no significaba nada. Alguien que parecía no aprender la lección.

Con fastidio, pateó una piedra que se cruzaba en su camino. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía alguien que había sido perdonado, a pesar de su terrible conducta, volver a sus antiguos y retorcidos hábitos? Aioria, al igual que sus compañeros, había creído ya en la batalla contra Hades, en la que DeathMask y sus demás compañeros caídos habían hecho una alianza secreta contra el Dios del Inframundo, que el Caballero de Cáncer había pasado página y trataba de redimir sus pecados. Y luego en el Muro de los Lamentos pareció haber recuperado definitivamente la confianza por parte de sus compañeros. Incluso con aquella actitud altanera, sarcástica, irritante y muchas veces insultante, Aioria no había querido culparle hasta tales límites, y menos aún teniendo en cuenta que había sido la propia Atenea la que había decido resucitarle junto al resto de sus compañeros. Pero aquel encontronazo que acababan de tener momentos antes había confirmado todas las sospechas de Aioria. DeathMask seguía siendo un traidor y retorcido asesino.

Aún dándole vueltas al asunto, regresó a su templo. Cuando atravesaba el Templo de Cáncer se vio tentado de llamar a su puerta para volver a intentar hablar con su guardián, pero sabía de sobra que obtendría el mismo trato despótico de antes. Además, posiblemente DeathMask aún estuviese ocupándose de sus heridas, así que Aioria prefirió dejarlo estar por esa vez.

Una vez en su templo, el Caballero de Leo tomó una ducha, y tras una frugal cena se metió en la cama, teniendo muy claro que al día siguiente iría a hablar con Mu para ver si este había logrado sonsacarle de alguna manera información a DeathMask. Después de todo, una de las muchas cosas de las que podía jactarse el Caballero de Aries era de su ecuanimidad para con todos y de su sereno talante. Si había alguien en el Santuario que pudiera obtener información de aquel hombre, a parte de la propia diosa, ese era Mu.

 

A la mañana siguiente Aioria había quedado con su hermano en el Coliseo para entrenar temprano. Ambos caballeros luchaban ferozmente en las arenas de entrenamiento. Lo cierto era que cuando regresaron a la vida Aioros era el que más se había oxidado físicamente, pero el Caballero de Sagitario, haciendo honor a su fama, se recuperaba rápidamente.

Cuando ya empezaba a faltarles el aliento, Aioros decidió dejarlo por ese día. Los dos hermanos se sentaron en una de las gradas de piedra que rodeaban aquel coliseo y descasaron. Aioros no podía quitarle la mirada de encima a su hermano pequeño mientras este bebía agua con evidente enfado. El joven Caballero de Leo había lucido molesto y distante durante todo el entrenamiento, como si se hubiese encontrado en todo momento en otro lugar, muy lejos de allí.

 

-¿Vas a decirme que te ocurre? -Rompió finalmente Aioros el silencio.

 

-¿Eh? -Aiora le miró, extrañado-. ¿A qué te refieres?

 

El mayor dio un largo suspiro.

 

-Es cierto que hemos pasado mucho tiempo separados, Aioria -le comentó-. Pero aún creo conocer a mi hermano pequeño, y puedo ver claramente que algo te ocurre.

 

Aioria bajó la mirada, concentrándola en la botella de agua que hacia girar entre sus manos. Sabía que Aioros –y que cualquiera- se daría cuenta de su más que evidente molestia, y se reprochó a sí mismo el ser tan transparente. Aún no quería sacar a la luz el tema de lo sucedido con DeathMask. Tal y como había dicho Mu, lo mejor era esperar a saber que había pasado. Pero viéndose descubierto por Aioros el joven castaño no vio otra salida más que contárselo. De todas maneras confiaba ciegamente en su hermano y sabía que este no lo airearía por ahí.

 

-Es DeathMask -contestó finalmente.

 

-¿Qué pasa con él?

 

-Ayer me lo encontré en la entrada de su templo, en un estado bastante lamentable. Creo que se ha metido en alguna pelea.

 

-Vaya... -fue lo único que dijo Aioros, llevándose una mano a la barbilla en gesto reflexivo.

 

-Ese inconsciente ha vuelto a sus malsanos hábitos -escupió Aioria, con evidente repulsión-. Nos insulta a todos con su despreciable actitud y sus horribles actos. Y sobre todo, insulta a nuestra diosa y traiciona su confianza desperdiciando esta nueva oportunidad que se la ha dado. No voy a permitir que después de todo lo que hemos pasado vuelva a corromper el Santuario. Es un traidor y un...

 

-Espera, Aioria -le cortó su hermano-. ¿Cómo puedes hablar así de un compañero?

