PARACAÍDAS.
Caminaron juntos por el sendero de concreto del parquecito, rodeados de pasto y algunos árboles recién podados por el otoño. El frío había arreciado desde la semana anterior, así que ese sábado casi nadie había salido a dar una vuelta. De todas formas, no había mucho espacio para caminar allí; el parque era pequeño y si se llenaba era más bien de los niños que vivían en los departamentos enfrente, cuyos padres se sentían más seguros viéndolos desde sus ventanas, como si las miradas fueran una burbuja suficientemente resistente.
Pero no, hoy no. Se colaban por la ciudad mechones de brisas en forma de rayo, algunos tan suaves que sólo se sentía una caricia en la mejilla, pero la mayoría gruesos y dolorosos hasta entumecer las manos. Parecía como si la ciudad estuviera abandonada, coloreada en grises de pocos matices y con acabados toscos. Una ciudad cualquiera en medio del invierno, derruida no por el frío o tempestades, sino por una acción que todavía entonces llamaban humana.
Ambos vestían abrigos, y ambos tenían las manos metidas en los bolsillos de éstos. Pese a que también tenían la mirada gacha y caminaban acompasados, como si hubieran acordado qué pie debía ir primero, las diferencias eran más notorias que las similitudes: el cabello negro de Saga revoloteaba con el viento, como si disfrutara de su temperatura baja, y sus bellos ojos verdes miraban aquí y allá de vez en cuando, nerviosos; Shaka, en cambio, mantenía su mirada en el concreto y su cabello apenas se movía, tal vez imitando sus músculos tranquilos o su expresión perennemente calmada.
Saga Vray se alegró de que nadie los viera, porque estaba consciente de su ceño fruncido y de las arrugas que se formaban en su frente, algunas profundas por su preocupación y otras asomándose con la misma languidez que tenían desde que los años las pusieron ahí. Cuarenta y ocho años no pasan en vano.
-Shaka –llamó a su acompañante, pero éste no lo miró ni hizo un gesto que le comprobara que era escuchado; en lugar de eso, siguió caminando sin moverse un ápice, quizá concentrado en sus propios pensamientos y no en el paisaje de obscena fealdad que se desplegaba a su alrededor.
No se molestó, quizá, en todo caso, se alivió. Saga no sabía qué iba a decir, después de todo; el conjunto de palabras estaba en su boca, así como el significado que quería darle a sus frases, pero la unión coherente de las sílabas era un problema difícil de resolver ahora que estaba al lado del rubio, luego de tanto tiempo sin verse. Se le agolpaba todo en el pecho, emociones, sensaciones y dolores, y al final todo se traducía en silencio y en tragar saliva para aliviar la comezón en su garganta.
¿Por qué amar era un asunto con tantos protocolos?
Ya habían pasado tanto tiempo juntos, no podía ser que sus corazones no se sintieran atraídos… otra vez. Tampoco podía ser que Shaka no hubiera visto, dado ese agudo sexto sentido que poseía, el corazón henchido de Saga cada vez que le miraba detenidamente, algo bastante común desde que se reencontraron. Si bien el rubio, reservado como era, no daba señales claras de correspondencia, a Saga no le parecía posible que le respondiera con una negativa en el caso de confesarle sus sentimientos, no de la forma boba en que lo hizo cuando eran adolescentes, sino en acciones adultas que le confirmaran que sí, lo amaba.
Y aun así, ¿por qué su inquietud?
-Shaka –llamó otra vez, dispuesto a hablar.
Love is like an aero plane,
you jump and then you pray.
The lucky ones remain
in the clouds for days…
-¿Hablas enserio?
-¡Te lo juro! Lo he visto ayer: acababa de salir del supermercado y los vi en la cafetería.
-¿La del hijo de Sonia?
-No, la otra. La de ese horrible tipo con facha de delincuente.
-Ajá, ¿entonces?
-Entonces, que yo acababa de salir del supermercado y pasé frente a esa cafetería porque al lado venden las especias. Iba a cocinar lasaña, como la hacía mi abuela. Fue cuando los vi, sentados justo junto a la ventana.
