Login Registrarme Usuarios Usuarios Estadisticas Estadisticas Encuestas Encuestas Buscar Buscar Ayuda Ayuda

Registrese en el foro o acceda para poder participar Saint Seiya Yaoi Saint Seiya Yaoi B) Fanfics de parejas de ORO B) Fanfics de parejas de ORO
MUERTE EN ATENAS. Varias. CAPI 4 subido! MUERTE EN ATENAS. Varias. CAPI 4 subido! (0.414 s)

MUERTE EN ATENAS. Varias. CAPI 4 subido!

FECHA El 31/03/11 a las 05:03:15 IP GUARDADA
Utilidades del Tema Puntuar Tema
Utilidades del Usuario
Online Dionysios
Aficionado recurente Yaoi


Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
13
15
19
El 31/03/11 a las 05:03:15
MUERTE EN ATENAS. Varias. CAPI 4 subido!

 Resumen:

 Kanon Thematos y Radamanthys Wyvern tienen cada vez menos tiempo para resolver una serie de asesinatos brutales de pesos pesados del delito griego.

Cuentan con pocas pistas y con el hijo de uno de los asesinados: Aioria, un joven ex adicto, enigmático, a mitad de camino entre la sospecha y la confianza.

¿Podrán encontrar al culpable?

Pareja principal: Kanon x Aioria, la otra si la digo arruino la trama.

Parejas secundarias: Kanon x Radamanthys, Mu x Aioria, Mu x Shura, y varias más  

Tipo: Capítulos

Clasificación: NC-16

Estado: En curso

  Advertencias:

 * LEMON

* VIOLENCIA

*MUERTE DE PERSONAJES

Titulo: Muerte en Atenas

 Autor: Dionysios

 Razon:  Porque me gusta escribir policiales.

 Dedicatoria:  A las que les gustan los santos griegos, este fic es mayormente de ellos. Y a las amantes del AU.

 Personajes.

 Principales: Saga, Kanon, Aioros, Aioria, Milo, Radamanthys, Dohko

Secundarios: el resto de dorados, los de bronce, algún que otro marina.

 

 

 

 


Registrese en el foro o acceda para poder participar

Reportar a My-Forum



RESPUESTAS AL MENSAJE - Respuesta/-s
Mostrando del 0 al 9 de 11
Ir a la pag.: [1] 2
FECHA El 31/03/11 a las 05:03:45 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Dionysios
Aficionado recurente Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
13
15
19
El 31/03/11 a las 05:03:15

Capítulo 1

En la popa del bote, Kanon Thematos, teniente de homicidios de la Jefatura de Policía de Atenas, finge pescar y no prestar atención a los hombres que discuten en la cubierta de un yate de lujo, anclado a menos de cincuenta metros a su izquierda.

 Con la caña de pescar en las manos, y la cabeza inclinada para evitar el reflejo del sol en el agua, intenta reconocer la identidad de los hombres involucrados en la discusión. Uno es inconfundible. Debe medir más o menos dos metros, y no pasaría por la puerta de su despacho. Tiene un vozarrón que debe oírse desde Creta. Es Aldebarán Figueiras, un magnate brasileño que se ha forrado comerciando con una flota de barcos griegos, disfrazados bajo bandera panameña, para eludir a Hacienda.

Pero a Thematos, ridículo en sus ropas de pescador improvisado,  no le interesa la situación fiscal del tipo. Ha seguido a Figueiras porque es el sospechoso principal del asesinato de un pez gordo de la noche ateniense: Mime Anastassakis, el dueño de ocho clubes nocturnos por donde pasa la mayor cantidad de dinero negro del país.

Cualquier cosa que dé con el culo del brasileño entre rejas, hace que  los labios de Thematos se curven en una sonrisa.

— ¿Estás esperando a que mate al crío y así poder arrestarlo por fin por un asesinato?

El hombre sentado a su espalda no es tan discreto. Mira la  discusión –que ha pasado a mayores—  a través de unos binoculares enormes. Los deja de lado un momento, y susurra:

— Kanon, ese hijo de puta va a matar a su hijo si no lo detenemos.

Kanon hace un esfuerzo para entenderle. Su compañero es inglés, y su griego, macarrónico.

— ¿Cómo sabes que es su hijo? —resopla, y finaliza—: De acuerdo, acerquémonos.

 

El tipo está tan concentrado gritándole  y golpeando al jovencito, que no oye a los policías subir al yate. Los ve cuando se paran a su lado, uno a la derecha y el otro a la izquierda.

 — ¡Qué mierda! —dice, y amaga a agarrar al inglés del cuello.

Kanon es más rápido y lo encañona con un arma enorme.

— Pasma —escupe—. Quédate quieto, mamón.

El brasileño se queda de piedra. Está sucio hasta la médula, y sabe que no debe hacerse el loco en presencia policial. Su mirada es recelosa por demás, porque intuye que estos dos no son un par de policías corrientes.

— Espósalo —dice Kanon, dirigiéndose a su compañero,

Recién cuando tienen al gigante indefenso, recostado en el piso, se vuelven al otro tripulante.

El joven está abrazado a sí mismo, como si se estuviera helando, aunque hace un calor de morirse. Tiene la cabeza hundida entre las rodillas, y se aprieta contra las barandillas de acero de la embarcación con tanta fuerza, que Kanon se apresura a llegar a él, temeroso de que se les caiga, y les genere un papeleo interminable.

— Eh, chico —dice—. Cálmate, ¿de acuerdo?

El muchacho levanta la cabeza. No es tan joven como creían. Debe rondar los veinticinco años, aunque tal vez los aparenta a causa de  su rostro demacrado, sin afeitar. La piel es pálida, casi cenicienta, y sus ojos apagados son incapaces de posarse en algo por más de un segundo.

Kanon lo escruta un momento más. El chico es alto, y se nota que en algún momento fue muy fornido. Tiene el cabello castaño y muy rizado; los ojos son de color verde oscuro: un chico guapo, aunque su belleza está ajada y apagada. Tal vez sin posibilidad de retorno.

— Un drogata —sentencia el teniente, volviéndose a su compañero—. No nos va a servir para una mierda.

Figueiras levanta la cabeza.

— Déjenlo en paz —dice, con un tono indignado, pese a que la rodilla de Radamanthys (que es casi tan enorme como él) se le clava en el cuello—. Aioria recién ha salido de la desintoxicación. Ha estado limpio por seis meses.

Kanon se acerca y le da una patada en las costillas.

— ¿Y a ti él te importa tanto que te estabas ocupando de cambiarle la cara sin anestesia? ¿O golpearlo forma parte de la desintoxicación?

Aldebarán no dice nada.

— ¿Es tu hijo?

— No lastimen a mi padre, por favor —La voz es grave. Mucho más de lo que habían imaginado al verlo.

Radamanthys y Kanon se dan vuelta al unísono.

Pese a la paliza, el chico se ha puesto de pie y se ha acercado a ellos. Tiene sangre en los labios partidos, y en el cuello; y se recuesta contra la pared metálica, como si le demandara un esfuerzo enorme mantenerse erguido.

— ¿Te da semejante golpiza y lo defiendes?

— Es que acaba de enterarse de que además de drogata, soy homosexual…

El chico lanza una especie de risa más ajada que su apariencia y se sienta en el suelo. Luego cierra los ojos, con una expresión que Kanon conoce muy bien. Es una mezcla de alivio y vergüenza. La misma que se ancla en su rostro cada vez que confiesa lo mismo que acaba de hacer el drogadicto.

— ¡Aioria! —Grita el padre—. ¡Cállate de una vez!

— ¿O qué? –se carcajea el chico—. ¿Vas a desheredarme? No puedes hacerlo. Si la mitad de las empresas que están a mi nombre pasaran al tuyo, Hacienda te comería vivo. ¿O acaso vas a hacerme lo mismo que a…?

Figueiras no lo deja continuar. Con una habilidad inesperada, y pese a estar esposado, se pone de rodillas en un santiamén. A continuación  se lanza sobre su hijo que suelta un chillido de miedo y se refugia detrás de Kanon.

Radamanthys salta hacia el gigante y de un golpe rudo entre los omóplatos lo manda de cara al piso metálico.

— Métete con alguien de tu tamaño, cabrón –ladra—. Sigue comportándote así y te van a caer tantos años encima en chirona que vas a olvidarte hasta de cómo bailar tu estúpida samba.

Kanon, con un suspiro de cansancio,  saca la radio, y pide refuerzos.

 

2.

 

— Necesito mi medicación —ruega Aioria, pálido y desencajado, mientras se retuerce en una de las sillas incómodas de la sala de interrogatorios—. ¿Cuándo van a dejarme ir?

Radamanthys levanta la vista de una carpeta donde ha ido anotando detalles del caso de Mime Anastassakis y le espeta, con frialdad:

— Tú lo que quieres es colocarte —y vuelve a la lectura.

Kanon, que está de pie, revolviendo la billetera del chico, se ríe.

—O colocarse una polla en el medio del culo.

Las mejillas del chico toman algo de color, debido a la furia repentina.

— Con la pinta de puto que te cargas, yo lo pensaría mejor antes de hablar —dice, con una determinación que toma por sorpresa a los oficiales.

Antes de que pueda arrepentirse de lo que ha dicho, Kanon lo toma por el cuello de la camisa y lo estampa contra la pared.

— ¡Mocoso de mierda! Tienes un deber cívico que cumplir, así que te quedas hasta que a mí se me dé la puta ganas. Y luego de ese comentario idiota, ¡vas a quedarte aquí hasta que se te vayan las adicciones que aún te faltan adquirir!

Radamanthys lo detiene, empujándolo hacia atrás, y Kanon le lanza una mirada furibunda. Están jugando al poli bueno y al poli malo, cosa que casi siempre da resultado, y le está arruinando el papel de cabrón. Le lanza una mirada interrogativa, pero su compañero le señala al chico con el mentón.

Aioria oscila, sostenido solamente por su brazo, con el rostro chorreando sudor, y los ojos fijos. Las pupilas están tan dilatadas que apenas se ve un resplandor verde a su alrededor. El mocoso debe tener la tensión sanguínea por el suelo.

Kanon lo arroja en una silla, sin muchas contemplaciones.

— ¡Malditos yonquis!

Aioria está a punto de caer, pero logra mantenerse sentado.

— Lo siento —dice, con un hilo de voz. Luego continúa, casi a punto de llorar—: Por favor… necesito las pastillas. Son parte del tratamiento… Sin ellas me vuelvo loco.

— ¿Dónde las tienes?

— Las tenía mi papá…

Kanon le hace una seña a su compañero, que se retira silenciosamente y luego se vuelve al chico.

— Te lo advierto. Si te niegas a contestar lo que sabes, voy a dejarte encerrado hasta que la abstinencia te obligue a colgarte del techo usando una de tus medias…

Aioria se tapa la cara con las manos.

— Ya le dije que no sé nada de los negocios de papá.

— Varias de sus empresas están a tu nombre.

— Sólo soy un testaferro… él no me permite hacerme cargo de nada.

— ¿Y qué me dices de los contratos que firmas?

— ¿Qué contratos?

Kanon le pone unos papeles justo bajo las narices.

— Llevan tu firma, ¿o no?

Aioria los aleja un poco de su cara, para poder leerlos.

— Papá me da los papeles en blanco. Con una cruz donde tengo que firmar. Es todo.

— ¿Y pretendes que te crea?

El chico se derrumba sobre la mesa y cierra los ojos.

— Por favor —suplica—. Ya no resisto esto…

Kanon da vuelta la silla y se sienta al revés, con el respaldo en el pecho, y las piernas abiertas.

— Aunque Radamanthys te traiga la medicación, no voy a dártela hasta que me cuentes algo útil.

Pese a sus esfuerzos, el chico se pone a sollozar.

— De acuerdo —dice, entre lágrimas—. Mime Anastassakis es el amante de mi madre.

Kanon sufre un respingo involuntario.

— ¿Estás seguro?

— Claro que sí. Todos los martes, cuando mi padre tiene la reunión de la contabilidad de Hellenic Media, ella se encuentra con él en un piso que está a mi nombre, en Kifisiá. Lo ha estado haciendo desde hace un año, como mínimo. Al menos yo los descubrí hace un año.

— ¿Cómo los descubriste?

— Por casualidad. El departamento está vacío, y es un buen lugar para…

Aioria se detiene. Ya no llora, pero sigue sacudiéndose un poco. Kanon termina por él.

— Para drogarte, ¿no es así?

— Mi madre no es una mala persona, teniente. Pero la vida con mi padre puede llegar a ponerse muy difícil…

Kanon lo mira de arriba abajo.

— No me digas… —luego guarda las carpetas—. ¡Qué bajo hemos caído… Mira que confiar en la palabra de un yonqui… ¿Hace cuánto eres un caso perdido?

— Fui drogadicto dos años. Hace seis meses  que estoy limpio. Está costándome realmente mucho y su actitud de patán no me está ayudando en nada…

Kanon se ríe.

— ¿Qué esperabas, niño? La verdad es que  me importas un pimiento. Por mí puedes morirte en plena calle. Eres una lacra, y con la vida que llevas no te doy mas de dos meses limpio. Uno de estos días, tu padre va a cortarte el crédito y terminarás degollando un albanés por cinco euros…

Aioria se lleva una mano a la frente sudorosa, y la acaricia, dolorido. Kanon saca una fotografía del cadáver de Anastassakis y la deja sobre la mesa.

— ¿Qué tienes para decirme de esto?

Aioria se queda estupefacto.

— ¿Mime está muerto? —Dice, con voz temblorosa.

— ¿No lo sabías?

Aioria sacude la cabeza con la poca energía que le queda. Su expresión convence al teniente de que de verdad no estaba al tanto de nada.

Radamanthys entra en ese momento, con el rostro sombrío.

— Figueiras se largó hace dos horas. Ni siquiera lo ficharon porque su hijo se negó a hacer la denuncia por violencia doméstica. Y he recibido una buena bronca por retenerlo aquí.

Kanon se vuelve a él, serio.

— Aioria se ha ofrecido amablemente a colaborar en una investigación.

El chico vuelve a derrumbarse sobre la mesa.

— Lo que sea, pero por favor, permítanme tomar la medicación.

Radamanthys coloca un abrigo liviano en los hombros del joven.

— Ven chico, te llevo hasta tu casa.

 

 

3.

 

La casa de los Figueiras, en Glifada, es una especie de mansión disimulada por un jardín de una exhuberancia que impresiona. Tiene una verja de reja de dos hojas, altísima, y que debe pesar como una condena. Frente a ella, Aioria —que acaba de bajar del coche patrulla— busca en su bolsillo lo que debe ser la llave.

—Te apuesto a que no tiene fuerza ni para abrir la puerta —dice Kanon, risueño.

En ese momento, Aioria los sorprende colocando su mano en una especie de rectángulo negro que ellos habían tomado por un adorno de herrería.

— Me lleva el demonio —dice Radamanthys—. Una cerradura digital.

La puerta sigue cerrada, y Aioria coloca la mano una y otra vez. Perplejo, cambia de mano y obtiene el mismo resultado.

— Supongo que mientras se siga metiendo pollas en el culo su padre no va a dejarlo entrar —dice Kanon, algo risueño—. Arranca antes de que te venga a pedir asilo. Imagino lo feliz que va a ponerse Pandora al verte llegar del brazo de un maricón.

Radamanthys le clava esos ojos ámbar, tan poderosos, que posee.

— Me paso el día metido en el auto con un maricón. Y no se preocupa por ello.

Kanon se muerde los labios.

— Si supiera los polvos que nos echamos de vez en cuando comenzaría a hacerlo, créeme.

Radamanthys pone en marcha el coche en el momento en que Aioria se acerca a la ventanilla.

— La cerradura de seguridad está rota –Dice el chico.

— ¿Y nosotros que tenemos que ver? Vamos, mocoso, vete a tu pisito de Kifisiá. Tu viejo no tolera tener una mariposita mas en su jardín—luego se carcajea como si hubiera dicho algo graciosísimo.

Aioria levanta la mano.

— Creo que hay sangre en ella.

En efecto, su mano está manchada con un líquido rojo y espeso.

— ¿Seguro no es tuya? La heroína a veces te deja sin sensibilidad —Kanon sigue la broma, pero Radamanthys baja del coche—. Mierda con la carmelita… —se queja, pero lo sigue.

En efecto, hay sangre en la cerradura. Y no sólo eso, la placa que la cubre por detrás está doblada, dejando una hendidura por la que asoman cables azules.

Radamanthys empuja la verja que cede, casi sin hacer ruido.

Aioria da un paso al frente y el inglés le pone una mano en el hombro.

— Quédate aquí –dice.

Luego se interna en el jardín, con Kanon pisándole los talones. Antes de llegar a la puerta principal ya tienen el arma en la mano. Hay sangre en el piso, unas pequeñas gotas, y el picaporte chorrea sobre la madera de la puerta, pintada de un blanco inmaculado.

No tienen más que abrirla para descubrir el origen de la sangre: Una mujer se encuentra derrumbada en el piso, boca abajo. Está desnuda y su espalda muestra dos cortes profundos hechos por un arma blanca de tamaño considerable, que forman una especie de letra tau. Por encima de esas heridas parece haber dos puntazos más, y un corte a la altura del cuello ha provocado un charco de sangre de proporciones monumentales. Tiene la cabeza ladeada y los ojos fijos. Parece mirar con interés una fuente Feng shui donde gira una bola de cristal iluminada por una fibra óptica.

— ¡Mamá!

El grito a sus espaldas hace que los policías giren, con las armas preparadas. Aioria se abalanza sobre el cadáver, pero Radamanthys lo detiene antes de que pueda acercarse más, y contaminar la escena del crimen. El chico sigue gritando,  pero sus fuerzas no se comparan a las del enorme oficial, y termina sentado en el piso, apenas capaz de sostenerse, llorando con las manos a los costados del cuerpo, como si fuera un crío de cinco años al que sus padres dejaron en la escuela por primera vez.

— Quédate aquí –dice Kanon—, voy a verificar si Figueiras está en la casa. Llama a Shaka, que mande refuerzos, y a Deathmask. Necesito la autopsia cuanto antes.

Un cuarto de hora después, cuando Kanon termina de recorrer la casa, sin éxito, las patrullas se agolpan frente a la entrada.

El forense está abocado a la tarea de examinar el cuerpo, mientras unos oficiales en uniforme precintan el lugar.

Un oficial de apoyo psicológico se lleva a Aioria, que se mueve como si fuera un autómata sin vida, de vuelta a la jefatura.

Kanon suspira. Tendrán que interrogarlo de nuevo,  pero esta vez en serio. Y tragarse una bronca de Shaka por haber actuado a sus espaldas.

— Death, ¿hace cuánto que está muerta?

— No lo sé con seguridad, pero yo diría que apenas una hora.

Kanon se frota la frente. Mime Anastassakis y su amante. Y en ambos casos, el sospechoso podría ser Aldebarán Figueiras. Y el único informante que tienen es un ex yonqui idiota incapaz de mantenerse en pie más de cinco minutos.