 

-¿Qué cómo puedo? -repitió este, sin dar crédito a lo que oía-. Sabes de sobra lo que hizo en el pasado, Aioros.

 

-Sí, lo sé -admitió el mayor-. Como también sé lo que hizo después.

 

-Sí, nos ayudo ¿Pero como sabemos que no fue más que un truco para ganarse el perdón de Atenea? Él es máscara de muerte, no es de extrañar que sea un experto en mascaradas.

 

Aioros lo miro, sorprendido. ¿Desde cuándo era Aioria tan desconfiado?

 

-No puedo creer que hables así -le recriminó Sagitario con una mezcla de reproche y decepción-. Me decepcionas, Aioria. Nunca pensé que tú fueses tan retorcido.

 

-¿Qué? -Airoa lo miraba, sin entender.

 

-Juzgas muy a ligera.

 

-Yo solo juzgo lo que vieron mis propios ojos -se defendió el hermano pequeño.

 

-No. Dijiste que le viste herido. Pero no viste que le ocurrió.

 

Ante aquello Aioria no supo que decir. Aioros le había dicho lo mismo que Mu. Y era cierto.

 

-No se me ocurre otra explicación... -musitó el joven castaño mientras volvía a concentrar su atención en su botella de agua, algo avergonzado.

 

Con una paternal sonrisa, Aioros le acarició la ensortijada cabellera.

 

-¿Recuerdas cuando a mi me acusaron de traición? -Aiora no respondió a aquello. Aioros sabía que a su hermano pequeño no le gustaba nada recordar aquella oscura época de su vida, sin embargo este continuó-. Muchos, a pesar de sus dudas iniciales, finalmente acabaron creyendo y asimilando la idea de que yo les había traicionado a todos. Incluso tú.

 

-¡Yo nunca...!

 

-Puede que no públicamente -le cortó de nuevo Aioros-. Pero... ¿Vas a decirme que en tu interior nunca llegaste a albergar alguna duda? -Y nuevamente, Aioria agachó la mirada, cohibido por la vergüenza. Pero Aioros sonrió-. No tienes que preocuparte. Es normal.

 

-¡¿Es normal dudar de tu hermano aunque solo sea por un segundo?! -Le reprochó Aioria-. ¡¿Incluso sabiendo a ciencia cierta que todos aquellos rumores eran falsos?!

 

-Sí -fue la sencilla respuesta del mayor, que aplacó la furia del más joven al no esperarse esa reacción-. Nadie sabía que había pasado, y los informes que llegaban a vuestros oídos, de boca del mismísimo Patriarca, me situaban a mí como al culpable. Es normal que dudases, Aioria. Es como una histeria colectiva. Lo que intento decirte con esto, es que estás colocando a DeathMask en el mismo lugar en el que mi persona se vio una vez. Dale un boto de confianza, aunque solo sea por los años que os unen como caballeros de Atenea. Averigua que ha pasado en realidad. Si te limitas a lanzar solo juicios de valor, tal vez termines arrepintiéndote.

 

Aiora estrujó la botella entre sus manos, molesto. Molesto con sigo mismo.

 

-Soy un idiota -dijo entre dientes.

 

-Eres humano -le corrigió su hermano rodeándole los hombros con un brazo, en un paternal abrazo-. Y los humanos aprenden a base de errores.

 

Airoa solo atinó a mostrar una pequeña media sonrisa. Se sentía muy abatido por su infantil conducta. Conmovido por el apesadumbramiento de su hermano y algo cohibido por la reprimenda que le había echado, Aioros tomó su propia botella de agua y se la vació en la cabeza, haciendo que Aioria se levantase de su asiento casi de un bote.

 

-¡¿Pero qué?! -Dijo un empapado y confuso Aioria.

 

Por su parte, Airos solo pudo reír.

 

-Lo siento hermanito -se disculpó falsamente entre carcajadas-. Lo necesitabas.

 

-¿Ah, sí? -Contestó Aioria con una pícara sonrisa. Y sin decir más roció con le quedaba de agua en su botella a su hermano, que de tanto reír ni se molestó en esquivarla-. Tú también parecías tener calor.

 

Y aquel infantil gesto dimanó en una nueva batalla por toda la arena de entrenamiento, donde ambos hermanos trataban de darse alcanza y derribarse entre ellos al son de sus propias risas.

 

Cuando dieron por finalizados los juegos, regresaron y, tras despedirse hasta la comida, cada uno se fue a su templo para darse una ducha.

