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Los Soñadores [Hyoga/Shun/Ikki] Los Soñadores [Hyoga/Shun/Ikki] (0.398 s)

Los Soñadores [Hyoga/Shun/Ikki]

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Los Soñadores [Hyoga/Shun/Ikki] Los Soñadores [Hyoga/Shun/Ikki]

 

Título: Los soñadores.

Autor: Sapphire Celeste.

Razón: Nada en especial. Sólo quise escribir.

Dedicatoria: A la gente de mi Tierra Celeste. Sé que no he ido mucho por ahi recientemente, pero no por eso los olvido.

Personajes principales: Hyoga, Shun e Ikki.

Personajes secundarios: Shiryu, Seiya y Esmeralda.

Pareja principal: Hyoga&Shun; Shun&Ikki: Hyoga&Ikki.

Tipo: Adaptación de la película homónima de Bernardo Bertolucci.

Clasificación: NC-17.

Advertencias: Mucho drama. Leer bajo su propio riesgo. 

Estado: Terminado.

Resumen: ¿Dónde están los soñadores que un día creyeron posible transformar el mundo?

 


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Los soñadores

Por Sapphire Celeste

 

 

 

Relato inspirado en la película homónima de Bernardo Bertolucci.

 

 

 

El encuentro.

 

 

¿Dónde están los soñadores que un día creyeron posible transformar el mundo? ¿En qué párrafo oculto de la historia se perdieron ó bajo qué puesto burocrático terminaron ocultos?

 

Hyoga Vasiliev llegó a Japón en marzo de 1968. Llegó como la “primavera” a Praga ó como la “Nouvelle Vague” a París. Llegó porque no tuvo más remedio que huir de su natal Rusia. Su condición de hijo bastardo le imponía dos caminos a seguir: la milicia en Moscú ó la prisión en Siberia. Para ser honestos, no tenía mucho de dónde elegir, y su madre, que pese a su educación conservadora era toda una contestataria, decidió invertir todos sus ahorros en un viaje de ida a Tokio para su único hijo. Cualquiera pensaría que hacer una cosa así era una locura, pero Natasha creía fervientemente que en ese lejano país, Hyoga encontraría su destino. No se equivocó.

 

El joven se matriculó en la carrera de Artes Visuales apenas puso un pie en la Universidad de Tokio. No tuvo que pensarlo mucho. Su afición a las películas francesas, y en especial, a “À Bout le Souffle” de Jean-Luc Godard, fueron consecuencia de su decisión… eso y la forma en la que el joven percibía la vida: todo en blanco y negro con personajes que se movían de un plano a otro como guiados por una fuerza magnética que algunos se empeñaban en llamar “destino”. Para Hyoga, no había más vida que aquella que transcurría a través de la pantalla de un cine. Nada podía tener más luz y genialidad. Nadia podía ser medianamente comparable o potencialmente superable. ¡Nada era capaz de robar cada minuto de su respirable existencia! A excepción, claro está, de ese par de chicos que siempre se sentaban en la primera fila de la sala de proyecciones, a la derecha.

 

Entre el mar de estudiantes que día a día se congregaban en los patios de la universidad para protestar abiertamente contra la guerra de Vietnam ó el Tratado de Seguridad Nacional con Estados Unidos, había unos pocos que pasaban de debates políticos, y en su lugar, se perdían entre en la oscuridad de un teatro para sentir, aunque fuera de forma efímera, lo que los llamados “film buffs” experimentaban entre las paredes de la Cinémathèque Française” del “Palais Chaillot” en París. Eran apenas una veintena de renegados que podían catalogarse como una secta, aunque realmente, ninguno de ellos decía más del habitual “hola” y el irremediable “hasta luego”. No había debates post película y mucho menos anteriores a ella. Todos aparecían cuando la sala se oscurecía y huían apenas volvía a estar iluminada. Nadie hablaba de más. Sólo ese par era diferente… no sólo en el aspecto físico, con sus cabellos teñidos de colores extraños, sino también, en comportamiento, siempre tan cercanos el uno al otro y tan descaradamente cómplices.

 

Hyoga, desde su butaca apenas un par de lugares atrás, abrigaba el deseo de compartir con ellos aunque fuera un par de palabras. No obstante, nunca se atrevió a acercarse. El más joven, de ojos verdes y piel de porcelana, parecía agradable. Incluso, entre la oscuridad, ya le había regalado un par de abiertas sonrisas que combinaban perfectamente con la dulzura de sus rasgos. El otro, por el contrario, infundía precaución. Siempre llevaba un cigarrillo pegado a los labios pese a que estaba estrictamente prohibido fumar dentro de cualquier espacio cerrado de la universidad. Eso y su ceño fruncido, le daban una apariencia hosca e intratable. El ruso no podía con ello. Su grado de sociabilidad era mínimo, por no llamarlo nulo, y la falta total de interés que los chicos japoneses parecían tener en su persona, empeoraba la situación. Ante tales circunstancias, posiblemente jamás se hubiera dado un acercamiento. No obstante, el destino tiene una rara forma de hacerse presente, y una tarde cualquiera del naciente mayo, todo cambió.

 

Hyoga caminaba, como de costumbre, hacia la sala de proyecciones para disfrutar de la tanda de pelis del día. Sin embargo, a unos cuantos pasos de llegar a su lugar perfecto, se encontró con un mar de jóvenes que contrastaban con el número reducido que solía acudir al teatro. Alzó su rostro a las escaleras superiores, y observó que el chico de apariencia hosca se encontraba leyendo una protesta contra la destitución de Henri Langlois como presidente de la “Cinémathèque Française”. El ruso se quedó perplejo ante tal acto, porque apenas 24 horas antes había escuchado aquella noticia en la radio. No podía creer que estando a tantos kilómetros de distancia, una protesta de tal calibre pudiera darse en Japón y tuviera, además, un arrastre tan profundo. ¡Era increíble!... aunque tampoco lucía del todo extraño, más cuando las palabras “represión”, “abuso de poder” y “libertad ideológica” se repetían una y otra y otra vez dentro del discurso del moreno.

 

Hyoga, inclinándose sobre el suelo, recogió uno de los miles de panfletos que el chico no dejaba de lanzar al aire entre su arrebatado despliegue oratorio. No decía mucho, pero decía lo que sin duda era necesario recalcar.

 

-          No a la represión artística – susurró – Sí a la libertad de expresión.

-          ¡Ey tú!

 

Los ojos azules de Hyoga se separaron del texto impreso en el papel para reparar en la entrada principal de la sala de proyecciones… entrada, a la cual, el otro chico de apariencia menudita, se encontraba encadenado.

 

-          ¿Me quitas el cigarrillo de los labios? – pidió el peliverde mirando al ruso fijamente.

-          ¿Me hablas a mí? – inquirió Hyoga volteando a su alrededor para cerciorarse de que no había nadie más cerca.

-          ¿A quién más sino? – exclamó el chico sonriendo de medio lado - ¿Me lo quitas?

 

El ruso acomodó su alborotado cabello rubio mientras caminaba hacia el joven para retirar el cigarrillo de su boca. Fue la primera vez que estuvo tan cerca de él, y la primera vez, que sin duda, comprendió en su totalidad lo que el adjetivo “belleza” implicaba. Ese chico transpiraba perfección.

 

-          Gracias – susurró el peliverde retorciéndose sobre los barrotes de la puerta con movimientos felinos – Temía que pudiera quemarme en cualquier momento.

-          Supongo que es un tanto peligroso fumar cuando tienes las manos encadenadas.

-          ¿Y quién te ha dicho a ti que yo estoy encadenado?

 

Hyoga explayó los ojos cuando el chico, de buenas a primeras, se liberó de los aparentes amarres para mostrar sus manos ante él... libres como el viento.

 

-          Vouilà – exclamó triunfal el muchacho.

-          Pero…

-          Fue idea de mi hermano – musitó el peliverde señalando al otro chico, que aun continuaba con su discurso – Dijo que le daría un aspecto más dramático a la protesta si yo me encadenaba a la puerta, pero como soy un tanto agliofóbico, preferí hacer un montaje.

-          Muy buena idea.

-          Gracias – sonrió el pequeño - Y a todo esto, ¿cuál es tu nombre? Te he visto varias veces en la sala de proyecciones, pero como nunca hablas con nadie, es difícil obtener información de ti.

-          Vasiliev – respondió al instante el rubio – Hyoga Vasiliev.

-          ¿Ruso? – tanteó el otro.

-          Sí… ¿se me nota mucho?

-          ¿Tú qué crees? – susurró el chico guiñándole un ojo – Rubio, ojos azules, más alto que el promedio, cuerpo musculoso y piel naturalmente bronceada. Japonés, lo que se dice japonés, no pareces… aunque… tengo que admitir que para ser extranjero, hablas muy bien nuestro idioma.

-          Mi padre era japonés.

-          ¿En serio? – inquirió impactado el chico - ¿Y por eso estás aquí?

-          No realmente – musitó Hyoga sintiéndose extrañamente incómodo con la mención de su progenitor – Es decir, creo que por esa razón mi madre decidió invertir su dinero enviándome a estudiar aquí, pero no puedo asegurarlo del todo. En el fondo, ella sólo quería que saliera de Rusia para tener un futuro mejor.

-          ¿Un futuro mejor que al lado de tus camaradas marxistas?

-          Un futuro mejor al lado de posibles camaradas japoneses.

 

El peliverde sonrío, y Hyoga, que nunca antes había sentido mariposas en el estómago, experimentó un extraño cúmulo de aleteos en la parte baja de su vientre. Se sonrojó… aunque puede que eso fuera debido al calor de la tarde. Japón en primavera suele ser muy bochornoso y más a ciertas horas del día.

 

-          Hattori Shun – se presentó el peliverde extendiendo su mano hacia el rubio – Pero puedes llamarme Shun, si te apetece.

 

Hyoga aceptó la mano sin titubear, pero apenas estaba disfrutando de la suavidad de aquella blanca piel, cuando el hermano mayor se colocó junto a ellos, y con la simple mirada, rompió la magia existente con la misma facilidad de quien tira una cubeta de agua helada sobre una hoguera recién formada.

 

-          Ikki, este es Hyoga – susurró el pequeño al oído del moreno – Y tenías razón, es ruso.

-          Hola – sonrió el rubio con cierta dificultad colocando ambas manos dentro de los jeans de su pantalón.

-          Te he visto en todas las proyecciones de Nicholas Ray – dijo el moreno sin preámbulos de por medio - ¿Es tu favorito?

-          Mi favorito es Godard – aclaró Hyoga enseguida – Pero las películas de Ray también me gustan.

-          ¿They lived by night?

-          No precisamente – apuntó el rubio un tanto mosqueado al ver la forma en que el hermano de Shun parecía confrontarlo – Soy más del estilo de Johnny Guitar y Rebel without cause. Ese tipo de secuencias donde todo se vuelve caótico y pasional me estremecen.

 

Ikki encendió un cigarrillo en respuesta a las palabras del ruso y sonrío de medio lado. Su gesto, un tanto altivo, provocó que los aleteos que Hyoga había sentido momentos antes con la presencia de Shun, se volvieran a sentir pero a lo largo de todo su cuerpo. Esta vez no hubo sonrojos, pero sí una ligera incomodidad entre las piernas. Tendría que ser porque en primavera, las hormonas suelen atacar sin previo aviso… así como suele atacar la policía cuando un grupo de jóvenes despotrican contra el gobierno.

 

-          ¡Huyan! – se oyó un fuerte grito al viento - ¡Vienen armados!

 

Ikki tomó a Shun de la mano y este tomó a Hyoga. Los tres, sin soltarse, corrieron a través de los jardines de la universidad hasta llegar a una de las salidas que conducía a la zona de transportes. No pensaron si el autobús que abordaron sería el más adecuado para llegar a sus respectivos destinos. Lo único que recorría sus mentes eran los miles de gritos de auxilio y explosión de bombas molotov que estallaban a su alrededor. La policía no tenía ni el más mínimo empacho en acabar con todos. El objetivo era callar la voz de la verdad, aunque esa verdad fuera dicha por jóvenes iguales a ellos.

 


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-          Policías peleando contra estudiantes – bufó Ikki apretando sus puños con fuerza, mientras el autobús se alejaba de la zona de guerra – Esto es el colmo de la represión. ¡El culmen de la inequidad!

-          Pero lo más extraño no es eso – sentenció Hyoga tomando asiento junto a un Shun que no había soltado su mano ni un segundo – Lo más extraño es que son luchas callejeras entre los hijos de gente acomodada contra policías hijos de personas de clase obrera. Es como defender un sistema que te ha hecho pobre y por el otro lado intentar acabar con una pobreza que nunca has experimentado. Me parece irónico y hasta cierto punto ridículo.

-          ¿Ridículo? – repitió Ikki frunciendo poderosamente el ceño - ¿Ridículo luchar por fomentar una sociedad donde todos seamos libres de decir, escribir, ver y hacer lo que nos plazca?

-          Hasta donde yo sé, tú eres libre de hacer todo eso y más aquí en Tokio, Ikki – contraatacó Hyoga - Nadie te ha prohibido nada ni ha pisoteado ninguno de tus derechos. Eres libre de elegir lo que harás al bajar de este autobús y libre de comer lo que te plazca donde mejor te acomode. Tu vida está llena de opciones. Eso es Japón y eso es democracia.