Kanon suspira otra vez.

— ¿A qué viene tanto suspiro? —Dice Radamanthys, a sus espaldas.

— Este caso es una mierda…

— La vida es una mierda, Kanon — Luego mira su reloj— ¿Quieres un polvo para relajarte?

— ¿No tienes que ficharle a Pandora?

— Tenemos que ficharle a Shaka, e interrogar al crío. Pero el psiquiatra no lo devolverá hasta dentro de dos horas, como mínimo. Tienen que calmarlo, y encontrarle sus pastillitas. Tenemos tiempo para dos polvos bastante decentes.

 — ¿En casa?

— Salvo que quieras hacerlo en las mismas narices de Pandora…

— No estaría nada mal. Tu esposa está buenísima…  ¿Crees que te costaría convencerla de hacer un trío?

Radamanthys lo mira, muy serio.

— ¿Se te para con mujeres?

— Sólo con las de mis amigos.

Radamanthys se distiende y se ríe.

— Dejémosla fuera por ahora. Lamentablemente, la amo demasiado como para compartirla.

— ¿Y a mí por qué me compartes?

— No me hagas contestar a eso.

— No estás ni cerca de dejarla por mí, ¿verdad?

Es el turno de Radamanthys de suspirar.

— Mejor vamos por Shaka. Algo me dice que nos va a echar una bronca épica.


FECHA El 01/04/11 a las 06:04:50 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Laries_cam
Adicto Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
633
773
1279
El 28/01/11 a las 10:01:17

Hola!!!!

Me ha gustado muchísimo tu fic ^ ^*, tanto por la manera en que lo narrás como su temática... adoro las historias policiales XD son tan emocionantes 8D... y tu lo estas desarrollando increiblemente...

Me encantan la actitud y personalidad de Rada y Kanon... que polis tan sexys O.O*

Pobre Aioria ... que dificil su situación, espero y no sufra mucho el gatito...

Aldebaran de mafioso maloso, me ha gustado como lo pones tambien con ese papel, aunque admito que lo veo mas como el típico bonachón, pero aqui te ha quedado de fábula.

Espero y lo continues pronto =)

Saludos.


FECHA El 04/04/11 a las 10:04:36 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Dionysios
Aficionado recurente Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
13
15
19
El 31/03/11 a las 05:03:15

Capítulo 2

Mil gracias, Laries_cam, por tu comentario. Aquí, la conti. Abrazos.

--------------------------------------------------------------------------------

Glosario:

 Mashang you ren lai jie wo: en un rato vienen por mí.

 PAME: sindicato de trabajadores griegos, de corte comunista.

 Junta: el gobierno de facto de la dictadura de los coroneles.

 Touché: término usado en esgrima, y significa "tocado".

 Capítulo 2.

1.

 El escritorio es ovalado, y debe medir aproximadamente tres metros de longitud. Es una oficina gigantesca, moderna  y lujosa, que contrasta notoriamente con el resto de la Jefatura de Atenas. En medio de la mesa, una pila de papeles de aspecto confidencial, y una bandera griega, son los únicos objetos que cortan lo inmaculado de la superficie.

 Detrás del escritorio, empequeñecido por las dimensiones de la sala, Shaka Indira, el Director Nacional de Seguridad, clava un par de penetrantes ojos azules en sus subordinados.

 - No sólo me ha tocado como teniente el cretino más grande de Grecia - dice, con una voz que vibra de furia contenida-, sino que ahora nos dedicamos a importar cretinos de Londres.

 Radamanthys da  un paso al frente.

 -  Si lo deseas puedes pedir mi pase ahora mismo. No tengo objeción alguna a abandonar el país.

 Kanon contiene un respingo. Él sí tiene objeciones. Más de las que puede contar.

 Shaka sonríe sin humor.

 -  ¿Tienes idea de quién acaba de abandonar este despacho?

 El inglés resopla.

 -  Por tu humor, diría que el ministro en persona.

 - Exacto, el ministro. Me echó la bronca porque retuvieron al hijo de uno de sus mejores amigos, en contra de la ley...

 -  Figueiras no es su mejor amigo -escupe Kanon, molesto-, es su mayor contribuyente. El tipo ha sido reelecto sobre los euros con que el brasileño aderezó su campaña.

 Las chispas que echan los ojos de Shaka rivalizan con los destellos dorados de una melena larga, impresionante, que le llega a la cintura.

 -  No  te corresponde a tí opinar sobre ello.

 -  Si nos castigas - interviene Radamanthys-, vas a apartar a dos hombres del caso de su bonita esposa despanzurrada como un pollo relleno. Imagino que Figueiras quiere saber quien lo dejó viudo... aunque tal vez me equivoque...

 -  Se lo preguntaremos cuando se dignen encontrarlo. Les recuerdo que en lugar de seguirlo estaban perdiendo el tiempo con su hijo - los ojos de Shaka se clavan en los de Kanon-. Tengo entendido que es un chico muy guapo.

 -  ¿Qué demonios quieres decir con eso?

 -  Sólo que te cuides, teniente. Hay varios chicos aquí dentro que mueren por ascender. Y han puesto en la mira tu condición de homosexual. Si te va mal en este caso, puedes comenzar a despedirte de tus privilegios.

 -  ¿Te refieres al café frío y los croissants de la semana pasada con hongos bajo el celofán?

 Shaka esboza una sonrisa casi maliciosa.

 -  Me refiero al privilegio de ver mi bella cara todos los días, mamón. O los músculos de tu amiguito inglés. Y si sigues jugando a la lengua filosa, vas a terminar tus días patrullando con Dohko. O peor, con una mujer. Y a ver si arruinas tu sueño y la palmas al lado de un coño, en lugar de una buena polla de cuarenta y cinco centímetros.

 Shaka se ríe por unos segundos. Radamanthys se vuelve a su amigo, cuyo rostro, usualmente pálido, ha tomado un color rojizo. Antes de abrir la boca para intervenir, tiene tiempo de pensar que Kanon se ve impresionantemente apuesto. Sus ojos verdes están mas rasgados que nunca debido a la indignación, sus labios gruesos se curvan en una mueca amarga, y su despeinado cabello azul cae como una cascada rebelde sobre su rostro y sus hombros.

 -  Hemos logrado que el mocoso confesara que Anastassakis y su madre eran amantes - dice, luego de carraspear para alejar las fantasías de su cabeza.

 Pero Shaka no parece impresionado en absoluto.

 -  ¿Ah, si? Pues necesito mucho más. Tengo una arpía ahí afuera, que jura que es la abogada de Aioria Figueiras, y que está dispuesta a gritar a los cuatro vientos que ustedes torturaron al chico y le arrancaron cualquier cosa, como en la época de la Inquisición. Y la hija de puta está tan buena, que hará que a cualquier juez se le caigan las medias y se cargue sus infructuosas carreras. ¿Me entienden? Este mundo es así: un buen culo, y la ley pasa a segundo plano. Conozco esas busconas. Con tal de ganar un caso, no dudarían en chupársela hasta al viejo que limpia el estrado de la corte.

 -  Figueiras sigue siendo sospechoso, y su esposa está muerta. Es la ley la que dice que interroguemos al entorno.

 -  Cuando encerraron al chico, se trataba de una pelea doméstica. Ni siquiera se presentaron cargos. Y no pueden mantener a los testigos sin acceso a su medicación.

 -  ¿Qué medicación? El chico sólo quería colocarse. Probablemente andaba con uno de esos supositorios con medio quilo de caballo en el culo, como los contrabandistas...

 Shaka se rasca la frente y frunce el ceño, como si estuviera hablando con un retardado.

 -  El chico está limpio. Tu hermano lo valoró.

 -  ¿Saga?

 -  ¿Tienes otro hermano, acaso? - Shaka le arroja a la cara los papeles que estaban sobre el escritorio.

 -  ¿Cuándo podemos interrogarlo de nuevo?

 -  No pueden. Lee el informe. El mocoso estará internado como dos semanas. Su condición, tanto física como psicológica, ha empeorado. Si quieren hablar, sólo podrán hacerlo con su abogada. O esperar.

 -  ¿Podemos buscar a Figueiras, al menos?

 -  Claro que sí. Es la prioridad. Me traen al señor Samba a jefatura lo antes posible, y todos contentos.

 Shaka baja los ojos. No queda más que la bandera griega sobre el escritorio, pero es la señal para que se retiren.

 2.

 La chica es, de veras, preciosa. Tiene el cabello rojo, corto, cuerpo musculoso y un cierto aire masculino que, a ojos de Radamanthys, le sienta de maravilla. El inglés, que no le ha quitado la vista de encima, intenta domar su desprolijo cabello rubio pasando las manos por encima una y otra vez.  Kanon, furioso,  siente que poco a poco le dan ganas de renunciar a todo lo que tenga que ver con el departamento.

 -  Disculpe, señor Wyvern...

 -  Por favor, Marin, llámame Radamanthys - interrumpe el oficial, con voz seductora.

 - Radamanthys, entonces... Mira, no entiendo la insistencia con  mi cliente en todo este asunto. Él no es sospechoso, ¿verdad? En el momento del crimen, estaba en una sus salas de tortura, agonizando mientras le pisoteaban sus derechos uno por uno.

 -  No cuando mataron a Anastassakis - por el contrario, la voz de Kanon suena espantosamente fría.

 -  ¿Conoce los derechos constitucionales en Grecia, teniente Thematos, o acaso cree que vivimos aún bajo la Junta?

 -  Supongo que al chico le interesará que resolvamos quien descuartizó a su madre, ¿no? Tal vez sea su derecho permanecer calladito, pero apuesto que va a colaborar espontáneamente.

 -  Sea lo que sea que mi cliente decida, no podrá hacerlo hasta dentro de dos semanas. Su condición no es óptima, ¿sabe? La medicación no puede ser suministrada según el capricho de policías sádicos.

 -  Hagamos algo - Radamanthys le entrega una tarjeta a la abogada, con una sonrisa luminosa-  Cuando Aioria despierte, o se mejore, llámame. Ahí decidiremos qué hacer.

 Ella devuelve la sonrisa y se da media vuelta para irse. Cuando está por atravesar la puerta, Kanon ladra:

 -  Doctora Iseda...

 - ¿Si?

 -  La clínica donde está internado su cliente, ¿es segura?

 -  ¿Por qué lo dice?

 -  En caso de que al asesino se le ocurra descuartizar a la familia, miembro por miembro...

 Ella palidece, y traga saliva, como si la idea no se le hubiera cruzado nunca por la cabeza.

 -  ¿Usted cree...? - la voz se le corta.

 -  Yo no creo ni dejo de creer nada, pero si quiere protección, le sugiero que la solicite antes de volver a esa clínica, a cambiar los pañales de su cliente.

 3.

 El hombre está sentado en la silla de Kanon. Es menudo, pero de aspecto ágil. Tiene ojos inteligentes, que escanean todo el entorno con pericia y rapidez.

 -  Lárgate de mi lugar - dice Kanon, con aspereza.

 -  Mashang you ren lai jie wo - contesta él, con una sonrisa.

 -  Métete el chino en el culo, cabrón. Estamos en Grecia.

 -  Lo bien que harías en aprender chino. Ahora es la segunda potencia mundial.

 -  ¿Y qué mierda haces aquí, entonces, Dohko, además de romper soberanamente mis pelotas griegas? Si aquello es el paraíso, deberías volverte. No creo que te falte trabajo. Siempre puedes llevarles comida a los premios Nobel que mantienen en la  cárcel.

 Radamanthys le ofrece una silla al hombrecito, que le da las gracias con una pequeña sonrisa.

 -  Deberías venir conmigo.

 -  ¿A China? Las mujeres ni siquiera tienen culo.

 Dohko  lanza una carcajada.

 -  ¿Desde cuando te interesan las mujeres, Kanon?

 -  Tú sabes algo, ¿no es verdad? - interrumpe el inglés.

 -  Veo que eres el inteligente del par - Dohko se pasa una mano por el cabello desordenado y sucio, y se rasca la mandíbula áspera de barba bastante crecida. Luego clava sus ojos oscuros en Kanon, otra vez-  ¿Por qué discriminas a los chinos y a los ingleses no? Yo también soy guapo y tengo buen cuerpo.

 -  ¿Qué mierda quieres, pedazo de cabrón? ¡No estoy de humor para aguantarte!

 -  Ya te lo he dicho, quiero que vengas conmigo.

 -  ¿A dónde? ¿A que te pongan siliconas en el culo?

 -  Puedo asegurarte que esto va a interesarte. Y te recomiendo cerrar la boca y venir muy calladito, porque vas a querer verlo antes que cualquier otro.

 Hay algo en la mirada de Dohko. Algo imposible de describir, pero que despierta toda la intuición de Thematos y Wyvern al instante. Ese hombrecito puede ser un grano en el culo cuando quiere, pero lo que sea que tiene para mostrarles es importante.

 -  ¿A dónde vamos? - dice el teniente.

 Dohko sonríe.

 -  A Kifisiá -luego se vuelve y menea el culo-. Y no necesito siliconas ¿Lo ves?

 

El edificio en la avenida Skopelu es imponente, aunque sobrio. Por más que se adivina que allí no vive nadie de clase trabajadora, no tiene el lujo de las construcciones de los nuevos ricos inventados por la burbuja del ingreso a la Comunidad Europea.

 Dohko se apea del Lada -tan minúsculo como él-  con parsimonia, y se sienta sobre la cajuela. Espera pacientemente a que sus compañeros logren contorsionarse fuera de esa prisión de acero.

 -  Mierda, envidio a las sardinas... Ellas son enlatadas con más comodidad que esto - resopla Radamanthys, con la camisa pegada al torso a causa del sudor. Kanon, igual de transpirado, mira las ventanas oscuras del edificio.

 - Es una de las propiedades de Figueiras, ¿verdad?

 -  Aquí vive su chico.

 -  El drogata vive en Glifada, prendido a la falda de su madre...

 -  Te equivocas. El ex drogata vive aquí.

 Kanon se vuelve a él, interesado.

 -  ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Lo conociste en un bar gay y te lo trajiste aquí para follártelo?

 -  A veces eres más intuitivo de lo que crees, Kanon. Lo conocimos en el bar gay, sólo que era el chico que se ligó a mi sospechoso. Los seguimos hasta aquí. No reparamos en nada extraño, pensamos que era sólo un polvo de una noche, pero hace tres días el tipo empezó a merodear la zona, y pensamos que tal vez había algo que se nos había escapado.

 -  ¿Lo había?

 Dohko les obsequia una sonrisa misteriosa.

 -  Podríamos decir que sí. Por aquí, caballeros.

 Dohko los conduce por la escalera, hacia abajo. En el sótano del edificio hay una serie de cubículos que apestan a humedad, con rótulos de peligro de electrocución pegados en cada puerta. En uno de ellos hay otro oficial chino de guardia. El joven, pálido como un papel, está sentado en el suelo. A su lado hay un charco enorme de vómito.

 - Lo siento - dice.

 El olor acre del vómito no tapa uno leve, a descomposición, que sale del interior del cubículo.

 Antes de girar la manija de la puerta, Dohko se vuelve a sus colegas.

 -  Debo advertirles que no es agradable.

 Kanon, harto, lo empuja y abre la puerta. Inmediatamente se queda paralizado. Horas más tarde, solo en su cama, se dedicaría a pensar si alguna vez había visto algo más horrible. Y concluiría que no.

 -  ¡Dioses! - exhala, con un hilo de voz.

 Radamanthys lo aparta hacia un costado, y se queda de piedra.

 El cubículo debe tener alrededor de seis metros cuadrados.  Las paredes están salpicadas de sangre, como si algún loco la hubiera arrojado allí a baldazos. Cerca del techo, hay unos alambres entrecruzados, muy gruesos, que forman parte de la red de tensión eléctrica del edificio y de los cuales cuelgan pedazos de un cuerpo humano, como si fuera una clase absurda de pesadilla. Cerca de Kanon hay un pie, sostenido por un gancho de carnicero en forma de S. A su lado, se balancea un antebrazo, cercenado de forma torpe, con la carne hendida y serrada, como si la hubieran cortado con un instrumento muy poco afilado. Más allá, un muslo, poderoso y enorme, y un antebrazo casi tan grueso  como la cintura del chino. En el piso, exactamente en medio de la estancia, sobre un generador de emergencia, el torso, gigantesco, y la cabeza.

 El cadáver de Aldebarán Figueiras tiene la boca  y los ojos desmesuradamente abiertos, como si se horrorizara de su propio final. El olor a sangre es tan intenso, que Kanon se tambalea y tiene que sostenerse de la pared para no caer al suelo. Se vuelve y sale de la habitación; y ni siquiera se molesta cuando Dohko lo sostiene del antebrazo los segundos que le toma verificar que se encuentra bien.

 Radamanthys cierra los ojos, se vuelve y pregunta, con una voz que se ha vuelto pastosa por la impresión.

 -  ¿Quién más sabe de esto?

 Dohko señala al joven oficial con el mentón.

 -  Sólo Shiryu y yo. Queríamos que lo vieran antes de dar el parte oficial. Es su caso, ¿no?

 -  ¿Quién crees que pudo haberlo hecho? ¿Aioria?

 -  Se  lo llevaron directo de la jefatura a la clínica. Su padre lleva apenas unas horas muerto. Es imposible -aclara radamanthys.

 -  ¿Por qué lo dejarían aquí?

 -  Lo único que se me ha ocurrido, es que alguien quería hacer lo mismo con el hijo, y tal vez dejarlos juntos --dice el chino.

 -  Esto es una locura - Kanon se vuelve a Dohko-  ¿Cómo demonios encontraron este cuerpo?

 -  Hace dos meses que estamos siguiendo al hijo de Figueiras - Dohko les hace un gesto, para alejarse de la boca horrenda de la puerta, por donde vislumbraban el brillo de los ojos del cadáver-. Los invito a un café, tenemos que hablar. Sin embargo, primero quiero que vean algo.

 -  ¿Otra sorpresa, Dohko?

 -  Nada como esto, afortunadamente.

  

La segunda planta del edificio, la residencia de Aioria Figueiras, es un departamento de dimensiones monumentales, amoblado con un gusto exquisito, limpio como una patena y sumido en un orden casi espeluznante.

 Los tres policías se ponen los guantes reglamentarios y comienzan a  recorrer con lentitud las dependencias, corroborando que no hay nada fuera de lugar, ni que desentone.

 -  De  veras parece de catálogo, ¿no?

 - Ah - dice Dohko, con esa maldita sonrisa enigmática en los labios-, pero hemos seguido al hijo de Figueiras, y ha estado viviendo aquí por los últimos dos meses.

 Radamanthys se rasca la cabeza, pensativo.

 -  Los drogatas no pueden vivir en semejante orden. No es usual que lo hagan.

 -  No es normal que lo hagan, más bien -luego se vuelve a Kanon- ¿Qué concluyes, pequeño Einstein?