Mientras sentía el agua tibia relajar sus músculos, Aioria reflexionó con más detenimiento el asunto. Su hermano tenía razón, aunque le tuviese poca estima a DeathMask eso no borraba el hecho de que podía haber muchas explicaciones a lo ocurrido, y él, cegado por su infantil odio y su remarcada desconfianza, no se había preocupado en buscar ninguna. Y aquello lo atormentaba. Atenea luchaba usando como armas el amor y la concordia, y él, que se creía fiel devoto de su causa, había resultado ser un desconfiado, por no hablar de un horrible compañero.

Con un molesto suspiro, se levantó de la tina y comenzó a sacarse. Después de comer con su hermano, iría a ver a Mu para ver si él había conseguido respuestas por parte de DeathMask sobre lo que le ocurrió. 


FECHA El 29/09/11 a las 07:09:57 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Islandher
Fanatico Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
40
76
89
El 16/09/10 a las 04:09:33

 

Capítulo 2: Un Perdón Inmerecido

 

 

Había tratado de no parecer distante durante la comida. De hablar con Aioros y de sonreír. No quería que su hermano se diese cuenta de que aún le estaba dando vueltas al tema de DeathMask. De que tenía unas imperiosas ganas de levantarse de allí e ir hasta el templo de Mu para ver si este había conseguido respuestas de lo sucedido. Pero debía tener paciencia. Seguramente Mu no o iría al Templo de Cáncer hasta pasada la comida. Asique se obligo a vaciar su cabeza de toda impaciencia y centrar su atención en su hermano, que ahora le hablaba de algunos de los lugares que le gustaría visitar.

 

Tras la comida, Aioria ayudó a Aioros a recoger y fregar los platos, a pesar de que este insistía en que no era necesario.

Quedaron en encontrarse después, junto con sus demás compañeros, para bajar al pueblo.

Tras despedirse, Aioria salió del Templo de Sagitario y bajo a toda velocidad hacia el de Aries. Sintió un fuerte impulso de detenerse en el de Cáncer, pero se contuvo.

Una vez descendía las escaleras de Tauro, se encontró con la figura de Mu, que también se dirigía a su templo. Ambos se encontraron en la entrada.

 

-¿Averiguaste algo? –Preguntó Aioria, mientras trataba de recuperar el oxígeno. Sin siquiera preocuparse de saludar.

 

-Nada –fue la tranquila respuesta de Mu-. Por mucho que insistí DeathMask no quiso decirme nada de lo ocurrido.

 

Aioria soltó un gruñido.

 

-¿Qué haremos ahora? ¿Hablar con Saga o Atenea?

 

Mu soltó un suspiro.

 

-¿A caso no te importa su estado?

 

-¿Qué?

 

-Ni siquiera me has preguntado que tal estaba.

 

Aioria se vio, una vez más, bloqueado por su propia y retorcida necedad. De nuevo su hermano tenía razón ¿Cómo podía ser tan retorcido? Su falta de corazón le hizo, por un momento, compararse así mismo con DeathMask, y eso no le gustó nada.

 

-Bueno… Es un Caballero de Oro, después de todo –trató excusarse, en vano-. Las heridas no eran tan graves.

 

-Creo que deberíamos esperar –dijo Mu, como si aquella parte de la conversación no hubiese ocurrido-. Tal vez dentro de un tiempo logremos que nos cuente algo. De momento deberíamos dejarle tranquilo. Si seguimos atosigándole terminará por enfadarse de verdad.

 

-¿Y si fuese a hablar de nuevo con él?

 

-Ya basta, Aioria –contestó Mu, sin variar lo más mínimo su calma-. Estuve un buen rato hablando con él, lo único que sacaremos si ahora va otro a preguntar es una pelea de verdad. Déjalo estar, por ahora.

 

-Está bien… -accedió finalmente el castaño, de mala gana.

 

De vuelta a su templo, y una vez más, al pasar junto a Cáncer, se vio tentado de pararse y hablar con su guardián. Pero de nuevo se obligó a seguir su camino. Mu tenía razón. Era mejor dejarlo estar, por ahora.

 

Los días pasaron y Aioria prácticamente se olvidó del asunto. Incluso cuando se encontraba a DeathMask en la arena de entrenamientos, ya recuperado, ya no sentía necesidad alguna de indagar en lo ocurrido. A decir verdad, y pensándolo fríamente, tal vez Mu y su hermano tuviesen razón y lo que le ocurrió no fue más que un accidente, como el propio DeathMask había dicho. Aunque el Caballero de Cáncer no fuese objeto de su devoción, Aioria, como Caballero de Oro, debía aprender a tener aunque solo fuese un mínimo de confianza hacia sus compañeros, por muy turbio que fuese el pasado de estos.