 

Ikki miró a Shun con intensidad y este, en respuesta, le sonrió recargando su cabeza sobre el hombro del rubio. El sonrojo en las mejillas de este apareció nuevamente. Un extraño juego de sentimientos comenzó a gestarse muy dentro de su corazón… un corazón que por la adrenalina de la carrera o por lo dispar de la conversación, no cesaba de latir.

 

-          Te dije que era interesante – susurró Shun hacia su hermano, que se había cruzado de brazos en actitud molesta – Te dije que no se parecía en nada al resto de los chicos de la sala.

-          Un soviético hablando de democracia… ¡vaya que es interesante!

 

A Hyoga le hubiera gustado decirles que él no era ni tan socialista como su nacionalidad indicaba, ni tan interesante como sin duda ambos creían, pero prefirió callar y disfrutar del estrecho contacto que Shun mantenía con su cuerpo. Alguna vez leyó un texto de Marguerite Yourcenar que llevaba por nombre “Alexis o el tratado del inútil combate”. En dicho escrito, un hombre, después de un año de matrimonio, escribe una larga carta a su mujer dándole las razones por las cuales planea dejarla. No era una carta irónica o dramática. Era, más bien, una misiva desesperada plagada de amor. Una misiva que mostraba los sentimientos en su estado más puro y natural, porque ese hombre en verdad amaba a otra persona, aunque fuera de su mismo sexo. Cuando Hyoga terminó de leer aquel libro, se convenció de que el amor no tenía ningún tipo de fronteras: ni de raza, ni de estatus social y mucho menos de sexo. Terminó arrobado por los sentimientos de Alexis, casi tanto como ahora lo estaba en presencia de Shun. Con ese sentimiento que te ataca sin previo aviso; esa clase de sensación que te dice todo y nada a la vez; ese tipo de calor que te quema pero al mismo tiempo te cobija. ¿Era acaso aquel latido intenso parecido al que Alexis había experimentado? ¿Podía ser así de real y fuerte?

 

-          ¿Te apetece cenar con nosotros? – preguntó Ikki dando una gran bocanada a su cigarrillo.

-          ¿Cenar? – repitió extrañado el rubio - ¿En un restaurante elegante y eso?

-          No… no en un restaurante – negó el moreno – En nuestra casa, con nuestros padres.

-          Pero… ¿será adecuado?

-          Seguro – exclamó Shun sonriendo de oreja a oreja – Ikki les dijo que llevaríamos un invitado.

 

Hyoga intentó preguntar algo, pero se contuvo. No obstante, en su cabeza, la pregunta no dejaba de rondar: ¿quién demonios había declinado su invitación a cenar como para que de pronto tuvieran que buscar un reemplazo?

 

-          Quita esa cara de bobo, ¿quieres? – pidió Ikki dando un leve golpecito a su cigarrillo con el fin de retirar el exceso de colilla – Shun sabía de antemano que aceptarías cenar con nosotros, por eso hablé con mamá de ti para no tomarla desprevenida.

-          Pero… ¿cómo lo supiste? – inquirió el rubio buscando con sus ojos azules los extrañamente verdes del muchachito - ¿Cómo supiste que aceptaría?

-          Soy bastante intuitivo con las personas que me gustan – respondió él guiñándole un ojo – Tendrás que irte acostumbrando a ello, Hyoga.

 

El ruso sintió que los labios de Shun se colocaban peligrosamente cerca de los suyos, pero un tirón sobre su brazo derrumbó la ilusión y lo obligó a levantarse y caminar a la parte trasera del autobús.

 

-          Esta es nuestra parada – indicó Ikki tomándolo de la mano de una forma que provocó que la inquietud en la entrepierna regresara – El resto del camino lo haremos a pie.

-          ¡Me encanta caminar bajo la luz de la luna!

 

La expresión de felicidad de Shun fue casi tan grande, como la forma en se asió al brazo libre de Hyoga. El rubio apenas y pudo bajar con agilidad del transporte y seguir el ritmo de la caminata de los hermanos, que era un poco en calma según el capricho de Shun y un poco en carrera según los ímpetus de Ikki.

 

¿Podía ser una película más interesante que lo que estaba viviendo ahora? No. Para Hyoga Vasiliev, esta era la película de su vida.

 


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2. La cena

 

 

-          Buenas noches querido – susurró una mujer haciendo una reverencia ante el ruso – Bienvenido a casa y gracias por aceptar la invitación de mis hijos a cenar.

 

Hyoga se inclinó de la misma forma en que lo hizo la mujer y se descalzó para entrar en la estancia, siendo un poco incómodo porque en el hotel donde se hospedaba, las costumbres eran tan occidentales como en su país natal. No obstante, y pese a no sentirse preparado para entrar de lleno en las usanzas japonesas, se sintió inusitadamente bienvenido en la mansión de la familia Hattori… una mansión que parecía sacada de alguna ilustración de Utagawa Hiroshige.

 

La decoración era sutil pero hermosa, plagada con suaves color durazno en las paredes que se veían contrastados con muebles en tono marrón en cada una de las esquinas. Las habitaciones eran amplias e iluminadas, enriquecidas con estantes llenos de libros que le daban un toque paradisiaco y que nada tenían que ver con los lugares claustrofóbicos a los que el joven había tenido acceso con anterioridad. Además, por si esto fuera poco, los padres de sus amigos eran casi tan amigables como el entorno. Hattori Emi, su madre, era la personificación de la belleza. Una mujer apenas entrada en los cuarenta años con cabello largo y castaño, labios naturalmente rosados y modales perfectos. Shun, seguramente, había obtenido de ella toda su dulzura y sofisticación. No había nada en Emi que no gustara, así como no había nada en Shun que resultara desagradable. Por el contrario, Hattori Otto era un hombre de pocas palabras, pero carácter infranqueable. Alto, de tez tan morena como la de su hijo, musculoso, ególatra y fumador empedernido. Su frente tenía grabado el mismo cejo fruncido con el que Ikki solía enfrentar a la gente, pero en su caso, ya no había forma de desaparecerlo. Era tan parte de su alma como lo era la literatura. Otto era escritor y Hyoga se sorprendió al percatarse que su nombre era casi tan aclamado como el de Yasunari Kawabata, sólo que sus alcances internacionales no eran tan impresionantes… aún. Hyoga estaba seguro que en un par de años lo conseguiría, porque no había conocido a nadie en el mundo que fuera tan elocuente como el padre de Ikki.

 

-          Y es así como el mundo funciona, Hyoga – susurró Otto mientras dejaba salir una larga y espesa bocanada de humo – Como la vida surge y se transforma para embonar en todos y cada uno de sus maravillosos sentidos. Como el aire, la lluvia e incluso la vida misma se coordinan con lo inmaterial para dar lugar al ser. Todo eso implica respirar… eso y la necesidad de explotar en un ardid repleto de pasiones.

 

Los ojos de Otto se clavaron en el rostro de Hyoga, que lo miraba con la boca ligeramente abierta. Ikki se removió sobre su asiento molesto e incapaz de probar bocado, pese a que la cena que su madre había preparado lucía deliciosa. Pero él no tenía apetito. Él sólo se concentraba en intentar que el cigarrillo que tenía entre los labios durara por el resto de la velada, pues ya había fumado dos al hilo y sabía que su madre no le permitiría un tercero. ¡Mierda de noche! ¿En qué momento su padre dejaría de parlotear y hacerse el interesante? ¿O es que tenía que intervenir para que por un patético segundo dejara de presumir?

 

-          Hyoga es ruso – dijo de pronto Ikki, seguro de tener bajo la manga la forma perfecta de terminar con la perorata filosófica de su padre – Pero no es un ruso cualquiera. Él es un ruso democrático.

 

Otto volteó a mirar a su hijo para después regresar su mirada al rubio.

 

-          ¿Es eso cierto, Hyoga? – preguntó el hombre.

 

El chico se encogió de hombros mirando con cierto grado de “odio” al moreno. ¡Desgraciado! Ese golpe bajo fue algo que, definitivamente, no vio llegar.

 

-          Pues… yo… - susurró él sintiéndose indefenso.

-          ¡Habla chico! – ordenó Otto sin alzar mucho la voz pero poniendo el énfasis imperativo que requería la situación – Dime, con confianza, si lo que ha dicho mi hijo es verdad.

-          Bueno… yo… yo creo que antes de responder a esa pregunta, me gustaría dejar claro que bajo mi humilde punto de vista, ambos términos no son mutuamente excluyentes, señor – sentenció el chico posando sus ojos en Shun como buscando en ellos la tranquilidad necesaria para proseguir – Mi madre es rusa y yo mismo soy siberiano de nacimiento, pero no por eso creo a ojos cerrados en la teoría marxista o critico sin ton ni son a la muy sonada democracia. Simplemente, soy una persona con ideas y posturas, las cuales defiendo cuando creo necesario. No importa si son de origen socialista, democrático, budista ó cristiano. Yo simplemente digo lo que pienso cuando lo pienso y trato de ser coherente en mis acciones. No creo en ningún régimen político así como no creo en la violencia. Creo en mí y en lo que yo puedo llegar a hacer por el bien de las personas que me rodean. Eso es todo.

 

Otto llevó el cigarrillo a sus labios sopesando las palabras del joven con una seriedad palpable. Emi, por el contrario, sonrió, y lo hizo porque nunca había conocido a un amigo tan inteligente de sus hijos… o más bien, jamás había conocido a un amigo de ellos en absoluto. Durante toda su vida, siempre habían sido ellos dos: Ikki y Shun, sin que nadie más se inmiscuyera en su relación fraternal, ni siquiera las chicas que a esas alturas del partido debían ser tan abundantes. Pero ni ellas parecían ser capaces de romper su unidad. Sólo ese chico ruso contestatario parecía querer entrar en sus vidas con el firme propósito de transformarlas, lo cual era, dicho sea de paso, bueno y malo a la vez. Bueno porque tanto Ikki como Shun, necesitaban hablar con alguien más aparte de ellos... y malo porque Emi dudaba de cuál de los dos le agradaría más al ruso: el dulce Shun o el aguerrido Ikki. La mujer tomó un ligero sorbo de té y suspiró. No hay nada definitivo en la vida. Nada es completamente noble y rotundamente mezquino. Hyoga, al final, terminaría con quien tendría que terminar. Preocuparse de más o menos por ello, era preocuparse en balde.

 

-          Eres inteligente Hyoga – dijo por fin Otto sonriendo – Y ustedes dos tienen a un amigo muy interesante aquí – recalcó el hombre mirando tanto a Ikki, como a Shun – Más interesante de lo que seguramente creen.

-          A mí me gustó desde el primer momento en que lo vi, otosan – acotó el peliverde con una doble intención en sus palabras.

-          ¡Y qué bueno que fue así! – exclamó Otto ignorando la verdadera intención de la frase de su hijo – Ustedes deben de rodearse de gente como Hyoga para crecer. No solamente de muchachitos de costumbres raras con la cabeza llena de rock&roll. Para transformar una sociedad, no basta con provocarla… ¡hay que actuar e inmiscuirse con ella! Y créanme que organizar protestas baratas que apoyan la restitución de un alborotador francés en un puesto tan lejano e indiferente a nuestro gobierno no es la mejor forma de hacerlo.

-          ¿Quieres decir que cuando algo tan reprobable como la destitución de un líder cultural sucede en plena cuna de la democracia tenemos que quedarnos callados? – inquirió Ikki con el rostro desencajado - ¿Quieres decir que porque no pasó en Japón debemos ignorarlo aun cuando muy seguramente es el antecedente de la represión ideológica que devorará al mundo?

-          Sólo digo que algo de coherencia y control no les vendría nada mal en este momento, hijo.

-          Ya – sentenció el moreno irónico - Entonces todos los que están allá afuera protestando por la maldita intrusión de Estados Unidos en Vietnam están mal mientras tú estás en lo correcto, ¿no? – continuó el chico alterado – La gente que inunda las calles en Francia, en Italia, en Gran Bretaña y en todo el maldito planeta están equivocados mientras tú tienes la verdad absoluta entre tus manos. ¿Es eso lo que intentas decir, padre?

-          Intento decir, hijo, que antes de tan siquiera soñar con cambiar el mundo, tienes que darte cuenta que formas parte de él – sostuvo el hombre con fuerza – No basta con teñir tu cabello de colores escandalosos para mostrar lo radical que eres. ¡Hay que actuar con criterio e inteligencia! Muerto no vas a transformar nada.

-          No fui yo el que deseo que la violencia se impusiera a la razón – debatió Ikki sin mesura – ¡No fui yo el que se negó a firmar una petición para que horrores como la masacre de My Lai jamás se vuelvan a dar!

-          Te recuerdo, Ikki, que los escritores no firmamos peticiones.

-          Pues yo te recuerdo, padre, que tú mismo catalogaste a las peticiones como poemas y durante toda tu vida has firmado muchos de ellos.

-          No estoy lo suficientemente senil como para olvidar mi propio trabajo – sentenció el hombre poniéndose en pie – Y tú no tienes ni el derecho, ni la experiencia suficiente como para recordármelo.

-          Al menos yo sí soy coherente con lo que digo y pienso – sentenció el moreno – Así como Hyoga lo dijo antes: hacer lo que esté en tus manos para procurar un futuro mejor a los que te rodean. ¡Eso es lo que me importa! Y si para eso tengo que salir a las calles y enfrentarme con la policía, lo haré, porque nunca querré contradecir o darle otro sentido a mis pensamientos como tú lo estás haciendo ahora.

