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Sin Máscaras
Su mirada se encontraba perdida más allá de aquellas montañas verdes que pasaba a toda velocidad. El ocaso languidecía, por lo que la cabina en la cual viajaba se teñía poco a poco de colores suaves y fríos, adaptándose perfectamente al estado anímico de quién la ocupaba.
No estaba ansioso, tampoco triste. Los sentimientos que se apoderaban de él al volver a París luego de 6 años eran más bien de añoranza. Era nostálgico regresar al lugar en el cual dejó enterrada parte de su historia; la parte que deseaba olvidar, que le causó tanto dolor… pero que a su vez le otorgó las más grandes alegrías de su vida.
El lento susurro que emitió la puerta al abrirse le despertó de su sopor. Giró la cabeza para ver quién había entrado a la cabina que él ocupaba en completa soledad hasta entonces, y se encontró con un hombre encapuchado de pies a cabeza, en cuya mano izquierda llevaba un pequeño maletín. El extraño ingresó sin siquiera dirigirle una mirada o palabra, y tomó asiento frente a él. Gracias a la capucha que llevaba, la bufanda que tapaba su cuello y parte del rostro y las gafas oscuras que traía puestas, le era imposible ver la cara de aquel sujeto, así que, tras varios intentos de establecer algún tipo de comunicación con él, lanzándole miradas de reojo, suspiró y nuevamente dejó vagar su vista por el horizonte.
El forastero, por su parte, no había perdido de vista los movimientos del pelirrojo en cuya cabina entró sin siquiera avisar; suponía que las miradas que le enviaba de vez en cuando tenían su fundamento en la extraña forma en la que se presentó ahí y lo tapado que se encontraba.
Carraspeó un poco para llamar la atención del otro y lo logró. Sus zafiros se clavaron inmediatamente en su persona.
- Disculpe por entrar de esta manera – habló lento, sin levantar la voz – Ingresé a esta cabina porque todas las demás estaban repletas.
El aludido hizo un elegante ademán con la mano, restándole importancia a tal asunto.
- Descuide. Después de todo, tener a alguien con quien charlar mientras llegamos a París me parece una idea estupenda – Mentira. Él no era muy dado a relacionarse con gente extraña; cuando lo hacía, decía lo justo y necesario, no más. Pero dificultades extremas requerían soluciones… extremas. No quería seguir pensando en aquello que prefería olvidar.
- Perfecto, entonces – comentó más alegre el otro, con una voz que pretendía ser grave – Estoy seguro que disfrutaremos de una amena charla.
El pelirrojo alzó las cejas, divertido, mientras sus labios se curvaban dejando ver una sutil sonrisa. Dudaba que pudiesen tener una… “amena” charla… si la persona con la que compartiría todo ese rato se encontraba cubierta de pies a cabeza; al menos, eso no era lo que él entendía por tener una conversación agradable.
- Supongo que le parecerá extraña la manera… – señaló su cuerpo con una mano –…en la que me presento frente a usted.
- Para ser sinceros… - lo miró a donde se supone se encontraba el rostro y sonrió, esta vez sin contenerse - … sí, me parece… más que extraña.
El otro devolvió aquel afable gesto inconscientemente, aunque estuviese tapado.
- Dudo que comprenda mis razones por las cuales ando con la indumentaria que ve – explicó con un deje de humor en la voz – Por lo mismo, me parece totalmente innecesario justificarme.
El silencio se hizo presente en el lugar luego de que el extraño hablara, y ninguno hizo esfuerzo alguno por romperlo. El encapuchado había tomado la misma posición que su acompañante y perdió su vista fuera de la ventana, dejando que los fríos colores que por ella entraban le dieran a su silueta un tono más sombrío y oscuro del que ya tenía.
Camus, por su parte, no dejaba de sentirse nervioso y algo intimidado por la presencia de ese hombre frente a él; no sabía la razón, pero cada vez que su mirada se encontraba con aquel sujeto un nudo de origen desconocido se formaba en su garganta, dificultándole así la respiración y acelerando su pulso cardíaco, como hace años no le sucedía.
Se mordió los labios y desvió la vista, enfadado consigo mismo.
- Parece que mi presencia le incomoda… - habló sin alzar la voz la persona que lo acompañaba.