Por su parte, DeathMask, seguía saludándolo y lanzando sus típicos comentarios jocosos si se cruzaban por el Santuario, a los que Aioria, como siempre, ignoraba y respondía con la mirada más desdeñosa que era capaz de hacer. El Caballero de Leo sabía jamás llegarían a entenderse. Es más, dudaba severamente de que siquiera pudiesen llegar a llevarse medianamente bien. Pero como caballeros, al menos, debían tolerarse, aunque cada uno lo hiciese a su manera.

 

Aquel día el cielo amenaza lluvia. Y eso era algo que no estaba del todo mal después de tantos días calurosos seguidos, parecía que el verano se adelantaba cada vez más. Pero a Aioria, que había bajado al pueblo a hacer unas compras, no le hizo gracia alguna que decidiese llover justo en ese momento. Corría, cargado de bolsas, por el empinado camino hacia el Santuario, maldiciéndose a sí mismo por no haber llevado un paraguas a pesar de ver el estado del cielo, y también por haberse entretenido, previamente, con su hermano tras la comida. Se le había hecho muy tarde y encima se estaba empapando, y no quería coger un resfriado.

Subía las escaleras del Santuario a toda velocidad cuando, llegando al Templo de Cáncer, se vio obligado a pararse en seco al encontrarse a su guardián sentado frente a este, apoyando su espalda contra una columna, empapado y sangrando abundantemente por la frente y la boca. Presentaba además numerosos cardenales por los brazos.

De forma casi mecánica, Aioria dejó caer sus bolsas y corrió hacia él, creyéndole inconsciente.

 

-¡DeathMask! –Gritó.

 

Pero el aludido abrió los ojos y volteó, pesadamente, la cabeza hacia él.

 

-Oh… maldita sea –se lamentó, entre dientes-. Sabía que debí haberme arrastrado un par de metros más.

 

-¡DeathMask! ¡¿Qué ha pasado?! –Quiso saber el castaño, arrodillándose junto a él.

 

-Estás malditas escaleras –ironizó-. Deberían poner una barandilla –rió, pero algo debió de rasgársele por dentro, porque pronto su risa se vio acallada por un quejido-. No debí haber hecho eso… -concluyó, de forma cansina.

 

-¡¿Otra vez la misma broma?! –Protestó Aioria-. ¡Estás heridas no son de ninguna caída, DeathMask, son de una pelea! ¡¿Qué es lo que has estado haciendo?! –Exigió saber.

 

-Para el carro, chico –DeathMask le miró, con una mezcla de reproche y sorpresa-. Yo no tengo porque rendir cuentas contigo, creí habértelo dejado claro la última vez.

 

-¡Rendirás cuantas ante mí y ante todos nosotros si te atreves a quebrantar nuestras normas! ¡Dime que es lo que ha pasado!

 

-Esta sí que es buena –DeathMask apartó a Aioria de un empujón, cosa que le supuso un gran esfuerzo en su estado. El joven Leo se vio sorprendido y termino sobre el mojado suelo mientras DeathMask se ponía en pie y le miraba como si fuese un desagradable insecto-. Escúchame, renacuajo, me estás haciendo perder la paciencia. Alejaos tú y tu código moral de mi vista o sí que tendrás una pelea de la que acusarme ante Atenea ¿Te ha quedado claro?

 

Y sin esperar respuesta alguna, DeathMask le dio la espalda a Aioria, que aún yacía sentado en el suelo, y se internó en su templo.

Por su parte, Aioria, solo podía observar el lugar por el que DeathMask se había ido, con profunda rabia. Apretando los dientes se puso en pie.

 

-Esto no quedará así –declaró para sí mismo.

 

De mala gana decidió no echar abajo la puerta de DeathMask y molerlo a palos. Recogió sus bolsas y continuó su camino hacia su templo, empapado hasta los huesos y de un humor de perros.

Según entro a sus dominios, se apresuró a quitarse la ropa mojada, para no pillar un resfriado, y a darse una ducha caliente. Mientras cavilaba, nuevamente, que era lo que sucedía con el guardián de Cáncer. Una vez más le había dado, casi inconscientemente, un boto de confianza, y una vez más DeathMask le había demostrado que no era merecedor de ser tratado como un igual dentro de los caballeros. Aioria había querido creer en las palabras de Mu cuando le dijo que confiara en el Caballero de Cáncer. Y había querido creer en las palabras de su hermano cuando le dijo que todos merecen una segunda oportunidad, y que, como hermanos de armas y seguidores de una misma causa, debía tener fe en su conflictivo compañero. Pero DeathMask ya había agotado todas las oportunidades que podrían concedérsele a cualquier persona y, sobre todo, había agotado la paciencia del Caballero de Leo. En lo que respectaba a él se habían terminado las oprtunidades y las prorrogas, mañana mismo iría a ver a Saga y a informarle de lo que sucedía.