-¡Qué poca vergüenza!
-El señor Vray…
-Si aún le puedes llamar señor.
-… estaba intentando tomar de la mano al otro tipo. ¡Dios, qué cosa! Me quedé parada allí, porque estaba sorprendida, digo…
-Claro.
-… y el señor Vray me vio y enseguida quitó la mano.
-¿Y el otro?
-¡No hizo nada! Se me quedó viendo, igual que el señor Vray, aunque me molestó que no me saludara siquiera.
-Qué horror.
-Mira, a mí no me molesta que ande con quien sea, al fin y al cabo es su vida. Lo que no me parece es que ande por ahí ventilando sus asuntos, ¿qué tal si un niño lo ve?
-Ajá.
-Con el tiempo sé que van a enterarse, pero cuando son tan pequeños como los nuestros… ¿A ellos cómo les explicas, eh? Porque al final somos las madres los que tenemos que enseñarles esas cosas también, y que un hombre esté con otro les parecerá extraño.
-Y además, ¡la edad! ¿No creen que el señor Vray ya está muy viejo para andar pensando en eso?
Las tres mujeres se sobresaltaron con el sonido de la puerta y, sobre todo, por la entrada de Saga, que se sacudía las gotitas de incipiente lluvia que se pegaron amorosamente a su gabardina. Les dedicó una mirada y un saludo rápido, y casi corriendo subió las escaleras hacia su departamento, el mismo que tenía desde su juventud. Había ahorrado toda su vida, pensando que pronto encontraría un mejor lugar para vivir, pero la crisis también lo alcanzó a él y decidió quedarse allí, a sabiendas que la renta nunca sería demasiado alta para él.
Eso, y el refinadísimo tinte de mediocridad que los años le habían otorgado como premio.
Pero sí, las habladurías recientes le molestaban, sobre todo porque no se sentía con libertad de llevar a Shaka al edificio por temor a que alguien les dirigiera alguna ofensa no tan velada como las que había estado recibiendo. Los chicos del piso de arriba ya le habían contado que tenían prohibido hablar con él porque su padre lo llamaba degenerado.
“Bueno, él es un alcohólico”, había pensado Saga, aunque se lo guardó porque no quería herir a los niños y porque en realidad no tenía ninguna prueba de eso.
Dejó las bolsas en la mesa de la cocina, quitándose la bufanda y revolviéndose el cabello, botando gotas cristalinas que parecían desaparecer en cuanto se separaban de la melena oscura de Saga como llanto. De a poco fue sacando los víveres, mentalmente repasando la receta con que sorprendería a Shaka el fin de semana.
“Será tan delicioso que tendrá que aceptar que soy un buen cocinero. Le prepararé un capuchino, también, y cuando acabemos lo llevaré al parque para confesarle que lo amo y pedirle que vuelva conmigo. Espero que no haya gente”.
¿Por qué no? Sonrió por lo bajo mientras pensaba que su amor podía gritárselo a cualquiera sin sentir vergüenza.
Sí, que viniera Shaka, que le tomara de la mano en la escalera, que todos salieran para verlos subir las escaleras, que se asombraran cuando le diera un beso… Ya sabía que no era nada más por su homosexualidad, quizá eso ni siquiera tenía nada que ver. Los vecinos estaban más bien sorprendidos, tal vez incluso molestos, por no haberse imaginado que el cuarentón del penúltimo piso no era soltero porque le gustase juguetear con chicas jóvenes, sino porque su excitación no se dirigía a ellas, sino a un grupo pequeño que no se podía contraer matrimonio con facilidad. Hasta podría imaginarse que era también por verle las canas en las sienes que se ocultaba cada tres meses con tinte, las arrugas que le componían una máscara, el andar cada vez más lento. No era sólo amor de un hombre maduro, era amor marcado por el género, por la incesante pregunta de si adultos de casi cincuenta años aún tenían deseos por otros y, sobre todo, cómo actuarían dos tipos de edad más o menos avanzada en la cama o en el romance diario.
