Por enésima vez me vuelvo a hundir en los abismos durmientes de Luis Garcidueñas. Y no es cosa fácil salir de ellos cuando la eternidad se torna mansión del cuerpo. Es más, ni quiere uno moverse de este estado mental a que nos somete el sueño del arte, el cual, es también el sueño de la vida, la garra de un rumor desconocido que se nos clava en el pecho hasta sacarnos amor. Por enésima vez caigo a este teatro de máscaras propias y sonrisas ajenas, entre colores hechos pájaros vivos y ángeles que parten montados en una línea para no llegar nunca a donde tú quisieras.
Luis Garcidueñas tiene la virtud de atraernos a su alma, donde la creación es un libro que lucha contra el viento y la sombra. En este mundo insólito ahora nos encontramos. Yo vuelo con el pecho encendido de soledad. Tú deambulas por los corredores de tu propia conciencia. Ella se mueve, grácil y aleve, como un gramo de luz resbalando sobre el ala de una mariposa o los ojos de un gato. Y ellos son sólo señales que va dejando la lluvia a lo largo del tiempo que no encontró el ojo de la muerte para sacar a pasear la tarde, o un hombre libre para verle a los ojos y admirarse en él su última lágrima.
Son los abismos durmientes de Luis Garcidueñas los que me hacen pensar y temer que soy una hoja más cayendo del árbol de otoño, que también es un sueño.