- En absoluto – contradijo mientras se acomodaba para mirarlo de frente. – Es solo que… por lo menos me gustaría saber su nombre – titubeó por un momento ya que, al preguntar el nombre de aquel sujeto, debía presentarse antes - Soy Camus. Camus Devereaux.
El otro sonrió por lo bajo; había sido un poco grosero con su acompañante.
- Me llamo Dante – dijo sin titubear. El pelirrojo, al escucharlo, abrió sus zafiros totalmente descolocado y su mandíbula se desencajó sin poder evitar lo contrario. - ¿Sucede algo, Camus?
Tardó un poco en recuperar la compostura.
- Nada – afirmó convincente mientras sacudía levemente su cabeza, todo bajo la atenta mirada del otro - ¿Y qué lo trae a París, Dante?
El aludido se tomó su tiempo para contestar, pensando de antemano cada una de las palabras que diría a su acompañante. Sabía que si deseaba lograr lo que se traía entre manos, debería arriesgar un poco y mostrar al francés que era alguien de fiar, por lo que, para dejar a la vista un poco más de él, se sacó las gafas que cubrían sus ojos, más no bajó la bufanda ni la capucha.
Una pequeña sonrisa se formó en sus labios al ver el atisbo de sorpresa que pasó por el rostro de Camus, antes de comenzar a hablar.
- Quiero recuperar lo que perdí – dijo firme, sin titubeos, con la mirada fija en las orbes del pelirrojo. – Dejé algo, voluntariamente debo decir, aunque por fuerzas mayores que escapaban de mis manos, hace muchos años, en París, y espero estar a tiempo de recuperarlo.
Camus parpadeaba más de lo normal tratando de asimilar lo que escuchaba; extrañamente, el también retornaba a aquel lugar por una razón similar, más no igual.
- Entiendo – comentó, desviando la mirada de aquellos ojos que, de una manera que no alcanzaba a comprender, causaban que dentro de él se presentasen ciertas emociones que creía olvidadas.
- ¿Puedo devolver la pregunta?
El tono animado con el que su acompañante le habló causó que volviera a la realidad de golpe y su mirada nuevamente se clavara en el rostro de él. Se mordió los labios; nunca le había gustado hablar de su vida personal con cualquiera, mucho menos con alguien que acababa de conocer como aquel sujeto…
- Yo… - titubeó. ¿Cuánto debería decir? Un suspiro salió de sus labios antes de continuar. – Dejé enterrada parte de mi historia cuando abandoné mi ciudad, y, gracias a extrañas circunstancias y motivaciones que no logro comprender a cabalidad, deseo… recuperarla…
El otro lo observaba atento, con aquella mirada que más que desconocida, le parecía haber visto miles de veces. Supuso que nada malo traería interactuar un poco más con el ojiazul, por lo que decidió dejar que éste conociera un poco más de él. Existía una gran probabilidad de que, al llegar a París, no lo viese nunca más, por lo que no le afectaba el que Dante supiera más que lo necesario de su historia.
- Al parecer tenemos motivos bastante parecidos para regresar a París – comentó risueño su interlocutor – Ambos retornamos para recuperar aquello que nos es especial… a ese alguien.
Camus frunció el ceño y le miró algo molesto, mientras sentía que su corazón se estrujaba dolorosamente, y lo interrumpió sin titubeos.
- ¿Cuándo dije yo que regresaba para recuperar a… alguien?
- No es necesario que lo diga – afirmó, dejando ver que el cambio de humor del pelirrojo no le afectaba en lo más mínimo – Se puede inferir por lo que usted me acaba de contar. No se ofenda pero, a pesar de que desee aparentar lo contrario, es muy fácil… leerle…
Aquello sí que no se lo esperaba. Siempre, desde pequeño, se había caracterizado por ser reservado e introvertido, escondiendo de manera perfecta todos sus sentimientos ante los demás, y dejando ver sólo lo que él deseaba mostrar. Y el que viniese alguien que apenas le conocía a decirle que podía “leerlo” con relativa facilidad era algo que ni en sus sueños hubiese imaginado.