-Justo como ustedes –enarcó Saga sus cejas, decidiendo quién llamaría primero a quién dentro del edificio cuando supieran que Shaka iba a pasar la noche con él, si las cosas salían como pensaba.
If life is just a stage,
let’s put on the best show
and let everyone know!
Reptó con inmenso recato por sus rodillas, haciendo que temblaran involuntariamente. Saga ni lo notó, aún. Fue ascendiendo por sus muslos, sin prestarle atención al escalofrío que lo recorrió, sólo deteniéndose un momento para sopesar las reacciones de Saga y ver si había sido descubierto o no. Pero no se preocupó mucho: pequeño como era, estaba seguro de llegar a aquel corazón y terminar de corroerlo para cuando diera la noche.
Sus pequeñas manos lo impulsaron por aquellas caderas ya con un poco de grasa de más, ganada con los años y la oficina. No era mucha, pero suficiente para que tuviera que usar sus piececitos para empujarse hacia arriba, hacia un vientre que aún mostraba las líneas del antiquísimo ejercicio, pero que el tiempo las iba desvaneciendo sin prisa, sabiendo de antemano que iba a ganar la partida contra la juventud. Quizá hasta le estaba preparando un buen cáncer, ¿quién lo iba a saber?
Le acarició el vientre, le acarició la espalda, incluso pegó su cabeza a ese pecho amplio que antes fuera la mejor casa nocturna para los amantes que allí dormían. Oyó su corazón, ese órgano del tamaño de un puño, pequeño seguramente porque tenía miles de dobleces y recovecos; si se lograra hallar la entrada a un corazón y pudiera desplegarse, seguramente sería más grande que el cuerpo entero. Reposó allí un momento, contento del hallazgo, acariciando suavemente ese exacto lugar de piel y músculo que lo separaba del palpitar interno.
Así fue, con caricias de sus uñas, desgarrando la piel de Saga hasta hacer de ella jirones delicadísimos como hilos, que fue arrancando conforme se hacían más largos. Rasguñó con todo el cariño del mundo, sin separar su oído de ese pecho caliente, hasta hacer un orificio tan grande que toda su mano, pequeña de por sí, pudo alojarse. Primero la piel, bella piel blanca, luego una capa de grasa que, por ser tan gruesa, le presentó algunos problemas. No muchos. Con un poco de esfuerzo llegó hasta el músculo, cuyas grandes células le permitieron abrirlas con facilidad hasta topar con un breve espacio que daba directo al corazón. Saga lo sintió en ese momento: la caricia fría de un sentimiento desconocido.
Se asustó, dejando los platos en la mesa sin acomodar y resistiéndose a tocar esa herida imaginaria que dejaba al descubierto su interior. La posibilidad de que Shaka no se presentara ese día se le mostró como un temblor en los miembros, que permaneció pese a que su cabeza le aseguró que eso no sucedería. “Por lo menos habría llamado, Saga”, le dijo, comprensivamente.
-Es cierto.
Terminó de acomodar los platos y los cubiertos, las servilletas y las sillas, y se puso un traje lindo pero casual, quedándose a esperar sentado en su sala.
Tuvo en su cabeza cientos de escenarios, sin embargo, tenía que reconocer que sus esperanzas barrían toda objetividad que quisiera entrar ahí. Ya fuera con un comienzo dramático, romántico o cómico, el final era invariablemente el mismo: ellos caminando en el parque, Saga llamando a Shaka y éste deteniéndose para mirarlo directamente a los ojos; Saga entonces diría “te amo” y Shaka, con lágrimas o con una sonrisa, le abrazaría por el cuello y contestaría “y yo te amo a ti”. Casi se atrevía a poner la palabra FIN en la mitad de la pantalla mental.
¿Y si decía que no?
Eso era otra cosa, imaginarlo no era suficiente; le dolía el corazón, pero no era nada comparado con lo que sentiría en la realidad. Quizá incluso se le salieran las lágrimas en caso de que Shaka lo rechazara, se iría corriendo a su departamento a tirarse del edificio o a soportar burlas y palabras hipócritas. No, si imaginaba un no por parte del rubio, el corazón de Saga Vray luchaba por salirse de su pecho y de esa garra invisible que lo ceñía.
