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Eramos tres (Ikki&Shun&Hyoga) Completo Eramos tres (Ikki&Shun&Hyoga) Completo (0.400 s)

Eramos tres (Ikki&Shun&Hyoga) Completo

FECHA El 19/07/09 a las 11:07:02 IP GUARDADA
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Eramos tres (Ikki&Shun&Hyoga) Completo

Titulo: Eramos tres
Autor: Luribel

 

 

Razon: Hacía mucho que me rondaba esta historia en la cabeza.
Dedicatoria: A Shappire Celeste, por su cumpleaños ... Con seis meses de retraso u.u
 

Personajes.
Principales:  Ikki, Hyoga, Shun

Secundarios: Seiya

Incidentales: Shiryu, Shaka,

Originales: Nop
Pareja principal:  Ikki&Shun, Hyoga&Shun, Ikki&Hyoga
Parejas secundarias: Seiya&Miho, Shiryu&Sunrei
 

Tipo: Drama
Clasificación: NC17
Advertencias: Hay lemon
 

Estado: Esta terminado. Ultima Actualización: 19 julio 2009
 

Comentarios adicionales: Gracias por leer.
Resumen: Mi nombre es Shun de Andrómeda, y al borde de la muerte, vengo a contar mi historia. La mia. La de mi nii-san. La de Hyoga. La de los tres.
 


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Prologo

 

Fuimos siempre tres.   Siempre.   Mi nii-san, Hyoga y yo.   Ahora, más de medio siglo después, sólo quedo yo, Shun de Andrómeda, antiguo reflejo del caballero que fui y del Dios que estuvo a punto de llegar a ser, anclado a una cama de hospital, viejo, cansado y sólo.   Muy sólo.   No tengo nada que reprocharle a la vida. He sido afortunado; he tenido una existencia plena en todos los aspectos; pero ahora, esta soledad es una pesada carga que no creo pueda soportar por mucho más tiempo, y a estas alturas del partido, no creo faltar ya a ninguna promesa.   Juré continuar adelante y lo he hecho, nii-san.   Juré aguantar hasta el final, y aquí estoy, Hyoga.   Creo que me he mantenido fiel a mi palabra y es tiempo de ir en paz y reunirme con vosotros.   Mis hermanos.   Mis compañeros.   Mis amantes.   La noche cae. La luna asoma y con ella, la esperanza de no ver nunca más un nuevo amanecer.   Y es a ti a quién cuento mi historia…   Nuestra historia.   La de los tres.
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Parte 1

 

Nunca supe cual fue el momento exacto en el que me di cuenta de la poderosa presencia de mi hermano Ikki. O si lo sé, pero una parte de mi trató de olvidar aquella época de pesadilla cuando Hades se adueño de mi mente y de mi vida sin que pudiese hacer nada por evitarlo. De la presencia de Hyoga siempre fui consciente. Aquellos ojos helados y  misteriosos que hablaban de tierras frías e inhóspitas, de tundra y lobos esteparios, me fascinaban. Aquel niño con rostro élfico, como de cuento, que podía ser cálido cuando bajaba la guardia y tener la consistencia de un iceberg marino cuando peleaba.   Siempre supe que había estado enamorado de Hyoga.   Desde los cuatro años.   El problema entonces se dio en el mismo momento en que me percaté de tener los mismos sentimientos por mi hermano. Vi a Ikki en una reunión social de esas que tanto le gustaban a Saori. Le vi hablar con Shaka mientras yo bailaba de forma idiota con Hyoga. Después dejé de verlo, y cuando regresó a la sala, con la camisa desfajada y el pelo alborotado estallé en cólera. No vi la expresión del Cisne, pero sentí como la temperatura descendió unos grados a mi espalda.   La reunión se fue al carajo e Ikki me sacó de allí en indignado silencio. Me metió en el coche y no dijo ni una palabra en todo el camino a casa, a las afueras de Tokio.   -          ¿Por qué? – fue todo lo que dijo cuando llegamos a nuestro destino, con voz seria, con expresión hosca. -          ¡Te has liado con mi maestro, Ikki!… - exploté muerto de celos -          ¡Y tú te FOLLAS a Hyoga y YO tengo que mantener la jodida compostura todo el puto día para que nadie vea… para que TÚ no sepas…!     Y eso fue todo.   Aquella respuesta fue el detonante de todo.   No recuerdo si fui yo el que avanzó hacia él o fue él quién avanzó hacia mí, pero el caso es que avanzamos y terminamos tirados en medio del salón, comiéndonos a besos, sin darnos tregua.   La ropa voló. La cordura voló y terminé haciendo el amor con mi propio hermano.   Y ahí empezaron los problemas.