- Usted no me conoce – sentenció, empuñando sus manos sobre sus rodillas y desviando su vista hacia el oscuro paisaje – Así que le pido que no saque conclusiones apresuradas acerca de mi persona…
Dante guardó silencio, observándole y estudiando cada una de sus reacciones. Quizá se había precipitado, y ahora debería cambiar de estrategia por aquel error. Suspiró y se puso de pie, para luego sentarse nuevamente, esta vez, al lado de Camus. Le miró de reojo para ver si le molestaba su cercanía pero, al no ver reacción alguna de su parte, se acomodó mejor y dejó salir las palabras que tenía guardadas hace mucho, sin pensar de antemano si el pelirrojo estaría dispuesto a escucharle.
- Supongo que ya me habrá olvidado... Después de todo, literalmente, morí para él. A pesar de ello, quiero creer que no es así, pero como ciertas personas dicen, mientras más se sube la caída es más dolorosa, por lo que prefiero estar preparado para todo – Sonrió de medio lado mientras desviaba su rostro hacia el de Camus, cuyos ojos, desde hacía unos momentos, se encontraban, algo indecisos, clavados en su persona.
- ¿Puedo… preguntar qué le sucedió? – cuestionó el pelirrojo luego de unos momentos. Sabía que no tenía derecho a indagar en la vida personal de su acompañante tomando en cuenta que él había cortado tajantemente la conversación cuando ésta le incluía. Entendería si el otro no deseaba hablar, pero sentía curiosidad.
- Puede preguntar lo que usted desee – las mejillas de Camus se vieron coloreadas ante aquella afirmación, causando que el ojiazul riera levemente antes de continuar – Digamos que… cometí cierto error… mientras tenía pareja.
Una sonrisa nostálgica se hizo presa de sus labios mientras miraba al pelirrojo.
- Aún no comprendo por qué hice lo que hice, si lo amaba más que a mi propia vida. El punto es… que no me perdonó. Me pidió desaparecer de su vida, y, de la manera más literal posible, eso hice, pues ya no quería dañarle más… Si supiera lo arrepentido que estoy, y que lo que siento por él el tiempo no lo ha borrado, si tan solo…
Guardó silencio luego de aquellas palabras sin ser capaz de continuar, y cerró los ojos, dejando que aquellas memorias que se conservaban frescas en su mente lo inundaran por completo. Como estaba perdido en sus pensamientos, no vio que pequeñas lágrimas se deslizaban por las blancas mejillas del pelirrojo mientras éste, a diferencia de su acompañante, tenía sus ojos abiertos de par en par, sin poder creer lo que acababa de oír.
Aquel hombre, Dante… No solo se llamaba de la misma manera que aquel que creía muerto, sino que, además de parecerse físicamente y de tener ciertas similitudes en la manera de hablar, parecía conocer la historia que le había involucrado hace seis años con el peliazul al que deseaba sacar de su corazón.
- ¿Por qué?... – susurró como pudo mientras cubría su rostro con sus manos tratando, en vano, de que más lágrimas mojasen sus mejillas - ¿Por qué?...
Cerró con fuerza sus ojos y ladeó el rostro para que aquel sujeto no se percatase de su estado, aunque sabía que, gracias a los sollozos que escapaban de su garganta sin que pudiese hacer nada para aminorarlos, el otro era consciente de que estaba llorando.
En efecto, Dante, al escuchar los débiles susurros del francés, levantó su rostro y le miró, mordiéndose los labios y empuñando sus manos tratando de reprimir los impulsos que en aquel momento intentaban dominarlo. No podía revelar su identidad, aunque era lógico que, después de todo lo que había dicho, el otro sospechara y estuviese lleno de dudas y confusiones. Más, al verle de ese modo, tan vulnerable, mandó al diablo sus planes y le abrazó con fuerza, sin medir las consecuencias de sus acciones.