 

Ikki aventó la servilleta al centro de la mesa y abandonó el comedor. Su madre lo llamó con voz desesperada mientras Shun corría en su búsqueda. Hyoga se quedó estático, sin saber qué decir o hacer. Él, simplemente, no sabía cuál era la mejor forma de actuar en aquel momento. Entendía la postura de Otto y también la rabia de Ikki. Entendía su amor y también su eterno enfrentamiento. Ambos se admiraban el uno al otro y por lo mismo, solían decepcionarse con facilidad. Ese era uno de los problemas que la relación padre e hijo traía consigo… problemas que él jamás conocería de primera mano, porque su padre lo abandonó apenas supo que su madre estaba embarazada. Para él la figura paterna siempre había representado cobardía. Para Ikki, por el contrario, implicaba disciplina… una disciplina que con tan sólo 21 años, no estaba dispuesto a tolerar. Era la esencia de la época, y por supuesto, la esencia de ser joven y no tener idea de nada.

 

-          Hyoga, lamento mucho que hayas tenido que presenciar esto – susurró Emi poniéndose en pie para situarse al lado de su marido – No creas que esto pasa todos los días.

-          Más bien, pasa cada dos horas y en condiciones más adversas – corrigió Otto abrazando a su mujer.

 

Emi puso cara de tristeza. El moreno besó su mejilla derecha con ternura.

 

-          Tuviste suerte de que Shun se contuviera de hablar, Hyoga – dijo el hombre mirando fijamente al rubio – Cuando hay que discutir con los dos al mismo tiempo, se vuelve en verdad desafiante… aunque con Shun es prácticamente imposible salir bien librado. Sabe exactamente qué decir para destrozarte.

 

Los ojos del rubio, incrédulos, miraron a Hattori Otto con fijeza. Él hombre asintió y abrazó con mucha más fuerza a su mujer. El chico pareció sopesar aquellas palabras siendo incapaz de imaginar a un Shun que pudiera herir de cualquier forma a su padre. Ese, más bien, le parecía un rol apropiado para Ikki, que hallaba en la rebeldía una forma adecuada de ser… pero… ¿Shun? ¿Shun siendo más fulminante que su hermano mayor?

 

-          Será mejor que nos retiremos a dormir – susurró Emi – Es tarde y mañana tenemos que salir a primera hora del día.

-          Sí – concordó Otto – Hyoga ha sido un placer conocerte y espero que nos hagas el favor de pasar la noche en casa. Eres, sin lugar a duda, el tipo de persona con la que siempre había querido que Ikki y Shun se involucraran.

-          Gracias a usted señor – dijo el muchacho poniéndose en pie para estrechar la mano del hombre – Y gracias también a usted, señora Hattori por su hospitalidad.

-          No hay nada que agradecer cariño – susurró Emi tomando el rostro de Hyoga entre sus manos para depositar un tibio beso sobre mejilla – Mi marido ya lo ha dicho todo, así que espero que tu presencia en la vida de mis hijos sea duradera.

 

El joven se sonrojó de la forma en que solía hacerlo cuando su propia madre lo llamaba “mi todo”. Ese tipo de amor sí le era familiar. El amor cálido, dulce y desinteresado de una madre que daría la vida por sus hijos. Hyoga adoraba ese tipo de contacto y le apeteció la idea de que Emi fuera como su madre adoptiva. No podía pensar en nada más cálido que en su presencia… a menos que esa calidez proviniera del dulce cuerpo de Shun. El chico bajó la mirada y esperó hasta que Emi y Otto salieran de la habitación para sentarse nuevamente frente a su plato, aun rebosante de comida deliciosa que lo invitaba a devorarla. No obstante, la curiosidad se impuso al hambre, y por ello decidió salir de la estancia para intentar averiguar el paradero de sus amigos.

 


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Reza el dicho y reza bien: la curiosidad mató al gato… y aunque Hyoga distaba mucho de ser un felino inerte, lo cierto es que sus pasos y su mirada lo llevaron a presenciar de cerca algo que ni en sus más osados sueños habría sido capaz de imaginar: Ikki y Shun, en la oscuridad de la cocina, se besaban… y no lo hacían con el tipo de beso que podría ser permitido entre personas pertenecientes a la misma familia. Ellos se besaban de verdad. Con ansia… con deseo… con ardor… con la forma en que la lengua de un amante invadiría la de su contraparte con el único fin de encontrar saciedad a sus más bajos instintos.

 

El rubio dio marcha atrás y regresó al comedor. Tomó asiento e intentó llevar la comida a su boca para acallar las voces que se agolpaban en su cerebro de manera inquisidora. No obstante, no pudo probar bocado. Lo único que podía hacer era pensar y pensar y volver a pensar en lo que había visto. ¡Por Dios! ¿Qué clase de chicos eran ellos? Homosexuales, eso era más que claro… pero… ¿serían capaces de hacerlo entre ellos compartiendo la misma sangre? ¿Sería su relación tan incestuosa como lució desde la entrada de la cocina?

 

-          Menos mal que se han largado a dormir – dijo Shun irrumpiendo de forma inesperada en el comedor – Mamá es un encanto y papá no tiene comparación, pero a veces me dan ganas de enviarlos al espacio sin pase de regreso.

 

Hyoga intentó sonreír ante tal comentario, pero no pudo. Cuando sus ojos se posaron en la sonrisa de Shun, sólo podía distinguir a Ikki besando esos labios rojos; a un hermano contra otro hermano; un acto de incesto en toda la extensión de la palabra. El chico desvió la mirada y respiró hondo. Para ser honestos, sentía unas enormes ganas de huir y alejarse de ese par de demonios lo más rápido posible. No obstante, sus músculos no le funcionaban, y menos lo harían ahora que Shun se había sentado a su lado. ¡Malditas alas de mariposa bailando de un lado a otro de su estómago! ¡Malditos aleteos y maldito sonrojo que tenía que volver a aparecer!

 

-          Escuché que papá te invitó a pasar la noche en mi habitación, pero no escuche si aceptaste.

-          Te… teóricamente – dijo Hyoga con dificultad - Él me invitó a pasar la noche en su casa, pero nunca mencionó que fuera a quedarme en tu habitación.

-          No preferirás la de mi hermano, ¿o sí? – preguntó Shun endureciendo su mirada.

-          Creo que prefiero volver a la residencia de estudiantes – sentenció el ruso poniéndose en pie – No quiero abusar de su amabilidad de ninguna forma.

-          Entonces dormirás en casa y se acabó – la voz de Ikki, determinante, le llegó a Hyoga justo al oído, como claro signo de que el moreno se encontraba tras su espalda – No hay nada más descortés que rechazar la invitación del jefe de una familia japonesa, así que si no quieres quedar a los ojos de mis padres como un extranjero mal agradecido, te quedarás, Hyoga, no tienes opción.

 

Shun, hincado frente al rubio, se puso de pie muy lentamente con su sonrisa como máximo señuelo. Hyoga no podía contra ello. Las mariposas en el estómago que un hermano le provocaba junto con la molestia en la entrepierna que el otro generaba, se habían mezclado para hacerle una mala jugada. Ahora, en verdad, se sentía derrotado. No era sólo el pretender huir de su destino… era la nula incapacidad de poder intentarlo y la plena conciencia de ello.

 

-          Buenas noches niisan – susurró el peliverde parándose de puntitas para juntar sus labios con los de su hermano sobre el hombro del ruso – Buenas noches también para ti, Hyoga.

 

Y lo que el rubio pensó que pasaría después de meses y meses de charlas entre “amigos”, sucedió tan rápido como inquietante. Shun besó sus labios con firmeza, rozando en el proceso la punta de su lengua. Fueron un par de segundos solamente. Diez, para ser exactos, pero para Hyoga representaron el principio y el fin de todo. El génesis y el apocalipsis. La vida y también la muerte. Shun se alejó de él con cuidado, no sin antes rozar con su nariz la mejilla sonrojada del muchacho. Después caminó hacia su habitación sin voltear la mirada.

 

Hyoga, por tercera vez aquella noche, se quedó atónito sin saber qué hacer o decir. Esto no tenía nada que ver con la discusión padre e hijo que había presenciado y mucho menos con el beso apasionado de los hermanos en la cocina. Esto tenía que ver con Shun y con él… con el hecho de que sus labios se habían juntado y por una única vez las mariposas, el sonrojo y la entrepierna se habían manifestado al mismo tiempo por efecto de una misma persona. Era como tocar el cielo, pero no el tiempo suficiente como para sostenerte de él y evitar caer de vuelta al vacío.

 

-          Sígueme – indicó Ikki ignorando por entero el estado de turbación del ruso – Te mostraré tu habitación.

-          Pero…

-          Tú sólo sígueme, ¿entiendes? – apuntó el moreno con el ceño fruncido – Todo te resultará más fácil si haces caso a lo que se te indica.

 

El ruso recuperó el aliento con aquellas palabras. Obedeció, pero no lo hizo porque Ikki lo dijera, sino más bien porque intentaba que sus palabras tuvieran un significado oculto. Algo como: ¡te estoy entregando a mi hermano en bandeja de plata, ruso idiota! ¡A mi hermano con el cual he compartido la máxima intimidad permitida, así que demuéstrame que en verdad eres digno de él! Pero Ikki no dijo nada parecido. De hecho, su silencio fue tal, que al llegar a la habitación prometida, muy lejana en distancia a los cuartos principales, tuvo que ser el ruso quien dijera las últimas palabras de la noche… palabras que no tenían nada que ver con lo que en verdad quería decir, pero que eran las únicas que podían ocurrírsele en ese momento.

 

-          Oye… Ikki… con respecto a tu padre - susurró con sigilo – pues… todos pasamos por momentos así con la familia… momentos donde no entiendes nada de lo que dicen y momentos donde son ellos son los que no te entienden a ti… así que… no te agobies, ¿vale? Todo estará bien.

 

El moreno se cruzó de brazos y colocó sus ardientes ojos grises en el rostro del joven, estudiando todos y cada uno de sus gestos nerviosos. El ruso, por su parte, maldijo por dentro a su entrepierna que volvía a darle problemas en el momento menos indicado. ¿Sería posible que permaneciera en paz mientras estaba con su potencial cuñado? ¿O era mucho pedir?

 

-          El hecho de que Dios no exista, no significa que Hattori Otto tenga que tomar su lugar.

 

El rubio explayó sus ojos ante semejante respuesta. Ikki sonrió de medio lado llevando el cigarrillo a sus labios.

 

-          Buenas noches Hyoga. Descansa.

 

Y se fue… así como se había ido Shun… o casi como él se había ido, porque en este caso, no hubo un beso de por medio que sincronizara el aleteo de las mariposas con la molestia de la entrepierna. Esta vez, sólo quedó la mala leche de la última.

 

-          Genial – suspiró Hyoga agobiado mientras cerraba la puerta de la habitación que le había sido proporcionada y se tumbaba sobre el lecho – Ahora tendré que deshacerme de ti.

 

Aquella noche, después de apaciguar sus ansias más básicas, Hyoga escribió una larga y emotiva carta a su madre cuya frase de inicio fue: ¡ya tengo a mis dos primeros amigos japoneses!

 

El resto del texto versó sobre la forma extraña en que los había conocido, su descripción física, así como la de sus padres y su casa. No pudo decirlo todo porque aun para la revolucionaria Natasha Vasiliev, había cosas innombrables, y una de esas sería descubrir que su único hijo varón tenía erecciones mientras pensaba en uno de sus nuevos amigos. ¡Oh sí! ¡Qué bonita forma de mentirse a sí mismo! Pretender disminuir la dimensión del problema repitiéndose una y otra vez que sólo Shun lo excitaba. La realidad, aquella que vería a la mañana siguiente apenas abriera los ojos, le demostraría que sin darse cuenta, se enamoró de los dos hermanos Hattori con la misma facilidad con la que había firmado su hoja de inscripción a la facultad. ¡Y eso sí era un argumento de película!

 

 


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3. El inicio del juego

 

Hyoga ya sabía de primera mano que la curiosidad había matado al gato, pero esta vez no fue curiosidad lo que lo llevó a despertarse en plena madrugada para buscar, como desesperado, el baño. Esta vez fue la inevitable necesidad de orinar… una necesidad que llevó a otra más peligrosa, porque uno puede tener ganas de mear, hacerlo y regresar en paz a la tranquilidad de tu dormitorio… o puedes tener un poco más de osadía y tentar a tu destino espiando en la habitación contigua, donde de antemano sabes lo que vas a encontrar. Lo segundo fue lo que hizo Hyoga y la imagen que presenció le revolvió aun más las ideas, si es que eso era posible: Shun no sólo se besaba con Ikki… ¡también lo hacía con él!

 

No, no los encontró en pleno coito gimiendo frases obscenas mientras sus cuerpos, sudorosos se entregaban por entero al frenesí del sexo. Eso no pasó, aunque seguramente al él le habría encantado verlo. Pero, para su mala suerte, lo único que fue capaz de admirar fue la forma en que ambos hermanos yacían abrazados sobre la cama, desnudos y presa del más plácido de los sueños. Nada más.