La pregunta que le invadía era si había errado en el momento de creer que Shaka continuaba enamorado de él. Su historia después de todo no fue para nada la mejor, sufrieron mucho a causa de ellos mismos (y Saga se sentía especialmente culpable cuando recordaba algunos episodios de su idilio adolescente) y el final en ese entonces no se asemejaba nada a uno feliz. Pero, habían crecido. No eran ya los niños de hace años, debió notarlo Shaka por su expresión sorprendida cuando Saga le tomó del brazo en el supermercado y le sonrió bobamente por el impulso que acababa de seguir. De haberlo reflexionado mejor, seguramente se habría dado media vuelta para salir corriendo por el pánico.
“Tomemos un café, nos vemos raros aquí”, había propuesto Shaka (sí, fue idea de Shaka), dejando el tomate en su lugar y el carro de la tienda allí mismo.
Y volvimos a ser amigos, se dijo Saga. Risas, llamadas, cafés, miradas… justo como la primera vez que se enamoraron.
El timbre sonó y su corazón dio un vuelco. Se levantó, pero no fue enseguida a abrir: tuvo que cambiarse de camisa cuando se dio cuenta de que estaba bañado en sudor frío.
‘Cause if I have to die tonight,
I’d rather be with you.
Cut the parachute before the dive…
Disminuyó sin notarlo la velocidad de sus pasos hasta llegar a casa de Shaka, quien ya lo estaba esperando, observando la calle desde la ventana con uno de esos bellos mohines infantiles que le conferían un aire cansado. Era tan joven. Pese a ello, Saga notaba una carga que no se reconocía en sí mismo, ni cuando tenía quince años, ni ahora, cuando tenía veintiuno y las responsabilidades de un adulto se le habían sido enumeradas y enmarcadas para que no las fuera olvidar.
Ser un adulto era tan malo. Estaba el hecho de comportarse como si su vida le importara y como si le debiera algo a la sociedad por la que iba a trabajar el resto de sus días, si bien aún podía escudarse en el año que le faltaba para terminar su carrera. Le repugnaba la idea de ponerse corbatas y mirar el reloj mientras caminaba en la calle para ver cuán tarde era ya y en qué momento podría aprovechar los dos minutos libres que el trabajo y las responsabilidades sociales le otorgaban como limosna. Convertirse en un miembro respetable y activo de la sociedad era tan degradante.
Por supuesto, sabía que podía soportarlo, y no sólo eso, sabía que iba a soportar, que no iría contra la voluntad amable pero pesada de sus padres y que no defraudaría las esperanzas puestas en él. Había decidido cortar sus propias expectativas sin que le pesara demasiado, porque a su modo de ver la madurez conllevaba cortarse las alas y los sueños y poner los pies en la tierra; quien no lograba estos cometidos podía terminar de dos formas: como un exitoso e innovador artista, o como un fracasado cuya vida o muerte carecen de valor. El resto de la gente vivía un intermedio más bien cómodo. A él no le importaba estar en medio tampoco, ganarse la vida no tan honradamente y vivir tranquilamente, sin sobresaltos. No le gustaban las sorpresas.
El problema no era el conformismo o los hombros encogidos con que podía resumir su vida, sino esos pequeños sobresaltos de los que no quería librarse aún. Le estaban apremiando a tomar las riendas de su existencia de una vez, aun si estaba destinado a equivocarse, y en lo único que podía pensar era que su adultez no había llegado en el momento preciso. Lo supo desde que su padre le dio unos cuantos billetes y lo mandó a la capital para empezar a buscar un trabajo y la primera imagen que se formó en su cabeza no fue la de su empleo modesto y las cartas con dinero que les enviaría a sus padres; no, la primera imagen nítida que recibió un golpe por la noticia fue la de los ojos azules de Shaka mirándolo con la ternura típica de los niños.
Ahora que se encaminaba a Shaka para verlo por última vez, su corazón, lejos de dar vuelcos, se retorcía suavemente y latía cada vez más bajo, como si estuviera siendo aplastado por un pie enfundado en un zapato muy, muy pesado.