 - El mocoso no es el único que vive aquí...

 - ¡Bravo! Una neurona más, y creo que igualas a mi gato... -el chino se dobla en dos, desternillado a causa de su propio chiste y Radamanthys lo agarra del cuello.

 - Una palabra más en esa dirección, y te sacudo hasta que te vuelvas normal. ¿Entendiste?

 Kanon, indiferente a  sus compañeros, sigue revisando los cajones de los cubiertos. Levanta los cuchillos y los observa con atención.

 - ¿Con quién vive el chico Figueiras?

 Dohko inspira casi dolorosamente.

 - No lo sé.

 - ¿Lo estuviste siguiendo dos meses y no lo sabes?

 - Muchachos -dice el chino, sentándose e invitándolos a hacer lo mismo-, la pura verdad es que la cagamos. Me refiero a Shion y yo.

 Radamanthys se deja caer en otra silla.

 - ¿Se te escapó el tipo que seguías?

 - ¿Por qué no empiezas desde el principio? -Kanon enciende un cuchillo eléctrico, con la hoja oxidada, que hace que todos den un respingo.

 - Deja eso, ya lo harán los chicos de la jefatura... -Dohko se pone muy serio. Su voz es tan oscura como sus ojos-. Hace tres meses, apareció muerta una prostituta, en el Pireo. Estaba atascada en uno de los ferrys, y el asunto hizo mucho ruido porque cuando los turistas pretendían embarcarse hacia las islas, el cadáver se desprendió y derivó justo bajo la escalerilla de acceso al barco... con un brazo estirado, como si estuviera increpándolos por divertirse mientras a ella se la comían los peces... La prostituta no era una prostituta, aunque oficialmente el caso aparezca como un ajuste de cuentas entre proxenetas. La chica es la hija de uno de los empresarios chinos que adquirieron las dársenas a la venta. ¿Recuerdas el escándalo?

 Radamanthys niega con la cabeza, y Kanon le aclara:

 - Es por la crisis. El gobierno vendió los derechos de medio puerto, y los griegos pusimos el grito en el cielo. Hasta Pericles decía que cuando se perdiera el Pireo, Atenas caería. Lo decía quinientos años antes de Cristo. Y este gobierno de mierda va y vende el puerto a los chinos. Ya te imaginarás las repercusiones patrióticas...

 Dohko lanza una carcajada sonora.

 - ¿Las repercusiones patrióticas? No te imaginaba tan ingenuo, Kanon. Las repercusiones son económicas, no patrióticas. Los sindicatos se ofuscaron porque la primera medida de China fue llenar un barco con dos mil ciudadanos y desembarcarlos en Grecia para ponerlos a trabajar en el puerto. Tus lindos compatriotas se cagan en Pericles y en la Grecia clásica. Lo que les preocupa es que China traiga mano de obra barata mientras ellos sufren  el paro más grande de la historia.

 - ¿Tú formas parte de esa ola de chinos que nos invaden? -dice Kanon, con desprecio.

 - Claro que sí... -contesta Dohko con expresión irónica-. Pero yo formo parte de los inmigrantes que los griegos sí aceptan, simplemente porque me los follo bien follados. Y si has leído la historia, sabrás que a los tuyos siempre les ha gustado que se las metan por  el culo...

 Radamanthys apoya los brazos en la mesa, con fuerza.

 - ¿No tenemos un caso que resolver? -luego se vuelve a Dohko- ¿Quién vas a decirme que se cargó a la puta china? ¿El PAME?

 - Se supone que alguno de los armadores que vieron sus negocios en peligro.

 - ¿Figueiras? ¿Me estás diciendo que el brasileño se metió con la mafia china?

 - No exactamente...

 - ¿Quién era el que estabas siguiendo? ¿El que se ligó al hijo de Figueiras?

 - Mu Anastassakis.

 - ¿Anastassakis?

 - El hijo de Mime.

 Radamanthys sufre un respingo.

 - ¿El hijo de Anastassakis se cepillaba al hijo de Figueiras?

 - Con Shion pensamos que había sido un ligue casual, porque en ese club nocturno sólo va gente de la alta sociedad, y terminan follando todos con todos, pero algo que sucedió hace unos días, y lo de hoy, nos han hecho ver que hay mucho más...

 Kanon sonríe.

 - Han descubierto que no hay mafia china, ni nada. La cosa es entre griegos. Han hecho su trabajo para la mierda...

 Dohko resopla, incómodo.

 - Nuestros casos se han mezclado. Y no quiero ir con mis informes así como están, a Shaka. Nos molería a patadas en el culo. Lo mejor es trabajar juntos.

 - Claro, ahora que  Shion y tu la han cagado ...

 - Lo admito, Kanon. Admito que hicimos todo mal. Nos concentramos en el chico Anastassakis, lo perseguimos como enamorados, cuando el de cuidado era el otro. Y nos pasamos dos meses apostados en la puerta de este edificio, y nunca pudimos descubrir que vivía con alguien más. Recién hace una semana pudimos obtener la orden de allanamiento y nos dimos cuenta de que en lugar de tener los calzones cagados tirados por aquí y por allá, la heladera vacía y los platos sucios, el puto apartamento está que ni un quirófano...

 - ¿Acaso estás diciendo que Aioria es el peligroso? -ladra Radamanthys- ¿Estás loco? El chico no puede tenerse ni en pie.

 - Te digo que nos está engañando...

 - Es imposible. Mi hermano lo valoró, Dohko. He leído su informe. El chico es un ex drogata de verdad. Es cierto que se desintoxicó en una clínica, pero va continuamente medicado hasta el cuello, con fármacos que le alteran la percepción de la realidad.

 Dohko se frota la frente, con los ojos firmemente cerrados.

 - ¡Mierda! Tengo una testigo que jura haber visto a Aioria merodeando el club de Anastassakis el día que se lo cargaron...

 - Andaría tras la polla del hijo.

 - Mu estaba en España. Tirándose a su novio oficial entre los azulejos de Granada.

 - ¿Qué te dijo la testigo? ¿Un tipo alto, de cabello castaño y rizado? La mitad de los griegos son así. Hasta las putas estatuas del museo tienen la descripción de Aioria...

 - La mujer lo señaló en una foto. Sin lugar a dudas.

 - ¿Tienes la foto?

 - En la oficina.

 Kanon se pone de pie.

 - Te acompaño, Dohko. Tenemos que cotejar datos, y hablar con Saga. Supongo que el informe del forense sobre la esposa de Figueiras debe estar listo...

 A Dohko se le abren los ojos como platos.

 - ¿La esposa de Figueiras está muerta? ¿Por qué no me lo dijiste?

 - Pensé que lo sabías.

 - ¡Mierda! Esto se complica cada vez más.

 - Si quieres otra pieza que no encaja, Aioria tiene la coartada perfecta en la muerte de su madre. Estaba con nosotros. Lo estábamos interrogando en la jefatura...

 - Quiero ver los expedientes de ese caso.

   

Una vez en la calle, eluden la ambulancia, el resto de los oficiales, y a Deathmask, al que ven dirigirse a su auto con una sonrisa fuera de lugar pintada en el rostro. Estar con Dohko es una garantía de que nadie se acerque a ellos, y llegan al Lada sin dificultad.

 Cuando están por cruzar el centro de Atenas, Radamanthys le hace un gesto a Dohko para que detenga el auto.

 - Me bajo aquí -declara, seco.

 - No seas remilgado...  el auto no es tan incómodo....

 - Me bajo aquí porque no pienso hacer horas extra. Y mi esposa me está esperando.

 - ¿No te da permiso para pasarte una hora más con tus amigos?

 Radamanthys sonríe como una hiena.

 - No es eso. Resulta que ahora que se ha hecho adicta a unos cuadernillos de sexo tántrico, le echo unos polvos fabulosos. Así que si me disculpas, tengo un coño que chupar hasta dejarlo lampiño...

 Dohko se desternilla de risa, pero Kanon permanece serio y como ausente el resto del viaje.

 Cuando llegan a la jefatura, Dohko baja del ascensor en la segunda planta, y Kanon sigue hasta la quinta, luego de prometer que bajará con las carpetas. Pero cuando entra en su despacho, el olor de la colonia de Radamanthys hace que se siente, cierre los ojos, y se entregue a la melancolía que le producen los desplantes -cada vez más seguidos- a los que lo somete su amigo.

 Una mano en el hombro rompe sus cavilaciones.

 - No te merece. Ya te lo he dicho hasta el cansancio.

 - No quiero hablar, Saga.

 Su hermano se sienta en el escritorio, frente a él.

 - Te haría bien.

 - Y a tí te haría bien divorciarte de Saori, pero no te estoy molestando con eso todos los días...

 Saga sonríe.

 - Touché -dice, levantando las palmas de las manos- ¿Para qué querías verme?

 Kanon se pone de pie, cansado.

 - El caso de los Figueiras es mas complicado de lo que parece. Necesito hablar con Dohko, y que tú nos des tu opinión sobre Aioria Figueiras.

 - Me parece bien, porque por eso te estaba buscando. Hay algo extraño con la clínica donde estuvo el chico ese.

 Kanon se queda un momento mirándolo fijo, y luego dice:

 - Dime lo que te preocupa. Al chino sólo le comentaremos si el mocoso está psicológicamente capacitado para matar a alguien, o no.

 Saga asiente, en silencio.

 - Siéntate, porque esto es complicado.

 - ¿Mucha terminología psiquiátrica?

 - No. Se trata de algo que he hecho. Poco ético, poco profesional y, lo mas importante, muy poco legal.

 Kanon se recuesta contra el respaldo de la silla, y suspira.

 - Te doy la bienvenida al club, entonces, hermanito...


FECHA El 06/04/11 a las 04:04:14 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Laries_cam
Adicto Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
633
773
1279
El 28/01/11 a las 10:01:17

Jo!!!... ya sé, ya sé... acabas de actualizar y estoy pidiendo massssssssss!!!!! U.U*

Pero, en verdad que este fic esta de lujo ^_^!!!... si que sabes explotar tu talento..

Adoro la trama, si que esta emocionante O.O* me quede de una pieza cuando describiste el cadaver de Aldebarán... jamás imagine que lo sacaras de escena tan pronto... ahora si me has puesto a pensar, pero si no estoy mal faltan personajes... (entonces mejor no saco mis concluciones todavia -___-Uuu) y por lo que vas demostrando esperan varias sorpresas...

Adoro la actitud de Shaka XD ja,ja,ja,ja me agradó el tío tan directo y despotá...Dokho no se queda atrás, me quedé pikda, que habrá hecho Saga??? nada bueno, eso es fijo 8D...

Aka me quedo sentada esperando la conti.... No Tardes, please!!!!

Saludos... XOXO 


FECHA El 13/04/11 a las 04:04:11 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online sakkura princess yaoi
Obsesionado Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
450
2020
3158
El 22/04/10 a las 03:04:46

Wowwww! La verdad es que amo las series de detectives y se llevan yaoi en medio kyaaaaaaaaaaaa!!! 

Mas si el prota es mi gemelito hermoso!!! estan sexy! y siendo un detective *¬* 

Bueno volviendo al fic.... tu manera de narrar es increible, las escenas, las situaciones! Todo es increible!!

Espero con ansias la continuacion.

 

Con cariño Saku...........



>^.^<

 

FECHA El 13/04/11 a las 09:04:10 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Dionysios
Aficionado recurente Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
13
15
19
El 31/03/11 a las 05:03:15

Capítulo 3

Qué bien, ya tengo otra lectora!!

Mil gracias por sus comentarios, Laries_cam y Sakkura! Aquí les dedico nuevo capítulo.

Que lo disfruten!

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Capítulo 3.

Kanon reconoce el gesto en el rostro de su hermano. Es un gesto triste, melancólico, que no le gusta. Desde pequeño, a Saga le ha costado demasiado abrirse y contar sus problemas —mas bien lo que considera sus fracasos— incluso hasta a él. Especialmente a él. Saga siempre ha querido ser el hermano mayor perfecto. Aunque fuera  mayor sólo por diez minutos.

— Puedes empezar contándome por qué la clínica donde está el chico Figueiras no es usual —dice, para facilitarle la tarea.

Saga sonríe mecánicamente, aunque agradecido, y se aboca al tema.

— Es una clínica ambulatoria —escupe.

— ¿Ambulatoria? ¿En qué sentido?

— En el que oyes. Luego de que los desenganchan de la dependencia física, los pacientes quedan libres de ir y venir a su antojo.

— ¿Desde cuándo se deja a los adictos curarse sin aislarlos? Es decir... ¿quedan expuestos a su vida… a los dealers?

— Pues yo tampoco me lo explico. Los dejan salir sólo con el número de celular del psiquiatra de turno anotado en un papel. En caso de emergencia.

— ¿Y se curan?

Saga compone un gesto desesperado.

— ¡Claro que no! Si me pidieras la razón por la que alguien internaría a un ser querido ahí, te diría que es sólo para dar la ilusión de voluntad de cura.

— Pero nuestro amiguito Figueiras lleva seis meses limpio. ¿De dónde él sí sacó la voluntad de cura?

— No me lo explico. Y, sinceramente, no he tenido tiempo de leer su historia clínica

—  ¿De veras el chico está limpio,  o mentiste en el informe?

Saga se remueve en su silla, incómodo.

— ¿Por qué mentiría en ese informe? El chico ha decidido dejarlo todo. Y lo ha logrado, por su propia voluntad.

— Demasiada entereza, si me preguntas. No pudo hacerlo solo  —luego clava la vista en su hermano—. ¿Te ha dicho con  quien vive?

—No, pero no olvides que no ha sido un adicto desesperado. Es un chico de clase acomodada, confundido, y rehabilitado. Hay miles de ellos.

— Hay algo en él que no me cierra... ¿Qué impresión te dio la clínica?

—  No vi a Figueiras en la clínica, sino aquí. Sólo contacté al psiquiatra, o el tipo que se supone los asesora. Ni siquiera recordaba quien era el chico.

— ¿Y cómo es que sabes tantas cosas de la clínica, entonces?

—  Averigüé de ella a través de alguien. Un... conocido.

La vacilación hace que Kanon levante la cabeza.

— ¿Es alguien que yo conozco?

Si bien el tono de Saga ha sido  dubitativo, la voz es firme cuando dice:

— Un informante que no puedo revelar.

Kanon suspira.

— ¿Cuál es tu apreciación profesional de Aioria Figueiras, entonces?

—  Está más limpio que la mayoría de la gente que conozco.

— ¿Es tu última palabra?

— Leíste mi informe, ¿no? Lo elevé para la corte. Si no fuera mi última palabra no lo habría hecho.

— Ese chico... Mi intuición dice que hay algo más en él…

— Pues tu intuición no tiene un fundamento psiquiátrico. Ve a verlo tú, y saca tus propias conclusiones.

— La abogada va a comerme vivo. No  podría acercarme a él.

Saga ríe con aspereza.

— ¿En esa clínica? ¿Es una broma? Según mi informante es un relajo absoluto Podrías tirarte a todos los pacientes y nadie se daría cuenta de que entraste siquiera.

— ¿Qué tan confiable es tu informante?

— El más confiable que tengo.  Según él, cualquiera puede entrar,  salir o hacer lo que se le ocurra sin que lo noten. De hecho, podrías asesinar a todos y nadie se daría cuenta hasta dentro de dos años —Saga lo ha dicho como una broma, pero Kanon se queda repentinamente serio.

— ¿Y recién ahora me lo dices? Al chico le han masacrado toda la familia, es sospechoso de varios homicidios, y  tenemos que interrogarlo…

— ¿Crees que el asesino vaya por él?

— Según el chino, él es el asesino…

Saga abre la boca, pero antes de que tenga tiempo de decir algo, Dohko aparece en la puerta, como conjurado por las palabras de su hermano.

— No tengo todo el día para esperarlos, ¿saben? —dice.

Saga le sonríe, con frialdad.

— Es una conversación privada, si no te importa.

— Si es del caso, me interesa y me compete a mí también.

— Es algo personal.

— ¿No tienen tiempo para cosas personales en otro momento? Digo… desde el útero que están juntos.

— No vivimos juntos…

— Pues lo disimulan muy bien. Cada vez que me doy vuelta, ahí están los dos, cuchicheando. Como si no me bastara con uno solo…

— Si no te gusto —le espeta Kanon—, no tienes más que ir a ver a Shaka y explicarle que no sirves para nada, y que te vas a China en la próxima lancha ilegal que salga del Pireo.

Dohko se frota la frente.

— Escucha… estoy muerto de cansancio, realmente molido. La migraña me está matando y tu xenofobia no ayuda precisamente a mejorar mi estado de ánimo —luego lo mira con los ojos más oscuros que nunca debido al agotamiento—. Aquí tienes la carpeta del caso Anastassakis. Cuando termines, no tienes que llevarla a mi despacho. Déjala aquí y yo la retiro mañana.

— Dohko… —Kanon nunca ha visto dolor en los ojos del chino, y eso, sumado al rechazo implícito de Radamanthys, lo conmueve—. Danos diez minutos y somos todos tuyos ¿De acuerdo?

Dohko resopla.

— Todo está en la carpeta... De cualquier forma es el trabajo de un chino, así que supongo que no habrá nada allí que llame tu atención. Cópiate las direcciones que necesites y déjala aquí. Mañana hablaré con Shaka.

Cuando Dohko se vuelve para abandonar la oficina, Saga le corta el paso.

— Tienes razón. Tenemos tiempo para cosas personales, después. Discutan el caso, que está tan enredado que ni siquiera se ve la punta del ovillo.

— Quédate —le ruega Kanon, con voz algo desesperada—. Discutimos el caso con Dohko y luego tú y yo vamos por un café.

Saga mira la hora, con un gesto de sorpresa que parece fingido.

— No puedo hacer eso…  Saori y yo tenemos una fiesta. Luego me cuentas.

— Tenemos una charla pendiente, Saga.

— Lo sé. En cuanto me libere, vamos por ese café.

 

Cuando la puerta se cierra, el chino enfrenta al gemelo.

— Interrumpí algo de veras importante, ¿verdad? Lo siento…

Kanon hace un gesto con la mano, restándole importancia a la situación.

— Tenemos que enviar a alguien a la clínica. Saga sabe de buena fuente que cualquiera podría colarse ahí, y dejarnos sin sospechoso…

— Yo me encargo…

— ¿Tú? ¿No era que te sentías mal?

Dohko lanza una carcajada amarga.

— Estoy acostumbrado… —luego se sienta y coloca un sobre frente a Kanon—. Tethys Figueiras… la autopsia es por demás interesante. Lo obvio, es que murió debido a los cortes. Probablemente el del cuello, aunque los tres tenían violencia suficiente como para darle un aventón hasta las puertas de San Pedro. No la mataron en la casa, sino que la dejaron allí después de muerta. La víctima no opuso resistencia, no hay señales de que se defendiera. Hay hebras plásticas en muñecas y tobillos, con lo que suponemos que la mantuvieron amarrada. Pero parece que la mataron mientras estaba inconsciente… drogada, seguramente. Pero no hay rastros de químicos en la sangre.