 


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Parte 2

 

Ikki fue incapaz de aceptar aquello y la actitud de Hyoga, la verdad, no fue de gran ayuda.   El estricto código personal de Ikki; su máscara de perfecto y sobreprotector hermano se fue a hacer gárgaras en el mismo momento en que me la metió dentro. Y después de aquello, después de semejante noche, no había forma humana de volver atrás.   Estábamos en un punto sin retorno.   Yo andaba perdido. Acababa de ponerle el cuerno al amor de mi vida, con mi propio hermano, y los remordimientos me reconcomían por dentro. No me sentía capaz de enfrentar la limpia y clara mirada de Hyoga, y aún menos decirle que le había engañado con mi propia sangre.   Ikki estaba echado sobre el suelo, con la espalda apoyada en uno de los sofás, desnudo aún y con el rostro entre las manos, igual de perdido que yo y con más remordimientos aún de conciencia si cabía.
Él tenía que protegerme.   Él tenía que amarme como un hermano.   Él jamás debería haber perdido el control.   Él jamás debió traicionar la confianza de Hyoga.   Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. No por mi propia zozobra, sino por la de mi nii-san, que descendía a los infiernos a ojos vista.   Le toque suavemente el rostro y cuando levantó la vista hacia mí, me sentí bendecido. Había tanto amor en aquellos ojos grises que era imposible que lo que hubiésemos hecho aquella misma noche fuera malo. Yo le amaba de la misma forma que él a mí, y ese era un hecho innegable.   -No llores, nii-san – le dije con una vocecilla débil, igual que cuando éramos pequeños y la noche caía sobre el orfanato.   Aquel recuerdo le hizo esbozar una sonrisa y contestó de la misma forma que solía hacerlo, hacía mil años.   - No lloro, otouto – susurró con voz queda – Es sólo que bebí demasiada agua y se me sale por los ojos…   Reímos por lo bajo, muy cerca él uno del otro, acariciándonos la cara, la nariz y las mejillas como si nunca nos hubiésemos visto; cómo si hubiésemos estado ciegos.   - Te quiero, nii-san – le susurré mientras me acurrucaba contra él, sintiendo su delineado y perfecto cuerpo desnudo contra el mío.   - Yo también… No tienes idea de cuanto – musitó mientras me abrazaba y me besaba suavemente la raíz de los cabellos.   Hubiésemos podido estar así toda una vida, abrazados, postergando lo inevitable, huyendo del mundo, pero la vida es así de cruel e injusta, y los caballeros de hielo, así de perspicaces.
FECHA El 19/07/09 a las 11:07:33 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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Parte 3

 