 

Hyoga volvió a su habitación con las mariposas volando en desbandada alrededor de su estómago mientras su entrepierna se mostraba más despierta que nunca. Ahora era muy complicado reconocer cuál de ellos había sido el causante de cada reacción. Puede que los dos lo fueran o puede que su imaginación, aquella que dibujaba escenas eróticas en su mente, fuera la única culpable de su estado. Lo cierto es que Hyoga apenas pudo dormir pensando en la forma en que lo harían un par de chicos. ¿Sería parecido al sexo heterosexual que mostraban los libros de ciencias? No, no podía ser igual, debía ser algo mucho más enfermizo, de otra forma, Marc-Antoine Muret jamás habría sido perseguido por toda Francia por el pecado de sodomía. Entonces… ¿cómo sería? ¿Quién llevaría la voz cantante? ¿A Shun le gustaría hacerlo o se vería forzado porque su hermano lo deseaba? ¿Y si era al revés? ¿Y si era Shun el que buscaba a Ikki que no podía hacer otra cosa que aceptarlo y dejarse hacer? Pero… ¿hacer qué en concreto? ¿Cómo demonios podían llegar al coito dos chicos al mismo tiempo?

 

-          Buenos días – Hyoga sintió que una lengua se movía a través de su párpado derecho.

-          ¿Qué… qué fue eso? – preguntó el chico abriendo con dificultad sus ojos.

-          Estoy removiendo el sueño de tu mirada – respondió Shun que estaba, literalmente, tendido sobre el ruso – Ikki me deja hacérselo todas las mañanas y lo disfruta mucho.

 

Hyoga, más rápido que un resorte, entendió el doble sentido de las palabras del peliverde y se sentó sobre la cama, buscando, en la medida de lo posible, tapar su cuerpo con la incipiente sábana. Shun, como un gatito regañado, gateo hacia atrás apartándose de él.

 

-          Es hora de levantarse Hyoga – dijo tomando con ambas manos el otro extremo de la sábana - ¡Vamos! ¡Arriba, arriba, arriba!

-          ¡Ey tranquilo! – exclamó el rubio evitando, a toda costa, que la única prenda que lo cubría fuera removida – No estoy vestido Shun.

-          ¿Y eso qué? – refunfuñó el chico cruzándose de brazos - ¿Acaso ocultas bajo las sábanas algo que yo no tenga o que no haya visto antes?

-          Pues no… pero…

-          Da igual, tampoco es que me muera por verte desnudo.

 

El peliverde se puso en pie, y sin decir más, comenzó a recorrer, de lado a lado, todos los rincones de la habitación, palpando cada mueble que se encontraba a su paso. Lo hacía de forma sutil, como si quisiera grabar en su memoria la textura y el olor de cada objeto que encontraba. Al final, se detuvo frente a un pequeño espejo por el cual se asomó ligeramente, dejando al descubierto la suave línea de su perfil.

 

-          ¿Qué haces? – preguntó Hyoga mirando fijamente la actitud del chico.

-          Estoy memorizando este cuarto – respondió él con un énfasis profundo – En el futuro… en mi memoria

-          Viviré mucho en este cuarto – agregó Hyoga sonriendo – Queen Christina – susurró - La escena en que Garbo recorre la habitación donde pasó la noche con Gilbert.

-          ¡Bravo! – exclamó Shun por demás emocionado – ¡Sabía que adivinarías! – sonrió dando un saltito – Ahora, Ikki y yo te esperamos en dos minutos en el cuarto de baño al final del corredor. Tendremos una sesión de aseo para tres… y si no llegas pronto… ¡vendremos por ti!

 

Shun se marchó con la naturalidad de un conejo saltando por la pradera. Por el contrario, la sonrisa dulce que se había formado en el rostro de Hyoga cuando el peliverde aplaudió su sapiencia sobre cine, desapareció de su rostro con la mención de las palabras “sesión de baño para tres”. El chico espió bajo la sábana descubriendo a la maldita entrepierna nuevamente en alto. Sintió ganas de morir. ¿Es que acaso las hormonas no daban tregua?

 

El joven suspiró agobiado y se puso en pie para mirar a través de la ventana al cuarto que Shun le había indicado previamente. Debido a que la estructura de la casa era rectangular, podían verse el interior de las habitaciones opuestas aun cuando estas estaban muy alejadas unas de otras. De tal forma que el baño en cuestión, concretamente, quedaba justo frente a su ventana, a través de la cual, pudo admirar cómo Ikki, con su maravilloso cuerpo desnudo, lavaba su rostro frente al lavabo mientras Shun se despojaba de su camiseta y pantalón, quedando ataviado por apenas unos diminutos calzoncillos. ¡Carajo! ¡Esos dos estaban rayando el límite de su resistencia! El chico movió la cabeza dispuesto a obviar lo sucedido y a emprender la graciosa huída lo antes posible. ¿Sesión de aseo para tres? ¡Tenían que estar locos!

 

No obstante, y pese a que tenía unas ganas locas de desaparecer, su grado de cortesía le impedía huir de la casa sin decir nada. Tendría que al menos despedirse y dar una buena excusa para su virtual fuga. Algo como que su amigo imaginario requería verlo con urgencia o que su gato muerto necesitaba ser alimentado. Ok, ninguna de esas excusas podrían funcionar aun cuando las dijera con toda la seriedad del mundo… pero tenía que escapar. No le quedaba opción. Era eso o acostumbrarse a tener erecciones espontáneas por el resto de sus días.

 

-          Eh… ¿puedo pasar? – preguntó el rubio tocando a la puerta del baño una vez que estuvo vestido de la cabeza a los pies.

-          Adelante.

 

La voz ronca de Ikki lo dejó perplejo. A ciencia cierta no quería entrar allí. Lo único que deseaba era decirles que tenía que irse pero que les agradecía con el alma todas y cada una de sus atenciones. No obstante, dado que no pudo hacerlo, ahora tenía que enfrentar lo inevitable: mirarlos a ambos como Dios los trajo al mundo. Hyoga tembló de anticipación y entró en el cuarto del baño intentando no mirar de más. Ikki continuaba frente al lavabo pero ahora cepillando sus dientes, mientras Shun, de pie dentro de la tina, chapoteaba aun con el calzoncillo puesto.

 

-          ¿Acaso crees que nuestro baño es una especie de templo?– preguntó el moreno mirando de reojo la pinta del ruso.

-          Eh… no – dijo este de inmediato – Es sólo que… pues… me bañé ayer antes de venir a su casa y no es sano hacerlo nuevamente antes de que se cumplan las doce horas completas.

-          ¿De verdad? – susurró Ikki interesado – Pues te agradeceré que se lo digas a mi madre en cuanto la veas, a ver si así deja de joderme con eso de los baños matinales.

 

Shun liberó una risita suave que provocó que Hyoga se sintiera relajado. La verdad, es que ninguno de ellos lo estaba esperando para lanzarse sobre su yugular. De hecho, ambos parecían estar concentrados en su aseo con el fin de alistarse para ir al colegio como todo chico haría en un típico viernes.

 

Hyoga se sintió estúpido. ¿En qué parte de su loca imaginación pensó que ellos podrían estar interesados en él? ¿Acaso no era obvio que estaban bastante enrollados el uno con el otro como para necesitar de un tercero?

 

-          ¿Dormiste bien? – preguntó Ikki con tono de cortesía.

-          Sí… bastante – respondió Hyoga aún nervioso.

-          ¿Quieres que te preste mi cepillo de dientes? Supongo que no traes el tuyo.

-          Ah… no… no lo traigo… ¡pero no necesito usar el tuyo! – se aventuró a afirmar – De hecho… pues… puedo usar mi dedo índice.

-          Como quieras.

 

Ikki continuó cepillando su perfecta dentadura mientras Hyoga colocaba algo de pasta de dientes sobre su dedo. Se sentía idiota haciendo eso, pero prefería mil veces parecer retrasado que compartir algo tan íntimo como un cepillo de dientes con Ikki. Seguro que no tenía ninguna enfermedad contagiosa ni nada por estilo… pero… ¡mejor no corroborarlo! Hyoga introdujo su dedo dentro de su boca y empezó a “cepillar” intentando concentrarse en la nada. No lo consiguió, y para cuando fue consciente de su realidad, Shun ya estaba colgado de su cuello.

 

-          Tienes los labios más hermosos que he visto en mi vida, Hyoga – susurró el peliverde mirando fijamente al espejo, por el cual tanto su niisan, como el rubio, podían verlo fijamente – ¿Puedo tocarlos?

-          ¿Quieres… tocar mis labios? – tartamudeó el ruso aun con el dentífrico inundando su boca.

 

Pero Shun no esperó a que el rubio le diera una respuesta afirmativa. El peliverde llevó su dedo índice hasta sus labios y comenzó a repasar el pliego inferior de un lado a otro para después subir al superior.

 

-          ¡Por Buda! – exclamó anonadado el chico – Son tan rojos… y maduros… y deliciosos y brutales… ¡joder! Se verían geniales con lipstick.

-          ¡Me voy! – exclamó Hyoga alejándose de Shun.

-          ¡Oh vamos! No quiero transformarte en una chica, aunque tampoco te sentaría mal el look. De hecho, si fueras mujer, serías muy sexy. ¿Lo has pensado Hyoga?

-          ¿Quieres dejar de molestarlo, mocoso? – inquirió Ikki caminando hasta la ducha mostrando, en el trayecto, su trasero en todo su esplendor – Ignóralo, Hyoga. Está loco. Hasta el aire que respira le sienta como una calada de opio.

-           No… no pasa nada… yo… yo es que en verdad tengo que irme.

-          ¿Por qué? – preguntó el moreno abriendo la llave de la tina – Con mis padres fuera de la ciudad, sería bueno que te quedaras con nosotros en casa, así tú no pagas hospedaje y nosotros tenemos compañía.

-          No quiero que se molesten – se aventuró a decir el muchacho intentando no mirar la forma en que Ikki acariciaba con el jabón la apéndice que colgaba entre sus piernas – Además… ¡seamos realistas! Tenemos apenas un día de conocernos. Somos prácticamente un grupo de desconocidos. No creo que sus padres estén contentos de saber que tendrán en casa a alguien tan… ¡tan nuevo como yo!

-          A mis padres les encanta la novedad – sonrío Ikki enjabonando el resto de su cuerpo como si fuera la cosa más natural del mundo, aunque de hecho, sí lo era – Y tú en particular, los has flechado. Creo que los dos se han enamorado de ti.

-          No digas eso – rogó el ruso.

-          Digo la verdad y listo – sonrió Ikki con descaro – Y si somos tan extraños como dices, no hay mejor manera de conocernos que dormir juntos, ¿no te parece?

-          Insisto en que no es una buena idea.

-          Y yo insisto en que después de clases pasaré por ti a la residencia para ayudarte a mudar todas tus cosas. ¿Estamos?

 

Hay momentos en que por más que sientas la necesidad de decir “no”, terminas diciendo un fatal “sí”. La mayoría de las veces lo haces por educación, por compromiso ó por ambas razones a la vez, pero Hyoga sabía que en su caso esas causas estaban muy alejadas de la realidad. Él sabía que si abandonaba esa casa, los hermanos Hattori desaparecerían de su vida de la misma forma fugaz en que habían aparecido. No estaba listo para perderlos, aunque tampoco estaba seguro de estar cien por ciento listo para tenerlos.

 

-          ¿Tú qué piensas de esto? – preguntó Hyoga al ver a Shun parado frente al espejo, admirando su perfecta imagen - ¿También quieres que me quede?

 

El peliverde sonrió de oreja a oreja con ese gesto inocente que lo caracterizaba. Removió su pelo de su frente con ambas manos para después voltear a mirar a Hyoga.

 

-          De hecho, la idea de invitarte a casa por una temporada fue mía – confesó con un gesto divertido - Ikki sólo le da vida a mis pensamientos, Hyoga. Tenlo muy presente.

 

Shun se despojó de sus calzoncillos para dejar al descubierto sus suaves y redondeados glúteos. Hyoga cerró los ojos y salió del baño antes de que el cuerpo se le agarrotara por completo. Recargado sobre la puerta cerrada, apenas y podía ser capaz de coordinar su respiración con sus ideas.

 

-          Todo estará bien – musitó con cuidado – No… no pasará nada malo. Tú… y ellos… ¡no!… todo estará bien.

-          ¿Te ocurre algo Hyoga? – dijo Shun desde el otro lado de la puerta.

-          ¡Nada! – respondió el ruso con un hilo de voz – Yo… yo ahora mismo iré a la residencia a recoger mis cosas. Estaré listo por la tarde. Nos vemos.

 

El ruso salió disparado de la mansión de los Hattori con el corazón hecho pedazos. Lo extraño es que no sentía angustia por ello, sino más bien un endulzante miedo que se incrementaba con cada nueva erección y con cada recién sonrojo producido por las mariposas.

 

-          Pero el juego ha comenzado – dijo entrando en la habitación del hotel – Y ya no puedo echarme para atrás.

 

Hyoga escupió sobre su mano y se dispuso a apaciguar la ansiedad de su maldito miembro. La carta que esa tarde escribió para su madre fue más escueta de lo normal. La verdad es que no podía contarle mucho, salvo que a partir de ese momento viviría con Ikki y Shun en la misma casa.

 

No tenía ni idea de que el argumento de su película comenzaba a ponerse interesante.

 


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4. ¡De los nuestros!