— ¿Te tomas el trabajo de drogar a tu víctima para que no sufra, y la cortas con violencia suficiente como para matarla tres veces?

— Tal vez lo de la droga se les fue de las manos…

— ¿Cuánto tiempo necesitaron para hacer todo eso? Deathmask dijo que hacía una hora más o menos que había muerto… Es muy extraño…

Dohko rió, con sorna.

— Pues escucha esto: Deathmask se equivocó.

— ¡Es imposible!

— El cadáver fue congelado. Cuando la encontraron ayer debían haber pasado varias horas desde la descongelación. Parte de lo que creyeron sangre era agua… No podemos precisar exactamente cuándo la mataron.

— Cuando se entere Shaka,  va a sacarles las bolas a Deathmask, y se las va a congelar, como el cadáver…

— Yo creo que le gustan demasiado las bolas de Deathmask como para hacer eso… Pero no dudo que vaya a mordérselas con furia…

Kanon lanza una carcajada sonora.

— ¿Crees que Deathmask y Shaka tienen algo?

— Nada serio… conflictivo, más bien. Como tú y…—Dohko se detiene, agita la cabeza y silencia.

Kanon pierde la sonrisa instantáneamente, pero no dice nada.

— ¿Quieres la otra revelación de la autopsia?  —continúa Dohko casi un minuto después—. La señora Figueiras no tenía trompas de Falopio. Sea quien sea el mocoso, no es su hijo.

Kanon mira fijamente la carpeta, pensativo.

— Pudieron extirpárselas luego de tener el bebé.

— No fueron removidas quirúrgicamente, sino que ella nació sin las trompas. Tethys Figueiras era estéril, Kanon.

— Vaya… así que Figueiras debe haber tenido una amante que fue la madre de sus hijos…

— La autopsia no nos dice nada más, pero puedo pasarte mis notas sobre el hijo. No es mucho, porque pensamos que el mocoso era un ligue temporal del hijo de Anastassakis, aunque tal vez te ayude en algo —Dohko se detiene un momento, esboza una sonrisa cargada de falsa timidez, y continúa—: Eso sí, si vas a pajearte, no manches mi informe, ¿si?

Kanon resopla, molesto, y le quita una fotografía de las manos.

— Dame eso… —gruñe, y un segundo después se le acaban las palabras.

La foto muestra a Aioria Figueiras, con los brazos en alto, cruzando la línea de llegada de lo que parece una maratón. Su figura se destaca, alta y robusta, entre los competidores. Rebosa salud por cada poro, en especial en el tono muscular de dos piernas bronceadas y fuertes. Kanon recuerda al despojo que han interrogado en la oficina y, como si le leyera la mente, el chino acota:

— Es él, sin dudas. Antes de caer en la adicción. Fue campeón de triatlón cuando tenía  veintiún años.

— ¿Triatlón?

— Sprint. No creas que es un atleta  olímpico, o un ironman.

— De cualquier forma, es un esfuerzo físico impresionante… —Dohko asiente y Kanon golpea la foto con una lapicera—. ¿Cómo alguien con semejante preparación psicológica termina en garras de la droga?

— Es lo que tienes que averiguar tú. Malas compañías, probablemente…

— O un padre de mierda… ¿Qué más sabes?

—  El chico frecuentaba los clubes nocturnos de Anastassakis. Sobre todo cuando Mu estaba en Grecia. Lo llevó un par de veces al apartamento de Kifisiá. Pensamos que se gustaban… tú sabes… ambos son chicos guapos… Anastassakis tenía su pareja oficial en España, y cuando estaba en Atenas salía con cuatro o cinco diferentes. Ninguno parecía formar parte de sus actividades ilegales. Representaban más bien un poco de droga, alcohol, un polvo para pasar el rato… ese tipo de cosas.

—  ¿Por qué  Figueiras terminó llamando tu atención?

—  Con los demás era un polvo o a lo sumo dos. Con Figueiras llegó un momento en el que se veían en forma regular… Mu comenzó a rondar su apartamento, como si lo vigilara… y nos resultó extraño. Mu siempre había salido con tipos muy pero muy guapos. Y si bien el tal Aioria no es feo, hay que admitir que sus días buenos han pasado.

— ¿Esa es tu evidencia para sentar a Aioria en el banquillo de los acusados? ¿Qué Mu no podía enamorarse de él porque era más feo que los demás? —Kanon cierra la carpeta, molesto, como si el contenido se le antojara ridículo— ¿Qué nunca te miraste al espejo? El amor es ciego, cabrón. Y así como alguien puede amarte a ti en contra de todo pronóstico,  puede existir alguien que ame al drogata…

— Llámalo intuición, pero entre esos dos había algo raro. Algo más que sexo.

— ¿Tenían sexo?

— Claro que sí. Por lo menos cuando iban al apartamento de Anastassakis. Podíamos observarlos desde una obra en construcción contigua. En Kifisiá es diferente. Ya viste que el maldito lugar es un búnker.

— ¿Por qué tenían a Mu bajo vigilancia? ¿Creen que tenga algo que ver con el crimen de su padre?

— No podemos descartarlo como sospechoso… Sin embargo, no creemos que él esté involucrado. Pensamos que fue alguien del entorno. Si logramos entender la relación con la china, creo que podemos atar el papel de un Figueiras en la ecuación.

— ¿Cuál es tu opinión?

Dohko lanza una carcajada.

— ¿De veras te interesa mi opinión, o es simple cortesía?

— No malgastaría mi cortesía con un chino, Dohko…

— Tienes mala actitud, Thematos… recuérdame no cubrirte el culo si algún día alguien te dispara… — Kanon mira su reloj,  se pone de pie, y el chino continúa—: Figueiras le pidió a Anastassakis que se deshiciera de la china, y algo les salió mal.  Es nuestra opinión.

— ¿Y dónde entran los críos?

— O tienen mucho que ver, o quedaron en el medio. Y el tuyo tiene una testigo que lo señaló como el tipo que merodeaba a Mime, el día que se lo cargaron.

Kanon levanta la foto de la maratón.

— ¿Le mostraste esto?

— Claro que no. El tipo ahora parece un fantasma desvelado… —Dohko rebusca en la carpeta y le muestra otra foto.

Kanon se concentra en los hombres que le muestra la imagen. Uno es Aioria, con su pinta de drogata, y el otro es un joven delgado, seguramente alto, de facciones delicadas y una impresionante melena púrpura. Ambos están sentados en un café, y miran algo que queda fuera del foco, a la derecha de la cámara. Aioria tiene una expresión turbada, Kanon juraría que triste, mientras que el otro joven sonríe, apuesto, con una expresión inocente que se le antoja falsa.

— ¿Mu Anastassakis?

—  Exacto.

— No parecen enamorados…

— Tu hermano y su esposa tampoco, y tengo entendido que llevan once años juntos…

Kanon sonríe un poco.

— Vete a la clínica, a ver si nos bajan a uno de los testigos-sospechosos.

Dohko se aprieta las sienes y gira los hombros, componiendo un gesto dolorido. Se pone de pie con lentitud, y a Kanon se le ocurre una idea.

— Déjalo. Yo lo haré.

— ¿Qué? —Dohko le clava la vista, sorprendido.

— Yo lo haré. Quiero ver la famosa clínica.

— ¿Estás seguro?

— Claro. Iré con Radamanthys. Tú vete a casa. Mañana te comento mis impresiones.

El chino, aún sorprendido, se vuelve cuando llega a la puerta, como si fuera a decir algo, pero se contiene a último momento, y sólo inclina la cabeza, a modo de despedida.

 

Apenas Dohko cruza la puerta, Kanon, decidido, descuelga el teléfono.

— Hola, Pan. ¿Está Radamanthys?

Ella suelta una risita leve.

— Digamos que está ocupado…

— Lo siento, preciosa, pero es urgente…

Kanon vuelve a escuchar la risita y una voz masculina —indiscutiblemente Radamanthys— que  pregunta quien es. Hay un instante de silencio y luego escucha la carcajada estentórea de su amigo. No le cuesta imaginar a Pandora imitándolo, y un sentimiento amargo le sube por la garganta.

— Hola, Kanon —la voz de Radamanthys reemplaza en su pecho la amargura, por una nostalgia imposible de comprender.

— ¿Qué hizo esta vez, Rada? —escupe, ácido— ¿El gesto de chupar una polla, o el de masturbarse?

— ¡Demonios! —la voz de Radamanthys es seria y grave—. No interrogues a nadie hasta que yo llegue. Voy para allá…

Kanon cuelga el teléfono, molesto. El maldito  inglés a veces se merece un Oscar con esas putas actuaciones.

Cuando se mete en su auto, para llegar a su apartamento cuanto antes —está seguro que su amante va a presentarse allí—, resiente cuánto de su vida pertenece a ese mundo de mentiras llamado Radamanthys Wyvern.

 

2.

 

Cuando Radamanthys termina de sacarse la camisa, Kanon se da cuenta de que está más delgado que cuando vivía en Londres. Y de que le cuesta ver el amor en sus ojos, aunque no ha dejado de hablar de amor desde que cruzara la puerta de su apartamento.

Elude el gesto rápido con el que el inglés ha intentado tomarlo por el cuello, y protesta:

— ¿Eso es lo que quieres? ¿Un polvo rápido e irte? Llegaste hace menos de dos minutos, y ya estamos desnudos, dispuestos a follar como si no existiera un mañana…

Radamanthys resopla, y se sienta en uno de los sillones, el más amplio. Ese donde le gusta reclinarlo, cuando le hace el amor.

— No creo que sea buena idea que nos pongamos a conversar… no llegamos nunca a buen puerto cuando conversamos…

— Pues te guste o no, hoy es una de esas noches en las que hablamos…

— ¡Por el amor de los dioses, Kanon! —estalla el inglés— ¡Sé realista! Vives en un maldito mundo de fantasía. Comprende que tengo una esposa que me espera en casa… ¿Qué quieres que haga? ¿Qué la deje, me rinda a ti, y me abandones como a un perro, de nuevo? ¿Sin la más mínima explicación? ¿Es eso?

A Kanon se le detiene el corazón con las palabras de su amigo. Esperaba el reproche, la tristeza, pero es la primera vez que Radamanthys reacciona con agresividad. Sabe que el inglés detesta hablar del pasado, o explicar por qué se le apareció en Atenas —un año después de que él se escapara de Londres, en plena noche y sin mirar atrás—, con esa estúpida alemana colgada del cuello; pero la reacción lo pone de un humor de perros. Sin embargo, la furia le dura lo que tarda en descubrir el sufrimiento en los ojos dorados de su amigo, reemplazada por algo mucho más aterrorizante: lástima. Lástima por el inglés, preso de un juego que él ni siquiera tiene claro, y por él mismo. Por ser tan patético, y no  poder sincerarse y explicarle que nunca será capaz de compartir su vida con él, pero que odia verlo en brazos de otros. Sacude la cabeza para tratar de borrar esa mirada que se le quedó grabada en la mente. Porque también es la mirada que tiene Radamanthys  cuando se da cuenta de que aún lo ama, cuando no quiere sexo, sino hacerle el amor.

— Soy realista, Rada. El que estás fuera de la realidad eres tú… ¿Piensas que no tuve una razón para hacer lo que hice? ¿Crees que después de lo que fuimos el uno para el otro, iba a dejar que se perdiera porque si?

Radamanthys cierra los ojos, y toma su ropa del piso.

—No voy a discutir contigo. Hace un año que buscas excusas, y sé que no las tienes. No me amas y punto. Yo te amo, y me tienes atrapado aún… —se pone la camisa con furia—. Preferiría vivir sin tus vejaciones, claro, pero me las arreglaré para olvidarte algún día... Me está yendo bastante bien en eso, afortunadamente.

— ¿Por eso estás en Atenas? ¿Para escapar de mí? No seas ridículo. Pediste el pase precisamente por lo contrario…  En el fondo te mueres por devolverla a Alemania a patadas, y quedarte a mi lado…

— Si las cosas llegan a ese punto, créeme que preferiré  volver a Inglaterra.

— Escúchame, inglés, porque esto es una promesa. Con tu flema tradicional, aguantarás que te haga el amor, cuando yo quiera, todas las veces que quiera.

—Ya lo veremos.

— ¡Por supuesto que lo veremos!

Kanon se sienta a su lado, y le arranca la camisa.  Los botones caen sobre la alfombra, como una delicada lluvia de nácar. Lo toma de la muñeca antes de que pueda ponerse de pie. Tira de su brazo hasta pegarlo a su cuerpo,  y lo abraza. Radamanthys aprieta los labios para impedir la penetración, pero es inútil. Kanon se los separa con la habilidad de siempre, como si estuviera compitiendo por un premio superior en el arte de besar.

Radamanthys se rinde. No sabe si lo hace por amor, o porque si se marcha, Kanon no le dejará un segundo de paz en toda la noche. Por un instante se siente la sombra de lo que una vez fue, pero cuando las manos de Kanon le acarician su erección por sobre la fina tela de su boxer, los escrúpulos lo abandonan. Lo ama, lo odia, lo desprecia. Pero cada vez que el griego lo toca, termina condenado por su propio deseo.

La mano sigue deslizándose sobre su piel desnuda, quemándosela hasta hacerle olvidar la crueldad de sus juegos y rendirse a sus demandas. Radamanthys le murmura al oído que lo adora y que lo necesita más que nunca. Las lágrimas, olvidadas, se repliegan en sus ojos, y sus manos grandes comienzan un vaivén en la piel del glande del griego, que no admite vuelta atrás.  

Pero Kanon aún tiene algo que decir:

— Te aseguro que yo tampoco saldré ileso.

— ¿Por qué? —murmura el inglés, deteniendo su mano, casi sin aliento—. ¿Por qué  también tú quieres pasar por esto? ¿Por qué dañarte a tí mismo? —su mano vuela a su rostro avergonzado, y lo cubre—. Por favor, Kanon… No nos hagas esto.

—No nos hagas esto —repite el griego,  y pasa la lengua por el hueco de su garganta—. ¿No entiendes que quiero exorcizarte de mi vida? —le toma la mano y se la aparta de la cara—. Odio amarte. Odio las noches en que no puedo dormir por la necesidad de tenerte… Me odio por permitirte ejercer esa fuerza sobre mí…

De algún lugar recóndito, Radamanthys  saca la fuerza para separarse de él.

— Me haces sufrir por algo que tienes dentro y que no puedes controlar… Eres tan infantil que a veces me das lástima…

—No gastes tu lástima conmigo —dice Kanon con algo de frialdad—. Déjala para tí mismo, o para tu esposa. Me da la sensación de que pagas el doble de lo que yo sufro… Ahora, si quieres marcharte, te dejo libre. Vete a la cama con ella y a ver cuánto  puedes estar sin pensar en mí…

Radamanthys se pone de pie. Piensa que debería matarse antes de pasar otra noche en ese lugar. Se dirige a la ventana, abre de golpe las cortinas y aspira el perfume de la noche. Es sofocante y húmedo y se lleva las manos a la garganta, apretando fuerte, al sentir que está a punto de estallar en llanto.

— ¡Eres un maldito animal! —grita, sin mirar a su compañero.

—No, amor. Tú lo eres. Uno muy sensual, de hecho  —Kanon se ha puesto de pie y se ha detenido a sus espaldas. Su boca está muy cerca de su oído, tentándolo pero reprimiéndose al mismo tiempo.

Radamanthys se da vuelta, enloquecido, y lo toma en sus brazos. Kanon trata de luchar,  pero su fuerza no se iguala a la del inglés.  En un segundo se ve atrapado entre el sillón y el cuerpo macizo de su amante. Lo siente reverberar contra su pecho, rozarlo con los jirones de la camisa, que aún cuelgan de su pecho fornido.  Radamanthys lo observa  un momento con sus ojos dorados, antes de inclinarse sobre su vientre y recorrerlo con la lengua hasta hacerle emitir quejidos de puro placer. Conoce esa boca incansable, y sabe que ha logrado quebrarlo de nuevo. Es el momento de la venganza. Esa con la que sueña cada noche que el inglés lo deja solo, con la necesidad sexual carcomiéndole las entrañas.

Radamanthys acaricia con sensualidad su sedoso vello púbico, con una presión rítmica, buscando y encontrando la parte más sensible de su cuerpo. Luego, muy despacio, sus caricias se hacen más profundas e invasivas, y el ritmo lo lleva cada vez más cerca del éxtasis; hasta que la penetración es inevitable y, pese a que esa noche quería invertir los roles, en ese momento exquisito se rinde a algo que sabe no puede detener. Pero no le importa.  Su venganza contra Pandora admite toda clase de sutilezas.

— Así, Rada… así… ¡Dioses! ¡Que bueno eres! —grita, cuando lo siente clavado profundamente en su interior.

El inglés suelta un suave gemido de triunfo que sabe a derrota, y sus acometidas aumentan el ritmo. Está sumido en un torrente de furia y calor al mismo tiempo, que lo tiene luchando contra lo inevitable. La boca de Kanon aplastándose sobre la suya captura su grito de angustia por el dolor y el tormento que sobrepasan hasta el placer de poseer a quien ama.

Kanon siente el aliento cargado de desazón sobre sus labios y se da cuenta de que él también se está lastimando. El momento liberador del orgasmo le sabe más amargo que nunca y, cuando todo termina, no puede detener unas lágrimas que no reconocen un motivo claro: se derraman por él, por el inglés, y tal vez por un enorme  amor perdido.

Con la boca, Radamanthys  le seca la humedad de las mejillas y luego se retira para mirarlo desde arriba, y recorrer con una mano su melena lujuriosa.  Sus dedos se enredan en los mechones, de una manera absurda en su posesividad.

— Que bien te queda largo —murmura, con lentitud—. Si no te hubiera dado esa locura de abandonarme, en Londres, podría haber estado allí para verlo crecer. Me habría gustado…

Luego se levanta, y comienza a vestirse.

— Nada de un polvo y adiós, señor Wyvern —le reprocha Kanon—. Tenemos que ir a la clínica a cuidar al mocoso Figueiras.

— Bueno, pues creo que tendrás que ir solo.

— Ni lo pienses, te vienes conmigo.

Radamanthys, a medio vestir, se sienta suavemente sobre la cama.

— Kanon, esta ha sido nuestra última noche juntos. Lo entiendes, ¿verdad?

— ¿Cuántas veces vas a decirme eso?

Radamanthys se cubre el rostro.

— ¿Qué quieres de mi?  Te lo di todo en Londres… Jamás me dijiste por qué te fuiste… Te he seguido hasta aquí y sigues siendo una incógnita…

— Olvidas un pequeño detalle… Viniste abrazadito a tu linda esposa…

— Kanon, me abandonaste, me lastimaste, me atormentaste, me humillaste… ¿Qué más es lo que quieres hacerme?

Kanon se sienta en la cama, velozmente.