Aún era temprano para cenar, y aún más para acostarse, y el tiempo no invitaba a ninguna actividad en el exterior. El joven castaño pensó en ir a hacerle una visita a su hermano, pero reconsideró esa opción. Ya fuese con su hermano, con Mu, o cualquier otra persona, entablar cualquier tipo de conversación en esos momentos le haría perder los estribos y despotricar sobre su infame compañero todo lo que se estaba guardando dentro. Por un lado esa opción le resultó algo tentadora, pues no solo descargaría las tensiones acumuladas, sino que además les mostraría a Aioros y a Mu que estaban equivocados y que DeathMask debía ser juzgado y merecidamente castigado. Era tal la seguridad que el joven caballero tenía en la culpabilidad de su camarada que estaba realmente convencido de que la amonestación que le aplicarían a DeathMask sería realmente severa. Tanto, que quizá le costaría su título de caballero y, por ende, su armadura. Esos pensamientos provocaron casi de forma involuntaria un sentimiento de placer dentro de Aioria, cosa que le hizo estremecerse. No podía creerlo. No de él mismo. Esa sensación de regocijo ante el sufrimiento de otra persona era algo típico de personas como el Caballero de Cáncer, pero no de él. ¿Acaso Mu y Aioros tenían razón en cuanto a él? Ya le habían reprochado su comportamiento cuando les fue a hablar de lo ocurrido con DeathMask. De cómo aquel profundo odio y aquella extrema desconfianza no eran propios de él. Y el mismo Aioria se había dado cuenta de que ninguno de los dos estaba errado en lo que decía, pues de verdad se había comportado de forma indebida y hasta casi indecorosa para un caballero. Pero ahora era diferente, ahora estaba seguro de que el Caballero de Cáncer había infringido, una vez más, sus reglas, y de que era una persona desmerecedora de aquella segunda oportunidad de vivir que se les había otorgado a todos. Si, eran Mu y Aioros los que estaban ciegos y no él. Desenmascararía a ese traidor y se aseguraría de que todos lo vieran como era realmente.

 

 

Aioria se levantó temprano aquella mañana. Se había acostado muy pronto y, a pesar de que su mente no dejaba de darle vueltas a aquel asunto que tanto le desquiciaba, había logrado dormir profunda y largamente.

Se dio una ducha y desayunó con calma. Después de todo no consideraba apropiado ir tan temprano a presencia del Patriarca asique optó por hacer algo tiempo.

Eran las nueve y media de la mañana cuando ya ascendía hacía el Templo del Patriarca, dando la formalizada señal de cosmos a su paso a sus compañeros cada vez que atravesaba sus respectivos templos.

Cuando llegó al último templo se topó con su guardián, que parecía observar el cielo, inmerso en sus propios pensamientos. No lucía su armadura.

 

-Buenos días, Aioria –saludo Afrodita.

 

-Buenos días –respondió Airoia, con sequedad-. Debo ir a hablar con el Patriarca.

 

-¿Ha ocurrido algo?

 

-Es un asunto personal.

 

El Caballero de Leo no quería ahondar en detalles. Ya se enterarían todos llegado el momento.

 

-De acuerdo –fue la respuesta del Caballero de Piscis, a modo de indicación de que podía atravesar su templo.

 

El castaño continuó su camino pero se paró de pronto. Una idea cruzó su mente. Afrodita era íntimo amigo de DeathMask. O, mejor dicho, si ese desgraciado podía tener algo parecido a amigos Afrodita podía considerarse un sujeto a agregar a esa lista. Se volvió para encontrase de nuevo con el peliazul, que lo observaba en silencio.

 

-¿Has visto a DeathMask últimamente? –Fue la pregunta de Aioria.

 

Afrodita pareció pensárselo unos segundos.

 

-No, lo cierto es que últimamente no lo he visto mucho –aquella respuesta pareció no agradarle al castaño, cosa que hizo despertar la curiosidad del guardián del último templo-. ¿Pasa algo con él?

 

-Pronto lo sabremos –murmuró, casi para sí.

 

Y dicho esto, dio media vuelta y siguió su camino.

 

Saga tardó unos minutos en recibir a Aioria, pues estaba algo atareado con algunos asuntos referentes a fundación de ayuda a las víctimas de Poseidón.

Una vez Aioria entró en su despachó se sentó frente a su mesa.

 

-Y bien –habló Saga, con calma y una pequeña sonrisa dibujada-. ¿En qué puedo ayudarte?