 

 

Cuando Hyoga se mudó a la casa de los hermanos Hattori pensó que las erecciones y los sonrojos estarían a la orden del día. No obstante, después de la primera semana, sólo cerveza, comida chatarra, cine y un exceso de camaradería habían inundado cada segundo de su existencia. ¡Estaba feliz! Mucho más feliz que nunca, y en buena medida era porque por primera vez desde que había llegado a Japón, compartía con alguien la misma emoción por el celuloide. No era sólo que sus amigos y él amaran el cine. ¡Es que lo vivían como si fuera real! Era raro encontrar personas que se apasionaran tanto por algo hasta cierto punto irreal, pero allí estaban Shun e Ikki, a su lado, uno leyendo una revista con los estrenos más esperados del año, mientras el otro lo encaraba con esa egolatría que se estaba volviendo agradable para el ruso, por no decir, necesaria.

 

-          ¡No puedes hablar en serio! – declaró el moreno con el ceño fruncido hasta un límite doloroso - ¡No puedes decir que Keaton es más cómico que Chaplin!

 

Hyoga dejó de lado la carta que escribía para su madre. No sabía cuántas veces Ikki y él habían discutido sobre lo mismo, pero la verdad, no se cansaba. Había algo en su estira y afloja que hacía que cada vez surgiera un nuevo matiz de la misma y gastada discusión.

 

-          Chaplin es el ególatra por excelencia – apuntó el ruso – Nadie que deseé tanto aparecer en pantalla puede ser considerado un buen director.

-          ¿Y te parece que ese “cara de palo” transmite algo más que imperturbabilidad? – debatió el moreno - ¿Te parece que ver la vida pasar sin un gramo de emotividad resulta conmovedor?

-          Puede que Chaplin fuera mejor que Keaton en un plano emocional, pero como directores, hay un mar de distancia entre ellos – rebatió el rubio - Keaton hacía brillar todo lo que filmaba. Chaplin sólo dejaba que la cámara brillara cuando él estaba frente a ella.

-          No puedes decir una cosa semejante – negó el moreno apretando los puños – No puedes ser tan tajante cuando es obvio que Chaplin sabía la forma exacta de arrancarnos una carcajada o una lágrima con tan solo un segundo de diferencia.

-          Dime una película donde él no sea el único y genuino protagonista – lo retó el rubio – A ver, vamos, dime algo donde no sea él quien robe por entero la atención.

-          ¡City lights! – respondió sin dudar Ikki – Es el ejemplo perfecto de cómo lograr que algo se vuelva conmovedor sin pasar ni un momento por el tramo cursi.

-          En City ligths él sigue siendo el protagonista, Ikki.

-          En City ligths, Virginia Cherrill es la única y auténtica protagonista – señaló el moreno - ¿Recuerdas la última escena? ¿Aquella donde ella se encuentra con él?

 

Hyoga asintió. El moreno se acercó al ruso sonriendo emocionado. Respiró hondo y cerró los ojos para, segundos después, volver a abrirlos con una expresión ensoñadora. El rubio, con esa simple acción, se sintió transportado a aquella realidad en “blanco y negro” donde una joven florista dedicaba toda su atención a la faz del eterno vagabundo. Casi podía comprender el punto de vista de Ikki.

 

-          En esa escena podemos ver a Chaplin desde un enfoque que no es el de la cámara – susurró el moreno - ¡Ella era ciega, Hyoga! Pero al ver por primera vez al vagabundo es como si todos, al igual que ella, lo reconociéramos. Como si todos hubiéramos sido ciegos durante todo el filme y justo al final, recuperáramos la visión para ser capaces de tocar el alma de Chaplin. ¡Joder! ¡Es brutal, Hyoga! Y si eso no te demuestra que Chaplin es mejor director que Keaton, significa que no tienes huevos bajo los pantalones.

 

Shun liberó una suave risita mientras colocaba, por vigésima vez aquella tarde, Cry baby de Janis Joplin. Ikki cerró los ojos fastidiado con los primeros gritos de la cantante. Volteó a ver a su hermano con mirada precautoria.

 

-          Shun, quita ese maldito disco de una puta vez.

-          Me gusta Janis – susurró el chiquillo enseñándole la lengua – Y voy a escuchar a Janis.

-          Te dije que lo quitaras – repitió el moreno poniéndose en pie.

-          Y yo te dije que a mí me gusta y no pienso quitarlo.

-          ¡Que lo quites, carajo! – gritó el moreno caminando hasta su hermano.

-          ¡No, no y no! – rebatió él lanzándose a la protección del acetato que corría el riesgo de morir en manos de su niisan.

-          Te vas a arrepentir de esto, mocoso – vociferó Ikki tomando a Shun por la cintura para tumbarlo sobre el suelo y comenzar a forcejear con él.

-          ¡Rápido Hyoga! – gritó Shun - ¿Cuál película?

-          ¿Qué? – preguntó el rubio levantándose de su asiento de un brinco.

-          ¿En qué película alguien baila tap en plena madrugada volviendo loco a su vecino de abajo?

 

Los forcejeos entre Ikki y Shun eran cada vez más violentos, lo que provocó que la mente de Hyoga trabajara más rápido de lo normal. Una persona bailando tap mientras otra reaccionaba molesta en consecuencia.

 

-          ¡Top Hat! – exclamó el ruso sin dudar – En Top Hat, Fred Astaire baila justo en el piso superior del cuarto de Ginger Rogers, quien terriblemente molesta, se despierta.

 

Ikki se alejó de Shun. El pequeño sonrió de oreja a oreja.

 

-          Es bueno – susurró el moreno.

-          ¡Te dije que lo era! – musitó el pequeño emocionado – Y quizás sea más que bueno – auguró – ¡Quizás él sea la persona que tanto hemos esperado para el trío!

 

El moreno sonrió. Shun lo abrazó por la cintura posando sus brillantes gemas verdes sobre el tembloroso cuerpo de Hyoga.

 

-          ¿Estás pensando lo mismo que yo, niisan?

-          Creo que sí, otouto – se relamió los labios el moreno – Bande à part.

 

Hyoga, que hasta ese momento se había sentido seguro en compañía de los hermanos Hattori, esta vez no pudo evitar estremecerse de mera impotencia. ¿Qué demonios tenía en mente ese par de chicos extraños? ¿Por qué hablaban de un trío y lo inmiscuían en una de las películas más míticas de Godard?

 

-          ¿Viste Bande à part, Hyoga? – preguntó Shun impaciente.

-          ¡Por supuesto que la vi! – respondió el chico como si la sola pregunta resultara un insulto.

-          Entonces recuerdas la parte donde Franz, Odile y Arthur corren a través del Louvre en tan solo 9 minutos y 45 segundos.

-          ¡Memorable! – exclamó el ruso – ¡Imposible obviar esa escena y la del baile!

-          Pues Ikki y yo estábamos esperando a alguien para intentar algo parecido en el Tokyo National Museum.

-          ¿Qué dicen? – cuestionó anonadado el muchacho - ¿Están hablando en serio?

-          El National Museum es casi tan grande como el Louvre – aseguró Ikki – De batir el record aquí, es seguro que podríamos tomar un vuelo a París e intentarlo allá. ¡Es la puerta de entrada al verdadero reto!

-          Pero… - dudó el ruso.

-          ¿Pero qué? – preguntó desesperado Shun - ¿Acaso no quieres hacerlo?

-          No es que no quiera – sentenció el rubio – Es sólo que… ¡Dios! Yo no puedo correr con ustedes en el Tokyo National Museum así como así.

-          ¿Por qué no? – insistió en saber el peliverde.

-          Soy extranjero, ¿recuerdan? Si la policía me atrapa, me deportan y adiós universidad.

-          ¡Oh vamos, Hyoga-kun! – musitó Shun caminando hasta él – Nadie te deportará porque nadie podrá atraparte.

-          ¿Cómo puedes estar tan seguro de eso? – cuestionó el rubio mordaz.

-          ¿En Bande à part atraparon a alguien?

-          Es una película Shun.

-          Es tu reto, Hyoga – refutó el chico con extrema seriedad - ¿Lo tomas o lo dejas?

-          Yo creo que…

-          Ikki ve por el cronómetro de papá.

 

Hyoga se quedó de piedra al ver como el hermano mayor, siempre fuerte e inquebrantable, obedecía como un manso corderito las órdenes del ¿dulce? Shun. La verdad es que justo en aquel momento el ruso recordó las palabras que Hattori Otto le dijera durante la cena: Shun sabe exactamente qué decir para dejarte devastado. Y tenía razón. Había algo en la mirada  del pequeño y en sus delicados movimientos, que te hacía sentir miserable si no cumplías todos y cada uno de sus caprichos. ¡El poder de la belleza! Eso era lo que Shun exudaba a raudales y lo que Hyoga no podía ignorar por más que lo intentaba.

 

-          ¿Me vas a romper el corazón o vas a hacer que me enamore más de ti, ruso?

-          Shun…

-          No Hyoga – negó el chico depositando su dedo índice sobre sus labios – Este es tu examen de admisión en mi vida. O lo pasas con honores o lo repruebas estrepitosamente. Tú eliges. ¡Ah!... pero eso sí, ten cuidado con lo que decides, porque de eso depende que alguna vez tú y yo podamos darnos más que un beso.

-          ¿Listos?

 

Ikki, con cronómetro en mano, se recargó sobre la puerta observando fijamente a los dos muchachos. Shun asintió y Hyoga se dejó arrastrar hasta el más antiguo y prestigioso museo de Japón.

 

Era una locura… ¡una tremenda, llana y estúpida locura! Lo atraparían, lo deportarían y una vez que regresara a su país sería enrolado en la milicia sin ningún pretexto válido para evitarlo. Así acabarían los años de esfuerzo y trabajo de su madre. ¡En nada! ¡Y todo por batir el record de una película de Godard!

 

-          En sus marcas, listos… ¡fuera!

 

Corrió. De la mano de Ikki y Shun y a toda velocidad, Hyoga corrió por los salones del impresionante reciento realizando el tour de su vida. Un tour que involucraba adrenalina, emoción y la inquietante complicidad que sólo se podía dar entre verdaderos amigos. De la mente del ruso desapareció toda preocupación al ver que los guardias estaban tan absortos con su osadía que ninguno era capaz de bloquearles el paso o alcanzarlos. Ese día se sintió libre. Como si en verdad tuviera alas y fuera gracias a ellas que se desplazaba de la sala Honkan hasta la Hyokeikan. ¡Vibrante! Y cuando por fin consiguieron salir del museo, Ikki apretó el botón de “stop” del cronómetro y los miró hinchado de orgullo.

 

-          ¡Nueve minutos y veintiocho segundos! – anunció - ¡Batimos el record por 17 segundos!

 

Shun se lanzó a los brazos de Ikki para abrazarlo, para después, hacer lo mismo con Hyoga pero incluyendo un profundo beso en sus labios.

 

-          ¡Mi hermoso Hyoga! – exclamó el peliverde con la voz entrecortada por la pasión - ¡Te aceptamos!

-          ¡De los nuestros! – agregó Ikki al oído del ruso que no supo definir en qué momento los brazos de Shun dejaron de aferrarse a su cintura para que fueran los de Ikki los que tomaran su lugar.

 

El ruso sonrió completamente turbado mientras su rostro descansaba sobre el pecho del moreno. No tardó mucho en sentir que las manos delgadas que tanto adoraba ayudaban a cerrar aquel círculo de protección en el que de pronto se encontraba inmerso.

 

Ikki y Shun lo abrazaban.

 

Ikki y Shun lo dejaban entrar en su mundo.

 

-          ¡Te aceptamos! – canturreó Shun nuevamente.

-          ¡De los nuestros! – repitió Ikki.

-          De los nuestros - musitó el rubio caminando a través de la lluvia con Ikki y Shun Hattori, uno a cada lado de su cuerpo.

 

De más está decir que Hyoga siempre pensó que la película “Freaks” de Tod Browning era sencillamente aterradora. No por la trama que manejaba, sino por mostrar de manera brutal seres humanos, que por sus deformidades, eran lo más parecido a un monstruo.

 

Cuando la trapecista avariciosa consiguió casarse con el enano, todos esos fenómenos se reunieron con ella a la mesa y repitieron las mismas frases que Shun e Ikki no dejaban de cantar en su oído: ¡Te aceptamos! ¡De los nuestros!

 

Hyoga no tenía idea de lo trágica que sería su vida a partir de ese momento. Justo como la trapecista que perdió todo sin tener nada. Eso mismo le pasaría a él. Entrar en el mundo de personas excéntricas nunca será catalogado como saludable, menos si la película tiene como escenario la vida real, en ese caso, puede resultar suicida.

 


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5. Penitencia

 

 

Al llegar a la mansión Hattori, empapados de pies a cabeza, Ikki, Shun y Hyoga no tenían en mente otra cosa que no fuera su gran logro de la tarde: ¡el record de Bande à part superado por 17 segundos!

 

-          ¡Somos la leche! – sentenció el moreno mientras se quitaba la camisa y la tiraba cerca de su cama – Lo de París lo haremos apenas lleguen las vacaciones. ¡Será mejor que lo de hoy!

 

Shun asintió y estaba a punto de quitarse su propia ropa cuando el teléfono sobre el escritorio de su hermano comenzó a sonar.

 

-          ¡Mierda, no! – exclamó el peliverde con un puchero - Son ellos que osan destruir mi felicidad. ¡Malvados! ¡Tiranos! ¡No puedo tolerarlo! Estoy demasiado mojado para lidiar con su complejo sobre protector.

 

El peliverde salió de la habitación en un rictus de dolor sobreactuado mientras su hermano caminaba rumbo al teléfono a una velocidad bastante cercana a la de una tortuga de las Galápagos.