— Esto —jadea.

Su boca se posa sobre la de Radamanthys. El beso se hace más profundo y el inglés  siente un miedo que su profesión jamás le ha provocado. Quiere a Kanon, y a su vez no lo quiere, y odia ese tipo de provocaciones.  Con un esfuerzo, retira su boca y lo empuja con los puños cerrados.

— ¡Maldito! —susurra, cerrando con fuerza los ojos.

— Vuélvete —le pide su amante, acariciándole los puños con la yema de los dedos.

— ¡Nunca!

—Hazlo, Rada —el tono de Kanon está cambiado. Es más suave y ronco, excitante.

El inglés trata de ponerse de pie, pero su cuerpo lo ignora y reacciona con una especie de voluntad propia. Abre los ojos mientras los dedos de Kanon le frotan la entrepierna, y lo mira con ojos oscurecidos por un deseo irrefrenable.

— Vuélvete… No tienes idea de cómo te deseo…

Radamanthys sabe que es el momento de irse, de mostrarle que no va a dejar que juegue con él un minuto más, pero sucumbe, porque la verdad es que se sabe incapaz de  torturarlo.

Kanon le suelta las manos en ese momento, porque comprende que el inglés no va a retirarse. Luego le toma la cara entre sus manos y le besa los labios, manteniendo el movimiento rítmico de sus caderas contra las del inglés.

— ¿Todavía me amas, Kanon? —balbucea Radamanthys, profundamente herido.

— Mas tarde, precioso, más tarde…

— Tu crueldad no tiene límites…

— No seas melodramático, que te la estás pasando más que bien… Mejor que con la idiota que comparte tu cama, eso seguro… Ella no puede hacerte esto… —Kanon desliza un dedo en la intimidad del rubio, con mucho cuidado.

Radamanthys inspira sonoramente, pero no cede.

— Arruinaste mi vida pisoteándome y luego yéndote quien sabe dónde… Pero nunca, Kanon, nunca voy a permitir que me culpes por tu estado mental. O a Pandora.

— Tal vez… pero no puedes negar que  sí eres el responsable de mi estado físico —dice el griego, presionando la dureza de su erección contra las caderas poderosas del inglés.

A continuación, con lentitud,  le acerca los labios. A Radamanthys se le corta el aliento con la ternura del beso que le obsequian, y la sedosidad de la lengua que abandona su boca y comienza a recorrer una piel que le arde. Echa la cabeza hacia atrás  y aprieta los ojos con desesperación para reprimir las lágrimas. No ve el amor en los ojos de Kanon, pero lo siente en la suavidad de sus movimientos. Y eso no hace más que aumentar su tormento.

—Kanon, por favor… basta… —ruega, con voz débil.

Después, no hay más palabras. Los labios de Kanon llegan a su muñeca, donde parecen despojarlo de los retazos de vida que le laten atropelladamente en el pulso. A continuación, cuando lo ha doblegado, lo entra en brazos a la recámara y lo deposita, con mucho cuidado, en su cama, boca abajo.

Kanon permanece unos minutos junto al inglés, desnudo, simplemente mirándolo. Sus ojos ya no muestran crueldad, ni ansias de atormentarlo, sino un profundo deseo que se hace eco con el de su amante. Con suavidad, la mano del griego se cuela bajo la cadera y toca la suave excitación de Radamanthys, provocándole un gemido de rendición.

— ¡Dioses! —susurra—, ¡Cómo detesto que te folles a esa puta! —admite Kanon, haciendo que el corazón de su amante se llene de oscuridad.

Luego, se lubrica a sí mismo, y a Radamanthys  con un gel que ha tomado de la mesa de noche. Antes de recostarse sobre el inglés, se inclina a besar su boca jadeante,  y lo mira  con los ojos muy abiertos,  nublados por ese amor malsano que los ha marcado a fuego. Radamanthys lo corresponde, con la fuerza que tanto ha esperado y, por fin, sus manos se mueven sin vacilación sobre cada centímetro de carne ardiente, redescubriendo la piel impecable, investida de esa fragancia masculina que no ha podido olvidar en todo ese tiempo. Desesperado, besa cada parte de ese cuerpo que se le ofrece, desde la aromática curva de la nuca, hasta las nalgas musculosas, duras como el acero.

Kanon le fuerza un poco el rostro hacia el costado, para mirarle la cara mientras mueve los dedos en su interior, con languidez.  De repente, le mete una rodilla entre las piernas y se las separa. Radamanthys gime, angustiado, pero entiende que es inútil luchar; inevitable admitir que eso es lo que ha añorado cada minuto desde su último encuentro.  Entierra los dedos en el colchón y arquea sus caderas hacia él.

Con un solo empuje Kanon lo invade completamente. Radamanthys se aprieta contra él, reteniéndolo, casi como un acto reflejo, como si ése fuera el destino de su vida.

Kanon continúa moviéndose con lentitud, con profundas embestidas que lo tienen  pronunciando el nombre del inglés con voz ronca y a él aspirando el suyo con voz entrecortada.

— Ka… non…

Amalgamados en la contundencia de los movimientos, ambos pierden el control. Sus cuerpos batallan por liberarse de la urgencia y el calor y, con desesperación, alcanzan el final que los libera de la agonía física. Se conocen bien, saben de la profundidad y extensión de sus orgasmos, y se esperan, prolongan el placer más allá de sí mismos, besándose con pasión para dilatar el alivio, e intensificar el goce.

Cuando finalmente caen rendidos, uno al lado del otro, sosteniéndose mutuamente con los brazos, Kanon entiende que siente muy poco amor por el hombre que retiene contra su pecho. Y no es sólo un amor insuficiente, sino que está  enterrado en la avalancha de su orgullo herido.

— Debo ir a la clínica —dice, mientras escucha la respiración regular de su amante,  que está hundiéndose en un sueño profundo —. ¿Vienes conmigo?

Radamanthys entierra la cabeza en la almohada.

— Cuando llegue a casa —gruñe, con una voz dolorida como hace mucho tiempo no le escuchaba—, voy a declararme no apto para el servicio, y a pedir la baja temporaria, por enfermedad.


FECHA El 18/04/11 a las 05:04:04 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Laries_cam
Adicto Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
633
773
1279
El 28/01/11 a las 10:01:17

OMG... que capitulo!!!... me has dejado con mas dudas, si eso es posible XD...ese caso esta cada vez mas complicado...

Por cierto me encantan los detalles con los que escribes así como los diálogos n.n*... hace la lectura mas interesante =).

Me dieron ganas de colgar a Kanon.. >.<!!! como pudo abandonar a Rada...y Rada porque no manda a volar a Pandora??? O.o*... ja,ja,ja como se complican, por alguna razón esa relación enfermiza me gusto bastante...

Preguntas, tengo un sin fin, pero me las reservo para mas adelante ^-^...

Espero lo contunues pronto!!!...

Abrazos     Laries♪


FECHA El 28/06/11 a las 04:06:31 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Dionysios
Aficionado recurente Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
13
15
19
El 31/03/11 a las 05:03:15

Capítulo 4 - 1

Gracias, Laries_cam, por ser mi lectora en esta página. Te dedico el capítulo. Ojalá te guste.

-----------------------------------------------------

Cuando Kanon y Radamanthys llegan finalmente al Centro Médico de Rehabilitación de Anaplassi, en Nea Ionia, son casi las diez de la mañana. Kanon sigue cansado del día anterior, uno de los más largos y amargos de su vida, y no ha contribuido en modo alguno a amenizar el encuentro con su compañero. A causa de eso, Radamanthys no ha abierto la boca en todo el recorrido y —con un gruñido— le ha hecho saber que no piensa bajarse del auto.

Kanon se aleja del vehículo, sin saber si se encuentra allí para cerciorarse de que su sospechoso no corre peligro, o porque el encuentro sexual pasado le ha dejado —otra vez—, el corazón lleno de una corrosiva acritud.

 Las puertas del enorme edificio neoclásico están cerradas y ve, a través del cristal, un hombre que cabecea sobre un escritorio. Tiene que mantener el dedo pegado al timbre unos cinco minutos antes de que el tipo se levante y le abra la puerta.

— El Dr. Alcor no se encuentra —le dice el empleado, con voz monótona—. Tuvo una emergencia y salió. Estamos derivando a los pacientes al doctor Göran.  Si quiere, puede pasar  y esperar a su consulta del mediodía…

Kanon tarda casi un minuto entero en entender que el tipo está confundiéndolo con un adicto que busca refugio contra el extraño infierno ambulatorio que utilizan para curar.

 — Teniente Thematos, del departamento de Homicidios —le escupe, de manera cortante—. Hazte a un lado, que no tengo todo el día.

El hombre frunce el ceño y lo escruta de arriba a abajo. Kanon le muestra su identificación y descubre, en la mirada sorprendida del otro, que debe verse tan mal como se siente.

— Busco a uno de sus pacientes. Reingresado ayer. Aioria Figueiras.

— El Dr. Göran no se encuentra aquí y…

— No quiero hablar con el doctor Göran. Quiero hablar con Aioria Figueiras.

Los ojos del hombre se desvían casi sin quererlo al teléfono sobre su escritorio.

— Sin una orden, no puedo atenderlo.

— Hagamos una cosa —dice Kanon, sin alterarse—. Sigamos esta conversación en la Jefatura. Puedo arreglar que cuando salgas, todos los periodistas de Ática te estén esperando para preguntarte qué te sucedió. Tal vez el doctor Göran te vea por TV y por fin decida pasear su culo universitario por aquí, para ver si puede salvar a alguno de estos críos…

El tipo no tarda ni cinco segundos en decir:

— ¿Qué puedo hacer por usted, teniente?

— Aioria Figueiras. Ya te lo dije.

El tipo se sienta en su escritorio y teclea velozmente en el ordenador personal. Un segundo después, cuando se oye un pitido, frunce el ceño, extrañado. Intenta la maniobra de nuevo, pero obtiene el mismo resultado.

— ¿Qué sucede? —Kanon siente que su paciencia está agotándose.

— Aquí, ¿ve? —dice el hombre, mostrándole un punto rojo junto al nombre Figueiras, en una lista—. Eso indica que está relacionado con algún caso policial. Hasta ahí no hay problema, pero parece que es imposible acceder a su historia clínica… —clickea sobre un ícono, y vuelve a escucharse el pitido que acompaña una ventana de error.

Kanon se tensa.

— ¿El chico sigue aquí?

— Claro, hace un rato lo vi dirigirse al comedor…

— ¿No está en su habitación?

El tipo sonríe.

— Los adictos nunca se quedan quietos, teniente.

— ¿Por dónde llego al comedor?

— Por allá. Tras esas puertas vidriadas.

 

XXX

 

Desde esta distancia, no parece un adicto, piensa Kanon, mientras se acerca con lentitud a la figura menuda, sentada en una silla de aspecto incómodo. Figueiras está justo bajo una lámpara que esparce una luz muy blanca, fría, parecida a la refleja la luna en otoño. Tiene las manos unidas, enlazadas a las rodillas desde abajo; su torso está encorvado, y mantiene la mirada fija en el suelo, perdido en reflexiones internas. A su lado humea un vasito plástico lleno con una bebida que parece café, y se extiende una servilleta roja, donde descansan dos píldoras grandes, de aspecto contundente.

A Kanon la imagen le recuerda una escena de su infancia. Tal vez sea por la luz, o la pose, pero le trae a la memoria la primera vez que  vio nieve sobre Atenas. Saga y él se habían sentado en la cocina minúscula de sus padres, en esa misma posición, descubriendo que, en esos días, el cielo se hace más luminoso a medida que se acerca la noche. La impresión recrudece cuando ve al chico sacudirse a causa de un escalofrío. La mañana es cálida, pero Aioria se lleva el vasito a los labios y bebe despacio, con las manos juntas, recogiendo el calor del plástico, como si se estuviera congelando.

De cerca, la ilusión de juventud, y apostura desaparece. Cuando Aioria lo mira —sorprendido— nota la expresión desvalida, el dibujo exhausto de las venas azules bajo la piel, los círculos oscuros que rodean unos ojos en los cuales sólo brilla la desesperanza.

— No voy a hacerte daño —las palabras escapan antes de que tenga tiempo de pensarlas.

Aioria recoge las pastillas de un manotazo torpe, y las aprieta contra su pecho.

El gesto, pese a la lógica que acarrea,  lo ofende y conjura en su rostro todo el malhumor acumulado durante el día, lo que pone al muchacho aún más alerta. Kanon respira hondo, para calmar la ansiedad que lo carcome y se sienta en otra silla, con las palmas de las manos hacia adelante, abiertas, en un gesto conciliador.

— No voy a quitártelas… Tranquilízate, ¿si?

Figueiras no le quita los ojos de encima. Unos ojos asustados, enrojecidos, estriados por la falta de sueño, o el llanto.

— ¿Qué está haciendo aquí? —balbucea, nervioso.

— Quieto, chico. Ya te dije que no voy a hacerte nada…

Pero Aioria se pone de pie, con dificultad, y Kanon se descubre alejándose de él. Por un segundo, ha tenido la ilusión de la corpulencia del otro, como si el fantasma del cuerpo de triatlonista siguiera allí, rodeando al muchacho.

— Siéntate, maldita sea. Sólo quiero hacerte unas preguntas —ladra.

Aioria no se mueve un milímetro.

— ¿Sabe Marin que está aquí?

— ¿Tu abogada? No.

— ¿Es legal que esté aquí?

Kanon se concentra en una de sus manos, la que tiembla levemente por la fuerza con que aprieta las pastillas.

— No.

La boca de Aioria se abre y se cierra dos veces, antes de que salgan las palabras. Ha sopesado sus posibilidades, con rapidez, y dice, resignado:

— Hay café en la máquina, si quiere —Y vuelve a sentarse.

— No quiero café. Quiero respuestas.

Aioria vuelve a su pose infantil, con otro escalofrío. Por un segundo, Kanon cree percibir  la nieve a su alrededor, cayendo en un silencio infinito, sólo roto por los ladridos de los perros, a lo lejos.

— Extraño salir a correr —dice Aioria de repente, con una sonrisa que le tuerce la boca—. Antes… antes de caer en las drogas, me gustaba correr.

Kanon ensaya una pose relajada, para darle confianza y lograr que siga hablando.

— Puedo imaginarlo... Aún tienes aspecto atlético —lo anima.

Aioria se sobresalta tanto, que está a punto de derramar el café.

— ¿De veras lo cree? —luego se mira el cuerpo—. He perdido tanto peso...

Kanon estira la espalda y dice, de repente:

— ¿Por qué comenzaste a drogarte? ¿Tu padre?

El chico cierra los ojos, lo que pincela una expresión de tristeza abandonada en su rostro.

— Sólo una persona en todo este maldito mundo se ha preocupado alguna vez por mí, teniente. Y ahora está muerto...

— ¿Era... bueno... él era tu...?

— ¿Mi pareja? No —Aioria sacude la cabeza, toma un sorbo de café, luego mira a su interlocutor con un poco más de interés—. Le sorprende verme aquí, levantado ¿Verdad, teniente? Puedo leerlo en sus ojos.

Kanon sonríe, ácido.

— ¿Aprendiste a leer la vista en el lyceo, chico? —Kanon bosteza, y se relaja. El episodio de la noche anterior, con Radamanthys, lo ha dejado vacío de reacciones y se desconoce en esa faceta demasiado paciente. Casi como si Aioria no fuera un sospechoso, y aquello un interrogatorio, sino una charla amena, con un amigo.

— En el espejo —dice Aioria en voz muy baja, avergonzada—, cuando competía. Competía, ¿sabe? Tal vez no me crea... triatlón —Kanon no dice nada y Figueiras, que no ha apartado la mirada de la suya, sonríe de nuevo—. Pero usted busca algo que no sepa ya.

— Ajá. Algo como quién es tu madre.

El rostro de Aioria se mantiene impasible.

— Mi madre era Tethys Karatzas.

— No es lo que dice la autopsia.

— Yo la consideraba mi madre, y eso debería ser suficiente. Pero usted quiere oír la verdad… —Aioria deja el vaso en la mesa, y se pasa la mano por el pelo enmarañado—. La verdad es que ella no me trataba bien, y la mayor parte del tiempo nos ignorábamos; pero en cierta forma, yo la quería...  Me daba lástima, supongo. Y, por supuesto, no merecía que la mataran así.

— ¿Ella te daba lástima?

— No podía tener hijos, y mi padre es un hombre que no acepta un no ni de la naturaleza.

— ¿Aldebarán Figueiras...?

Kanon se detiene. Repara en que Aioria ha usado tiempo presente para referirse a su padre, y duda sobre cómo enfrentar el deceso del magnate. No va a darle la noticia, eso es seguro, pero desea por un momento haberle consultado a Saga qué hacer. Incluso, sus ojos se desvían hacia la puerta, porque extraña a Radamanthys. Pese a su aspecto de bruto, el inglés genera una calidez inmediata que hace que la gente confíe instintivamente en él.

Pero es el propio chico el que lo saca del aprieto, contestando:

— No sé si Aldebarán es mi padre o no. Lo que sí sé, es que Tethys se quedó encerrada en la casa por nueve meses, fingiendo un embarazo. Y que él... él nos compró.

— ¿Nos?

Aioria se aprieta la cabeza, con un gesto de dolor.

— Yo tenía un hermano, teniente. Dos años mayor que yo. Como no querían fingir más embarazos, nos anotaron como mellizos, con la misma fecha de nacimiento. A causa de eso, nos mantuvieron aislados durante casi toda nuestra infancia, hasta que logramos parecernos lo suficiente… —hace una breve pausa y continúa, con voz descolorida—. Él era todo mi mundo... la única persona que me quería y se preocupaba por mí —la voz se le quiebra en la última sílaba, y suelta el aire de sus pulmones de golpe, para mantener el control sobre sí mismo.

— ¿Qué pasó con tu hermano?

Aioria se abraza a sus piernas, y oculta el rostro entre las rodillas.

— Ellos lo mataron... —al notar el sobresalto del policía, levanta un poco la cabeza y se rectifica—: no literalmente, teniente, pero ellos lo empujaron a eso.... Mi hermano se suicidó. Él era... era demasiado deslumbrante para esa vida que nos obligaban a llevar. Y yo… yo nunca me di cuenta de que planeaba hacer algo así... Un día volví del liceo y...

Aioria simplemente se detiene. No hay sollozo, ni gemido de dolor, pero el silencio está impregnado de tanta tristeza, que Kanon recuerda en ese momento el que le seguía a las palizas brutales que les daba su padre, a Saga y a él, cuando eran pequeños.