Hyoga siempre supo que mi fraternal amor por Ikki superaba las barreras del decoro y la decencia, y por eso mismo, siempre creyó que mi nii-san lo controlaría. No se le ocurrió pensar que su amor por mí le llevaría a cometer alguna locura; que su corazón sería más fuerte que su razón y que una noche de cólera le llevaría a decir cosas que no debía, a desnudar su corazón y a cometer acciones de las que se arrepentiría. Siempre pensó que Ikki sería el más fuerte de los dos, y que jamás cruzaría la barrera que separaba a los hermanos de los amantes.    Que no permitiría que la traspasara yo.   Error.   El Cisne jamás debió dejar que me fuera en pos de Ikki y menos tras semejante estallido de celos en una reunión de la Orden de Atenea al completo.   Pero lo hizo.
Supongo que fue bastante notoria mi reacción desmesurada y no quiso hacer una escena pública. Él tenía mucha más clase que eso. Él tenía dignidad y orgullo. Él vendría a mí al alba, con el primer rayo del amanecer, cortante como el hielo y la ventisca del norte.   Y así fue.   Se presentó allí, en nuestra casa, sin avisar. Barrió la puerta, quebrándola de un sólo golpe, mostrándose inclemente e inmisericorde, sin decir ni una palabra.   Destrozado.   Vi como mi traición le traspasaba como si fuera la mismísima Excalibur de Shura la que le asestaba el golpe de gracia. Vi el dolor y la desesperación, por igual, oculta en su fría mirada, y supe, con absoluta certeza, que si me levantaba de allí e iba hacía él, me lo perdonaría todo.   Yo era el amor de su vida, y él de la mía.   El problema era Ikki, por supuesto.   Él condenaría a Ikki.   De hecho, ya lo había condenado a la pena capital y si aún seguía en pie, allí,  sin haber atacado, era por la fría cortesía que reinaba en la casa de Acuario. Mi nii-san no se encontraba en una posición ventajosa, desnudo como estaba, sentado sobre la alfombra. Y lo que más caracterizaba a los Aguadores era su fría educación parisina al más puro estilo Dumas.   -          Levántate, escoria… - le había susurrado con fiereza, con los dientes apretados.   Ikki le miró con fijeza; con la culpa pintada en el rostro y en cada uno de sus lentos y pausados movimientos. Con horror supe que si Hyoga le atacaba, jamás se defendería. Se dejaría matar si hacía falta antes de levantar un dedo contra la verdad y la razón que portaba el Cisne como estandarte. Se dejaría matar por sus estúpidos principios y su estrecha moral de tres al cuarto.   Sólo que no era la verdad lo que portaba mi Caballero de Hielo. Sino mi pena de muerte. No escucharía. No entendería. No se avendría a razones.   Si Ikki moría, yo me moría con él.   ¿Tan difícil era de entender?   Lentamente me interpuse entre ambos.   Escudando a mi nii-san.   Escudando a Hyoga.   - No ha sido culpa suya – le dije al Cisne mirándole con decisión, matándole lentamente y matándome a mi mismo al hacerlo – Yo le provoqué… Yo le amo.   Una sonrisa sesgada le cruzó a Hyoga el rostro. Una sonrisa inquietante y atormentada, la de un animal moribundo. Ikki se irguió ante aquel súbito y peligroso gesto, haciéndome a un lado de golpe.   Aquello desestabilizó la poca cordura que quedaba en mi ruso. Desató la cólera en él como una bestia hambrienta y se abalanzó sobre Ikki sin contemplaciones, brillando como un diamante de hielo.   Mi nii-san aguantó el primer embate. Se defendió por puro instinto y ambos quedaron trabados, dándose golpes contra el mobiliario y destrozándolo todo a su paso.   -          Eres su hermano, maldito seas… ¡Su propio hermano! ¡Eso se llama incesto, Fénix! ¿Sabes que dirá la gente? ¿Sabes que dirá el mundo? ¿Atenea? ¿La misma orden? No podrás protegerle de todos… Le has condenado. Tú y él. Los dos. Hijo de puta…   De todas las cosas que podría haber dicho Hyoga, de todas, esgrimió en su defensa, utilizó como ataque, el único punto débil que tenía Ikki: mi salvaguarda y protección. Si hubiese sido un arrebato de celos, un simple arrebato de celos, jamás hubiese podido romper todas las barreras de mi hermano. Pero le dio donde más dolía y pude ver como Ikki caía de nuevo en medio de la culpabilidad y el remordimiento sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.   Iba a dejarme.   Lo iba a hacer.   Lo estaba haciendo.   - Lo siento… - le oí susurrar atormentado.   Hyoga le soltó desesperado. Se llevó las manos a la cabeza para quitarse el pelo del rostro en un gesto que yo adoraba y amaba, tratando de recuperar la calma, dándole la espalda a Ikki, tratando de no verlo y no matarlo a golpes.   Las siguientes palabras de mi nii-san sonaron como una verdadera sentencia.   -          Cuida tú de él, yo… yo… yo ya no puedo hacerlo.   Hyoga se giró rápidamente hacía Ikki, alarmado. Yo no fui capaz. Se me había helado la sangre. La sangre y las entrañas.   Llegó la oscuridad.   La noche del Fénix.   - Adiós, otouto…   No vimos nada. No pudimos hacer nada. El día se tiño de sombras e Ikki, el amor de mi vida, mi hermano, se diluyó en ellas, ocultándose… Sin dejar rastro.  
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Parte 4

 