Apenas fue divisado, Shaka bajó de su habitación y salió de su casa de dos plantas, despidiéndose rápidamente de su madre. Alcanzó a Saga y juntos dieron una vuelta que los separaría pronto de la calle llena de casas y los internaría a un descampado. Cerca estaban las vías del tren, donde Shaka aún iba a jugar con sus amigos y por donde rara vez pasaban ellos: no debían verlos. De por sí, cada vez más la sensación de ser observado anidaba en el pecho de Saga, que se sentía señalado cuando otra persona se cruzaba con ellos cuando caminaban juntos. ¿Qué pensarían de la amistad de un hombre de veintiún años con un jovencito de catorce?
Sabía que estaba cometiendo un delito y que la estancia en la prisión no sería nada placentera: ya se lo había contado su hermano, que estuvo en el reformatorio tres años por acciones que nadie revelaba en voz alta. Le asustaba imaginar que un día descubrieran esos paseos y los besos que le daba junto al arroyo de agua clara, e incluso empezó a temer que sus pensamientos se reflejaran en su cara y que todos pudiera apreciar esas imaginarias escenas sucias en que tomaba a Shaka una y otra vez y le acariciaba de la forma más obscena que se le ocurría. Tampoco confiaba ya en él mismo porque, al fin y al cabo, ¿su relación no significaba que su atracción era malsana?
“Eso es porque ahora es menor”, se repetía a sí mismo; “si él tuviera dieciocho y yo veinticinco, nadie haría un escándalo”.
Incluso iba más constantemente a la misa y rezaba por las noches, haciendo suponer a su madre que estaba asustado por el viaje a la capital y ocasionando uno o dos disgustos entre sus padres. Acompañaba a su familia con una oración antes de comer y recitaba un ángelus breve para el día.
Sin embargo, Dios le dio más pesares que consuelos. La sombra de su alma yéndose al infierno lo conmovió más que la burla de sus amigos hacia esos dos jóvenes de la universidad que, afeminados como eran, atraían notablemente la atención.
Abrazó a Shaka en cuanto llegaron a su lugar favorito para el amor, dándose cuenta de lo puro que era su cariño. Le beso la frente y los párpados, lleno de fiebre, y luego lo miró a los ojos, agachándose para quedar a su altura. Qué pequeño era Shaka. Esas cosas que él quería hacerle, ¿no eran asquerosas, después de todo?
-Voy a irme –le dijo, apesadumbrado-, mi padre me ha mandado a la capital…
-¡Yo te seguiré!
-¡No! ¿No entiendes? Lo que hago contigo está mal, tú… no, yo, yo soy mucho mayor, ¿sabes lo que significa?
Y Shaka, que siempre fue el más aventajado de los chicos, meneó enérgicamente la cabeza para dar a entender que no le importaba: imperaba en él el amor y no era algo que pudiera cambiarse con las excusas simples de Saga. Lo que le quedaba claro es que, de los dos, el más inmaduro no era él mismo…
-Saga, lo que pasa es que no entiendes…
El aludido levantó los ojos y se irguió completamente, de pronto lleno de furia. ¿Qué no entendía? ¡Se estaba quemando por dentro por su culpa! Incluso su sangre hirvió, por la ira que le embargaba porque un niño lo estaba desvalorando cuando él lo había puesto antes que todo. Shaka pareció notar el caos despertado en la cabeza de Saga –un caos que pronto dejaría de esconderse-, porque calló y, por un momento, temió que sus puños apretados fueran a estrellarse contra su nariz o su vientre.
-Sólo eres un niño –dijo él-. No me gustan los niños.
Y se fue de allí, corriendo, hasta volver a ver esas nubes blancas que coronaban su pequeña ciudad.
Shaka esperó horas a que volviera, a sabiendas que tarde o temprano Saga iba a regresar a él, dándose cuenta de lo estúpido que se comportó. No obstante, la noche cayó y con ella unas gotas que le mojaron el cabello rubio y sus piernas, desnudas porque el pantalón corto le llegaba hasta la mitad del muslo. Lo que le mojó la cara fueron las lágrimas.