— Mi padre es un hijo de puta, teniente —continúa el joven, al cabo de unos segundos. Se ha incorporado y tiene la vista clavada en el cielorraso pintado de gris—. Uno de esos hombres a los que no les interesa nada más que sí mismos. Empujó a su esposa a una soledad insoportable, y al adulterio; a uno de sus hijos al suicidio y al otro a las drogas, sólo para seguir contando sus estúpidos billetes —baja los ojos, los más verdes y brillantes que Kanon ha visto en su vida, y los posa, tristes y furiosos a la vez, en los de él—. Todos los días me pregunto por qué nos compraron. Ella nos ignoró desde el momento en que pusimos un pie en su casa, y él siempre nos despreció... Míralo... mi madre ha muerto, peligra mi rehabilitación y él no se ha dignado siquiera a llamar y preguntar cómo me encuentro…

Kanon cierra los ojos, pensando otra vez en Saga, y en cómo va a arreglárselas para darle al chico la noticia.

— ¿Qué te llevó a dejar las drogas? —pregunta, con curiosidad genuina.

— Mi hermano —dice Aioria, derrotado por fin por las lágrimas—. Él no hubiera querido nunca esto para mí...

Kanon se mantiene en silencio. Cuando Aioria se da cuenta de que no habrá piedad ni consuelo por su parte, se enjuga las lágrimas y continúa hablando.

— Creo que tampoco somos sus hijos... me refiero a Aldebarán.

— ¿Cómo lo sabes?

— Llámelo intuición, o deseo, como más le guste. No me agrada pensar que llevo semejante sangre en las venas... La verdad es que aún no entiendo por qué me protege. Podría tener los testaferros que quisiera, pero me usa a mí...

— ¿Tu padre... tiene socios? —Aioria no pareció dar importancia a la vacilación en la elección del verbo.

— No en la naviera, pero sí en otros negocios menores. Pero no me refiero a ellos, sino a las mujeres.

— ¿Qué mujeres?

Aioria sonrió.

— Sus amantes. Las tiene a montones.

— ¿Infidelidad, también?

—Claro que sí. ¿Cree que los hombres como él son de una sola mujer? Con la fortuna que tiene, podría comprar hasta a su esposa... —Aioria lo mira fijo. Una mirada que parece retarlo a confesar que no la tiene, a causa de su condición sexual.

— ¿Y tú? ¿Tú también compras relaciones?

— Yo no tengo un euro, teniente. Ni siquiera me quedan dracmas en mi colección de moneditas brillantes...

— ¿Y cómo pagas tus cosas?

— Papá paga mis gastos fijos. Departamento, estudios, esas cosas. Me viste y me alimenta. Pero no hay más dinero...

— ¿Cómo solventabas la droga?

Aioria se rasca la cabeza, incómodo.

— De distintas formas...

— ¿A saber?

— Formas a no saber... —Aioria emite una risa que parece un acceso de tos, pero al ver la expresión de Thematos se pone serio, y continúa—: ¿Sabe? Ahora es difícil de creer, pero yo... solía ser... digamos que algo atractivo.

— ¿Te vendías por dinero?

— Bueno... Yo no lo diría así. En general, sólo era para acompañarlas a algún lugar. Nunca fue algo tan dramático... algunas hasta me besaban como si de veras fuera el hombre de sus vidas...

— ¿Salías con mujeres? ¿No que eras homosexual?

— Un agujero es un agujero, ¿no? —Aioria se encoge de hombros—. Las mujeres me gustan bastante, también… Además, admito que en algunas etapas de la adicción habría aceptado hasta un perro...

— ¿Qué papel tiene Mu Anastassakis en todo esto? ¿Él también estaba contigo porque pagaba?

Aioria se queda quieto, y en silencio, unos segundos. Escruta los ojos de Kanon como buscando hasta dónde ha averiguado sobre su vida.

El teniente sonríe.

— ¿De dónde lo conocías? —continúa.

— Del Kresilas... o el Míron. No recuerdo dónde nos vimos por primera vez —al ver la perplejidad en el rostro de Kanon, acota—: son los clubes de su padre. Era un fanático de la escultura clásica. A él le gustaba estar conmigo...

— ¿A Mu o a su padre?

— A Mu, claro.

— ¿Te pagaba?

— No.

— ¿Y a ti? ¿Te gusta estar con él?

— Es complicado. Nunca me dijo que está comprometido desde hace años. Con un español. Me lo dijo su padre.

— ¿Dónde veías a su padre?

— En Kifisiá. Mi madre y él se veían allí, en mi departamento.

Kanon escruta la mirada de Aioria, que no aparta la vista. Es una mirada límpida, que lo pone nervioso. El mocoso tiene que estar mintiendo. Si Anastassakis y Tethys se hubieran encontrado en el departamento de Kifisiá alguna vez, a Dohko no se le habría pasado por alto.

— El día que te detuvimos... en el bote... dijiste algo de tu padre, que podía desheredarte o hacerte lo mismo que a alguien más. No dijiste quien, pero lo pusiste agresivo. ¿A qué te referías? —Aioria frunce el ceño, recordando, y Kanon aclara—: Fue cuando se puso violento, y tuvimos que intervenir.

— No lo sé, no lo recuerdo... Pero seguramente estaría refiriéndome a mi hermano...

Kanon se inclina hacia el joven, con aspereza.

— Escucha, chico... Me molesto hasta aquí a esta hora, me cuentas lo intrascendente, que no eres un Figueiras, y que tienes un hermano muerto. Y cuando llegamos a lo que realmente me interesa te echas atrás. Es cierto que estoy aquí ilegalmente y puedes eludirme, pero te aseguro que ni bien te den el alta, te voy a llevar a vivir a la Jefatura. No me despegaré de ti ni un segundo, te lo juro. Vas a tener que contarme hasta cuantas gofretas te comías cuando niño…

Aioria esboza una sonrisa descolorida.

— Te aviso que aún como gofretas. Pavlidu. —dice, tuteándolo de repente—.Y que ahora que no estás tan nervioso, ni yo tan medicado, y puedo verte de verdad, no se me hace tan horrible la perspectiva de que no te separes de mí ni un segundo.

Kanon se queda rígido.

— Créeme que lo último que quieres es coquetear conmigo, mocoso.

— ¿Por qué? ¿Quieres que me crea que no eres gay?

— No, porque es obvio que no soy gay. Es sólo que no me interesan los drogadictos imbéciles como tú.

— Que desperdicio de hombre eres, si en verdad no eres gay...

Kanon se pone de pie. Hay algo en la actitud de Aioria que ha logrado sacarlo de sus casillas. Siente la acidez del estómago subirle a la garganta y decide terminar el interrogatorio antes de que su carácter le juegue una mala pasada.

— ¿Hay algún lugar donde puedas ir hasta que te den el alta? —le espeta, seco.

Aioria se queda boquiabierto.

— ¿Qué?

— Que tengo que sacarte de aquí. Te pones bien, y luego continuamos con esa mala actitud tuya en la Jefatura.

Aioria se pone de pie también, y se aleja un paso del teniente.

— No voy a ir a ningún lado.

Kanon lo toma de un hombro, con algo de violencia, y lo empuja hacia sí. Las pastillas caen de la mano de Aioria, que las mira como si todo fuera un absurdo dejà vû.

— Suéltame... —dice el chico, con voz firme, aunque la mirada es temerosa.

Kanon no puede evitar ser embargado por un pegajoso sentimiento de regocijo personal.

— ¿Por qué? Hace un momento parecías estar muy conforme con la idea de estar a mi lado un largo tiempo.

El rostro asustado de Aioria le mejora el estado de ánimo. Tira de él hacia la salida, y el chico se revuelve en su agarre, desesperado.

— ¡No voy a ir a ningún lado! ¡No tiene derecho a sacarme de aquí!


FECHA El 28/06/11 a las 04:06:34 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Dionysios
Aficionado recurente Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
13
15
19
El 31/03/11 a las 05:03:15

Capítulo 4 -2

— Cállate y camina, imbécil. ¿Y qué pasó con la confianza de tratarme de tú? ¿Ya te has arrepentido?

Aioria se deja caer de rodillas en el suelo, arrastrando a Kanon tras él, que cambia la posición de sus piernas para mantener el equilibrio.

— ¡Mierda! ¡Quédate quieto! —grita.

El joven recoge las pastillas con desesperación, pero luego el teniente lo pone de pie con violencia.

— ¡No tiene derecho a estar aquí, ni a hacer esto! —balbucea Aioria, debatiéndose inútilmente en el fuerte agarre del policía— Se lo advierto, teniente. Mi padre puede ser un patán, pero cuando vea la forma en que me trata, lo acosará hasta que no esté en condiciones ni de pasear a su perro...

Kanon siente que la bestia que anida en su interior, herida de muerte con la noche que le ha hecho pasar Radamanthys, se desboca en un segundo. Sin medir sus actos, toma al chico de la remera, lo sacude —la tela hace un ruido sordo al rasgarse— y antes de que pueda arrepentirse, le escupe:

— ¡Tu padre no va a hacerme nada, pequeño idiota! ¿Sabes por qué? Porque alguien lo ha cortado en pedazos y te lo ha dejado como regalo de bienvenida, en Kifisiá. Puedes patalear todo lo que quieras, y tratar de ondear la bandera de tus derechos en mis narices, pero cualquier juez va a darme la razón cuando les explique las razones por las que te estoy sacando de aquí —hace una pausa, en la que se da cuenta de que ha estado gritando, y baja la voz—. Tienes dos opciones, niño. Puedes venir sin abrir la boca, o puedo llevarte a la rastra, con un balazo en la pierna. Es tarde y no quiero estar de niñero de un drogata idiota que se cree lo suficientemente listo como para jugar conmigo. Decídete pronto, porque de veras tengo ganas de irme a dormir la siesta con mi esposa. ¿Lo entiendes, pedazo de maricón de mierda?

Kanon vuelve a sacudir a Figueiras, que está paralizado, con los ojos desmesuradamente abiertos, llenos de incredulidad.

— Mi padre no está muerto —tartamudea—. Sólo lo dices para torturarme.

Algo de razón se cuela en el cerebro embotado de Kanon, pero no es hasta que ha eludido la mirada asustada del encargado de vigilancia —mientras arrastra a Aioria fuera de la clínica— y se enfrenta a la Radamanthys, que comprende lo que ha hecho.  Se estremece de pensar qué clase de cosas le están sucediendo, para sentir semejante placer al dañar a otras personas.

El silencio, la expresión desdeñosa del inglés y los ojos aterrados del muchacho lo hacen ver caer una nieve mucho más helada que la que imaginó antes. Pero esta vez, sobre su carrera. Y sobre su vida.

 

XXX

 

Kanon sale de su ensoñación amarga quince minutos después, cuando Radamanthys detiene el auto frente a un edificio limpio, típico de clase media.  El inglés lo oye suspirar con fuerza y se vuelve a él.

— Deberías ver a un médico, ¿sabes?

Kanon no dice nada, y se vuelve al asiento posterior, donde Aioria está semiderrumbado, dormitando.

— Se tomó esas dos pastillas como si pudieran protegerlo de ti —continúa su compañero—. ¿Tienes idea de las repercusiones que puede tener algo así en tu carrera, si abre la boca? ¿Qué demonios está sucediéndote, Kanon?

— ¿Dónde estamos?

— En el único lugar en el que podemos dejarlo.

Kanon se vuelve a observar el edificio. En el lobby hay una mujer que cuando los ve se acerca a la puerta. Es la pelirroja de la comisaría.

— Tiene que ser una broma... —escupe, áspero.

— ¿Y dónde querías llevarlo? ¿Contigo? ¡Por el Olympo, Kanon! ¡De veras estás preocupándome! ¿Desde cuándo actúas anormal también con los demás? — Radamanthys no le da tiempo a contestar y sale del auto—. Ni se te ocurra venir —le advierte.

Pero mientras su compañero ayuda a descender al chico, Kanon sucumbe a la misma impaciencia absurda que lo ha llevado a arruinar la noche anterior —y a maltratar a Aioria en la clínica—, y lo sigue. Sin embargo, ve la desesperación en sus ojos ámbar y logra, por lo menos, mantener la boca cerrada.

Marin se acerca a ellos, esbozando una sonrisa triste, y acaricia la cara bañada de lágrimas de Aioria.

— ¿Está bien? —pregunta al inglés.

— Tuvimos que decírselo, Marin. Sé que no era lo más adecuado, pero las circunstancias...

— ¡Mierda! —grita ella, ofuscada, y se sonroja un segundo después por su reacción. Abraza a Aioria, del hombro por el que no lo toma Radamanthys y les indica el ascensor, con un gesto—. No te preocupes —le dice al joven, en un tono maternal—. Vamos a ayudarte. Él te está esperando arriba. Llegó ayer… ni bien le avisé, vino para verte.

Aioria la mira, entre la bruma de la medicación. Parece querer decir algo, pero no se anima. Marin clava la vista en Kanon un segundo, y luego en Radamanthys.

— Me ayudas a entrarlo y se retiran. Es el trato —dice, muy seria—. Aquí estará bien. Se quedará hasta que se recupere y pueda enfrentar los hechos y los interrogatorios,  pero no quiero ni el más mínimo contacto hasta ese momento.

— Tenemos que cerciorarnos de que está seguro, Marin. Sabes que apostaremos  oficiales afuera y...

— No me importa. Sólo déjenlo en paz hasta que se mejore. ¡Denle un poco de aire, por favor! ¡De esta forma sólo se complican más las cosas!

— ¿Quién está arriba? —pregunta Kanon, con voz áspera.

— Su novio.

— Marin... —comienza a decir el inglés, pero ella lo interrumpe, poniéndole una mano en el brazo.

—Tú pareces un hombre razonable, Radamanthys. Sé que entiendes esto, y harás lo mejor para todos…

El inglés le dedica una sonrisa preciosa, y Kanon siente la necesidad absurda de golpearlo. Hay algo en su interior que le quema como plomo fundido y, por un segundo, tiene miedo de sí mismo.

En el último minuto, antes de subir al ascensor, se vuelve y sale a la humedad del día.

 

XX

Incapaz de tolerar la idea siquiera de volver a la Jefatura en el auto de Radamanthys, comienza a alejarse por la acera, a pie. Cuando llega a la esquina, está tan ensimismado en sus pensamientos, que un auto que pasa a toda velocidad está a punto de atropellarlo. El tipo continúa su camino rápidamente, pero se ha detenido un momento para insultarlo, y Kanon ha sido capaz de vislumbrar su rostro ofuscado tras el cristal polarizado. Un rostro que, estupefacto, reconoce.

El teniente se queda en medio de la calle, mientras el resto de los autos se aparta, a los bocinazos. Cuando reacciona —inmune a las miradas que lo acusan de loco de los otros transeúntes—, está preguntándose si su mente le ha jugado una mala pasada o realmente el hombre al volante era el de la foto de Dohko: Mu Anastassakis.

Kanon se da vuelta y vuelve al departamento de la abogada, y llega en el momento preciso en que Radamanthys está abriendo la puerta de su auto.

—Vaya... —le dice el inglés, cuando lo ve—. Pensé que te había dado otra de esas  locuras tuyas y te habías ido a la jefatura caminando...

Kanon lo ignora, y se dirige hacia la puerta del edificio. Radamanthys lo persigue y lo toma del hombro antes de que pueda llegar al ascensor.

— Tú te vienes conmigo —le ordena, mientras hace uso de su considerable fuerza para forzarlo a volver al auto.

— ¡Déjame en paz! —el  inglés resopla y ejerce más presión aún sobre él—. ¡Suéltame, Rada! Necesito verificar algo ahí arriba.

— Si subes, lo único que vas a verificar es como Asuntos Internos se carga tu trasero. Deja de hacer el idiota y vámonos de aquí... —comienza a arrastrarlo y Kanon, finalmente, cede— ¿Qué demonios te sucede, Kanon? ¿Que acaso ayer no me torturaste lo suficiente, o qué?

Kanon logra  mantenerse en silencio. Puede palpar que Radamanthys está al límite de sus nervios, y se concentra para no compartir la información, al menos hasta que esté seguro de lo que ha visto. Sube al auto y ve que su compañero se queda afuera unos segundos, gruñendo e insultando, hasta que inspira hondo y se sienta tras el volante.

Radamanthys lo mira, entonces. Sus manos están sobre el volante, crispadas y su rostro ojeroso y pálido refleja que probablemente haya tenido una noche de insomnio. Finalmente, toma aire y le escupe, entre dientes apretados:

— Espero que te des cuenta de que hago todo esto porque te amo, hijo de puta. Todavía te amo como en Londres —luego apoya la cabeza contra el volante, y se queda unos segundos inmóvil.

Kanon le acaricia el pelo.

—Rada...

Pero el inglés lo rechaza, con algo de violencia.

— ¡Déjame en paz! —lo increpa—. Si vuelves a tratarme con dulzura, voy a partirte la cara. Y lo digo en serio.

Kanon se repliega en su lugar, pero no puede mantenerse callado.

— Deberías dejarla y volver conmigo.

Radamanthys golpea el volante, con impotencia.

— ¿Para qué? ¿Para ser tu trapo de piso otra vez? ¿Para que vuelvas a engañarme y a abandonarme? ¿Crees que soy estúpido y se me pasa por alto que te coges al hermano del fiscal?

Kanon le sonríe, con frialdad.

— Tú te coges a tu esposa, así que no me juzgues.

— ¡Seis meses después de que me abandonaras! Nunca lo hice en tu puta cara porque según recuerdo, ¡no estabas ahí!

— ¿Te casaste por despecho, acaso?

— ¡Claro que sí! ¡Estaba al borde del colapso!

— ¿Y por qué viniste aquí, entonces?

Radamanthys resopla.

— ¿Acaso tienes algún tipo de amnesia y olvidaste que te fuiste solo, en medio de la noche, sin decir nada? ¡Quedé medio loco! ¡Barrí cielo y tierra buscándote! ¡Pensé que te había pasado algo! Estuve a punto de sufrir una crisis emocional, hasta que un compañero me dijo que se había enterado que estabas aquí... que habías vuelto a Grecia...

— Eso no contesta mi pregunta...

Radamanthys deja caer de nuevo la cabeza en el volante, dándose pequeños golpecitos en la frente.

— ¡Volví aquí porque me lo pediste! ¡Y lo sabes, cabrón!

— Estabas casado ya, no tenías por qué venir...

Radamanthys se incorpora y lo mira, con ojos cansados y algo tristes.

— Sigo preocupado por ti. Estás enfermo, Kanon. Estás enfermo y no quieres verlo...

— Tú también...

— Claro que estoy enfermo. Tú me enfermaste. Pero al menos, estoy haciendo algo por mí.

Kanon se ríe, algo despectivo.

— No me digas que ves a un terapeuta…

— Abre esa guantera...

— ¿Qué demonios...?

— ¡Ábrela!

Kanon obedece, y saca una serie de papeles, sobres, con el membrete del Hospital General de Atenas.

— ¿Qué es todo esto?

— Esto, Kanon, es lo que ha quedado de mí después de conocerte. Y de sufrir tu abandono. Ayer te dije que fue nuestra última noche juntos. No estaba bromeando.

Kanon sacude los sobres.

— ¿Qué es lo que tienes?

— Estrés, nervios, locura. Tú lo sabes mejor que yo...