 

-Es sobre DeathMask.

 

-¿Le ha ocurrido algo?

 

El Caballero de Leo tuvo una inevitable sensación de dejavu y soltó un suspiro. ¿Es que todos estaban ciegos?

Le contó a Saga todo lo referente a lo que había pasado con DeathMask. El lamentable estado en el que se lo había encontrado en ya dos ocasiones y sus violentas reacciones cuando él había intentado saber cuál había sido el motivo. Saga le escucho en silencio, sin perder detalle alguno de lo que el caballero le estaba diciendo. Cuando Aioria terminó su relato se apoyó contra el respaldo de su silla y dio un profundo suspiro.

 

-¿Alguien más lo sabe?

 

-Aioros y Mu –respondió el castaño-. El propio Mu intentó hablar con él, pero no consiguió nada.

 

-¿Mu no logró que le contase que había ocurrido? – preguntó Saga, escéptico, y le miro con extrañeza.

 

-Me sorprende tanto como a usted…

 

-Aioria, por favor, deja de lado las formalidades y tutéame.

 

A Saga no le gustaba que lo tratasen de usted, no al menos sus hermanos de armas. Y no dudaba en insistir que se ahorraran los tratos reverenciales para con su persona. Sin embargo, eso era algo que a Aioria le costaba en especial, pues seguía considerando incorrecto referirse a la máxima autoridad del Santuario como si fuese uno más.

 

-Volviendo al tema de Deathmask… -Saga se inclinó de nuevo hacia delante, apoyando su barbilla entre sus entrelazadas manos, y retomó el hilo de la conversación-. ¿Qué piensas que está ocurriendo?

 

Aioria desvió la mirada durante unos segundos, no porque sintiera vergüenza o porque no supiera muy bien que contestar, sino porque no deseaba dedicarle al Patriarca la fulminante mirada que se vio obligado a enfocar hacia otro punto de la estancia. Sabía de sobra lo que Saga quería, pues él mismo ya se había delatado al presentarse allí en persona y narrarle lo sucedido tiñendo casi cada palabra con más que evidentes matices de molestia, hastío e incluso rabia. Pero ya le había pasado algo similar con Mu y su hermano y no repetiría su error. Saga era totalmente consciente de lo que él estaba pensando, pero no permitiría que la cuestión se desviara hacía su actitud para con el Caballero de Cáncer. Esta vez se centrarían en el problema principal: DeathMask.

 

-La verdad, no lo sé –respondió finalmente Aioria, haciendo soberanos esfuerzos por parecer calmado y hasta inocente-. Por eso he recurrido a ti.

 

-Él es muy testarudo, si no ha querido dar detalles de lo ocurrido ni tan siquiera a sus compañeros será casi imposible hacer que hable. Hasta para mí.

 

-¡Pero usted es el Patriarca! –Aioria casi dio un brinco en su silla-. ¡No puede negarle la palabra! ¡Tendrá que hablar tanto si quiere como si no!

 

Ante aquel repentino ataque rabia por parte del Caballero de Leo Saga solo pudo alzar un ceja, mostrando un gesto que definía muy bien tanto su sorpresa como su extrañeza.

Airoa carraspeó y trató de recuperar la compostura.

 

-¿Qué te acabo de decir hace un momento, Aioria?

 

El mentado bajo levemente la mirada, algo avergonzado.

 

-Disculpa, Saga.

 

-Así está mejor.

 

El castaño sintió un gran alivio al observar que aquel momentáneo arranque de furia no había provocado ningún tipo de reticencia por parte de Saga, pues este había vuelto a redundar en su deseo de ser tratado como compañero y no como superior. Lo que Aioria no sabía era que Saga no había pasado por alto aquella reacción por parte de su camarada, y aunque había optado por no darle importancia no pudo evitar que a su mente acudiera la idea de que había algo más en torno a lo que estaba sucediendo. Estaba comenzando a pensar que, por alguna razón que aún no conocía, Aioria se estaba llevando todo aquello al terreno personal, y se mirarse por donde se mirase aquello no era bueno. Por ningún motivo Saga podía permitir pendencias dentro de su comunidad. No después de lo que les había costado ser los que una vez fueron. No después de haber logrado, tras soberanos esfuerzos, un clima de camaradería y concordia entre ellos, de amistad. No después de aquel tan preciado regalo que su diosa les había dado, aquella nueva oportunidad de vivir.

En cualquier caso, Saga debía poner en orden sus prioridades. No podía ignorar lo que Aioria le había contado con respecto al Caballero de Cáncer. Primero hablaría con DeathMask. Intentaría saber que era lo que le había ocurrido. Y luego, cuando logrará solucionar aquel problema, trataría esclarecer que era lo que exactamente ocurría entre los caballeros de Leo y Cáncer.