Los seis meses que siguieron fueron una verdadera pesadilla.   Al principio, Hyoga se ocupó de todo con la fría y serena calma que de él siempre emanaba. Llamó al trabajo de mi nii-san, al casero y a sus conocidos. Urdió una historia sobre un familiar enfermo en un remoto rincón del mundo y me ayudó a mudar las cosas a su propio apartamento.   Los dos sabíamos que si me iba a vivir con él de la forma tan definitiva que sugería, jamás volveríamos a ver a mi hermano, pero yo no podía soportar el seguir adelante sólo. Y por encima de todo, yo no podía vivir sin él, sin Hyoga, el amor de mi vida.   El Cisne jamás volvió a hablar sobre lo sucedido aquella mañana mi antiguo apartamento, el mío y el de Ikki. Lo aceptó sin más, de la misma forma que había ido encajando los golpes en cada una de las batallas: absorbiéndolo, asimilándolo y dejando que formara parte del entramado de su vida, sin perder un ápice de compostura, sin exteriorizarlo, como un verdadero discípulo de Camus de Acuario.   - ¿Quieres hablar de ello? – recordé haberle dicho una noche, tratando de que fuera más comunicativo conmigo. Que explotara como aquella maldita mañana. Que soltara lo que llevara dentro. Que me mandara a la mierda…   - No.   Y esa fue toda la respuesta que obtuve del más frío y gélido de los Caballeros de Hielo. Una negativa rotunda a hablar de “mi traición” o “de la traición de Ikki”.   Como consecuencia de toda aquella situación, mi salud comenzó a empeorar seriamente.   No podía dormir por las noches. Una y otra vez tenía pesadillas. El rostro de mi nii-san se me aparecía con aquella expresión desvalida y atormentada, y yo le veía perdido. Me despertaba gritando su nombre en medio de la noche, con el corazón acongojado, preso de la angustia, y los ojos anegados en lágrimas.   Mi instinto me gritaba que fuera tras mi nii-san, que aún no era tarde, que podía salvarle… Pero mi corazón me decía que si hacía aquello, si iba tras Ikki abandonando a Hyoga, estaría haciendo un acto igual de horrible y espantoso. Estaría traicionando a mi corazón y tampoco sería capaz de soportarlo. Yo no podía herir de nuevo a Hyoga de semejante forma; a un Hyoga que noche tras noche se quedaba a mi lado mientras yo me deshacía en llanto, quién me abrazaba y quién hubiese dado hasta su vida por no verme en ese estado.   Y yo, el Caballero de Andrómeda, estaba realmente encadenado y aquella total falta de opciones, aquella fatal encrucijada, iba minándome la fuerza día a día.   Una mañana especialmente dura tras una noche de recurrentes pesadillas me encontré a Hyoga mirándome con fijeza. Sus brazos aún me rodeaban y retorcía un mechón de mi pelo con suavidad. Conocía esa expresión de decisión y de “no dar marcha atrás” en su acerada mirada.   -          ¿Qué? – recuerdo haberle dicho confundido. -          Te amaré siempre…   Así de simple.   Supe que aquello era una despedida. Que habíamos alcanzado el límite y que había tomado una decisión en la que yo carecía de voz y voto.   - Vamos a ir a buscar a Ikki…   Me incorporé de la sorpresa. Intenté protestar pero él no me dejo. Se limitó a besarme como si fuera a evaporarme en ese mismo instante. Me aferré a Hyoga con todas mis fuerzas, correspondiendo a su beso y a cada movimiento de su cuerpo contra el mío, como tantas otras veces, con la horrible certeza de que sería la última vez de que estaríamos juntos y la vana esperanza de recuperar a mi hermano, revoloteando en mi encadenado corazón.
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Parte 5

 

