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Eres (Kanon x Asmita)
De malas juntas, sí. De malas mañas, también. Mujeriego, promiscuo, delincuente, falso, orgulloso, engreído, malicioso. Eso era él... hasta el día que lo encontró, tirado en un basurero.
Con sólo una bata semitransparente, las marcas de violación eran evidentes. Pensó que ya era un cadáver, no quiso ni tocarlo para no quedarse metido en un delito que no cometió. Después de todo, si no había pruebas contra él por los que había cometído, no sería atrapado por el crimen de otro. Cuando pensó alejarse, escuchó entonces el movimiento de esas piernas golpeando las latas. Los ojos azules y vacíos buscándolo.
—Ayuda…—masculló. Y algo en él que desconocía se activo.
Eres lo que más quiero en este mundo, eso eres,
mi pensamiento más profundo, también eres,
tan sólo dime lo que hago, aquí me tienes.
Ahora Kanon no asistía a las fiestas, ni a las peleas en las pandillas. Ya no apostaba, ya no robaba, ya no salía en las noches, ya no apoyaba las guerrillas, ya no bebía, ya no bailaba.
Pensó que era como cuidar a un gato, cuando era niño, antes de huir de casa y convertirse en lo que era. Pensó que era la misma sensación. Le traía la leche, el rubio sonreía, limpiaba las heridas, el rubio le sonreía, lo escuchaba hablar y le sonreía.
No supo porque lo alojó, quizás era su ceguera, quizás aún había humanidad. Quizás era la soledad.
Era su mascota, sí, quizás, en la pocilga que tenía alquilada, con una única cama, la que le había entregado a él “mientras tanto”.
Donde el rubio ya tenía cuatro meses durmiendo.
Eres cuando despierto lo primero, eso eres,
lo que a mi vida le hace falta si no vienes,
lo único, preciosa, que mi mente habita hoy.
—Traje pan—dijo al entrar. Seis meses, el rubio no se había ido. Él no quería que se fuera.
Con destreza el mayor los abría, el cabello dorado atado en una cola desordenada. Vio su cuerpo en una de sus franelas, le quedaba ancha, por encima de la rodilla, mitad del muslo delgado. La curva de las piernas le apetecía, la blancura de su piel le llamaba. Más aún no lo había tocado.
—Está bueno el pan…
—Si…—lo acababa de robar antes de llegar. Se acercó, lo miró y le destinó un beso en la cabeza rubia.
—Sólo hay queso.
—No importa.
—¿Estuvo duro el trabajo?—si, robar era duro, apostar también. Volvió a las andadas, pero quería cambiar ese hecho.
—Sí, pero te extrañé. Tu café es más sabroso.
El rubio sonrió.
Qué más puedo decirte, tal vez puedo mentirte sin razón,
pero lo que hoy siento es que sin ti estoy muerto,
pues eres lo que más quiero en este mundo, eso eres.
Los pandilleros no lo creían. Kanon había conseguido trabajo en un viejo negocio donde el anciano le dio el beneficio de la duda. Trabajaba cambiando cauchos y haciendo algunas labores de limpieza en el local. Para cuando la tarde llegaba, compraba panes y leche, un poco de queso y panecillos dulces para el rubio que le esperaba, siempre con una franela puesta de él.
Cenaban juntos. Kanon ahora podía hablarle de su trabajo. Le decía que le compraría ropa adecuada, y los fines de semanas saldrían a pasear. A veces hablaba del cine, y luego se disculpaba por su estupidez, a lo que el rubio sonreía y decía que no importaba, que de seguro los sonidos serían interesantes.
Y no supo cuando, una de esas tardes, le besó.
No supo cuando, una de esas tardes deseó tomarlo.
Y si supo cuando el rubio le rechazó, temblando.
Por primera vez Kanon dejó de pensar en él mismo.
Eres el tiempo que comparto, eso eres,
lo que la gente promete cuando se quiere
mi salvación, mi esperanza y mi fe.
Desde allí, era evidente el deseo del uno al otro, como también las barreras. Todos los días Asmita lo esperaba en aquel pequeño cuarto, le cocinaba, le limpiaba todo y esperaba sentado en posición de meditación hasta que Kanon llegara del trabajo, con la cena y siempre panecillos dulces para él. Luego hablaban, Kanon le contaba chistes y anécdotas con sólo el afán de hacerlo reír. El rubio reía y luego le contaba algunas cosas de su pasado.
De su orfandad, del hambre, del secuestro… la violación jamás fue comentada.
Entonces al final de la noche se acostaba, cubría su cuerpo entre sus brazos, le besaba el oído, le deseaba buenas noches.
Asmita había significado una cambio en su forma de vida, algo que podía cuidar, proteger, amar. Asmita era su mayor tesoro, su mayor anhelo. Se convirtió en una luz pese a su ceguera, para la oscuridad que minaba su alma.
Y noche a noche lo veía a él dormir primero, acariciaba su cabello, se sonreía mientras respiraba y sus dedos se desviaban hasta su vientre, le acariciaba, con ternura, esperando el momento cuando Asmita pudiera entregarse, corresponderle de la misma manera.
Soy el que quererte quiere como nadie soy,
el que te llevaría el sustento día a día, día a día,
el que por ti daría la vida, ese soy.
Una noche, llovía. Acurrucados por el frio el rubio titiritaba mientras él trataba de pasarle calor, con las sabanas desteñidas que tenía. En ese momento lamentó su falta de previsión. El invierno se acercaba, el frio se haría mayor y recordó que la única funda caliente que tenía la perdió en la primavera en una apuesta. Mordió sus labios y le abrazó con fuerza, acarició la espalda para darle mayor calor. El rubio buscaba el espacio de su pecho, se acurrucaba, buscaba también cobijo a las heladas corrientes que manaban por el lugar.
Sus alientos se convertía en humo blanco, sus cuerpos realmente resentían el frío. Entonces el rubio buscó, buscó calor, el del aire caliente que respiraba Kanon sobre su cabello. Lo buscó, y atrapó sus labios gruesos.
Kanon al principió se sorprendió, más no tardó en hacerse participe de ese ósculo. Le besó, le besó con cada vez más deseo, hasta que de nuevo sus ansías se activaron. Lo dejó debajo de las sábanas y metió sus manos debajo de la franela, acarició, le escuchó gemir. Se liberó.
—¿Estás seguro?—le preguntó al oído, el rubio se tomó de sus cabellos, se estremeció con el contacto
Aquí estoy a tu lado y espero aquí sentado hasta el final.
No te has imaginado lo que por ti he esperado
La respuesta fue otro beso. Y caricias, muchas caricias. En el frio de aquel lugar y con el sonido de la lluvia que caía sobre ellos y goteaba molesta en un traste a un metro de la cama, ambos se entregaron a sus deseos. El sudor empezó a cubrir sus pieles, los cuerpos de friccionaban con verdadero énfasis. Cuidó, con cada movimiento, no asustarlo, no herirlo, no lastimarlo; pero el rubio respondía con verdadera violencia, apretando y mordiendo, clamando y deseando, excitándolo, sacando de él todo, todo.
Así lo tuvo, así lo poseyó. Al penetrarlo quizás vio la misma gloria. Al embestirlo se tomó de él, lo abrazo, lo beso. Jadearon al mismo tiempo sonoramente, y el orgasmo abatió todo rastro helado de sus cuerpos y sus almas.
Pues eres lo que yo amo en este mundo, eso eres,
cada minuto en lo que pienso, eso eres,
Amaneció a su lado, el rubio le sonrió. Kanon había conseguido su religión.
Lo que más cuido en este mundo, eso eres.
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