 

-          ¿No piensas contestar? – preguntó Hyoga que parecía aun más empapado que los dos Hattori juntos.

-          A los padres debería juzgárseles por sus pecados – sentenció el peliazul torciendo su sonrisa – A los padres, rubio, debería condenárseles a una estadía larga y dolorosa en el campo para realizar trabajos forzosos y reeducarles según los estándares progresistas de la nueva civilización.

-          Bueno – sonrió Hyoga con timidez – Ellos, de hecho, ya están en el campo ahora, ¿no?

-          Nagano no cuenta, rubio – le guiñó un ojo Ikki tomando el auricular entre sus manos - ¿Hola? – dijo con acento inocente - ¡Oops! – exclamó – Parece que colgaron. Mala suerte.

 

Hyoga rió con ganas mientras Ikki abría la cremallera de su pantalón. El ruso se puso en guardia y sólo alcanzó a hacer lo más coherente en aquel momento: voltear.

 

-          ¿Qué te pasa? – preguntó el peliazul extrañado.

-          ¿A mí? – repitió el rubio nervioso - ¡Nada! ¿Qué habría de pasarme?

-          Pues no sé – sentenció el moreno sonriendo – Estas más mojado que una virgen en su primera cita y ni siquiera has hecho el mínimo intento por cambiarte.

-          Bueno… tal vez sea que yo… que yo debo ir a mi habitación a buscar algo de ropa.

-          No te apures – negó el moreno abriendo su armario – Ponte esto. Seguro que te queda bien.

 

Sobre la cabeza de Hyoga cayó una especie de bata oriental de seda blanca de una calidad, a todas luces, incalculable. Olía bien y se sentía aun mejor. El chico miró de reojo a su amigo.

 

-          Gracias Ikki.

-          No hay de qué - dijo el otro sacándose los calzoncillos mojados para colocarse unos secos en su lugar – Voy por un poco de agua. ¿Quieres un vaso?

-          ¡Por favor! – rogó el ruso con gesto agradecido.

-          Vale, pues no tardo.

 

Ikki salió de la habitación y Hyoga tuvo oportunidad para desvestirse y cubrirse con la bata. La verdad es que le quedaba un poco pequeña, pero no se sentía con la calidad moral como para rechazar un gesto tan educado por parte del peliazul. Además, ¿por qué demonios se ponía tan nervioso? Ellos eran tan chicos como él. No era que se tuviera que quitar la ropa frente a su linda vecina Irina o a su compañera de escuela, Fleur. ¡Eso sí que le daría vergüenza! ¿Pero con Ikki y Shun?

 

-          Bueno… tengo que admitir que Shun me pone mucho – susurró el rubio tumbándose sobre la cama – Él es tan especial que me dan ganas de… - el chico giró sobre el colchón para toparse, de frente, con dos fotos que mágicamente aparecieron sobre el lecho.

 

Las tomó entre sus manos sin atreverse a mirarlas en primera instancia… pero…

 

¡Joder! ¡Otra vez la bendita curiosidad dominando sus sentidos! Otra vez dejándose guiar por esa egoísta vocecita que le invitaba a observar a detalle las dos gráficas que Ikki guardaba celosamente bajo su almohada.

 

El rubio estiró las manos y suspiró. Nadie tenía porque enterarse que él había hecho tal descubrimiento. Era sólo verlas y regresarlas a su sitio. Nada malo pasaría porque nadie jamás se enteraría de que las había tomado. El chico colocó las gráficas frente a sus ojos y aguantó la respiración. La primera era muy normal: Ikki junto a una chica rubia posando en los prados del Chinzan-so. La otra, no obstante, era impactante: Shun desnudo, en la bañera, retirando el exceso de jabón de su pelo mientras el agua caía impetuosa sobre su espalda hasta desaparecer en la tentadora línea entre sus glúteos.

 

-          ¡Pam, pam, pa pa pam!

 

Aquellos cánticos hicieron que Hyoga se levantara de la cama de golpe y dejara la primera foto en su lugar mientras guardaba la de Shun en la única parte “seca” que tenía: sus calzoncillos. Ok, no era una buena idea, pero ese pequeño vistazo no le había bastado para saciarse. Quería disfrutar de aquella perfecta visión hasta hartarse, para luego, devolverla a su lugar. No tendría que pasar nada malo por ello, ¿o sí?

 

Los hermanos Hattori, uno tras otro, aparecieron de pronto en el umbral de la habitación. Ikki venía con cara de pocos amigos mientras Shun parecía disfrazado con un atuendo que bien podría recordar a un payaso, sobre todo por el plumero que llevaba en sus manos a manera de cetro.

 

-          Tu agua – le dijo Ikki al ruso entregándole el vaso.

-          Gra… gracias – susurró este tomándose todo el contenido para después sentarse sobre la alfombra.

 

Shun, por su parte, entró del todo a la habitación, se colocó al centro de la misma y con plumero en mano comenzó a danzar sobre la alfombra con movimientos de cadera adelante y atrás.

 

-          ¡Pam, pam, pa pa pam! – canturreó de nuevo - ¿Qué peli es?

 

Sus ojos se posaron en Ikki, quien con cara de hastío, se tiró sobre la cama.

 

-          ¿Me preguntas a mí? – dijo el peliazul fingiendo somnolencia.

-          ¿A quién más sino?

-          Podría ser al rubio.

-          El rubio seguro sabe en qué peli un grupo de coristas bailan en línea mientras la cantante principal aparece frente a ellas ataviada en pieles.

-          ¿Pieles dijiste? – repitió Ikki cruzándose de brazos - ¿Estás seguro de que yo vi esa película?

-          La vimos juntos, niisan – confirmó Shun.

-          Pues no me suena ni un poquito – sentenció el peliazul - ¡Dame una pista!

-          ¡Por supuesto que no! – exclamó el chico ofendido.

-          ¡Oh vamos, otouto! Sólo el nombre del director.

-          ¡No! – negó Shun tajante.

-          ¡El número de palabras que tiene su título!

-          ¡Que no! – gritó el chiquillo.

-          ¡La primera letra de la primera palabra!

-          ¡Por Buda! – exclamó Shun sentándose al lado del ruso - ¡Eres patético Ikki! ¿Verdad que lo es, Hyoga?

 

El ruso se encogió de hombros pero no pudo evitar lanzar una risita. La verdad, es que él sí sabía a qué peli se refería Shun. ¡Era muy fácil adivinarlo! Pero tampoco pretendía alardear frente a Ikki. Estaba seguro que con un poco más de actuación por parte del muchacho, el peliazul daría con ella enseguida.

 

-          Un dato ruso – le dijo Ikki al rubio – Sólo necesito eso para darle a este mocoso una patada en el culo.

-          ¡No te atrevas a decirle nada, Hyoga! – amenazó Shun tomando al chico por el cuello de la bata – Si hablas, estás muerto.

-          No seas tan dramático, otouto.

-          ¡Y tú no seas tramposo! – acusó el niño– Dime la peli o ríndete ante mí, niisan.

 

Ikki puso los ojos en blanco y luego bostezó. Su actitud ante Shun, según el punto de vista de Hyoga, a veces rayaba en lo indiferente. Como si le aburriera su forma infantil de ser o como si quisiera provocarlo para que estallara. La verdad es que el ruso se confundía por la forma errática en que se manejaba Ikki. A veces tan amoroso con Shun que endulzaba y otras tan evasivo que dolía.

 

-          Ok – dijo el moreno cruzándose de brazos – Me rindo. No lo sé. ¿Cuál es la mentada peli?

-          Blonde Venus – pronunció el pequeño triunfal – Marlene Dietrich, 1932.

 

Hyoga asintió como si al hacerlo le estuviera otorgando el triunfo al menor de los Hattori. Este sonrió de oreja a oreja, y por primera vez, dijo la palabra que el rubio, más tarde, interpretaría como el horror transformado en pasión.

 

-          Penitencia – musitó Shun gateando hacia su hermano – Vas a tener que cumplir una penitencia, niisan.

-          ¿Y qué demonios se supone que haré? – cuestionó él mordaz - ¿Salir en cueros a la calle gritando que eres el rey del mundo?

-          Eso no estaría mal – sonrió el peliverde con lascivia – Pero no… no le daré a los vecinos el privilegio de verte en pelotas. Mejor, voy a darle a Hyoga la oportunidad de apreciar como practicas tu deporte favorito.

 

Ikki se puso muy serio, lo cual, no le agradó ni un poco al ruso, que pese a que estaba sentado y no tenía porque levantarse, lo hizo en señal de precaución. ¿Qué terrible maldad estaba cruzándose por el cerebro de Shun? ¿A qué demonios se refería al decir que su niisan practicaría frente a él su deporte favorito?

 

-          ¿Por qué pones esa cara, Ikki? – inquirió el pequeño con mohín inocente - ¿Acaso no quieres que Hyoga te vea?

-          No sé de qué hablas.

-          ¡Oh claro que lo sabes! – exclamó el peliverde abrazándose a las piernas del ruso - ¿Sabes Hyoga-kun? Mi hermano, a veces, suele hacer cosas muy sucias cuando está solo. Es algo que no puede evitar porque es hombre y como hombre, todos tenemos nuestro buen grado de perversión… pero… ¿involucrar a tu compañera de facultad? ¡Eso es grotesco, Ikki!

-          ¡Cállate! – ordenó el moreno poniéndose en pie.

-          Quiero que saques la foto de la puta de Esmeralda y te masturbes frente a ella como lo hacías la otra vez – ordenó Shun sin el menor reparo – Quiero que pongas su maldita foto sobre el lecho, que te bajes los pantalones y te la jales frente a nosotros con la misma devoción con que lo hacías cuando pensabas que nadie te observaba.

 

En la vida hay de juegos a juegos. Unos pueden ser divertidos, pero peligrosos. Otros pueden ser inofensivos, pero castrantes. No obstante, hay algunos jueguitos en particular, que rayan en lo inhumano. Ese tipo de juegos, para desgracia de Hyoga, eran los favoritos de Shun… un Shun que a cada segundo mostraba que era tan letal, como hermoso. ¿Cómo alguien con una cara tan linda podía llegar a tener una mente tan retorcida? ¿Cómo podía pedirle semejante cosa a su hermano y someterlo a tal grado de humillación?

 


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Ikki, sin pensarlo dos veces, se acercó a la almohada de su cama y la levantó. Por un momento se quedó inmóvil, como buscando por el lecho el rastro de algo que faltaba en sus dominios. Sus ojos gris tormenta tropezaron con los de Hyoga. El rubio se sonrojó y no pudo más que desviar la mirada. ¡Mal hecho! Esa era la prueba contundente de que aquello que le faltaba a Ikki estaba justo en sus manos, pero por el momento, la preocupación del peliazul no era recuperar ese tesoro, sino más bien cumplir con la penitencia que le había impuesto su dulce verdugo.

 

El mayor de los Hattori tomó la foto que compartía con Esmeralda y la colocó sobre el colchón de la forma en que Shun le había indicado. Después bajo sus pantalones y tomó entre sus manos su miembro para comenzar con el ritual.

 

Hyoga dirigió sus ojos hacia el rostro de Shun, no tanto porque quisiera evitar las acciones de Ikki, sino porque quería ver la expresión del peliverde cuando él comenzara a cumplir con la penitencia. Lo que encontró no fue lo que esperaba. Shun no sonreía triunfal por implantar su poderío, tampoco parecía burlón o complacido. Ya no podíamos hablar entonces de que luciera ansioso o excitado. Él poseía un rostro serio e imperturbable muy parecido al que Keaton solía utilizar en sus películas. ¿Era por eso que Ikki odiaba tanto al director americano? ¿Era porque esa impasibilidad le recordaba la de su propio hermano?

 

El rubio bajó la mirada sin atreverse a seguir allí un minuto más. Se deshizo como pudo del abrazo de Shun sobre sus piernas y salió corriendo de la habitación hasta llegar al patio de la casa, donde la lluvia, poderosa, cayó sin piedad sobre su cabello.

 

¿Qué demonios estaba haciendo en ese lugar? ¿Qué buscaba al permanecer junto a ese par de locos? ¿Le gustaba en verdad Shun? ¿Le gustaba aun cuando sabía que él podía llegar a ser un completo desgraciado? El ruso se hincó sobre el suelo incapaz de responder a sus propias preguntas. El corazón le dolía de una forma en que nunca antes le había dolido. ¡Era horrible! ¡Era cruel! Y pese a todo, no podía salir del círculo vicioso que ambos hermanos habían cernido sobre él apenas la marca de Bonde à part fue superada. ¿Era el cine tan poderoso acaso? ¿O era su soledad la que le susurraba al oído que todo podía ser superable con tal de permanecer allí?

 

-          ¿Hyoga? – preguntó Ikki hincándose al lado del ruso - ¿Te encuentras bien?

 

El chico se incorporó como si tuviera un resorte en las palmas de los pies. El moreno esbozó un gesto amable… uno que nunca antes le había visto.

 

-          ¿Qué si estoy bien? – repitió Hyoga impactado – ¡Yo debería ser el que tendría que preguntarte eso a ti!

-          Oye, tranquilo, no tienes que poner esa cara – susurró el chico – Yo estoy la mar de bien. ¿No me ves acaso?

-          No te veo ni bien, ni mal, ni mucho menos como debería lucir alguien con los tornillos bien puestos – rugió el ruso – De hecho no sé si te veo o simplemente eres un producto de mi imaginación.