Camus abrió los ojos, sorprendido por sentirse acobijado por los brazos de su acompañante; sin embargo, pese a que en cualquier otra situación habría tomado distancia inmediatamente, se aferró con más fuerza a aquel hombre y dejó salir todas las lágrimas que no había derramado anteriormente, que había guardado bajo siete llaves en su corazón para jamás volver a dejarlas salir, no por él… no por eso…
El mayor acariciaba sus cabellos y espalda mientras su ropa era mojada por las gruesas lágrimas que el otro derramaba, pero a la vez en su interior tenía una completa deliberación entre dos opciones. Una era seguir con lo que tenía planeado desde hace unos mesess, para lo cual había juntado todo el valor que podía encontrar dentro de él, pero la otra era continuar como estaban hasta entonces… dejarle seguir con su vida, permitirle encontrar la felicidad nuevamente, la cual, por lo que podía apreciar, no hallaría a su lado.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos al sentir más peso sobre sí y al escuchar la respiración acompasada del pelirrojo, ambas claras señales de que Morfeo se había encargado de sumirlo en un sueño profundo para detener su llanto. Lo dio vuelta con cuidado y lo acomodó sobre sus piernas, de tal manera que pudiese descansar mejor.
Lo observó con culpa mientras se deshacía de la bufanda que cubría parte de su rostro, dejando éste al descubierto. Se acercó con cuidado y depositó un suave beso en los rojos labios del francés, rozándolos con dulzura, para luego retomar su posición y volver a cubrirse totalmente.
Comenzó a acariciar de nuevo los cabellos del otro mientras cerraba los ojos y dejaba que el sueño lo invadiera a él también, y trataba de retener el sabor del otro... Aquella sería la última vez que sus labios rozaran los del francés... Ya lo había decidido.
o.o.o.o.o.o.o.o.o.o
Los aún débiles rayos del sol comenzaron a colarse por la ventana sin que nada impidiera su paso, causando que quienes se encontraban sumidos en un sueño profundo comenzasen a despertar.
Camus fue el primero en reaccionar ante la luz que interrumpía su sopor; sus párpados comenzaron a abrirse poco a poco, acostumbrándose a la tibieza y claridad del vagón, mirando todo lo que su vista alcanzaba a vislumbrar, hasta que se topó con el rostro de su misterioso acompañante. Fue entonces cuando volvió de golpe a la realidad y se irguió sin cuidado alguno, rememorando rápidamente los sucesos de la noche anterior.
El ojiazul, producto del repentino movimiento del francés, despertó también y se desperezó lentamente, antes de fijar su vista en el pelirrojo, el cual lo miraba con una mezcla de desconcierto, pena y tristeza.
Llevó sin siquiera percatarse una de sus manos hasta el rostro de Camus, y lo acarició con gentileza. Abrió la boca para decir algo, pero la voz femenina que anunciaba la llegada del tren a la estación de París lo interrumpió, causando que el francés rompiera el contacto que tenían sin ninguna palabra de por medio, y se pusiera de pie comenzando a juntar sus cosas para desembarcar.
Aún con las ganas de hacer o decir algo más, siguió su ejemplo y salió detrás de él, para entrar en el tumulto de personas que se encontraban en la estación, esperando de seguro a sus familiares o conocidos. El pelirrojo, consciente de que el otro lo seguía, se detuvo en un lugar más vacío y fijó su vista en el suelo, dándole la espalda.
- Gracias… - susurró lo suficientemente audible para que el otro lo escuchara, para luego comenzar a caminar nuevamente. No supo qué lo llevó a decir eso, pero, de alguna manera que no alcanzaba a comprender, aquel sujeto había aliviado sus penas y le había ofrecido su apoyo sin pedir nada cambio, a pesar de ser un completo desconocido para él.
Cuando Dante vio que los pies del otro lo distanciaban más y más de él, supo que sería la última vez que sus vidas se cruzasen, por lo que reunió todo el valor que en esos momentos era capaz de encontrar y tomó aire suficiente para poder emitir dos palabras que, a pesar de ser tan simples en apariencia, guardaban todo un significado en su interior.
- Te amo, Camus. – le dijo, ni fuerte ni suave, antes de comenzar a caminar en dirección contraria a la del pelirrojo, siendo esta vez él quien derrame lágrimas de dolor e impotencia.
No supo si el otro lo escuchó, tampoco si, de haberlo oído, le habría dicho algo. De lo único que estaba seguro era que debía dejarlo ir, pues solo de esa manera, su pelirrojo francés podría continuar creyéndolo muerto, seguir con su vida y encontrar aquello que él mismo se encargó de arrebatarle años atrás… la felicidad.
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