 

-Bien –resopló finalmente Saga, tras unos minutos de silenciosa reflexión-. Iré pues a hablar con DeathMask. Trataré de que me cuente que es lo que ha pasado –Aioria asintió, complacido por la decisión de su superior-. ¿Hay algo más que quieras decirme? –Añadió entonces el peliazul.

 

-No, eso ha sido todo, le agradezco su tiempo, em… -Aioria dudó unos instantes, ante la ceñuda y cansina mirada del Patriarca-. Gracias por recibirme, Saga –se corrigió, mostrando una boba sonrisa.

 

Saga concluyó por sonreír casi de igual forma.

 

-Eso está mejor.

 

-Me retiro entonces.

 

Aiora salió del despacho del Patriarca dejando a este con bastantes cosas en las que pensar. Saga había creído hasta el momento que entre ellos ya habían enterrado todos viejos rencores pero… Algo le decía que eso no era cierto del todo. No tenía idea alguna de qué era lo que le sucedía a DeathMask, y estaba dispuesto a descubrirlo. Mas, desgraciadamente, si que podía hacerse una cercana idea de lo que le sucedía a Aioria, aunque no lograba entender del todo que era lo que lo suscitaba. El Patriarca supuso que algo así era de esperarse cuando dos mentalidades tan distintas como las de esos dos chocaban entre sí. DeathMask era un cabezota incorregible que jamás admitiría sus fallos aunque fuese consciente de ellos. Y Aioria se agarraba obcecadamente a un código moral estrechamente definido por él mismo, en donde personas como DeathMask no tenía cabida. Si en algo podía parecerse esos dos era en su incorregible testarudez.

Saga volvió a apoyarse con pesadez en el respaldo de su silla, soltando un profundo suspiro. Presentía que aquel sería un día muy largo.

 

Aioria ya se sentía más tranquilo. Estaba seguro de que Saga solucionaría el problema. Decidió pasar por el templo de su hermano para contarle que finalmente había reportado el tema de DeathMask al Patriarca, y aunque sabía que a Aioros no le haría mucha gracia era mejor que se enterase por él.

Nadie contestó cuando llamó al Templo de Sagitario, y tampoco sentía rastro alguno del cosmos de su guardián o de su presencia por lo que el joven castaño supuso que estaría entrenando en el Coliseo.

Continuó su descenso por el Santuario, ahora con la intención de informas a Mu, quien si se encontraba en su templo. El Caballero de Aries, al saber que Aioria tenía algo que contarle le invitó a pasar en sus dominios para tomar una de té. Allí Aioria le narró todo lo ocurrido desde su segundo encuentro con un DeathMask en lamentable estado y su audiencia con el Patriarca.

 

-No me ha parecido correcto lo que has hecho –sentenció Mu, aunque rebosaba la calma de siempre, mientras le daba un sorbo a su taza de té.

-¿Y qué querías que hiciera?

 

-Esperar –fue la sencilla respuesta.

 

-¡¿Es que no has oído nada de lo que te he contado?! –Le reprochó el castaño, con sumo enfado.

 

-Te he escuchado perfectamente, Aioria.

 

El joven Leo le miró casi con desagrado. Observaba a su compañero con una mezcla de incomprensión, sorpresa y exasperación. Si aquello que estaban teniendo era una discusión desde luego Mu no lo demostraba. Le resultaba increíble la dirigencia de la que podía llegar a hacer alarde el pelilila. Su neutralidad resultaba casi ofensiva. Pero no era solo el impertérrito semblante de Mu lo que molestaba a Aioria, sino el hecho de que tanto él como su hermano parecían profundamente empeñados en defender a DeathMask, y por mucho que se esforzaba no lograba averiguar el por qué. ¿Por qué demonios perdían tiempo y credibilidad intentado darle justificación al comportamiento de un traidor? Esa pregunta no tenía respuesta para el castaño.

 

-Os dije a mi hermano y a ti que esperaría la primera vez –continuó Aioria, tratando ahora de controlar su tono de voz a pesar de su enfado-. Pero he vuelto a encontrármelo, y en peores condiciones que la última vez. Dime Mu ¿Qué habrías hecho tú?

 

Mu dio otro tragó de té y luego miró a Aioria a los ojos, su tranquilidad era casi un insulto para el castaño, y más cuando contestó:

 

-Nada.

 

No podía creerlo ¿Acaso Mu se estaba burlando de él? Conforme más hablaban más grande se hacía en la cabeza de Aioria la idea de que su compañero era terriblemente estúpido.