-          Te puedo asegurar que mi polla es real – sonrió el moreno – ¿Qué? ¿Te excitó ver lo grande que la tengo?

-          No digas estupideces – gruñó el rubio.

-          Anda, confiesa que te pusiste caliente – insistió el peliazul – Puedes decirlo con total confianza. Yo no me molestaré.

-          Excitado no es la palabra que podría definir mi estado de ánimo ahora, Hottari – arguyó el ruso – No después de ver la clase de “penitencias” que suelen ponerse Shun y tú cuando “juegan”.

-          Lo que pasó hace un rato no tiene importancia – aseguró el peliazul - Son boberías que a veces se le ocurren a Shun. Nada más.

-          ¿Boberías dices? – repitió el ruso sobresaltado – ¡Por favor, Ikki! Lo que sucedió allí no fue una tontera. ¡Fue un acto humillante! ¡Algo completamente anormal entre hermanos!

-          A mí no me incomodó – sonrió el moreno moviendo su cabeza de lado a lado – De hecho, si te hubieras quedado hasta el final, habrías visto una enorme sonrisa dibujada en mi rostro.

-          ¡Eres extraño y mentiroso! – sentenció Hyoga – Vi tu mirada al momento en que Shun te impuso la penitencia. No parecías ni un poco feliz. Por el contrario. ¡Parecías furioso y podría jurar que estabas a punto de estrangularlo!

-          ¿Tienes hermanos Hyoga?

-          No tengo hermanos de sangre, pero mi primo Isaac es como si lo fuera.

-          ¿Y nunca tuviste ganas de estrangularlo por alguna trastada?

-          ¡Claro que tuve ganas! – admitió el rubio – Pero… ¡jamás me masturbé frente él y nunca me obligó a hacer algo que yo no quería!

-          ¿Así que ese es tu problema? – inquirió el moreno con un suspiro – ¿Piensas que Shun me obligó a hacerlo?

-          Pienso que cuando te escucho hablar así, con tanta tranquilidad, es como si en lugar de verte a ti fuera a Shun a quien estuviera mirando – confesó el ruso – A veces me parece que son la misma persona y eso me aterra… porque… no tendría que ser así. Cada uno tendría que tener su propio espacio.

-          Entre lo que tendría que ser y lo que en verdad es, hay un largo trecho de distancia, rubio. Pensé que ya te habías dado cuenta que con nosotros, nada es convencional.

 

Ikki llevó su mano derecha a la cabeza del ruso y lo acarició. El chico se apartó enseguida, pero al final, se rindió a la insistencia del peliazul por abrazarle y terminó recargado contra su pecho, fuerte y sólido, para descargar allí todo su pesar. ¿Por qué las cosas tenían que ser tan complicadas? ¿Por qué Ikki tenía que depender tanto de Shun y Shun aprovecharse tanto de Ikki?

 

-          Ven… vamos adentro – musitó el moreno - No quiero que mi otouto se moleste conmigo porque su príncipe azul pescó un resfriado.

 

Hyoga se dejó arrastrar dentro de la casa de los Hattori sintiendo que de buenas a primeras, la emotiva película de su vida adquiría tintes dramáticos… ¡y a él nunca le habían gustado los dramas! Pero… ¿a quién le gusta sufrir gratuitamente? ¿Quién sería capaz de entregarlo todo por una gotita de amor? Si esa fuera una pregunta en medio de una clase, Hyoga Vasiliev, sin duda, habría levantado la mano.

 


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El 07/08/07 a las 01:08:04

 

 

6. Adiós inocencia.

 

 

Hyoga tenía que admitir que aunque los hermanos Hattori eran intensos, no eran capaces de llevarlo hasta su límite. Es como si ambos, de forma tácita, supieran que el ruso no era de piedra y que tantas emociones fuertes podrían acabar con su alma. Tal vez por ello, después de aquel “juego” de la masturbación, tanto Ikki, como Shun, establecieron una especie de tregua donde ninguno parecía tener intenciones de pasarse de listo. Al menos fue así hasta esa noche, cuando el moreno, de la nada, llevó ambas manos a su cuello y emulando recibir una herida de bala, cayó al suelo como muerto ante las miradas atónitas de su hermano y el rubio.

 

-          ¿Qué peli es? – susurró.

 

Shun se cruzó de brazos. Hyoga tembló. No es que estuviera asustado. Era más bien que hasta ese momento no sabía el tipo de penitencias que alguien como Ikki podría ser capaz de imponerle a Shun.

 

-          Describe más la escena – sentenció el peliverde sin moverse un ápice.

-          ¿En qué película una cruz sobre el suelo marca el sitio exacto donde yace el cuerpo del delito? – cuestionó – Y el reto es para ambos.

-          ¿Para ambos? – repitió Hyoga impactado – Pero… ¿por qué me metes en sus asuntos? ¿Yo qué te he hecho?

-          No seas llorica y di el nombre de la película o atente a la penitencia – sonrío Ikki desde el suelo.

-          Pero…

-          ¡Tiempo! – exclamó el moreno incorporándose – Lo siento mucho. Perdieron.

-          ¡Ni siquiera nos diste tiempo de pensar! – se defendió el ruso.

-          Lo tendré en cuenta para la próxima – le guiñó un ojo el moreno.

-          ¿Y la peli es? – inquirió Shun impertérrito.

-          Scarface de Howard Hawks, 1932.

 

Hyoga llevó ambas manos a su cabeza sintiéndose impotente. ¡Cómo pudo ser tan tonto como para no reconocerlo! ¡Esa película era clásica y el momento de aquel asesinato impactante! ¡Qué idiota que era! ¡Qué idiota y qué lento de mente!

 

-          Di la penitencia, Ikki. No tenemos todo el día.

-          ¿Mucha prisa, otouto? – canturreó el peliazul malicioso – Te mueres de ganas por ser castigado, ¿verdad?

-          La penitencia, Ikki – repitió Shun con cara de pocos amigos. Su hermano sonrió.

-          Pues bien, ya que insistes tanto, voy a decirte de que va su pequeño castiguito.

 

El rubio colocó ambas manos sobre su rostro para ocultar su cara de pánico. No le gustaba, ni tantito, el rumbo que estaban tomando los acontecimientos. Ikki no sólo tendría el poder de castigar a Shun, sino también a él. ¿Qué tipo de penitencia le encomendaría? ¿Sería parecida a la de la masturbación o con un grado extra de maldad?

 

-          Como bien sabes, otouto, yo no soy un sádico desconsiderado como tú… comprenderás – río el moreno – A mí me gusta que todos sean felices y que nadie quede fuera del juego. Por eso es que se me ocurrió que para poner este asunto interesante, nada mejor que imponerles a Hyoga y a ti, el siguiente reto.

 

Shun frunció el ceño. Ikki torció su boca en actitud cínica.

 

-          Quiero que lo hagan frente a mí – declaró arrastrando todas y cada una de las palabras – Me da igual quien esté arriba y quién abajo. Lo único que quiero es verlos revolcarse frente a mis ojos.

-          Pero…

-          ¿Aquí? – interrumpió Shun la incipiente voz del ruso.

-          No, en mi cama no – negó al instante el peliazul – No me gusta dormir sobre el asqueroso semen de nadie. Sin ofender a tus fluidos, Hyoga.

-          ¿Entonces dónde? – demandó el peliverde estoico.

-          En el saloncito de té de mamá, frente a la estatua de Delacroix. No sé, me pareció que quizás una reproducción pueda inspirar a otra.

 

Hyoga liberó un suspiro ahogado mientras Shun se reclinaba sobre el sofá, con una amplia sonrisa en su rostro.

 

-          ¡Estás enfermo! – dijo el chiquillo – Y te vas a quedar con las ganas de verme fornicar con Hyoga, porque no lo haré.

-          ¿Ah no? – inquirió Ikki divertido - ¿Acaso vas a echarte para atrás como un conejito asustado?

-          No lo haré porque si fuera tu penitencia, estoy seguro que tú no lo harías.

-          Bueno, es obvio que yo tendría que pensármelo porque Hyoga no es para nada mi tipo, pero en tu caso, otouto, esas mariconerías están fuera de lugar. El rubio es prácticamente el chico de tus sueños. No en balde, llevas días mojando las sábanas pensando en él.

 

Hay cosas que uno desea escuchar más que nada en el mundo. Noticias insólitas que le darían a tu alma un gran sorbo de paz. Noticias como por ejemplo, que Shun gustaba tanto de Hyoga que incluso era capaz de tener sueños húmedos con él. Eso era algo que podría inflamar el ego del ruso hasta el cielo, pero dadas las circunstancias, más bien parecía una auténtica escena de terror. ¿Qué buscaba Ikki imponiendo una penitencia semejante? ¿Qué acaso no amaba a su hermano? ¿O compartir el lecho con él era parte de alguna penitencia que alguien había perdido y el otro había tenido que cumplir?

 

Hyoga dio un gran sorbo a la botella de vino que recientemente Ikki había descorchado, para después mirar fijamente al peliverde. Este se puso en pie, le arrebató la botella y la colocó sobre el escritorio del cuarto para después colocar sobre el tocadiscos el acetato que contenía su canción favorita: La mer, de Charles Trenet.

 

-          No bebas tanto, Hyoga-kun – susurró Shun moviéndose apaciblemente al compás de las notas musicales – Quiero que estés bien sobrio cuando me penetres.

 

La cantidad de imágenes sensuales que llegaron a las pupilas del ruso fueron de tal emotividad, que él tuvo que cerrar varias veces los ojos para evitar que le provocaran un colapso cardíaco. Shun despojándose lenta y cadenciosamente de todas sus prendas. Desde el sweater hasta el pantalón; desde la camisa hasta la bufanda; desde los zapatos hasta aquella translucida prenda íntima que mostró la gloria de un pene largo y grueso enmarcado por una marejada de cabellos castaños.

 

-          Ahora sabes que no es peliverde natural – bufó Ikki provocando que el rubio despertara de su ensoñación para entender, en su total dimensión, la problemática que se le venía encima.

-          Creo que… que tengo que ir al baño – dijo el ruso abandonando la habitación sin mirar atrás.

 

No obstante, era obvio que Ikki no le daría tregua hasta que cumpliera su penitencia, por lo que salió tras él con la mirada plena de ira. Parte de pertenecer a su “grupo” implicaba cumplir con sus excéntricas reglas sin rechistar, y quizás una de las más importantes era que una penitencia jamás se dejaba inconclusa. El cine era sagrado para ellos. ¡Lo más grande! ¡Lo único en verdad valioso y bendito! Si no eras lo suficientemente capaz de adivinar el pasaje representado por un miembro del club, merecías sufrir lo indecible. Esa era la mecánica del juego. Esa era la forma en que los hermanos Hattori se manejaban.

 

-          Pero hacerlo con Shun va más allá de mis fuerzas – susurró Hyoga caminando casi tan rápido como su erecta hombría se lo permitía – Hacerlo con él no puede ser parte de un juego.

-          ¡Ey rubio! – gritó Ikki a tan sólo unos pasos de él - ¡Vuelve aquí!

-          ¡Déjame tranquilo! – imploró el ruso - ¡Esto no tiene sentido! ¡Tu maldita penitencia es un asco!

-          ¿Asco porque lo harás con un hombre? – inquirió Ikki atrapándolo por la cintura - ¿O asco porque seré yo quien sea testigo de cómo te montas a mi otouto?

-          ¡Estas demente! – gritó Hyoga desesperado - ¡No puedes permitir que algo así suceda! ¿Acaso no sientes celos? ¿Acaso no se te retuerce el estómago de pensar que alguien más pueda estar con Shun en tu lugar?

 

Ikki soltó a Hyoga con la mirada sorprendida. El chico bajó la guardia y se hundió de rodillas sobre el suelo. Ya era hora de decir la verdad. No tenía caso seguir callando lo que tenía días y días guardando en lo más profundo de su mente. Tenía que decir que sabía su secreto. ¡Tenía que decirlo aunque quizás, con eso, perdiera a Shun para siempre!

 

-          Los vi besándose en la cocina – susurró el rubio sin atreverse a alzar la mirada – La noche en que me invitaron a cenar y tú peleaste con tu padre… yo… yo los vi besándose en los labios como si fueran pareja.

 

El ceño de Ikki se frunció. Shun, tras su espalda y sin una prenda de por medio, se detuvo quedando tan inmóvil como una estatua.

 

-          No quería espiarlos – aseguró el ruso – De hecho, lo único que deseaba era regresar a la residencia de estudiantes y aparentar que no había pasado nada… pero… ustedes insistieron en que me quedara… y esa noche… esa noche no pude evitar asomarme a tu habitación y…

-          ¿Qué fue exactamente lo que viste? – preguntó Ikki hincándose para quedar a la altura del muchacho.

-          A Shun desnudo entre tus brazos – respondió el rubio – Dormido.

-          ¿Nada más? – insistió en saber el moreno.

-          ¿Querías más? – rebatió rabioso Hyoga.

-          Bueno – suspiró el peliazul mordaz - Al menos no lo viste chupándome la polla.

 

Hattori Ikki se puso en pie y le cedió el paso a su hermano. Hyoga tembló apenas percibió el cuerpo de porcelana del peliverde postrarse ante él. Las mariposas, el sonrojo y la erección ya eran demasiado voraces como para ignorarlas. No iba a poder contenerse si Shun no se alejaba. En verdad que no iba a poder.