— ¿Estrés? —ríe Kanon— el estrés es simplemente una excusa para quedarte a dormir en casa, con ella.

Radamanthys resopla, con gesto hastiado, y pone en marcha el auto. Cuando ve que Kanon intenta abrir uno de los sobres, le ordena, con voz autoritaria:

— Déjalos ahí. Por favor.

Kanon arroja casi los papeles dentro de la guantera, sin decir una palabra. Su rostro demuestra el profundo malhumor que lo embarga.

Cuando llegan a la jefatura, ambos mantienen un silencio hermético, tenso. Suben a su oficina sin hablarse, en un ascensor vacío que potencia la fricción entre ellos. Una vez en la oficina, Radamanthys va derecho a la máquina de café y se sirve uno. Kanon, con el rostro más distendido, intenta sacárselo, a modo de broma; pero Radamanthys malinterpreta el gesto, forcejea y el café se derrama, hirviendo, sobre su mano.

— ¡Kanon, la puta madre que te parió! —estalla, ofuscado.

Kanon da un paso atrás, ofendido.

— ¡No lo hice a propósito, pedazo de idiota! Eres tan cabrón algunas veces... Sólo te falta ir con Shaka a llorar y decirle que soy el culpable de todos tus males…

Radamanthys, sin siquiera mirarlo, se sienta en su escritorio y comienza a escribir en su ordenador personal.

Kanon se sienta en su propio lugar y refunfuña:

— ¿Ahora el asunto es ignorarme? De acuerdo. No quiero que vuelvas a hablarme a menos que te deshagas de esa puta.

Radamanthys deja de teclear y le clava la vista.

— Vuelve a llamar puta a mi esposa y voy a encargarme personalmente de que te arrepientas.

Kanon se pone de pie y se inclina sobre el escritorio de su compañero.

— Es una puta, una maldita puta nazi y barata, a la que que le importas tres mierdas... Se casó contigo porque estaba cansada de cobrar tres euros para chupar pijas  en la Reeperbahn y...

No puede continuar, porque Radamanthys se incorpora y le golpea el rostro, con brutalidad.

— Te lo advierto, Kanon. No quiero que vuelvas a mencionarla. ¿Lo has entendido?

Kanon se limpia la sangre de la boca, incrédulo.

— Creo que es hora de que vuelvas a Londres.

— Bien, porque ahora somos tres los que opinamos lo mismo. Pediré el pase cuando cerremos el caso Anastassakis.

— Creo que no deberías haber venido nunca aquí... No podías quedarte allá, ¿verdad? Desaparecí de tu vida y tenías que seguirme…

Radamanthys hace un gesto con las manos, como si empujara todo el rencor de su vida hacia adelante, y rodea el escritorio, para irse. Kanon, rápido, lo detiene, rodeando  el cuello fuerte con sus brazos.

— Rada...

Pero el inglés lo interrumpe, con voz triste.

— Hasta llegué a pensar que te había dado una especie de amnesia, Kanon. No podía creer que de verdad te hubieras ido. Pensé cualquier cosa... literalmente cualquier cosa... que te habían secuestrado, que habías tenido un accidente, que estabas muerto...    No podía creer que hubieras vuelto con ese idiota. Creo que por eso vine. A verificar que significo para ti menos que la mierda de perro que pisaste esta mañana. Y descubrí que eres más cruel de lo que imaginé… Me has puesto una cadena en el cuello, me torturas como nadie en la vida lo ha hecho, sigues con él, odias a mi esposa y haces de mi vida un infierno todos los días. Pero basta, Kanon. Basta. Porque si sigo así voy a morirme...

Radamanthys aparta los brazos de su cuerpo.  Kanon intenta retenerlo, pero fracasa. Su compañero abandona la oficina, con un portazo, y él vuelve a su escritorio, a tomar con manos crispadas el informe de Tethys Karatzas. Pero sólo lee el título y lo arroja al piso, con furia.

Sale tras Radamanthys y lo encuentra hablando con un tipo enorme, que tiene una cabellera casi surrealista, larga hasta la cintura, mal cortada, y que apunta a los cuatro puntos cardinales: Shion Arda, el compañero de Dohko.

—Rada... —comienza, pero su compañero lo ignora.

Shion da un paso al frente e intenta abrazarlo.

— ¡Kanon! Dichosos los ojos que te ven...

Kanon da un paso atrás, asqueado.

— ¡Aléjate de mí! ¿Es que acaso alguna vez en su vida se bañan ustedes, los chinos?

Shion ríe, dejando al descubierto unos dientes sucios y se sacude su ropa deshilachada.

— ¿Y tú? ¿es que acaso alguna vez en la vida vas a estar de buen humor? Y te aviso que soy tibetano, no chino.

— Me cago en la diferencia...  —luego se vuelve a su compañero— Rada... necesito hablar contigo.

El inglés se sienta.

— Adelante—dice, y Kanon se da cuenta de que no le dará la oportunidad de estar a solas. No al menos por el resto del día.

— Necesito discutir ciertos aspectos del caso.

Shion se sienta junto al inglés.

— Es nuestro caso, niño. De ahora en más, hablas enfrente de papá también.

— ¿Por qué no me chupas la pija, Shion?

El tibetano suelta una carcajada.

— Porque te gustaría...

Radamanthys golpea la mesa.

— A trabajar, o me vuelvo a casa. Tuve una noche de mierda...

Shion sigue riendo y señala a Kanon con la cabeza.

— ¿Que acaso tu compañero tiene una pija tan minúscula como su cerebro?

Kanon da un paso al frente y Radamanthys los fulmina con la mirada, a ambos.

— A trabajar, imbéciles. O de veras renuncio y los dejo solos, juntitos y como compañeros.

Ambos se sientan, refunfuñando, hasta que Kanon dice, mirándose las manos:

— Necesito que me digas si viste en el departamento al supuesto novio de Aioria Figueiras, Rada.

El rubio piensa un instante.

— Bueno... sí, de casualidad, cuando Aioria entró a una habitación.

Shion parece interesarse en la conversación por primera vez.

—  ¿Qué quieres decir?¿Con quién lo viste?

— No lo sé… no vi bien al tipo... —continúa el inglés—. Entramos al departamento y Aioria se fue derecho a una de las habitaciones. Ahí estaba el otro. Lo vi apenas un instante, en la oscuridad, cuando se abrazaron...

— ¿Seguro era el novio?

— Es lo que Marin dijo.

— ¿Recuerdas como era?

— Alto, fornido.

— ¿El rostro? —interviene Shion.

— No lo vi bien... Cabello corto, rostro cuadrado, creo. Como Aioria, pero normal, si me entiendes.

— Entonces no era Anastassakis —dice Shion.

— ¿El tipo se parecía a Aioria?

— No lo sé —dice Radamanthys frunciendo el ceño. No quise mirarlos, me pareció descortés.

Shion se ríe.

— Estás investigando un asesinato y te parece descortés mirar... ¿Que no son una monada los ingleses?

— Tú ve a bañarte —le dice Kanon, con malhumor, y se vuelve a Radamanthys— Se parecía a Aioria, ¿sí, o no?

— No lo sé...

— Es lo que dijiste... como Aioria, pero normal.

— ¿Por qué insistes con eso?

— El chino dijo que tiene una testigo que reconoció a Aioria...

— El chino tiene nombre... —interrumpe Shion.

Kanon resopla, exasperado.

— ¡No me vengas con idioteces! —grita. Luego se vuelve a Radamanthys, y repite—: El chino dijo que tiene una testigo que reconoció a Aioria, pero según Saga, el chico es incapaz de matar una lombriz. Tal vez el tipo que buscamos podría ser alguien parecido a Aioria.

Radamanthys parece reflexionar.

— No sabría decirte. No lo vi bien... era alto, sí, de cabellos cortos, pero podría ser cualquiera. Y ciertamente no pasaría por Aioria. Era algo más alto, y mucho más fornido. Además, si fuera el asesino no se habría estando paseando por ahí sabiendo que  la policía estaba a punto de aparecer...

— Ese es un buen punto —admite Shion.

Kanon chasquea la lengua, poco convencido.

— El chico Anastassakis no es fornido, y tiene el cabello largo. Mucho, así, como el mío —dice Shion, sacudiendo la cabeza.

Kanon lo mira, fingiendo sorpresa.

— ¿Es cabello eso que tienes ahí? ¿Qué no es un nido de golondrinas?

Radamanthys vuelve a golpear la mesa.

— ¿Por qué tanto interés en esto? —le dice a Kanon, mirándolo.

— Es que me pareció ver al tal  Mu fuera del departamento de Marin.

Shion hace un gesto, como si descartara el comentario.

— Te lo dije. Siempre andan merodeando uno donde está el otro...

— Oye, Shion —dice Kanon, pensativo—, alguna vez viste a Mime Anastassakis o a Tethys Figueiras en Kifisiá? ¿En el departamento del drogata?

— No, ¿por qué?

— Porque el chico dice que iban allí todos los martes.

— No. Al menos no en los últimos dos meses... si bien el departamento es de Tethys Figueiras, jamás la vimos por ahí. Sólo vimos a su hijo.

— ¿El departamento está a nombre de Tethys Figueiras? —se sorprende Kanon.

— Si, lo verificamos en la dirección de catastro.

— El chico dijo que el departamento estaba a su nombre.

— El chico  tiene la cabeza en los pies —aclara Radamanthys.

Kanon niega con la cabeza.

— No estoy tan seguro de eso... El chico firma los contratos, y dijo que era testaferro de su padre —luego mira a Shion—. Vuelve a Catastro. Quiero ver una  lista de propiedades a nombre de los miembros de la familia Figueiras. En especial las de Kifisiá. Y llama a Milo, dile que venga. Ya necesitamos las órdenes para investigar a la familia.

Shion lanza una carcajada sonora.

— ¿Llama a Milo y dile que venga? ¿Estás loco? Milo no viene. Vas tú y te aplanas el culo dos horas antes de que se digne atenderte... Si necesitas hablar con él, tendrás que bajar al mundo de los mortales y rogarle en persona...

— Vaya... parece que, como siempre, tendré que hacer las cosas por mí mismo.

— Si luego te robas el crédito, al menos gánate el pan.

— Vete a la mierda

— Y con tu espíritu, guapo. Y a ver si te dan una buena cogida, que te cargas un humor que no te aguanta ni tu hermano...

Kanon se pone de pie y se dirige a su escritorio, sin molestarse siquiera en contestar.

 

Seis horas más tarde, mientras Kanon  y Dohko completan en silencio los informes de avance del caso, la secretaria les indica que ya puede conectarlos con el fiscal. Kanon levanta el auricular y espera.

—Dr. Milo Pannourgios, ¿qué se le ofrece? —El teniente oye la voz de su amigo y sonríe.

— ¿Milo? Soy Kanon. Necesito hablar contigo respecto a unas órdenes de allanamiento, requisas de datos bancarios, propiedades y esas cosas...Es del caso Anastassakis.

— ¿Ya vas a detener a alguien?

— No, pero considero que es tiempo de involucrar a la fiscalía...

— Tengo una detención en una hora. Vengan después, a eso de las 20hs.

— De acuerdo.

Kanon cuelga y se vuelve al chino.

— Quiero el árbol familiar del chico Anastassakis. Tiene una historia bien florida respecto a su nacimiento.

El chino se sorprende.

— ¿Hablaste con él sobre que no es hijo de su madre?

— Dice que Figueiras los compró. A él y a un supuesto hermano que se suicidó. Necesito todos los detalles… partida de defunción, perfil psicológico escolar, ese tipo de cosas… Y un inventario de sus posesiones: propiedades, cuentas del banco, declaraciones de impuestos, cualquier cosa que pueda ayudarnos. Necesitamos pistas nuevas...

Dohko levanta la cabeza de sus notas.

— ¿Y tú y ese inglés van a rascarse las bolas mientras yo hago todo el trabajo?

— Tú eres el inmigrante ilegal —le escupe Kanon, parco—. Tengo derecho a explotarte.

— Tengo los permisos de residencia en orden. ¿Crees que si no los tuviera podría trabajar en la policía?

Kanon larga una carcajada.

— ¿Y tú te crees que estás en Suiza? Tus papeles valen para mí lo mismo que el papel con el que me limpio el culo, así que muévete de una vez…

— ¡Dioses! Que carácter te cargas… Deberías casarte con Shaka. Son tal para cual. Tal vez en una semana se matarían el uno al otro y le harían un inmenso favor a la humanidad…

 

XXX

 


FECHA El 28/06/11 a las 04:06:50 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Dionysios
Aficionado recurente Yaoi



Mensajes:
Visitas:
Lecturas:
Fecha Reg.:
13
15
19
El 31/03/11 a las 05:03:15

Capítulo 4 - 3

Kanon arriba a la fiscalía a las 20:30hs, justo cuando Milo está cerrando la puerta.

— Llegas tarde —le dice el fiscal—. Me voy a cenar.

— ¿Puedo acompañarte?

Milo duda un instante y luego resopla.

— ¿Por que no? —y añade—: si no te dejo, vas a volverme loco. ¿Traes dinero? Porque no pienso invitarte.

— Vas a tener que hacerlo, porque con esa ropa no podrías entrar a los lugares donde suelo ir yo…

Milo se mira en el vidrio de la puerta. Es un hombre apuesto, de alrededor de treinta años, alto y robusto. Viste un traje que no debe costar menos de tres mil euros, color gris oscuro, que resalta un par de ojos extraños, de un tono indefinido entre azul y verde. Tiene una melena azul con reflejos violáceos, lujuriosa, que le llega a la mitad de la espalda.

— Esta ropa es menos de lo que merezco… y ¿sabes? Lo que realmente no me merezco en esta vida, es  codearme con ratas del callejón, como tú… No pienso dejarme ver en un lugar decente con un policía, así que mejor elige una de esas tavernas espantosas a las que sueles ir con el resto de los harapientos…

— Sabes que no podría obligarme a rebajarte a algo así… vamos a esos lugares tuyos… no me importa… ¿Qué tal el Oiseaux dorée ?

Milo luce horrorizado por un segundo.

— ¡Ni por todo el oro del mundo voy ahí con un policía! —dice, con tono categórico.

Kanon le sonríe, triste.

— ¿Ni por un amigo que no está bien?

— ¡Dioses! —se queja Milo, mientras le hace señas para que suba a su BMW reluciente—, pensé que ya no tendría que acceder a estas bajezas… ¿Qué acaso tu hermano no te educa?

— Saga últimamente está muy ocupado… Ya no tiene tiempo para mí…

— Créeme que lo entiendo perfectamente…

 

XX

 

El maître del restaurant no puede evitar las miradas sorprendidas a la ropa de Kanon —una camisa color salmón que ha conocido días mejores y un par de pantalones de jean gastados— mientras los acompaña hacia una mesa bastante apartada, y oscura.

Espera a que se sienten y despliega los menúes. Pone uno en manos de Kanon que, al instante, se arrepiente de haber elegido el lugar. El menú está escrito en francés, y la versión en griego es simplemente la traducción de la escritura latina, a la griega.

Kanon mira al maître, que está rígido como un poste, esperando su elección y vuelve su rostro confundido —que se ha vuelto más apuesto debido a la turbación— a su amigo, que le sonríe, le guiña el ojo, y pide por los dos.

— ¿Vino? —pregunta Milo, cuando el maître deja de anotar. Kanon se encoje de hombros, y su amigo ordena—: Un Cabernet Sauvignon, del 92, s'il vous plait…

El hombre desaparece con una velocidad acordada por años de protocolos ridículos y Milo se vuelve a su amigo con una sonrisa radiante en el rostro.

—  De veras es un lindo lugar, ¿no?

— ¿Qué demonios me pediste?

—  Entrêcot… es carne a la parrilla. Así no extrañas tus souvlakis grasosos…

Una camarera les acerca una cestita rebosante de panes saborizados, y galletas de distintos colores.  Los mira con interés, les sonríe y luego continúa sirviendo las mesas vecinas.

Milo se recuesta en el respaldo de la silla, mirándole las piernas y las caderas con avidez, y Kanon se ríe.

— Debo ser el único cien por ciento gay que queda en Grecia…

— Es que los gays estamos en vías de extinción.

— Por la forma en que miras a la camarera no te tildaría precisamente de gay…

Milo toma un pan pequeño, tibio, que humea ligeramente y se lo lleva a la boca con un gesto elegante.

— Por la ausencia de Radamanthys —dice, después de darle un mordisquito—, deduzco que a ti te gustaría no ser tan gay, a veces. ¿Otra vez se pelearon?

Kanon mira a la camarera que, pese a estar ya a varias mesas de distancia, se ha vuelto a observar a Milo y muerde un pan casi con furia.

— Radamanthys está casado, por si lo olvidaste. Está con su esposa, como le corresponde a un hombre de familia.

Milo deja su pan en un platito pequeño, y junta las manos bajo su mentón.

— Te conozco desde hace ocho años, Kanon. Excepto los dos años que pasaste en Londres, nos hemos visto una vez al mes, como mínimo… Desde que volviste, me cuesta reconocerte. Y no soy sólo yo. He escuchado varias historias bastante sórdidas sobre ti en estos últimos tiempos… No sé lo que haya pasado allá, o lo que te haya pasado, pero te has transformado en un tipo amargado, que coquetea con lo cruel. Y tú no eres así. Hay algo mal en ti, y me tienes bastante preocupado… —se toca la frente, con delicadeza— en tu cabeza, ¿me entiendes? Yo opino que tendrías que consultar a un psiquiatra.

— Yo opino que no deberías hacer caso a todo lo que oyes…

— No deberías trabajar con Radamanthys, Kanon. Y mucho menos seguir teniendo sexo con él.

Kanon apoya la cabeza en la palma de su mano abierta.

— Hasta hace unos días, las cosas no estaban tan mal. Pero ahora se ha desbocado todo…

— ¿Y eso por qué?

— Para eso estoy aquí. No lo entiendo y necesito tu mente analítica.

— ¿Cuándo se fue todo al diablo?

— Cuando tu hermano se me apareció en Londres.

Milo emite una sonrisa irónica.

— Eso ya lo sé. Me refiero a ahora. Aquí.

— Más o menos dos semanas. Pero ahora tenemos este caso extraño, estresante, que nos tiene al límite. Ayer intentamos despejarnos con una noche de sexo… y fue una batalla campal…

— Dos semanas —repite Milo—. Si mal no recuerdo, pasaste por Julián hace dos semanas…

— Hace meses que no veo a tu hermano, Milo.

— Si vas a mentirme, me voy a casa.

El maître regresa junto a la mesa, interrumpiéndolos. Muestra la botella de vino a Milo —que asiente con la cabeza—, la envuelve en una servilleta y deja caer un poco en la copa de Kanon. Luego vuelve a su pose rígida, derecho como un poste, con la botella inclinada.

Kanon lo observa con curiosidad unos segundos, y  se vuelve a Milo.

— ¿En Francia se toma el vino de a gotas?

Milo palidece, y le quita la copa.