 

-Nada –repitió Aioria, con una media sonrisa. Aquello perdía sentido por momentos y su paciencia pendía de un hilo, pero decidió tomárselo con calma a pesar de todo-. ¿Sabes, Mu? Creo que empiezo a entenderos a mi hermano y a ti –las palabras de Aiora estaban tintadas con un cinismo que sorprendió enormemente al Caballero de Aries-. Ambos me habéis reprendido por el hecho de protestar en contra del comportamiento de DeathMask –continuó, bajo la atenta e imperturbable mirada de Mu-. Pensaba que me veíais como una especie de monstruo sin corazón ni consideración hacia sus compañeros solo por el hecho de querer mantener el orden entre nosotros. Pero ahora me he dado cuenta de quienes son los monstruos.

 

El entrecejo de Mu se arrugo ligeramente, mostrado su confusión. Aquel fue su primer gesto facial durante toda conversación.

 

-¿Aioria que estás diciendo…?

 

-Estoy diciendo que me encontré a DeathMask herido e intenté ayudarlo, a pesar de que me desdeñó. Y después fui a ver a Saga para que hablase con él ya que se niega a recibir ayuda alguna. Y, según tú opinión, lo mejor hubiese sido no hacer nada –Parecía que con cada palabra que decía Aioria mostrase más repulsión hacia la persona de Mu, que no dejaba de mirarle con mudo asombro-. Según tú opinión, Mu –continuó-, lo más razonable es dejarle en paz. Dejar que siga apareciendo en el Santurio con heridas cada vez más graves hasta que ya no haya problema por el que preocuparse.

 

-Estás yendo muy lejos, Aioria –a pesar de todo Mu mantenía la compostura-. Estás malinterpretándolo todo.

 

-Acláramelo entonces –le escupió, con desagrado.

 

-Creo que ninguno de los dos conocemos lo suficiente en DeathMask, pero yo confió en él.

 

-Tú confianza ciega no me sirve, Mu.

 

-Estoy seguro de que DeathMask tiene una buena explicación para todo esto. Sé que él nunca haría nada que pusiese en peligro la paz que tanto nos ha costado lograr.

 

-¿Y para ti eso es suficiente? ¿Lo dejarías pasar simplemente porque crees que él ha tenido razones? ¿Razones inofensivas?

 

-Solo digo que es más que probable que sea un asunto personal. De DeathMask y solo de él. No somos solo caballeros, Aioria, también somos personas. Ya es hora de que te vayas dando cuenta de que no puedes controlarlo todo.

 

 Ante esas últimas palabras Aioria se puso en pie violentamente, haciendo que la silla en la que estaba sentado cayese al suelo tras él.

 

-¡No voy a permitir que me sermonees como lo hace mi hermano! –Gritó-. ¡DeathMask no es de confianza, es un traidor y siempre será un traidor! ¡No merece estar entre nosotros! ¡No merece la nueva vida que se le ha dado! –Aioria salió de allí a grandes zancadas, pero antes de atravesar la puerta se volvió de nuevo hacia Mu, que seguía sentado, tranquilamente, observándolo-. Él no merece el perdón que se le ha dado.

 

Aioria se marchó del templo de Aries dejando a su guardián sumamente preocupado.  


Registrese en el foro o acceda para poder participar

Temas Relacionados
Mensaje Normal
Mensaje No Leido
Alud (saga x camus) oneshot  
yonjuukyuu yonjuukyuu
Fecha El 17/05/12 a las 07:05:11
yonjuukyuu yonjuukyuu
Fecha El 17/05/12 a las 07:05:16
32 1
Mensaje Normal
Mensaje No Leido
El santo mas bello (finalizado)  
Ella!! Ella!!
Fecha El 19/03/12 a las 11:03:22
Ella!! Ella!!
Fecha El 26/03/12 a las 10:03:26
183 6
Mensaje Normal
Mensaje No Leido
Un plato de arroz  
Ella!! Ella!!
Fecha El 06/03/12 a las 12:03:14
Ella!! Ella!!
Fecha El 20/03/12 a las 12:03:40
152 4
Mensaje Normal
Mensaje No Leido
Instinto animal (sagaxkanonxposeidon)  
Ella!! Ella!!
Fecha El 06/02/12 a las 11:02:49
Ella!! Ella!!
Fecha El 06/02/12 a las 11:02:00
224 1
Mensaje Normal
Mensaje No Leido
Una ardiente noche de invierno (aioria&milo)  
Islandher Islandher
Fecha El 09/11/11 a las 07:11:45
hazk-saint hazk-saint
Fecha El 13/11/11 a las 06:11:03
278 3