 

-          ¿Tanto asco te doy Hyoga-kun? – preguntó Shun con voz inusitadamente triste - ¿Tanto asco que no quieres hacerlo conmigo?

-          ¡No digas eso! – rogó el rubio desesperado.

-          Entonces… ¿por qué no quieres?

-          ¡Porque no soporto la idea de que él nos mire! – respondió en un arranque apasionado – Quizás sea egoísta decirlo, pero yo te quiero sólo para mí. No quiero compartirte con nadie.

-          Pero Ikki y yo somos una misma persona.

-          ¡No es verdad!

-          Sí… sí lo es – susurró el peliverde tomando el rostro de Hyoga entre sus manos – Tú lo supiste desde el inicio. Nadie, en todo el mundo, podría haberlo entendido mejor que tú.

-          Shun…

-          ¿Me dejas quitarte la ropa?

 

¿Qué respondes cuando el amor de tu vida te pide algo tan directo y añorado? ¿Le dices que no puedes y huyes para no verle más? ¿Aceptas su sugerencia y caes sin remedio en las malsanas redes de su juego? ¿O simplemente cierras los ojos y esperas a que pase lo que tenga que pasar?

 

¿Qué demonios es lo que tienes que hacer? ¿Qué?

 

-          Te dije que todo te iría mejor si te dejabas llevar, rubio – susurró Ikki arrastrando una silla al pasillo para sentarse sobre ella – Te dije que sería lo más sano.

-          No te atrevas a…

-          ¡Shht! – musitó Shun sellando los labios del ruso con un beso para evitar que las amenazas poblaran su boca – Haz como si él no estuviera. Piensa que ahora sólo somos tú y yo.

 


FECHA El 25/03/10 a las 03:03:51 IP GUARDADA Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Sapphire_Celeste
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El 07/08/07 a las 01:08:04

 

Hyoga cedió como cede el fuego a la inevitable tormenta. Nadie, con un gramo de sangre en las venas, podría evitar las caricias de Hattori Shun. Esa forma suya de mirar, de tocar, de sonreír y murmurar. Hyoga no tuvo que esperar demasiado para que su cuerpo estuviera en las mismas condiciones vulnerables del peliverde. Fue fácil retirar la ropa cuando él mismo sentía que ya no podía tenerla más tiempo sobre su piel.

 

-          ¿Y esto? – preguntó Shun divertido al percatarse de que el rubio ocultaba más que una erección entre sus calzoncillos - ¿De dónde sacaste esto Hyoga-kun?

-          Yo…

-          ¡Apareció el ladrón de tesoros! – exclamó Ikki, que con cigarrillo en boca, miraba atentamente los avances de los amantes – Sabía de antemano que la habías tomado rubio, pero no pensé que la llevaras tan cerca de tu corazón.

 

Los ojos de Hyoga brillaron con rabia, pero los labios de Shun sobre sus propios labios evitaron que el volcán en erupción que se anidaba dentro de su pecho explotara.

 

-          Me agrada saber que estaba cerca de ti – musitó el pequeño tomando las manos de Hyoga para dirigirlas a su espalda desnuda - ¿Te masturbaste mucho mirándome? ¿Se te ponía tan dura como ahora?

-          Shun…

-          No sabes lo feliz que me hace estar contigo, Hyoga – sonrío el pequeño enredando sus piernas en la cintura del muchacho – Llevo meses soñando con esto. Desde la primera vez que te vi en la sala de proyecciones… cuando te hable… ¡aún antes! Desde mi inconsciencia… desde lo más profundo de mi corazón siempre quise estar contigo.

 

Un beso fue el detonante de todo. Un beso y la cercanía de Shun que de pronto pareció irremediable. Hyoga, sintiendo la forma en que el cuerpo del peliverde se tensaba, decidió que hacerle el amor sería la misión más importante de su vida. Pero no hacérselo de la forma en que seguro se lo hacía su hermano. Como parte de un juego… como una penitencia. ¡No! Ellos lo harían de forma diferente… sutil… amorosa… de la forma en que alguien como Shun merecía ser tomado.

 

-          La postura tradicional es dolorosa en el sexo entre chicos, ruso – indicó Ikki sacando el cigarrillo de sus labios – Si quieres hacerlo bien, tienes que poner a Shun en cuatro. Así te da la espalda, te acomodas como si fueras a montarlo y entras.

-          ¡No me digas lo que tengo que hacer! – sentenció el ruso iracundo – No me interesa escucharte. Además, yo quiero mirar sus ojos. Deseo, con todo mi corazón, poder mirar fijamente sus ojos.

-          Le dolerá – anticipó el peliazul – Pero si insistes en ser tan estúpidamente romántico, pues…

-          ¡Ikki!

 

La voz enérgica de Shun selló los labios del moreno. Él colocó nuevamente el cigarrillo dentro de su boca y continuó mirando los movimientos erráticos del ruso sobre el cuerpo de su hermano. Se notaba a leguas que no tenía ni idea de lo que hacía, pero tenía que aceptar que se empeñaba en complacer a su otouto. Puede que después de todo, Shun tuviera razón respecto al ruso. En verdad formaba parte de sus vidas. Él, en verdad, les pertenecía.

 

-          Ah… ¡ahhh! – gritó Shun al sentir como el miembro erecto del ruso se colapsaba contra sus glúteos - ¡Oh por Buda!

-          Lo… lo siento – susurró el rubio retirándose de inmediato – Tal vez debería… no sé… intentarlo más despacio.

-          Mete un dedo primero Hyoga – sugirió Ikki.

-          ¡Te dije que no haré lo que tú mandes!

-          Neh, Hyoga – musitó Shun sonrojado – Creo que mi niisan tiene razón – asintió – Remoja un dedo con tu saliva y luego introdúcelo despacio dentro de mi cuerpo.

-          Pero…

-          Será mejor así.

 

Hyoga miró de reojo a Ikki con ganas de matarlo. Él, con una gran sonrisa en sus labios, parecía decirle sin palabras: “eres un tremendo idiota”. Desvió la vista. No podría hacerlo con ese maldito observándolo. ¿Cómo concentrarse en algo tan especial si ese degenerado juzgaban todos y cada uno de sus movimientos?

 

-          Anda Hyoga-kun – insistió Shun – No tengas miedo.

-          Lo intentaré Shunny – dijo por fin el ruso respirando hondo – Pero si te duele aunque sea un poco, me dices, ¿vale?

-          No te apures – sonrió el peliverde tocando ese pecho de bronceado acero – Es cosa de acostumbrarme a un dedo… y luego a dos… o quizás tres o cuatro. Lo que sea necesario para recibirte. Después de todo, una polla tan grande como la tuya merece un espacio igualmente amplio.

-          Shun…

-          Anda… méteme un dedo mientras me la chupas, ¿quieres?

 

Hyoga asintió con el rostro plagado de carmín. Ayudó a Shun a recostarse y se posicionó entre sus piernas. Nunca se había sentido tan atraído a un falo como lo estaba por el de Shun. Era tan diferente al suyo y al mismo tiempo tan igual. Tan vibrante y duro. Tan lleno de venas azules contrastando con la rosada piel. El ruso tomó aire y se avocó a la tarea de chupar el glande como le gustaría que Shun se lo hiciera.

 

¿Había soñado antes con los labios del peliverde recorriendo de arriba a abajo su sexo? Sí. ¡Cientos de veces! No había podido pensar en otra cosa desde que encontró la foto bajo la almohada de Ikki. ¡Dios! Tenía que admitir que aun antes soñaba con una felación. Desde que pudo observar como la lengua de Shun invadía la boca de Ikki… desde ese momento moría de ganas por sentir esa misma lengua. ¡Deseaba más que nunca tener para su placer personal esa rojiza y tentadora lengua!

 

-          Me… me vengo – exclamó Shun moviéndose incontrolablemente en brazos del ruso – Hyoga… yo… yo…

-          ¡Penétralo ahora! – ordenó Ikki tirando el cigarrillo a un lado y colocando ambas manos sobre sus rodillas, en actitud desesperada – Ya tiene dos dedos adentro… si diriges bien tu polla, llegarás hasta lo más profundo de él.

 

Hyoga, de reojo, miró con gesto asesino a Ikki. Como se siguiera metiendo donde no lo llamaban ¡lo iba a estrangular! De hecho, si no hubiera estado tan excitado, habría mandado al demonio su sugerencia avocándose a seguir lamiendo el miembro convulsionado de Shun. No obstante, el peliazul tenía razón. Era ahora o nunca, y Hyoga sabía que había llegado el momento donde el dolor de Shun desaparecería para darle paso al placer.

 

-          Todo estará bien precioso – susurró el ruso tomando a Shun por la cintura para ayudarle a subir sus piernas por encima de sus hombros – Confía en mí.

 

El pequeño Shun apenas y alcanzó a asentir con la cabeza, cuando una marejada de sensaciones le recorrió todo el cuerpo. Temblores, ardor, suplicio y unas ganas locas por gritarle al mundo su desventura. La polla de Hyoga era demasiado grande para él. Moriría como el ruso siguiera entrado dentro de su cuerpo… ¡seguro que moriría!

 

-          Hyoga - susurró arañando con impotencia los brazos del ruso – Para ya… ya… no puedo… no…

-          ¡Ignóralo! – ordenó Ikki poniéndose en pie para estar más cerca de la acción - No dejes de entrar. El principio es terrible pero luego le gustará. Sólo no dejes de clavarte.

-          Pero…

 

El ruso estuvo a punto de dar marcha atrás pero el grito de Shun fue tan desgarrador que lo dejó inmóvil. ¿Qué pesadilla atroz estaba viviendo? ¿Cómo podía lastimar tanto a alguien que adoraba con todo el poder de su corazón?

 

-          Tócale la polla, rubio – ordenó Ikki tomando el rostro del rubio por la barbilla - ¿Ves lo ancha que se está poniendo? ¡Pues bien! Eso es señal de que vuelve a estar excitado. Así que tócale la maldita polla y sigue clavándote en él hasta que su culo adquiera vida propia.

-          ¡No sabes lo que dices! – gritó el ruso con los ojos enrojecidos.

-          Porque lo sé es porque lo digo – asintió el peliazul besando sorpresivamente los labios del rubio – Porque lo sé es que puedo decirte con total seguridad lo qué tienes que hacer para que ambos alcancen el orgasmo.

 

Hyoga se quedó en blanco. El beso de Ikki no era ni medianamente parecido a los que daba Shun. Era más tosco y menos elaborado. Era más para devorar y no tanto para seducir. El beso de Ikki era justo el tipo de estímulo que podría hacer que su miembro, ya de por sí erecto, se hinchara aun más de gozo para deslizarse implacable por las entrañas de Shun.

 

Hyoga cerró los ojos e intentó coordinar el movimiento de sus caderas con la torpeza de sus manos, avocadas a masturbar al peliverde. No supo si consiguió el objetivo hasta que los gritos dolorosos de él se transformaron en gemidos de placer. Algo estaba tocando el rubio dentro del pequeño Hattori que lo estaba volviendo loco. Algo que no se concentraba ni en su glande, ni en su falo. Algo bastante lejos de sus tetillas y de sus testículos.

 

-          Rásgale el alma – sentenció Ikki antes de sentarse al lado de Shun y acariciar con dulzura su rostro sudoroso – Hazle saber que eres tú y sólo tú el único capaz de hacerle sentir tanto placer.

 

Hyoga, con las manos sobre el miembro de Shun y la entrepierna clavada entre sus glúteos, miró fijamente a Hattori Ikki deseando que éste volviera a besarlo. No sabía en qué momento había surgido en su interior esa necesidad de devorarlo… pero no se sentía capaz de parar. Quería hacerle lo mismo que le hacía a Shun ó quería ser él quien estuviera abajo mientras el moreno lo dominaba.

 

El veneno de esos labios…

… el ardiente veneno de sus labios…

 

-          ¡Hyogaaaaaa! – el gritó irracional de Shun fue la señal más irremediable del orgasmo.

 

El rubio se vino dentro del pequeño y al mismo tiempo recibió la semilla de este sobre su vientre. Nada podía perderse ahora que todo estaba perdido. O quizás es que la verdadera perdición estaba a punto de llegar.

 

-          Bien hecho – sonrió Ikki besando la frente de su hermano y mirando con camaradería a Hyoga – Ambos lo hicieron muy bien.

 

Las lágrimas cubrieron el rostro de Shun que se tapó la cara lleno de vergüenza. Hyoga, por su parte, bajó con cuidado las piernas del muchacho de sus hombros para salir de él y poder abrazarle. No pudo llegar a ese momento. Algo que debió intuir desde el inicio se estrelló de tajo contra su cerebro.

 

-          ¿Sangre? – musitó el chico intrigado ante el líquido que chorreaba de su pene.

-          No es raro que suceda con un chico virgen – aseguró Ikki ayudando a su hermano a sentarse para poder acunarlo entre sus brazos – Pasará un par de veces más en lo que Shunny se acostumbra al grosor de tu miembro. Después, resultará todo muy sencillo y agradable.

-          Pero entonces tú y él… ustedes no…

-          ¡Cabrón! – exclamó Shun dándole una patada al ruso en el estómago - Creías que era un putito cualquiera que lo hacía con medio mundo, ¿verdad?

-          No – respondió el rubio tajante – Pero pensé que tú y tu hermano…

-          No te adelantes a los acontecimientos ruso – sonrió el peliazul – No a menos que quieras arruinar el final de la película.

 

 


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