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Colocó cada pulgar de su mano en cada punto de su semblante, delineó su circunferencia rosácea, luego se deslizó por la frente suave y lisa, descendió por sus sienes, tomó un atajo por sus mejillas, y, finalmente, se detuvo sobre sus labios.
Clavó sus azules en sus verdes.
—Sí, eres tú—admitió el griego aún con el rostro de rasgos pueriles entre sus manos; con los labios tersos bajo el tacto de sus pulgares.
—¿Qué pretendes, Milo, entrando a mi templo… a mi cuarto… a medianoche?
—Yo haré las preguntas—lo silenció sosteniendo ahora entre sus manos su mentón y robándole un beso.
La escasa resistencia del santo de Aries producto de la sorpresa concluyó en cuanto el ápice de la lengua del santo de Escorpio se abrió espacio entre sus dientes y acarició sin reparos su paladar; en cuanto sin censuras tanteó su lengua, saboreó su lengua, se enredó a su lengua.
—Suficiente. Puede despertar mi discípulo—dijo con la respiración agitada tras lograr zafar de una vez por todas de los brazos que lo oprimían contra la puerta.
—Ni siquiera hice mi primer pregunta—lo siguió perezoso a través de la amplia habitación el sicario del patriarca—¿por qué volviste... traidor?—susurró a su oído la última palabra tras abrazarse a su cintura.
—Obedecí ordenes—se limitó a responder el tibetano tratando de mantener la calma que la mano del griego subiendo por su torso desnudo parecía estar dispuesta a evitar que alcance.
—¿Después de tantos años… de pronto… se te dio por obedecer?—ironizó girándolo hacia él con la intención de escrutar la verdad en su mirada—. No lo creo, Mu—sintetizó su opinión haciéndolo retroceder, tropezar, caer en la cama.
—Pero lo que creas no importa, a él tu opinión no le importa ¿cierto?
Milo se limitó a inclinarse y colocar sus manos en la delgada cintura del primer guardián, a sujetar la tela de su pantalón, a deslizarla por sus piernas sensuales y fuertes para gozar entonces de la vista brillante de su desnudez exaltada por el tono metálico que condensaba la luna a través de la ventana abierta.
—A él no le importa porque sabe que aquí estoy yo para protegerlo; porque sabe que no lo defraudaré—explicó el griego arrodillándose entre sus piernas flexionadas y abiertas a causa de la intervención de sus manos.
—Eso oí… su sicario ¿cierto? Atacaste la isla de Andrómeda, asesinaste camaradas… todo por él.
—No, Mu ¡por ella! por Atena—explicó antes de comenzar a lamer la punta, el tronco, la base. Saborear la textura rugosa de las dos cándidas bolsas.
Por varios minutos el dialogo quedó eclipsado por los gemidos de Mu y por la entrega consagrada de Milo a la tarea de extraer de la hombría tibetana el espeso liquido nacarado a punta de chupadas, besos y caricias con la uña roja de su índice. Tras conseguir el éxito en esa empresa se incorporó nuevamente sobre sus rodillas para deleitarse con la perspectiva del sonrojado rostro de su camarada a la vez que lo hacía con el exótico sabor que relamía de entre sus labios y de entre sus dedos por él impregnados.
—¿Acaso la has visto, Milo, en todos estos años? ¿No te parece raro que ese hombre jamás…?—sus argumentos se vieron impedidos por el movimiento brusco de los brazos de Milo para voltearlo y dejarlo cabeza abajo en la cama.
—No oiré las infamias de un traidor—resolvió el griego levantando sus caderas de manera tal que su intimidad quedara expuesta a su mirada ansiosa por profanarla.
—Eres un buen hombre, Milo, ¿por qué lo sigues?
—Soy su sicario, Mu, tú mismo lo dijiste—le recordó mientras ablandaba el camino a su interior con el movimiento intenso y circular de su lengua; con el empapar cálido y húmedo de su saliva.
—Mi… Mi… ahhhhh
El tibetano se aferró a las sábanas con sus dedos y a la almohada con sus dientes, sin embargo, ni lo uno ni lo otro bastó para aliviar el dolor de la intrusión del miembro duro, grueso y palpitante en su intimidad virgen, estrecha y caliente.
—Aioros nos traicionó, Saga nos abandonó…tú…—aceleró la invasión firme a través de sus paredes al precio de ir perdiendo la cabeza cada milímetro más turbada por el placer que la fricción de sus carnes en un canal tan estrecho provocaba —… tú… nos traicionaste y..—aún podía adentrarse más, se aferró con sus manos a sus caderas, tiró y empujó a la vez—y… y abandonaste—varios de los gemidos del ariano no pudieron ser amortiguados por la almohada y avivaron aún más en el octavo guardián las ansias de entrar y entrar y entrar.
—Me… me duele—jadeó con la voz entrecortada Mu tratando de masturbar con sus manos temblorosas a causa del placer su excitado sexo.
Incitado ante sus palabras el griego se inclinó como la noche sobre el día: cubriéndolo todo.
—Y te gusta—murmuró a su oído rodeando su hombro, su cuello, su pecho. Con sus dedos jugó con las tetillas excitadas, con sus otros dedos jugó con el vello lila, las bolsas rugosas, finalmente el sexo hinchado y fogoso—…como te gusta—destacó sensual mordisqueando el blanquecino lóbulo.
—Mmmm—fue la única respuesta que obtuvo de la boca que ahora se mordía a sí misma para no gritar.
—Ahhhhhh—fue el gemido largo y ronco de Milo tras finalmente empaparlo con su espeso semen.
Salió vertiginoso de su interior únicamente para así girarlo, inclinarse, abrir la boca y al simple tacto de sus labios con la punta palpitante recibir por segunda vez en esa noche el sabor exótico de la lluvia embriagante del oriental que lo observaba con la frente sudorosa, las mejillas sonrojadas y las comisuras resplandecientes de saliva.
***
Despertó en cuanto los primeros rayos del amanecer golpearon sus ojos, con la vista aún algo turbia distinguió a Mu engalanado en un brillo dorado.
—Recibiré a los invitados de nuestro señor, será mejor que regreses a tu templo y los esperes.
—¿Tanta fe le tienes tú también a esos mocosos de bronce?
—¿También?
—Camus sólo piensa en el tal Cisne—frunció los hombros mientras se colocaba su pantalón.
—Milo, cuando los enfrentes, confía en tu corazón ¿sí?—le aconsejó el tibetano antes de abandonar su habitación.
La batalla había llegado.
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