— ¡Por el Olympos, Kanon! —susurra.

Luego se lleva la copa bajo la nariz y la agita. Prueba el vino, hace un gesto complacido y le indica al maître que puede llenarla sin problemas.

Cuando el hombre se va —luego de prodigarle a Kanon una mirada indefinida—, el teniente suspira, molesto.

— Odio a estos tipos. Me gustaría verlo el día que un albanés le ponga un cuchillo al cuello. Seguro que va a lloriquear con su acento remilgado y a rezar para que un teniente poco refinado como yo, le salve su fino culo francés de ser rasguñado.

— ¡Dioses, Kanon! Te has transformado en todo un resentido, ¿verdad? Ahora entiendo por qué te llevas tan bien con un hijo de puta del calibre de Julián…

Kanon se frota la frente, como si tuviera una migraña particularmente violenta.

— No sé qué me sucede con tu hermano… —confiesa—. Simplemente, no puedo sacármelo de la cabeza. Intento salir con alguien más… me enamoro, Milo, te lo juro… amaba a Radamanthys en Londres, creo que aún lo amo, pero es como si existieran distintos tipos de amor, y nadie pudiera sobrepasar el que siento por Julián… aunque, claramente, no es el amor que pueda sentir… no sé… una pareja normal.

Milo sacude la cabeza.

— Kanon, tú no necesitas mi mente analítica para entender esto. Necesitas terapia. De veras. No puedes ir por el mundo prometiéndole a tipos como Radamanthys amor eterno y mandándolos al demonio cuando Julián te encuentra. La gente sufre, Kanon.

Yo sufro.

Milo extiende una mano y la cierra sobre el antebrazo de su amigo, en un gesto cariñoso.

— Lo sé… y no quiero que sufras. Pero no quiero que destruyas a los demás. ¿Has visto a Radamanthys? ¿Has visto cómo está?

— Bueno, pues está casado, ¿no?

Milo lo suelta, a tiempo para hacer lugar en la mesa para los platos, que un mesero deja frente a ellos con un ademán de impecable elegancia.

Milo pincha una patata pequeña con su tenedor y se la lleva a la boca, masticándola con placer. Cuando levanta la vista, ve que Kanon está boquiabierto, mientras sus cubiertos se posan sobre un trozo de carne apenas cocida.

— ¿Acaso ese idiota se cree que soy un caníbal?

— Kanon, deja de hacer escenas, por favor…

Kanon pincha su carne, lo que hace que su plato se llene de gotitas rojas.

— Mira esto… parece la mesa de autopsias de Death Mask.

El rostro de Milo se pone verde.

— ¡Por Zeus, Kanon!

— Nadie puede comerse algo así… ¿qué pediste tú?

— Terrina de hígado de pato.

Kanon frunce el rostro.

—  Me quedo con mi víctima de asesinato…

Milo se limpia los labios con la servilleta, y aparta el plato de su cuerpo unos centímetros.

— Te felicito Me mataste el apetito… —resopla—.  Ahora, volviendo a tus tonterías, prométeme que vas a dejar a Radamanthys en paz. Su esposa es una buena mujer, y tú no lo amas…

Odio que me reemplacen…

— ¿Tienes idea de lo ridículo que suenas?

— Deberías verlo cuando me lo cojo… Apuesto que nadie lo ha hecho gritar tanto en su vida…

— Kanon… ¡Kanon! Es precisamente por eso que tienes que alejarte. Para él eres lo mejor de su vida, pero él para ti es uno más por debajo de mi hermano. Debería importarte no dañarlo. Siento decirte esto, pero lastimar a los demás y no reaccionar ante ello, o disfrutarlo, no es normal.

— Pues todo estuvo bien hasta hace dos semanas, cuando tu hermano apareció. ¿Crees que Radamanthys nos haya visto?

― ¿Estás loco? ¿Todo estaba bien? Tal vez alguna vez te dio la ilusión de que todo estaba bien, en Londres, hace mil años. Te ligaste al tipo grandote y guapo, que era amable y divertido, y cogía de puta madre. Lo disfrutaste durante un tiempo, y cuando Julián te abrazó por la espalda y te dijo "quiero cogerte" te cagaste en Rada, su caballerosidad, su amor y su pija privilegiada y te metiste en el primer hotel apestoso que cruzaste. Y cuando te dijo "O vuelves a Grecia o me olvidas" no lo pensaste ni un segundo. Y lo sabías, Kanon. No sólo sabías que Rada era un buen tipo. Sabías que en su puta vida había amado a alguien como te amaba a tí.   Sabías que te buscaría, medio loco. Lo sabías tanto como que encontrarías a Julián en la cama de otro cuando llegaras aquí.

― Yo no quería que Rada me siguiera. O que se casara por despecho...

― Está desesperado. Probablemente, tampoco esté normal. Es el efecto que el desequilibrio causa en los demás, Kanon. Julián te volvió loco, y tú has vuelto locos a todos los que se te han acercado. Sólo que supongo que nadie llegó a amarte tanto como Wyvern —Milo toma un sorbo de vino que le sabe ácido—. El pobre idiota.

Kanon vuelve a tomarse la cabeza entre las manos.

― ¿Qué quieres que haga?

― Habla con Saga. Pídele que te recomiende un colega.

― Si Saga se enterara de esto, me moriría.

― Existe el secreto profesional entre psiquiatras, Kanon.

― Los psiquiatras se cagan en el secreto profesional.  Deberías verlos en las fiestas de Saga. Se cuentan todo, de todo el mundo, mientras se mueren de risa...

― Busca a un desconocido, entonces. Y deja de trabajar con Radamanthys. No puedo decirte nada más. Debo irme.

― ¿Tienes una cita?

― ¿Acaso me ves vestido para una cita?

Kanon se sorprende.

― ¿Quieres decir que para una cita te arreglas aún más?

― No todos vestimos como vagabundos, Kanon.

― Es raro que un tipo como tú no tenga citas todos los días...

― Como ya te dije, los homosexuales estamos en vías de extinción.

―  Tú porque nunca te juegas.

― Al menos no enloquezco a nadie...

Kanon emite una risa que parece un suspiro, y dice:

― Deberías olvidarme —Milo da un respingo, y continúa—: Julián dice que amas a alguien que no te corresponde. Dice que esa persona soy yo...

― Julián es la persona más asquerosa que he visto en mi vida. Si no le hubiera prometido a mi madre en su lecho de muerte que lo cuidaría, lo habría matado hace años. Harías bien en evitarlo, y no creer nada de lo que dice...

― No te enojes —Kanon ve que Milo saca su billetera, deja trescientos euros sobre el mantel, junto a los platos intactos, y traga saliva—. Siento haber sido tan torpe. No  te vayas... Tomemos un café —luego le pone las manos en el hombro—. Dioses, que tenso estás...

― Es que mi mejor amigo es un idiota...

― No, es porque hace mucho tiempo nadie te limpia la cañería.

Milo se ríe, más distendido.

― Que vulgar eres...

― Podría limpiártela si me lo pidieras —Kanon acaricia la mejilla de su amigo, con suavidad.

― No, gracias —Milo se pone de pie.

― Antes disfrutábamos el tiempo juntos.

― Kanon —resopla Milo—, eres una mala inversión. Salir contigo es entrar en el infierno. Lo siento, pero aún no me lobotomizan...

Kanon frunce los labios.

― Auch... eso dolió... Acabas de decir que necesitas ser idiota para salir conmigo.

― ¿Estoy equivocado, acaso?

― Mierda, gracias por levantarme el ánimo. Hubiera preferido que me levantaras la pija.

― Para eso tienes a Julián, o a Radamanthys... o alguno de los otros pobres tipos que dejaste atrás...

Kanon inspira con profundidad.

― Milo...

Pero su amigo lo interrumpe.

― Estoy cansado, y mañana tengo un día lleno de detenciones. Si quieres verme por lo de tu caso, envía a Shion. Él tiene mejores ideas que tú.

― Pero no tan buena pinta.

― El día que entiendas que tu interior podrido opaca tu belleza, podrás hacer algo por tu vida, Kanon.

 

XX

 

A la mañana siguiente, cuando Kanon entra en su oficina, el lugar de Radamanthys está ocupado por Shion. Kanon se muerde la lengua, tratando de que  no se le note la preocupación que lo embarga.

Se sienta en su escritorio y escupe:

― ¿Dónde está Radamanthys?

― Vigila al mocoso Figueiras.

Kanon le clava la vista.

― ¿Desde cuándo un detective se dedica a vigilar sospechosos?

Shion se rasca el cuello sucio, y suspira.

― No lo sé, desde que te toca de compañero alguien desagradable, supongo —y se ríe.

Kanon toma el teléfono y Shion lo detiene.

― Deja de molestar a Radamanthys. Hablé con él recién. No hay novedades. El chico no ha salido, y tú ya tienes tus órdenes.

― ¿Qué órdenes?

― ¿No hablaste ayer con Milo?

― Llegué tarde.

― Mierda, teniente, eres malo con ganas, ¿no? Para resumirte las cosas, ya descubrimos los departamentos de Aioria Figueiras.

― ¿Qué?

― ¿Tampoco hablaste con Dohko?

Kanon resopla, molesto, e, ignorando a Shion, marca el número de Radamanthys; que contesta enseguida.

― Rada, ¿puedes explicarme qué demonios está sucediendo aquí?

― Hola, Kanon —la voz de su amigo intenta ser inexpresiva, pero no puede disimular la ansiedad que le produce hablar con su amante—. Estoy vigilando el departamento del chico Figueiras, en Kifisiá. Queremos ver si sale, o si Anastassakis va a venir por él…

― ¿Estás solo?

― Estoy con Camus. Oye, Kanon, no puedo hablar ahora, hay movimiento… creo que la abogada acaba de salir. Busca a Dohko, él tiene toda la información…. Te veo luego —y corta.

Kanon se vuelve a Shion.

― ¿Cuándo volvió Camus de Paris?

― Deberías preguntar qué propiedades tiene el drogata a su nombre… porque te aviso que tiene cinco. En el mismo edificio. Cualquiera puede esconderse en ellas. Necesitamos esas órdenes que no conseguiste, idiota.

Kanon sale de la oficina, haciendo caso omiso de Shion, que le grita que debe ir junto con Dohko, a donde quiera que se dirija.

 

Radamanthys le ha dejado el auto, lo cual le indica que las cosas están peor de lo que han estado nunca. Kanon se dirige a Kifisiá con la idea de disculparse con el inglés, ponerse en sus manos, y hacerse a un lado si es lo mejor para ambos. Puede sobrevivir tratando de ligarse de nuevo a Milo, si le apetece el sexo suave, o buscar a Julián cuando las circunstancias requieran actitudes más drásticas. 

Está buscando un lugar libre para estacionar, cerca de la avenida Skopelou, cuando se cruza con una persona que atraviesa la calle con  pasos algo vacilantes. Con un sobresalto, reconoce la figura alta, de rasgos gastados pero firmes, y aire ausente.

― Me lleva el demonio —dice,  entre dientes.

Deja el auto estacionado de cualquier manera en la esquina, se vuelve al chico y comienza a seguirlo. Saca su móvil y se comunica con Radamanthys.

― ¿Tienes novedades? —le dice, ni bien el inglés atiende.

― Ninguna. La abogada ya ha vuelto, hace unos minutos, con la bolsa de la compra. El mocoso sigue adentro.

― ¿Estás seguro?

― No lo hemos visto salir, ¿por qué?

― Porque estoy siguiéndolo en este momento, más o menos a tres calles de donde están ustedes.

― ¿A Aioria o un tipo que se parece a Aioria?

― Nadie se parece tanto a otra persona. Y te lo digo yo, que tengo un gemelo.

― No se me ocurre cómo pudo salir sin que lo viéramos, Kanon. Síguelo. ¿Quieres que vaya contigo?

― No. Necesito que vigiles ese edificio por mí. Sigues siendo el tipo más lúcido y confiable que conozco.

Es capaz de escuchar la respiración ahogada de su amigo antes de colgar. Al llegar a la esquina, busca a Aioria con la mirada, temiendo perderlo. El chico ha torcido para el lado opuesto al departamento de Marin, y se dirige a la zona más marginal del barrio. Unas diez calles más adelante, tuerce en un barrio de albaneses y búlgaros, y Kanon comienza a preocuparse.

De pronto, ve que adelante suyo ha surgido un tipo de abundante pelo verde y actitud sigilosa. Cuando se vuelve, Kanon tiene apenas el tiempo de esconderse detrás de una camioneta. El tipo mira un segundo la calle, como cerciorándose de que está solo —es un hombre conspicuo, macizo, de rostro duro al que le falta un ojo—, y se vuelve para seguir los pasos del chico Figueiras.

Kanon resopla, seguro de que Aioria está intentando comprar drogas en un vecindario poco recomendable, y comienza a seguirlos con más cuidado, manteniéndose oculto.

Es gracias a lo sigiloso de sus movimientos que nota que un tipo nuevo —uno enorme esta vez—, sale de una de las calles laterales y se une a la cacería. Kanon está a punto de usar su celular para llamar a Radamanthys y avisarle donde está, pero en ese momento el tuerto le grita algo a Aioria, que se da vuelta rápidamente y se queda boquiabierto, mirándolo con la expresión que tendría si hubiera visto un fantasma.

― Sólo dime dónde está, Aioria —dice el tuerto, con voz ácida.

Increíblemente, Kanon ve que el drogata no corre, sino que se queda enfrentándolo, con los ojos fijos y muy abiertos.

El tuerto se ríe, mete la mano en el bolsillo y vuelve a hablar:

― No es buena idea no decir nada, niñito —luego comienza a acercarse a Aioria, confiado—. Tampoco estás en condiciones de eludirme, así que me dices dónde está, y todos felices.

― Ya te dije que está muerto, Isaac —la voz de Aioria es tan pálida como su semblante.

El tuerto se ríe. Saca la mano del bolsillo, y Kanon ve que de ella cuelgan un par de esposas.

― Y yo ya te dije que no te creo. Vas a venir conmigo esta vez, Aioria. Vamos a ver a alguien que tiene unas cuantas preguntas que hacerte. Te advierto que es alguien que no va a tenerte mi paciencia… Tal vez se tome su tiempo para interrogarte. Tal vez no te guste, pero tienes que explicar qué has estado haciendo este año. Tu lista de milagros es muy larga y ¿sabes qué?, no creo que seas Jesucristo.

Kanon ve que el tipo enorme se acerca despacio, ocultándose entre la fila de árboles que bordean la acera.

Vamos, chico, empieza a correr de una maldita vez, piensa, mientras desenfunda su arma.

Pero el chico hace algo totalmente inesperado. Cuando el tuerto está a menos de un metro, mete la mano en el bolsillo y saca algo negro, que apoya en la cadera del delincuente.

Por un desquiciado segundo, Kanon cree que está armado, pero luego el tipo llamado Isaac se pone a convulsionar y el teniente se da cuenta de que es un dispositivo eléctrico.

Mierda con el niñito drogón.

Isaac cae al piso y Aioria, en lugar de correr, comienza a revisarle los bolsillos.

Vete, maldita sea.

Pero la advertencia mental de Kanon llega tarde. El tipo enorme surge al claro dónde está el chico Figueiras y se le arroja encima.

Aioria intenta zafarse, pero el tipo es realmente gigantesco. Recibe un golpe en la espalda que lo hace caer. Intenta agarrar su pistola eléctrica, pero el matón es más rápido, lo agarra del hombro y le estrella el puño en la cara.

Aioria cae de espaldas, con la frente ensangrentada mientras el tipo se acerca a Isaac y recupera las esposas.

― No… no… —Aioria ha reaccionado y trata de arrastrarse hacia atrás, sobre su espalda.

El matón se ríe, descarga un puñetazo violento sobre la mejilla del chico y una vez que ve que está atontado, lo pone boca abajo y le coloca las esposas.

― Te aseguro que Hades no va a ser tan amable como yo, chico, así que si sabes lo que te conviene, vas a decirme ahora mismo donde se esconde tu hermano.

― ¿Cuántas veces tengo que decirles que está muerto? —la voz de Aioria es un chillido desesperado, y Kanon comienza a acercarse al gigante, tratando de planear la mejor forma de dejarlo fuera de combate.

Pero el tipo saca un revólver enorme y lo apoya en el cuello de Aioria. Kanon se detiene, por miedo a que el arma se dispare si se le arroja encima a la bestia.

― ¿Te gusta la electricidad, niña bonita? Pues a ver si te enteras que a mí me gustan los métodos más drásticos… O me dices donde está Aioros, o te despides de tu patética existencia… —el tipo entierra el revólver en el cuello de Aioria, pero el chico no dice nada.

Kanon se asusta. El gigante no parece ser un tipo paciente, y teme que realmente le meta un balazo en la cabeza a un testigo que —ahora está seguro— sabe mucho más de lo que ha dicho. Con sigilo, sale de su refugio de árboles y se acerca por la espalda al dúo.

Cuando está a apenas metro y medio, Aioria lo ve, y se le desorbitan los ojos. Kanon refunfuña, furioso porque le han arruinado el factor sorpresa, pero un segundo después se da cuenta de que realidad los ojos del chico están anclados a su derecha. El semblante se le ve aterrado, y entonces comprende que no están solos, que a su lado hay alguien más, que no ha visto.

Aprieta el arma con una mano que ha empezado a sudar, levanta el brazo armado, e intenta volverse, pero su cráneo estalla de dolor y cae, con la mente en blanco, barrido por una insondable nube de oscuridad.

 


Mostrando del 0 al 9 de 11
Ir a la pag.: [1] 2
Registrese en el foro o acceda para poder participar

Temas Relacionados
Mensaje Normal
Mensaje No Leido
Alud (saga x camus) oneshot  
yonjuukyuu yonjuukyuu
Fecha El 17/05/12 a las 07:05:11
yonjuukyuu yonjuukyuu
Fecha El 17/05/12 a las 07:05:16
32 1
Mensaje Normal
Mensaje No Leido
El santo mas bello (finalizado)  
Ella!! Ella!!
Fecha El 19/03/12 a las 11:03:22
Ella!! Ella!!
Fecha El 26/03/12 a las 10:03:26
183 6
Mensaje Normal
Mensaje No Leido
Un plato de arroz  
Ella!! Ella!!
Fecha El 06/03/12 a las 12:03:14
Ella!! Ella!!
Fecha El 20/03/12 a las 12:03:40
152 4
Mensaje Normal
Mensaje No Leido
Instinto animal (sagaxkanonxposeidon)  
Ella!! Ella!!
Fecha El 06/02/12 a las 11:02:49
Ella!! Ella!!
Fecha El 06/02/12 a las 11:02:00
224 1
Mensaje Normal
Mensaje No Leido
Una ardiente noche de invierno (aioria&milo)  
Islandher Islandher
Fecha El 09/11/11 a las 07:11:45
hazk-saint hazk-saint
Fecha El 13/11/11 a las 06:11:03
278 3