Llegamos a la Isla de la Reina de la Muerte al cabo de dos días. Era un paraje inhóspito, desolador, y en constante movimiento volcánico. Me estremecí solo de pensar que mi nii-san había pasado allí cinco largos años.   -          No esta aquí – le dije a Hyoga -          Eso ya lo sé – dijo avanzando por la ardiente arena – Es el primer sitio donde le busqué.   Me detuve en seco, mudo de asombro.   -          ¿Le buscaste? ¿Desde cuando…? – le pregunté aturdido.   Se giró lentamente para contestarme, con renuencia.   -          Desde el primer día … -          ¿Por qué? – atiné finalmente a decir -          Porqué tu ya habías elegido… - negué con la cabeza - Le elegiste a él, Shun. -          ¡Eso no es cierto!   No contestó. Se limitó a ignorarme con fría calma, replegándose en sí mismo, y echo a andar tierra adentro mientras examinaba el paisaje.   Se detuvo en un punto sin especial interés, desoyendo toda mi bravata sobre lo que pensaba de él y de sus bonitas elecciones; de la encerrona que me había preparado y sobre el hecho de que el no elegir también era una opción igual de válida.   -          FÉNIX, ESTAMOS AQUÍ.   Ni lo vi venir.   Hyoga desató su cosmos con furia, cegándome con su violento resplandor. Seis meses de frustración, ira y desespero por una situación que empeoraba por momentos, se concentraron en un haz de pura luz diamantina. Brilló como una aurora boreal y su cosmos se expandió a la velocidad del relámpago de punta a punta de la Isla.   El Cisne no sabría en qué lugar del mundo se escondía Ikki, pero tenía bien claro donde terminaría apareciendo si se le obligaba a ello.  
FECHA El 19/07/09 a las 11:07:49 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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Parte 6

 

Sentí la presencia de Ikki en cuanto puso el pie en su Isla.   Llevábamos varios días esperándole, a la sombra de una fortaleza excavada sobre roca viva.   Ninguno de los dos quisimos entrar dentro de aquel funesto alcázar, pero tampoco había ningún otro lugar donde guarecerse de la maldita furia del volcán, así que nos quedamos en los aledaños.   Esperando.   Fueron los dos días más angustiosos de mi vida. Temiendo que no apareciera Ikki… Y temiendo que apareciera para tener que enfrentarme a una elección que no podía tomar.   Hyoga no decía nada. Sólo me miraba y en ocasiones veía cómo su autocontrol y autodominio se quebraban; podía ver a través de aquellas azules pupilas la angustia, la amargura que le generaban la decisión que él mismo había tomado.   Si estar con uno implicaba herir al otro, solo me quedaba una aterradora opción y no creía ser lo suficientemente fuerte para tomarla.   Era noche cerrada.   Él maldito volcán no callaba y hacía un calor asfixiante. Yo no podía dormir, y mi compañero muchísimo menos, pero fingió estar en los brazos de Morfeo en cuanto el cosmos de Ikki se dejo sentir de punta a punta en aquella isla y yo salí corriendo ladera abajo.   No pensé.   Sólo actué.   Llevaba seis meses sin verle y no habría fuerza humana o divina que me impidiera reunirme con él.   Le vi en la playa; su silueta recortada contra la noche profunda con ese rojizo resplandor que siempre emanaba de él. Tan cálido y reconfortante. Avancé gritando su nombre, y el hizo lo mismo, sólo que trastabilló antes de que yo llegara y quedó esperándome arrodillado mientras yo me abalanzaba sobre él sin ningún miramiento.   Estaba vivo.
Eso era más que suficiente.
Sentí sus brazos rodearme y quise fundirme en aquel fornido pecho, como siempre había hecho. Quedarme bajo sus alas incandescentes por el resto de mi vida.   Sólo que mi vida ya no me pertenecía.
Ahora era de Hyoga.   -          Nii-san …   No me dejo hablar. Sus labios sellaron los míos con delicadeza y me deje llevar por la otra mitad de mi alma con desesperación.   De pronto Ikki se detuvo.   Parpadeé y me giré para ver lo que ya sabía.   Lo que mi corazón me gritaba angustiado.   El Caballero del Cisne, mi Hyoga, estaba en el otro lado de la ensenada.   Así nos quedamos los tres por un rato. No sé si fueron cinco minutos o toda una vida, pero era consciente del delicado equilibrio en el que me encontraba. Estaba en medio de dos fuerzas antagónicas y cualquier movimiento, por nimio que fuera, rompería en entramado que me unía a ambos.   Y eso no podía consentirlo.   Nunca.   Fue Hyoga, al final, quién decidió; quién rompió la balanza. Con un suave gesto de despedida, se dio la vuelta y se dispuso a abandonarme en aquella maldita Isla junto Ikki.   Con su competidor.   Con quién yo había elegido.   -          ¡NO!   Me deshice del abrazo de mi nii-san con inusitada violencia. No había elección alguna. No iba a elegir a ninguno de los dos. Amaba a ambos, por igual. Con la misma dolorosa y angustiosa intensidad y no pensaba dejar que Hyoga se marchara así, sin más.   Sentí la voz de mi hermano a mi espalda, susurrando mi nombre en voz queda. Vi a Hyoga detenido por mi grito en mitad de la playa, y yo, separado por miles de kilómetros de ambos, iba a tomar la decisión más dura de mi vida.   Yo era Andrómeda, el caballero del sacrificio.   Ikki fue consciente de todo un segundo antes que Hyoga. Era mi hermano. Conocía cada uno de mis más profundos pensamientos; mi forma de pensar y actuar. Y supo, sin lugar a dudas, la elección que iba a realizar, o más bien “la no elección” que iba tomar en aquella playa perdida de la mano de Dios.   Sin embargo fue Hyoga quién se movió hacia mí para detenerme; para que aquellas funestas palabras que estaba a punto de pronunciar no fuesen dichas; para evitar que me condenara a una vida de soledad y amargura, privado de las dos únicas personas que mantenían mi existencia.   -          No – susurró Hyoga a mi oído mientras me abrazaba – No lo permitiré…   Y fueron sus palabras las que me detuvieron, las que nos salvaron a los tres de mi decisión salomónica, mientras mi hermano cambiaba el curso de la historia una vez más.
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Parte 7

