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Raul,treinta años.Guapo, alegre, soñador. Una promesa de vida. Su obsesión era viajar a Africa, aun que no podía quejarse, ya que su afición al submarinismo le llevó por medio mundo.
En mayo comenzó a dolerle el pecho. En una placa de tórax se evidenció una tumoración. A primeros de Junio le intervinieron. Su sonrisa y sus ganas de vivir contrastaban casi de modo ridículo con el diagnóstico. Un angiosarcoma envenenaba su cuerpo,como una mala yerba escondida en los setos. Con todo, el destino hizo un guiño de los suyos,y en aquella uci encontró el amor correspondido. Su enfermera se convirtió en su motivo para aguantar un minuto más, para aferrarse a una esperanza que ambos sabían perdida. Ella le acompañó el resto de sus días.
Murió hace un par de semanas, con la terrible consciencia de que su mundo se acababa. La crueldad de su dolor-el cáncer le corroyó los huesos-, no fue más amable con su madre,quien tuvo que asistir a su sufrimiento sin poder hacer más que no llorar.
Y yo tengo que consolar esas lágrimas sin poder hacer otra cosa que tragarme las mías. Sin argumentos, sin más armas que un abrazo que oculte mi cara y de soporte físico a una desesperación inmensa.
Dos meses separan una vida de un vacío. Sin una sola razón.
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