Y Shaka, que siempre fue el más aventajado, se dio cuenta de que se había equivocado.
Baby, don’t you cry,
You have to bring me down...
We had some fun before we hit the ground.
Lo había conocido durante el Festival de la Luna, cuando el cielo se llenaba con fuegos artificiales y la ciudad no dormía por dos días. Shaka se había perdido y estaba metiéndose en problemas por haber insultado a un chico mayor que iba acompañado de varios amigos, deseosos de terminar la noche con ellos como vencedores en una pelea desigual. Saga apareció de casualidad, buscando dónde estaba el hombre que vendía algodones de azúcar, y detuvo la pelea en un instante: los gamberros eran mayores que Shaka, pero no que él.
Por supuesto, se quedó prendado a primera vista. El jovencito que acababa de salvar y que no le dio ni las gracias, estaba despeinado y con gotas de sudor negras que le limpiaron la tierra en la cara. Le hacía gestos con desparpajo y se mostraba casi hostil, pero se movía con una especie de elegancia que Saga sólo había visto en algunas chicas de clase alta. Le preguntó su nombre, y ese nombre fue suficiente para que mordiera el anzuelo y no quisiera soltarlo.
De dónde eres, dónde vives, qué haces aquí a esta hora… Las preguntas se sucedían y las lacónicas respuestas continuaban, aunque de a poco Shaka se animó a hacer algunas bromas que a Saga le resultaron encantadoras. Le compró un algodón de azúcar. Caminaron sin rumbo fijo, hasta que Shaka se detuvo frente a una casa y sonrió con cierta burla:
-Gracias por traerme a mi casa.
Saga fue a buscarlo al día siguiente. Su madre miró con extrañeza al desconocido, pero se convenció cuando Saga le explicó que vivía dos calles más allá y que, si no le molestaba a su marido, también podría invitarla a salir a ella. Fue un motivo de molestia para Shaka, que no entendía cómo alguien podía flirtear con su madre, aunque siempre se dijera que era bella. Quizá estaba un poco celoso, pero al lado de Saga era imposible no estarlo: todos lo miraban, todos estaban pendientes de él, todos lo buscaban… ¿Entonces por qué un adulto se empeñaba en salir con él ese día, y al día siguiente, y al siguiente y al siguiente?
Shaka le preguntó sin ambages qué tenía un chico de trece años para que quisiera salir con él diario, a lo que Saga mostró la expresión más divertida de todas: la de la sorpresa.
-¡No te creo! ¡No actúas como si tuvieras trece años!
Sólo sirvió para aumentar su amor por él.
El que tuvo que confesar su amor primero fue Saga. Era inevitable: Shaka se sentía atraído, pero demasiado cohibido para aceptarlo todavía, porque aún tenía sus reservas tratándose de Saga: no podía simplemente aceptar que un tipo de veinte años estuviera enamorado de él así como así. No le extrañaría viniendo de alguien más, pero Saga… Saga siempre era una moneda de más de dos caras.
-Yo tampoco me lo puedo explicar, pero me conformo con saber una sola cosa; cuando vengo a verte siento cosquillas en el estómago y un tipo de felicidad que no había conocido, como si al mismo tiempo que estuviera feliz sintiera nervios; pero, cuando te veo, se me forma un hueco en el estómago y en el pecho que se agrava cuando estás cerca; luego me voy relajando, pero me dan ganas de tomarte de la mano o acariciarte la nuca, o darte un abrazo… ¿Y tú, Shaka? ¿Sientes algo así?
El rubio se mordió el labio inferior, pensando que ésa no era su primera declaración amorosa, pero sí la primera que lo había llenado de gozo. Agachó la cabeza y encogió suavemente los hombros, como para hacerse pequeño, y en un murmullo respondió:
-Yo tengo los mismos síntomas. ¿Cómo crees que nos hayamos contagiado?
Love is like a hurricane,
you know it’s on the way,
you think you can be brave
underneath the waves…
(Continúa abajo)