 

A Ikki, el Destino se la traía al pairo.   Hyoga en ese aspecto era más ortodoxo. Sus férreas creencias cristianas le habían dotado de un marcado sentido de “inexorabilidad”. Si algo tenía que pasar, pasaría y esa inexorabilidad era la que le había transformado en una montaña de hielo perpetuo que iba encajando los golpes de la vida uno a uno. Sí había un camino a recorrer, él lo recorrería y haría frente a cualquier adversidad, pero siempre sin salirse de la senda marcada.   Con mi nii-san siempre fue todo lo contrario. Él veía los caminos alternativos y los recorría.   La primera vez que le vi enfrentarse al Destino fue el mismo día en el que Tatsumi leyó mi sentencia, mi lugar de entrenamiento en la Isla de la Reina de la Muerte. Eligió reírse de la fortuna y cambió nuestros lugares para protegerme. Rechazó la armadura de Andrómeda para imbuirse en la del Fénix, jugando según sus propias reglas e ignorando lo que el Destino marcaba para él.   Y hoy no iba a ser menos.   Había visto cómo me iba a sacrificar por ambos; había visto cómo Hyoga se iba a sacrificar por ambos; cómo la Vida me entregaba a él en bandejita de plata. Siguiendo su caótica naturaleza, mandó al Destino a tomar viento y eligió un camino alternativo absolutamente inesperado.   -          Aquí no va a sacrificarse nadie como si fuera una antigua vestal romana… Se acabaron los actos nobles y vomitivamente desinteresados en MI ISLA, ¿estamos?   Aquel tono cínico, el regreso de aquel tono cínico y burlón que solía usar como fachada, nos dejó, tanto a Hyoga como a mí, pasmados, en un absoluto mutismo. Sentí una extraña y reconfortante sensación recorriéndome el corazón cuando aquellos ojos grises me miraron pidiendo que confiara en él.   Cómo siempre había hecho.   -          Ruso, ven. Necesito hablar contigo en privado.   El Cisne se movió y yo intenté protestar, enterarme de lo que tenía planeado, pero ambos me detuvieron con una mirada seca.   Los dos.   - Espera aquí, otouto – me dijo finalmente Ikki mientras miraba a Hyoga con intensidad – No tardaremos mucho.   Les vi alejarse, hombro con hombro, absolutamente sorprendido e incrédulo, sintiendo como de pronto el cansancio de los últimos días caía en mí como una piedra, mientras la esperanza, revoloteaba por mi alma como una mariposa.
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Parte 8

 

Me quedé dormido como un bebé.   No supe cuanto tiempo pero el sol estaba ya alto cuando sentí a Hyoga junto a mí, sacudiéndome ligeramente, con el rostro distendido y relajado.   Me incorporé de inmediato de la arena.   -¿Dónde está mi nii-san? – pregunté alarmado.   - Tranquilo – me dijo mientras me acariciaba la cara con ternura – Está bien. Ahora mismo viene… En cuanto me despida de ti.   El mundo estuvo a punto de abrirse a mis pies.   - No, espera – trató de explicarse ante mi cara de pánico – No es lo que piensas… Nos veremos en una semana, en casa, en Tokio. Ikki te lo explicará todo… Yo, simplemente, voy a… - cerró los ojos tratando de reordenar las ideas y no decir exactamente lo que estaba pensando – Voy a dejaros solos para que… Bueno… No has estado con él en seis meses… Y pensé… ¡Demonios!   - Ruso, se directo y no farfulles. Para que follemos, ¿no es eso lo que estás pensado? – dijo una voz cínica a nuestra espalda.   Aquella voz sacó de sus casillas a Hyoga que se giró como aguijoneado por una avispa,  mientras yo me encendía como un colegial adolescente.   - Mira, Fénix. No me jodas. Tienes siete días, ni un puto segundo más. Si en ese plazo de tiempo no os presentáis en Tokio, vendré aquí y sacaré tu apestoso trasero de esta isla a patadas.   - Se agradece el interés y el detalle, rubio, no lo dudes. – contestó mi hermano con socarronería.   Fue la vuelta a aquella rutina, a aquel  tira y afloja entre Hyoga y mi nii-san, lo que me hizo ver que habían llegado a una especie de tregua milagrosa y que las cosas se habían arreglado. Aún no sabía que había sucedido ni que habían hablado entre ellos dos, solos, aquella luminosa mañana, ni entendía la magnitud o el alcance del acuerdo tácito que habían adoptado, pero aquel pacto sellado con sangre y lágrimas, dirigiría nuestras vidas de forma muy efectiva los siguientes años.
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El 02/08/07 a las 02:08:00

Parte 9

 

Aquel incidente en la Isla marcó un antes y un después en la relación que establecimos los tres. Jamás me hablaron de lo que pasó entre ellos en aquella playa, pero pude ver con el tiempo el “pacto” al que habían llegado.   Yo vivía con Hyoga. Él era el compañero que yo había elegido, la persona de la que me había enamorado desde la tierna edad de cuatro años, y fue lo más normal que terminara uniendo mi vida a la de él.   Mi nii-san no puso nunca ninguna objeción. De hecho, aquella solución le convenía, puesto que él era incapaz de establecerse por mucho tiempo en un mismo lugar, y yo nunca me había dado cuenta de lo encadenado que había estado a mi lado y lo que había sufrido por ello en su afán por protegerme.   Cuando el viento traía de regreso a Ikki, Hyoga siempre encontraba algo urgentísimo que hacer; algo que le mantenía alejado de casa durante tres o cuatro semanas. Hacía la vista gorda, hacía de tripas corazón y nos dejaba solos, sin decir ni una palabra. De hecho, la única forma que tenía yo de saber cuando iba a aparecer mi nii-san era ver a mi rubio, con la maleta en la puerta, diciéndome que se iba Francia, a ver a Camus, o a Finlandia, para estar con Isaac y su familia.   Ikki y Hyoga nunca coincidían. Nunca se veían. Pero de alguna extraña forma estaban siempre en contacto y yo era el nexo de unión entre ambos.   Al principio fue duro.   Mucho.   Podía ver como el perfecto rostro de Hyoga se quebraba cada vez que sentía que Ikki iba a aparecer en nuestra casa, y él tenía que alejarse para dejarle el campo libre. De igual modo, podía ver el dolor en los ojos de mi hermano cuando el tiempo que pasaba a mi lado tocaba a su fin y tenía que marcharse para que el Cisne ocupara su lugar.   De hecho yo llegué a sentirme ruin y miserable por semejante acuerdo; por tenerlos a los dos atados a mis pies, sin posibilidades de escapar, sin poder darles mi entrega incondicional a cada uno de ellos.
Sin dejarles libres.   ¿Podía haber alguien más afortunado y egoísta que yo, que era amado sin reservas por las dos personas más excepcionales del mundo, y a quienes solo podía darles la mitad de lo que ellos me estaban ofreciendo?   Lo dudaba mucho.   Y aún así, jamás tuve la fuerza necesaria para detener aquella situación en la que yo estaba en total y clara ventaja.   Con el paso del tiempo, cuando la certeza y la confianza renació entre mi nii-san y mi Cisne, cuando se dieron cuenta que ninguno daría un paso fuera de los límites establecidos para intentar atraerme hacía su lado y separarme del otro, el ambiente se relajó y los tres comenzamos por fin a disfrutar de una atípica vida familiar. Aún así tuvieron que pasar casi dos años antes de que los tres volviéramos a coincidir en la misma sala sin que una hecatombe de proporciones bíblicas asomara en el horizonte.  
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